V
Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de don Sancho al escuchar los tristes pormenores de la muerte de don Alonso.
—¡Ay! —exclamó—. ¡Mi padre no tuvo un solo pensamiento para sus dos últimos hijos! ¡Nada para ella, ni para mí!... Todo para Enrique entonces, y ahora... ¡todo también!...
El conde de Carrión besó la mano del infante, profundamente afectado por tan justo dolor, y continuó después:
»—El día 28 de marzo formó en batalla todo el ejército castellano para despedir al cadáver de su real caudillo. Iban al lado del féretro los infantes, rodeados de todos los nobles del reino: yo marchaba al lado de vuestra madre, que cabalgaba en un potro cordobés e iba enteramente vestida de luto.
»Caminamos hasta cerrar la noche, y entonces, a una señal del conde de Trastamara, se detuvo la comitiva: algunos ricos-hombres se aproximaron a los infantes, quienes, después de abrazar a su madre, partieron a Algeciras, con un corto número de parciales. Leonor temía las iras del rey don Pedro para sus hijos, y los enviaba a aquella ciudad, que sabía les era adicta; yo seguí con la comitiva hasta Sevilla, en cuyo alcázar moraban la esposa y el hijo del rey difunto.
»Las exequias de don Alonso se celebraron con regia pompa en la catedral, siendo depositados sus restos en la capilla llamada de los Reyes. Doña María de Portugal concedió habitación a vuestra madre en su alcázar, y la marquesa de Villena fue a reunirse con su esposo, de cuyo lado bien pronto debía ser arrebatada.
»En cuanto a vos y a Berenguela, solo vuestra madre y yo sabíamos dónde estabais, y en vano la reina os buscó por todas partes; vos, señor, seguíais guardado por Dulcelina, y vuestra hermana permanecía bajo la custodia de mi buena madre, que la hizo bautizar con su mismo nombre, y la amaba con el mayor extremo.
»La noche misma del día en que concluyeron las fiestas con que se celebró la coronación de don Pedro, fue presa vuestra madre y conducida por los ballesteros de maza del rey a la cárcel pública. En vano pedí audiencia al joven rey, para implorar por ella: se me negó, y la grave enfermedad que le sobrecogió a pocos días imposibilitó toda tentativa de salvación, porque la reina hizo trasladar a la infeliz cautiva a las prisiones del alcázar para tenerla más segura.
»Una carta, que recibí entonces de León, me avisaba que mi anciana madre se encontraba en la agonía y que quería verme; os confieso, señor, que todo lo olvidé con tan triste nueva: sin pensar en Leonor, ni en vos mismo, salí aquella noche, reventando caballos, a recoger la bendición materna.
»Mas, ¡ay, que llegué muy tarde! ¡Ya no pude abrazar más que su cadáver helado!
Guardó algunos instantes de silencio el conde, para reponerse de tantas emociones, y luego continuó:
»—Con la muerte de mi madre quedaba desamparada la tierna Berenguela: no atreviéndome a llevarla conmigo, y no sabiendo qué partido tomar en tan apuradas circunstancias, me determiné a confiarla a los cuidados de una mujer que tenía fama en la ciudad de muy religiosa, y cuyo nombre era Urraca: fijo ya en mi proyecto, esperé con ansia la noche; escribí dos pergaminos iguales, puse en un bolsillo trescientos doblones, y atando uno de los pergaminos al cuello de la niña, con un cordoncito de seda, esperé el momento favorable.
»La señora Urraca vivía enfrente de la casa de mi madre; al toque de ánimas, la vi salir y encaminarse a la iglesia; entonces tomé en mis brazos a la infanta, que dormía apaciblemente, y me dirigí a casa de la anciana: coloquela con cuidado en el portal, sin que despertase de su dulce sueño, y puse a su lado el bolsillo que contenía el dinero, retirándome luego a la esquina de un callejón inmediato.
»Poco tardó en volver la señora Urraca: la noche había cerrado, y al entrar tropezó ligeramente con el cuerpo de Berenguela, que despertó y se echó a llorar; la anciana llamó a una vecina y le pidió una luz; bajaron ambas, y comenzaron a hacer exclamaciones, al ver a aquella hermosa criatura abandonada.
»Perplejas estaban, pues que ninguna de ellas sabía leer el pergamino que la infanta llevaba al cuello, y que le habían quitado, cuando acertó a pasar por allí un caballero: entonces Urraca le llamó y le rogó que descifrase el pergamino.
»No pude entender lo que hablaron: solo vi que la anciana tomó en sus brazos a la niña, haciéndole mil caricias, y se subió con ella, sin dejarse olvidado el bolsillo.
»Presa del más agudo dolor, por dejar a la infanta en manos desconocidas, pero al mismo tiempo dando gracias a Dios por haberme deparado un medio de ponerla a salvo del rencor de la reina, volví a Sevilla y di cuenta a vuestra madre de la suerte de su hija.
»Escuchome ansiosa, mas no bien acabé cuando exclamó llorando amargamente:
»—¡El asilo de don Sancho ha sido descubierto, y la reina va hoy mismo a apoderarse de él!... ¡Corre, Álvaro, corre, sálvale de una muerte segura!
»Volé a casa de Dulcelina, que nada sabía: os tomé en mis brazos, y os llevé al mesón donde me hospedaba, diciendo que erais mi hijo, y siguiendo hasta hoy en esta ficción es como he podido salvar vuestra vida.
»Tres días después, partió don Pedro I para Burgos, acompañado de toda la corte para ser jurado rey por las cortes de Castilla; y antes de regresar a Sevilla se supo que el infante don Enrique había salido de Algeciras con dirección a Asturias donde iba a alzar pendones. Doña María, que había quedado en Sevilla, mandó conducir a vuestra madre a Talavera de la Reina, llamada así por ser ciudad cuyo señorío le había regalado Alonso XI en el primer año de su casamiento, y dio orden de que se la encerrara en la cárcel.
»¡Oh! ¡Con cuán intenso dolor la vi salir de Sevilla! No me permitió que la siguiera, temblando por vuestra vida, y me hizo jurar que me quedaría para guardaros... ¡Oh, señor, ya no debía yo volverla a ver!...
»Diez meses sufrí, lejos de ella, todos los tormentos de la desesperación: mi cariño, en vez de amenguarse con el tiempo, había llegado a formar una parte de mi existencia, y lejos de Leonor faltaba el aire a mi pecho y la luz a mis ojos.
»No pudiendo vivir más sin verla, tomé una resolución desesperada.
»El esposo de Dulcelina había sido nombrado, por mi influjo con el rey difunto, alcaide del castillo de Carmona, y estaban confiados a su custodia vuestros hermanos don Juan y don Fernando, víctimas ya de las iras de la reina viuda: llamé al alcaide y le pregunté si podría guardarme a mi hijo Fernando, mientras iba a hacer un viaje; prometió que velaría por mi hijo como por los suyos y la buena Dulcelina se os llevó loca de alegría.
»Yo la seguí con su marido: elegí para vos una de las prisiones más seguras, pero cómoda y espaciosa; dejé mucho dinero para vuestro decoro y mantenimiento, y después de ver a vuestros infelices hermanos, condenados ya a muerte, os abracé con lágrimas; y partí seguro acerca de vuestra suerte.
»Llegué a Talavera en una hermosa mañana del mes de febrero de 1351, y me dirigí apresuradamente a la cárcel; pero la encontré rodeada de la guardia de la reina, la cual no me permitió pasar: desesperado y muerto de fatiga, me dejé caer en un asiento de piedra que había en la puerta del fúnebre edificio, donde permanecí inmóvil y absorto en tristísimas reflexiones.
»De repente, un fuerte rumor me hizo abrir los ojos: levanteme y me dirigí de nuevo a la puerta de la cárcel, pudiendo penetrar en ella entre el tropel que ya no se cuidaban los soldados de contener; la multitud invadió en breve la escalera, pero se apartó para dejar paso a un hombre que bajaba escoltado por los guardias de la reina y que blandía en la mano un puñal ensangrentado hasta el pomo. Era Alonso Fernández de Olmedo, uno de los escuderos de doña María.
»Con la muerte en el alma acabé de subir la escalera, y corriendo como un loco llegué hasta un calabozo a cuya puerta se detenían las olas del gentío; yo entré desatentado, y la luz faltó a mis ojos ante el cuadro de desolación que se me presentaba.
»Leonor de Guzmán, tendida en el suelo, tenía el pecho traspasado con cinco puñaladas: su cuerpo, cubierto por un vestido de terciopelo negro, nadaba en un lago de sangre que manaba de sus anchas heridas, y que empapaba sus largos cabellos castaños, cuyos espesos bucles llegaban a sus pies.
»Arrodillado sobre la misma sangre de su madre, estaba el conde de Trastamara con los ojos fijos y dilatados, los labios cárdenos y erizado el cabello; tenía entre sus manos crispadas una diadema de perlas, manchada con sangre, lo que probaba que acababa de ser quitada de la cabeza de su infeliz madre; en todos los ángulos de la estancia había centinelas de los tercios de don Enrique, en cuyas vestas se veían los blasones del infante.
»—¿Quién se atreve a llegar hasta el cadáver de mi madre?... —gritó iracundo, levantándose al oír mis pasos, y blandiendo furioso su daga—. ¡Álvaro!... —exclamó reconociéndome y arrojándose sollozando entre mis brazos—. ¡Álvaro... eres tú!... ¡Bendito seas, pues que tu vista ha hecho brotar mi llanto!
Don Sancho soltó un largo gemido, y el conde de Carrión dio también rienda suelta a sus lágrimas al recordar la cruel y sangrienta venganza de doña María de Portugal.
Luego que el infante hubo desahogado un tanto su dolor, hizo seña al narrador para que continuase, el cual lo hizo del modo siguiente:
»—¡Mira —me dijo don Enrique—, mira, Álvaro, lo que ha encontrado el hijo que ha venido desde Asturias a salvar a su madre!... ¡Al mismo tiempo que el infame Olmedo salía por esa puerta, después de hundir el puñal de la reina en ese noble pecho, entraba yo por la otra para sacarla de la prisión!...
»—¿Quién ha recogido su último suspiro? —le pregunté.
»—¡Yo! —me contestó el infante, con una indescriptible expresión de orgullo y hasta diré de alegría—; ¡sus ojos han perdido la luz mirándome, y su mano se ha helado entre las mías, después de entregarme esta joya húmeda con su sangre!
»Al decir estas palabras besó don Enrique la corona de perlas que tenía en la mano, y la guardó en su limosnera.
—¡Ah, maldición sobre ti, Enrique! —gritó levantándose con rabia el infeliz don Sancho—: ¡para ti fueron las últimas caricias de mi padre; para ti también las últimas de mi madre y el amor de entrambos mientras vivieron; para ti el cariño de Berenguela, su vida y su razón, porque ambas cosas pierde por ti!... ¡maldito seas!
—Calmaos, por Dios, señor —dijo el conde—; os lo suplico, pues toca ya a su término esta amarga historia.
Después, aprovechándose del abatimiento en que el infante había vuelto a quedar, continuó:
»—Conseguí, por fin, arrancar al conde de aquel funesto lugar: arrastrábalo ya hacia la puerta por donde había entrado, y sus ballesteros nos seguían, cuando vino mi escudero bañado en sudor y cubierto el semblante de palidez.
»—¡Huid, señor! —exclamó dirigiéndose a don Enrique—: ¡huid, que vienen a prenderos las tropas del rey! Ya han degollado a los infantes en el castillo de Carmona, y quieren que la venganza se cumpla a un tiempo en todas partes.
»Yo arrastré al infante por la puerta por donde había salido el asesino sin encontrar resistencia; montamos a caballo y seguidos de su guardia, salimos a escape de Talavera.
»Aquella misma noche, don Enrique se dirigió a Aragón y yo partí precipitadamente a Carmona, temblando por vuestra vida: os encontré bueno, y cada vez más hermoso; los infantes don Juan y don Fernando, el uno de edad de dieciocho años y el otro de catorce, habían sido bárbaramente degollados en su prisión, sin que vos supierais siquiera que cerca de vos habían existido.
»Ya teníais entonces diez años, y me pedisteis muchas veces que os llevase conmigo; pero pude engañaros, y marché a Aragón ansioso de pelear en los tercios de vuestro hermano don Enrique, para vengar la muerte de vuestra desventurada madre.
»Siete años permanecí a su lado, errante como él, y dividiendo su azarosa suerte: al cabo de este tiempo y pensando con razón que ya podríais soportar los peligros de la guerra, le pedí su venia para presentarle a mi hijo, y obtenida, partí para Carmona llevándoos después conmigo.
»Vos sabéis, señor, el entrañable amor que el infante os profesó desde luego: mil veces, al ver la afección que os unía, estuve a punto de declararle el misterio de vuestro nacimiento; pero un secreto impulso me contenía, sin que yo mismo supiera darme cuenta de su causa. ¡Erais tan dichoso a mi lado! Os amaba tanto yo, que tenía celos de que otro tuviera derechos sobre vos.
»Por aquel tiempo, supe por las gentes que tenían encargo en León de velar sobre la anciana Urraca, que esta había abandonado la ciudad, por las continuas vejaciones que sus habitantes tenían que sufrir de las tropas de ambos bandos, y que había fijado su residencia en Burgos, población muy pacífica entonces. Berenguela tenía trece años y seguía en compañía de la anciana.
—¿No te dolía la suerte de esa desdichada niña? —preguntó don Sancho con acento severo.
—Yo daba cada año una gruesa suma para que de nada careciese. Urraca pasaba por una buena y cristiana mujer: solo hoy he podido comprender la dureza de su corazón y la horrible suerte de la pobre niña.
—Cuando yo la vi en su casa, el día que Enrique entró a curar su herida, parecía muy feliz —observó don Sancho.
—Tal vez es su sola desdicha el que esa mujer no conoce la inmensidad de su pena, ni el amor que la vuelve loca: desde aquel día, amó a don Enrique, y él, que por razones de política estaba casado con doña Juana Manuel, le ocultó su nacimiento y su posición, fingiéndose un simple escudero para poderla ver.
»Cuando las fatigas de la guerra y lo avanzado de mi edad me obligaron a buscar el reposo en esta ciudad, vos, señor, enamorado también de esa niña desde el día mismo en que se prendó de ella don Enrique, alcanzasteis de él permiso para venir a acompañarme, y la habéis visto todos los días bajo el nombre de don García, hijo de un hidalgo de Lerma.
—¿Por qué no declaraste al rey que yo era su hermano, después de su coronación?
—¡Ah, señor! Yo sabía que don Enrique había clavado su daga en el pecho de su hermano: herido don Tello, muertos don Fadrique, don Juan y don Fernando, ¡solo vos podíais hacerle sombra y temblé por vuestra vida!
»Hoy he visto a la infanta: la desdichada ha perdido casi enteramente la razón, y estoy persuadido de que la causa de esta desgracia es el invencible amor que profesa al rey. Yo puedo reclamar a vuestra hermana con el pergamino que escribí y que tengo en mi poder, del todo igual al que puse a su lado cuando la deposité en casa de Urraca. ¿Qué debemos hacer, señor? Decidlo vos, mandad.
Calló el conde de Carrión, esperando la contestación del infante: mas este, con la frente apoyada en la mano, permaneció silencioso e inmóvil.
—¡Muera yo! —dijo por fin el generoso joven, levantándose de súbito, y clavando sus ojos en el cielo—; muera yo, si no puedo dominar ese fatal amor, pero al menos sálvese la honra de mi hermana, y sálvese mi hermano de cometer el más horrible de los crímenes.
Luego, mirando de nuevo al anciano, preguntó:
—¿Tienes alguna prueba que atestigüe el nacimiento real de Berenguela y el mío?
—Ninguna, señor: vuestro padre confiaba enteramente en mi lealtad, y no me dio documento ni escrito alguno para la seguridad de sus hijos; lo rápido e inopinado de su muerte no le dio lugar a tomar ninguna medida acerca de este punto.
—En cuanto a mí, nada me importa; pero ¿es posible que no ha de haber un medio de probar al rey que Berenguela es hermana suya, para contener su pasión?
—No existe medio en lo humano para convencerle de ello, a no ser que él me crea por mi palabra.
—¡Dios tenga piedad de mí! —murmuró don Sancho—. Busca el pergamino, conde —prosiguió—, búscale y ve inmediatamente a reclamar a la infanta.
Y como advirtiese un movimiento de espanto que don Álvaro no pudo contener, añadió con tristísima sonrisa:
—Nada temas, conde; no la veré: por la memoria del rey, mi padre, te juro que sabré ser, como tú, mártir de mi propio corazón.
Nada contestó el conde, contentándose con inclinarse profundamente delante del infante; después tomó la lámpara de plata y acompañó a don Sancho a su propia estancia, decorada ya con la suntuosidad conveniente al rango del infante, profusamente iluminada y custodiada por una guardia de honor de los hombres de armas de don Álvaro.
La primera luz del alba empezaba a aparecer cuando llegaron a la puerta del aposento: los soldados presentaron las armas al regio huésped, y no bien se hubo cerrada la puerta tras él, fuese el conde precipitadamente a su aposento, abrió un armario secreto y tomó un pergamino enrollado, igual al que le mostrara en su casa la señora Urraca. Embozose en su manto, y se dirigió a la morada de aquella.
La puerta abierta le dio fácil acceso hasta su miserable estancia; pero la anciana dormía, y el conde tuvo que esperar algunos instantes.
—Vengo a buscar a Berenguela, señora Urraca —le dijo—: ahí tenéis el pergamino que me autoriza a llevármela, y doscientos doblones, como una última prueba de la generosidad y reconocimiento de sus padres.
—¡Cómo! ¿Venís a buscarla? —dijo la anciana, en cuya fisonomía se pintó claramente el disgusto que experimentaba en perder la crecida suma que le daban cada año, por atormentar a la desdichada niña—; pues en verdad, en verdad que me alegro en el alma, porque está loca de remate. ¡Berenguela, Berenguela! —gritó ocultando codiciosamente en su bolsillo el oro que acababa de recibir—. ¡Berenguela!... ¡despierta, muchacha!
Al decir esto, abrió la cortina que servía de puerta al dormitorio de la doncella; mas el conde y la infame guardadora arrojaron un agudo grito.
La infanta no estaba en el dormitorio. Había desaparecido.