CONCLUSIÓN

No tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que vamos á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el gobierno más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterías y manejos de los subalternos. Contraria del todo es nuestra idea. Precisamente ahora que vemos á la cabeza de nuestro gobierno una reina que, de acuerdo con su augusto esposo, nos conduce rápidamente de mejora en mejora, nosotros, deseosos de cooperar por todos términos como buenos y sumisos vasallos á sus benéficas intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras habladurías aquellos abusos que desgraciadamente, y por la esencia de las cosas, han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden, nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y el desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales, embozadas con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna especie, y en un folleto que más tiende á excitar en su lectura alguna ligera sonrisa, que á gobernar el mundo.

Protestamos contra toda alusión, toda aplicación personal, como en nuestros números anteriores. Sólo hacemos pinturas de costumbres, no retratos.

(Página 128 de este tomo 1.º)

Trece números y diez meses va á hacer que, acosados del enemigo malo que nos inducía á hablar, dimos principio á nuestras habladurías. ¿Qué? ¿No queda más que hablar? nos dirán.—Mucho nos falta efectivamente que decir, pero acabamos de entrar en cuentas con nosotros mismos, y hecha abstracción de lo que no se debe, de lo que no se quiere, ó de lo que no se puede decir, que para nosotros es lo más, podemos asegurar á nuestros lectores que dejamos el puesto humildemente á quien quiera iluminar la parte del cuadro que nuestro pobre pincel ha dejado oscura. Confesamos que á acometer tan arriesgada empresa no conocíamos la cara al miedo; pero en el día no nos queremos salvar, si no es cierto que temblamos de pies á cabeza al sentar la pluma en el papel. En unos tiempos en que la irritabilidad de nuestras modernas costumbres exige que tengamos á la vez en la misma mano la espada y la pluma para convencer á estocadas al que no pueden convencer razones; en unos tiempos en que es preciso matar en duelo á los necios, uno á uno, no nos sentimos con fuerza para tan larga tarea; mate, pues, Moros quien quisiere, que á mí no me han hecho mal.

Considere además el juicioso lector que contra todo nuestro gusto hemos echado diez meses en verter media docena de ideas, que acaso en horas habíamos concebido, y todo para decirlas á fuerza de lagunas y paliativos, de la ridícula y única manera que las pudieran oir los mismos que no quieren entenderlas. Desconfiados ya en un principio de nuestras flacas fuerzas, nunca nos propusimos trazar un plan mucho más extendido... ¿Cómo no hemos de exclamar arrojando la pluma: «No servimos para escribir aquí; nuestras ideas están en contradicción con las buenas ó con las del mayor número?». ¿Cómo pudiera no pesarnos con verdadera atrición de haber contado ligeramente con la buena voluntad de los amigos de la verdad, que realmente no debe de tener muchos entre nosotros? Ya en otra parte dijimos que donde quiera que volvemos los pasos encontramos una pared insuperable, pared que fuera locura pretender derribar. Pongámoslo al contrario como cada uno un ladrillito más con nuestras propias manos; vivamos entre nuestras cuatro paredes, sin disputar vanamente si nos ha de sorprender la muerte como á los carneros de Casti, asados ó cocidos, y si del otro lado imaginan algunos que está la felicidad, que nosotros no vemos en el mundo por ninguna parte, Dios se la tenga muchos años por allá, y se la dé á quien más le convenga, pues ya está visto que á nosotros, pobrecitos habladores, no nos debe en manera alguna de convenir.

Una duda ofensiva nos queda por desvanecer; ésta es una aclaración que nos pesará más que todo no poder hacer. Habrán creído muchos tal vez que un orgullo mal entendido, ó una pasión inoportuna y dislocada de extranjerismo han hecho nacer en nosotros una propensión á maldecir de nuestras cosas. Lejos de nosotros intención tan poco patriótica; esta duda sólo puede tener cabida en aquellos paisanos nuestros que, haciéndose peligrosa ilusión, tratan de persuadirse á sí mismos que marchamos al frente ó al nivel á lo menos de la civilización del mundo; para los que tal crean no escribimos, porque tanto valiera hablar á sordos: para los Españoles empero juiciosos, para quienes hemos escrito mal ó bien nuestras páginas; para aquéllos que, como nosotros, creen que los Españoles son capaces de hacer lo que hacen los demás hombres; para los que piensan que el hombre es sólo lo que de él hacen la educación y el gobierno; para los que pueden probarse á sí mismos esta eterna verdad con sólo considerar que las naciones que antiguamente eran hordas de bárbaros son en el día las que capitanean los progresos del mundo; para los que no olvidan que las ciencias, las artes y hasta las virtudes han pasado del oriente al occidente, del mediodía al norte en una continua alternativa, lo cual prueba que el cielo no ha monopolizado en favor de ningún pueblo la pretendida felicidad y preponderancia tras que todos corremos; para éstos, pues, que están seguros de que nuestro bienestar y nuestra representación política no ha de depender de ningún talismán celeste, sino que ha de nacer, si nace algún día, de tejas abajo, y de nosotros mismos; para éstos haremos una reflexión que nos justificará plenamente á sus ojos de nuestras continuas detracciones; reflexión que podrá ser la clave de nuestras habladurías, y la verdadera profesión de fe de nuestro bien entendido patriotismo. Los aduladores de los pueblos han sido siempre, como los aduladores de los grandes, sus más perjudiciales enemigos; ellos les han puesto una espesa venda en los ojos, y para usufructuar su flaqueza les han dicho: Lo sois todo. De esta torpe adulación ha nacido el loco orgullo que á muchos de nuestros compatriotas hace creer que nada tenemos que adelantar, ningún esfuerzo que emplear, ninguna envidia que tener. Ahora preguntamos al que de buena fe nos quiera responder: ¿Quién es el mejor Español? ¿El hipócrita que grita: «Todo lo sois; no deis un paso para ganar el premio de la carrera, porque vais delante»; ó el que sinceramente dice á sus compatriotas: «Aún os queda que andar; la meta está lejos; caminad más aprisa, si queréis ser los primeros?». Aquél les impide marchar hacia el bien, persuadiéndoles á que le tienen; el segundo mueve el único resorte capaz de hacerlos llegar á él tarde ó temprano. ¿Quién, pues, de entrambos desea más su felicidad? El último es el verdadero Español, el último el único que camina en el sentido de nuestro buen gobierno. Y cuando una mano poderosa y benéfica, de quien sabe mejor que los aduladores de las naciones lo que nos falta que andar, nos anima señalándonos gloriosos ejemplos, cuando una reina ilustre y un monarca bien intencionado tratan los primeros de llevarnos á la posible perfección, retardada acaso no por culpa de sus excelsos antecesores, sino tal vez por la sucesión de revoluciones desgraciadas siempre que han afligido nuestro país, en esta ocasión ¿no se nos permitirá proclamar esta luminosa verdad, que un Español fiel vierte en cooperación de los altos fines de sus reyes? ¿No se nos permitirá tampoco rendir este postrer homenaje á la verdad?

Ésta era la última reflexión que nos quedaba que hacer; el deseo de contribuir al bien de nuestra patria nos ha movido á decir verdades amargas; si nuestras pocas fuerzas, si las dificultades que en nuestra marcha hemos encontrado, si las circunstancias, en fin, hubiesen impedido resultados correspondientes á nuestras esperanzas, sírvenos al menos de consuelo y de recompensa la propia satisfacción que nos inspira nuestro objeto. ¿No se nos permitirá tampoco decir á la faz de nuestros lectores: ¿Ésta fué nuestra intención? ¿Qué riesgo podrá haber para nadie en decir en altas voces que deseamos lo bueno, y que por eso criticamos lo malo?

Después de este exordio, en que hemos dado la clave de nuestro Hablador, después de haber manifestado harto claramente que si números enteros han sido dedicados á objetos de poca importancia, no ha sido porque fuese tal nuestra intención, sino por la naturaleza de las cosas que nos rodean, terminemos nuestra colección como podamos; y si hubiere lector que no pareciese muy satisfecho de nuestras divagaciones, ó de la futilidad tal vez de las materias que tratemos, le rogamos que vuelva á leer el exordio que antecede para que no culpe á quien de buena gana le siguiera divirtiendo más á su placer, y recuerde que sólo el deseo de cumplir la palabra que al público tenemos dada de llenarle catorce números nos pone hoy nuevamente la pluma en la mano.

CARTA ÚLTIMA
DE ANDRÉS NIPORESAS
AL BACHILLER
DON JUAN PÉREZ DE MUNGUÍA

Querido bachiller: Imagina tú si me será sensible el estado de tu salud y ese malhadado frenillo que te embarga la lengua y te obliga á hablar tan de tarde en tarde; echa mano de la sopa en vino, y si ésta no basta á dar tono á tu decaída máquina, avísame con tiempo para encomendarte á Dios y rogarle que te haga arrepentir en vida de tus muchos y corpulentos pecados, pues te veo ya con un pie en la sepultura, y me doy á entender que si te alcanza la muerte antes de arrepentirte, no ha de haber luego remedio humano ni divino para ti, ni te han de alcanzar oraciones de ningún cristiano. Mira estas cosas muy despacio, y considera sobre todo que hay infierno. De esta verdad, si la fe no te respondiera, te respondería yo, que llevo este punto de creencia á tal extremo que estoy para mí que no sólo le hay en la otra vida, sino en ésta también debe haberle para más de uno, según vehementes indicios que de ello tengo.

Es tanta la batahola de preguntas y confusión de encargos que en tu última carta reservada, y no vista del público, me diriges y encomiendas, que no sé si bastaré yo para dar completa satisfacción á todas tus necesidades. Conténtate, pues, con lo que buenamente te pueda ir diciendo...

Pasemos á tus largas preguntas y á tus interminables encargos.

Con respecto á la Historia de España que me pides, como me dices que ha de ser buena, no te la puedo enviar, porque no la he encontrado.

Me encargas que envíe á tu sobrinito á las cátedras públicas de historia y geografía que supones temerariamente que debe de haber en una corte como ésta; me añades que ya que tiene la fortuna de estar en el primer pueblo de la nación, que aproveche esta feliz circunstancia para ilustrarse. Te ruego encarecidamente que antes de hacerme estos encargos procures no ser tan ligero en tus juicios, porque aquí no hay semejantes cátedras; lo que hay es una Academia de la Historia, y un despacho de mapas en la calle del Príncipe. Puede ser que sean éstas las noticias que tengas, y como eres tan torpe, todo lo hayas confundido.

Soy de opinión que no aprenda taquigrafía, en atención á que aquí no hay palabra que seguir.

Lo que sí debe aprender es el arte de tener siempre razón, es decir, la esgrima, porque andan muy en boga los desafíos de algún tiempo á esta parte; de suerte que ya en el día es una vergüenza no haber estropeado á algún amigo en el campo del honor. Otra cosa no menos importante. Es de primera necesidad que se vista de majo y eche un cuarto á espadas en cualquier funcioncilla de toros extraordinaria que entre señoritos aficionados se celebre, que sí se celebrará; con estas dos cosas será una columna de la patria, y un modelo del buen tono, según los usos del día. Y aun si pudiera ser tener pantalón colan y sombrero clac; si pudiera ser además que pasase la mañana haciendo visitas, y dejando cartoncitos de puerta en puerta, la tarde haciendo ganas de comer y atropellando amigos en un caballo cuellilargo y sin rabo, condición sine qua non, la primera noche silbando alguna comedia buena, y la madrugada de raout en raout, perdiendo al écarté su dinerillo y el de sus acreedores, sería doblemente considerado de las gentes del gran mundo, y atendido de las personas sensatas del siglo...

Alguna obra de la biblioteca de las que me indicas está en lo reservado, y así te devuelvo tu encargo...

Tampoco he encontrado una colección de trajes españoles de todas las épocas, porque no la hay. Me han preguntado si estás tú seguro de que anduviesen vestidos nuestros antepasados.

No se ha encontrado quien compusiera tu reloj; sabe más que tú y que todos nosotros; por más que ha querido el relojero gobernarlo, él no se ha dejado gobernar.

La laminita que quieres, no he hallado en Madrid quien la haga; dicen que es preciso hacerla sobre acero, y para obtener buen resultado me han asegurado que debes encargarla á París.

No he dado á encuadernar el libro consabido, porque como lo quieres lujoso y preciosamente encuadernado, y aquí no hay más que uno que lo sepa hacer, está muy atareado, sobre llevar muy caro, y así es cosa larga. Si te corre prisa lo enviaré á Londres...

No he podido confiar tus comisiones á Domingo, ni á Pedro, ni á la Nicolasa: hanles sucedido á todos desgracias impensadas...

Ya te puedes poner en camino, porque en esta semana pasada no ha habido más que dos robos de diligencias...

Pero si vienes á pretender no vengas, que por ahora no tengo empeños que prestarte, y para traerte sólo contigo tus méritos, te puedes quedar con ellos por allá, que aquí nadie los ha menester...

Vengas ó no vengas, lo que debes hacer es callar; supuesto que el mundo ha de ir siempre como va, haz lo que todos, y de lo que sabes saca partido, si es que no quieres olvidarlo, lo cual sería más seguro. Cuando las cosas no tienen remedio, la habilidad consiste en convertirlas como son en provecho de uno. Déjate, pues, ya de habladurías, que te han de costar la vida, ó la lengua; imítame á mí, y escribe sólo de aquí en adelante cartas simples y serias de familia, como ésta, donde cuentes hechos, sin reflexiones, comentarios ni moralejas, y en las cuales nadie pueda encontrar una palabra maliciosa, ni un reproche que echarte en cara, sino la sencilla relación de las cosas que natural y diariamente en las Batuecas acontecen; ó lo que sería mejor, ni aún eso escribas, que para que esta habilidad no se te olvide, bastará que pongas semanalmente la cuenta de la lavandera.

Andrés Niporesas

Nota. De aquí para adelante el editor no sabe más qué ha sido de los escritos del Bachiller ni de su correspondencia con Andrés Niporesas: sólo se sabe que, como de los fragmentos de esta carta se puede barruntar, se había puesto el Pobrecito en camino para la corte de las Batuecas, y, como se infiere, Andrés seguía en Madrid. Que á poco el Bachiller murió, lo cual se supo por los últimos partes telegráficos. El editor aguarda los más recientes pormenores para darlos al público, como lo espera hacer en el número 14 de esta colección, que será la muerte del Pobrecito Hablador. Sólo se han hallado entre papeles viejos algunos fragmentos, como en dicho número se dirá, los cuales no se sabe si con el tiempo podrán ver la luz pública.

MUERTE
DEL
POBRECITO HABLADOR

ESCRÍBELA PARA EL PÚBLICO ANDRÉS NIPORESAS, SU CORRESPONSAL

Habló lo que tenía que hablar, y expiró.

Pág. 176 de este tomo 1.º

¿Qué se hizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón
¿Qué se hicieron?
...........................
...........................
Mas como fuese mortal,
Metiólo la muerte luego
En su fragua:
¡Oh juicio divinal!
Cuando más ardía el fuego
Echaste agua.

Jorge Manrique

¡Oh fragilidad de las cosas humanas! ¿Será cierto? El fuerte, el terrible cayó. ¡No existe ya el Pobrecito Hablador! ¿Pero qué mucho? Caen y pasan los imperios, ¡y no habrán de caer y pasar los habladores! Los Asirios cayeron; los Babilonios hicieron lugar á los Persas; los Persas sucumbieron á los Griegos; los Griegos se refundieron en los Romanos. Roma humilló su altiva frente á las hordas del Norte, y á los bárbaros sus águilas imperantes... todo pasó: el recuerdo de su soberbia existe sólo para hacer más humillante su caída. ¿Qué le prestó á la colonia de Dido su mala fe? ¿Qué le prestaron sus ciencias á la ciudad de Minerva? ¿Qué á la corte de Zenobia sus altos monumentos? ¿Qué á la capital del mundo su severidad republicana ni sus fuertes muros? Todo lo destruyó el tiempo. ¿Y no podrá destruir á un hablador?

Entre lágrimas y congojas escribo estos tristes renglones que acaso la posteridad leerá; pero por si la posteridad no los leyese, porque de la posteridad no se sabe cosa cierta, léanlos á lo menos nuestros coetáneos.

Un pañuelo en la mano, apoyada en esta la mejilla, mis cabellos esparcidos, los ojos anegados en lágrimas, las huellas del dolor sobre mi frente... Heme aquí, discípulo de Apeles; pinto mi desesperación si alcanzan tus pinceles á pintar el mayor dolor que un mortal y que un Andrés han alcanzado jamás á padecer.

Tregua por fin á los sollozos: corra mi pluma sobre el papel; selle con caracteres de tinta y consigne en la eternidad tan funesto acontecimiento.

No ha dos horas aún esperaba el correo... la alegría brillaba en mis ojos. ¡Noticias de las Batuecas! exclamaba. ¡Cuánto se engaña el hombre! Llega un propio acelerado; mi mano trémula se resiste á romper el negro lema... y... ¡Qué horror! El Bachiller... ¡ha muerto! ¿Alguna alevosa pulmonía? No; no era un soplo de aire quien había de matar á un hablador. ¿Una apoplejía fulminante? ¡Ah! Un pobrecito no muere de apoplejía. ¿Murió de tener razón? ¿Murió de la verdad? ¿Murió de alguna paliza? Pero ¡ay! era su estrella dar palos y no recibirlos. ¿Dió con alguno más hablador que él? ¿Murió de algún tragantón de palabras?

No más dudas, en fin: recorro con la vista el pliego funesto, y la siguiente carta del infeliz escribiente del Pobrecito Hablador desenvuelve á mis ojos las horribles circunstancias de tan espantosa catástrofe:

«Señor don Andrés Niporesas. Aunque á riesgo de que usted no me crea, pues sé de muy buena tinta que no cree en cosa nacida ni por nacer, en lo cual hace como aquel que es experimentado y sabe cuanto viven los hombres de mentira, no dudo un momento en participarle la desgracia que en el día y aun en la noche tiene hecha un mar de lágrimas esta su casa y, lo que vale más, gran parte ya de las Batuecas.

»Bien sabe usted, y lo sabe mejor que nadie, que mi principal el señor Bachiller, que Dios haya perdonado, dió en hablar por los codos, y valga lo que valga esta frasecilla. No fueron parte, como usted sabe, á atarle la lengua, ni los respetos debidos á los necios en todo país poco menos que civilizado, ni las consideraciones que la sinrazón merece más de una vez entre nosotros, ni los gritos de su familia que los poníamos en el cielo suplicándole que no se metiese en habladurías, para lo cual le acumulábamos un sinfín de refranes, como verbi gracia: al buen callar llaman Sancho; cada uno en su casa, y Dios en la de todos; por la boca muere el pez; y otros tales y tan significativos como éstos; ya conoce usted que á mí sobre todo no me faltarían, porque soy de nacimiento castellano y de profesión batueco; pero á todo hacía mi amo orejas de mercader, ó respondía de una manera victoriosa: en cuanto al primero, que él no quería ser Sancho; en lo de cada uno en su casa, ni estaba decidido si él la tenía, ni si él era cada uno; en cuanto á lo de Dios por su casa, mucho le amaba en verdad... Y en lo de que el pez muere por la boca, añadía que tanto tenía él de pez, como los batuecos de personas. Así no había entrarle. Ya ve usted que un hombre para quien no tenían autoridad los refranes, que tienen toda la legitimidad de la antigüedad, es hombre desahuciado. Había de hablar y habló.

«Y no fué lo peor que hablase, señor don Andrés, porque al fin si siempre hubiera hablado á cien leguas de sus interlocutores como en un principio le acontecía, ¡santo y bueno! que hay cosas que ó no se deben decir ó se deben decir desde muy lejos... Pero ¡ay de mí! el señor Bachiller la quiso echar de fanfarrón: supo que en las Batuecas no todos le agradecían los elogios que de ellos hacía y había hecho continuamente, porque cuatro lectores de mala fe le daban tormento á las expresiones y exprimían el limón hasta sacar lo amargo. ¡Vea usted qué injusticia! Bien sabe Dios, y lo sé yo también por más señas, que nunca fué la intención del señor Bachiller hablar mal de su país. ¡Jesús! ¡Dios nos libre! Antes queríalo como un padre á su hijo; bien se echa de ver que este cariño no es incompatible con cuatro zurras más ó menos al cabo del año. Además de ser él persona muy bien intencionada, de una pasta admirable y ajena de toda malicia, tanto que todo lo que decía lo decía de buena fe y como lo sentía. Ni él quisiera ofender á nadie, porque amaba á su prójimo poco menos que á sí mismo, y toda la dificultad solía ponerla en saber cuál era su prójimo, porque ha de saber usted que no todos se lo parecían. Fué, pues, el caso, y tenga usted paciencia con mis digresiones, porque yo nunca acerté á escribir de otra manera, antes suelo distraerme y salirme del camino como bestia hambrienta para meterme por los sembrados de las laderas y ver si cojo alguna espiga; así llevando viaje para Alcalá suelo salir junto á Zaragoza, y como de esas veces me anochece en Huete y salgo á la mañana por los cerros de Úbeda: digo, pues, fué el caso que supo mi señor las habladurías que de su persona andaban, y como se corría en las Batuecas que después de tanto como había hablado y tan malo no le sería posible dar la vuelta para allá, aunque quisiera, puesto que tendría miedo. Miedo, decía cuando lo supo. ¡Voto á tal! que nunca le vi la cara al miedo, y tengo de ir á las Batuecas sólo por ver si comen bachilleres esos señores tragaldabas.—¡Ay! no haga usted, señor Bachiller, tal disparate, le dijimos á una voz: mire que aunque tuviera miedo á los tontos no haría nada de más, porque no hay nada más terrible que un tonto. Pero, señor don Andrés Niporesas, dió en pensar en ello, y se pasaba los días de claro en claro, y las noches de turbio en turbio, dando y tomando en lo del viaje, hasta que hubo de efectuarlo. Fuímonos, señor de mi alma, á las Batuecas... Sosiéguese usted, porque nada le aconteció por entonces que digno de contar sea.


«Llegó por fin un viernes, que viernes había de ser él para ser bueno, y fué preciso meter entre sábanas al señor Bachiller, Q. S. G. H. Sintiéndose allí morir por momentos, no quiso espirar sin practicar todas aquellas diligencias que á su conciencia debía como buen cristiano, porque ha de saber usted que bueno no diré, pero cristiano sí sé que era. Practicadas estas diligencias, para las cuales le dejamos largo rato solo y recogido, llamónos á todos, y luego que nos tuvo en derredor:

«Hijos míos, dijo con voz bien diversa de la que solía tener cuando hablaba claro, porque es de advertir que á lo último ya apenas se le entendía: hijos míos, os reúno porque no quiero que se diga de mí que morí sin hacer disposición alguna, ni declaré mi verdadero modo de pensar, que si no fuese el verdadero, porque esto ni yo lo sé, será por lo menos el último; pues os advierto que yo también tuve varios modos de pensar, y tuviera más, si más lugar me diera la muerte, que me siento aquí, que me aprieta en la misma garganta. Ni menos quiero que se diga que murió sin decir oxte ni moxte quien sólo de hablar vivió, que esto fuera mengua.

«En cuanto á bienes, harto sabéis, queridos míos, que nada tengo que dejar sino el mundo en que he vivido, y ése bien sabe Dios que no le dejo yo, sino que me le hacen dejar mal que me pese. Ni necesito hacer ninguna declaración de pobre, porque bien público y notorio es que he sido poeta, que me dediqué desde chiquito á las letras en este país, que he sido hombre de bien y de honor, que no he sido intrigante ni adulador, ni yo anduve nunca en empréstitos ajenos y ganancias propias, ni tuve mujer bonita ni hija que lo pareciese, ni tío obispo ó padre covachuelo. Así que, ¿por dónde he de ser rico?

«Dejo, pues, lo poco que se halla, si se halla algo, para misas por mi ánima, porque no las tengo todas conmigo; y si se quejase mi hijo que le dejo por ello sin eso poco que le quedaría, que tenga paciencia, que primero son mis gustos que sus necesidades, y mi alma que su cuerpo.

«Declaro y confieso en la hora de mi muerte, y como si me hallase en ella, que tengo miedo, y que de miedo muero; lo cual no me da vergüenza, así como hay otras cosas que tampoco se la dan á otros; antes me da mucha pena y estoy muy arrepentido de no haberlo tenido un poco antes. ¡Cómo ha de ser! Todo no se puede hacer á un tiempo.

«Ítem más: en consideración á que conozco muchas personas que están buenas y gordas y bien establecidas que se han retractado de sus opiniones ó expresiones, siempre que han creído serles conveniente ó venir muy al caso, en consideración á esto, me retracto no sólo de todo lo que he dicho, sino también de lo que me he dejado por decir, que no es poco. Y esta retractación deberá entenderse reservándome el derecho de volverme á retractar cuanto y como me acomodare, si vivo, y así sucesivamente hasta el fin de los siglos; porque ésta es mi voluntad, y en cosas de cada uno nadie tiene que mezclarse; siempre tuve mis opiniones como mis vestidos, y cada día me puse uno, en lo cual batuecos hay que no tienen nada que echarme en cara.

«Á propósito de batuecos, declaro que los batuecos no son tales batuecos por más que lo parezcan: me arrepiento de habérselo llamado, siendo ésta una de las primeras cosas de que me retracto, y agradeciéndoles sin embargo la bondad con que han llevado esta impertinencia mía.

«Arrepiéntome en la hora de la muerte, y me pesa de lo poquillo que en esta vida he sabido, porque no me ha servido sino de dogal; y hago voto de no volver á saber cosa de provecho si de ésta me saca con bien la divina Majestad; y si hubiese de resucitar, como ya por su gran poder en ocasiones se ha visto, lo cual sin embargo no creo que se guarde para pecadores como yo, prometo de no volver á mirar libro alguno sino por defuera, dando siempre mi voto por la pasta».

«Aquí fué preciso reforzarle algo, lo que logramos leyéndole algunos rengloncitos de las últimas loas, por ser muy espirituosas: moríasenos por instantes, pero algo repuesto siguió:

«En cuanto á mi amigo, que dice lo es, Andrés Niporesas, que no firme en mis disposiciones testamentarias, aunque fuere de ellas testigo, sin embargo de que ya veo que no está presente. Insisto con todo en lo dicho, porque he conocido testigos ausentes. Si da cuenta al público de mi fallecimiento, como es de esperar, que no firme tampoco. Y esto lo dispongo así, porque no parezca burla ó chacota mi muerte ni mi arrepentimiento si ve el público malicioso que concluye con lo de Niporesas.

«Mándole que me agradezca esta satisfacción que de mi voluntad le doy, puesto que pudiera excusármela; á muchos conozco yo que cuando mandan no dan nunca satisfacciones, y tengo para mí que no van descaminados.

«Ítem más: digo que hay amigos en el mundo (si bien yo he dicho lo contrario), pues los tengo yo, que es cuanto hay que decir en la materia, y es la prueba de las pruebas.

«Ítem: digo que en la corte no hay vicios, á pesar de mi segundo número, donde me dió por decir que sí. ¡Válgame Dios por decírmelo todo!

«Ítem: confieso que el público es ilustrado, imparcial, respetable, y demás zarandajas que de él se cuentan. Y si he dicho lo contrario, preciso es que haya estado loco para desconocer simplezas de tanto bulto. Verdades serán cuando todo el mundo las dice.

«Ítem: declaro que á veces he dicho las cosas como no las quería decir. No importa mucho, porque creo que de cualquiera manera que se digan es como si no se dijeran. Hay cosas que no tienen remedio, y son las más.

«Ítem: afirmo ahora que los versos de circunstancias nunca son malos, si vienen á pelo, por malos que sean, porque cada cosa es relativa á otra cosa, y si no me entendiesen lo que quiero decir en esto, ¡cómo ha de ser! Ahora estoy muy de priesa para detenerme á explicarme más claro.

«Ea pues, hijos, yo me muero todo: tomad para vos este escarmiento: antes de hablar, mirad lo que vais á decir; ved las consecuencias de las habladurías. Si apego tenéis á la tranquilidad, olvidad lo que sepáis; pasad por todo, adulad de firme, que ni en eso cabe demasía, ni por ello prendieron nunca á nadie: no se os dé un bledo de cómo vayan ó vengan las cosas; amad á todo el mundo con gran cordialidad, ó á lo menos fingidlo si no os saliere de corazón, con lo cual pasaréis por personas de muy buena índole, y no como yo, que muero en olor de malicioso porque he querido dar á entender que de algunos países nunca puede salir nada bueno... En fin... muero... á Dios, hijos... ¡de miedo!!!».

«De esta manera, habló lo que tenía que hablar, y expiró á poco rato. Vímosle caer en la almohada, y no se le volvió á oir palabra: sólo sí debió rendir el alma á manos del último accidente del miedo, pues se tapaba la cabeza con la ropa como si viera fantasmas; huía, temblaba, se escondía y se ponía el dedo en la boca, postura en que murió. ¡Oh inescrutables fines de la Providencia, que castigas sin palo ni piedra! Apostara yo, señor don Andrés, que no veía en aquel terrible momento sino duros enemigos, censuras amargas, y encarnizados criticadores de su vida y hechos... En fin, expiró, lo cual conocimos en que dejó de hablar.

«El facultativo, sin embargo, dudando si tendría algún resto de vida, se acercó poco á poco á su oído, y le decía á grandes voces: ‘¡Señor Bachiller! vuelva en sí y repare qué versos tan malos andan por esos mundos, qué autorcillos tan miserables, y qué traducciones tan malas el público aplaude, y qué de cosas buenas desprecia... Mire usted que tiene aquí á media docena de necios; éste es un elegante, aquél un enamorado, el otro un amigo, el de más allá dice que es un sabio, el otro es un militar, y el otro un abogado; todos se tienen por hombres de importancia. ¿No les decís nada?’. Entonces, haciendo el último esfuerzo, cogió algunos periódicos españoles; púsoselos sobre la cara, y esperó un momento; pero no rebullendo mi amo, el doctor exclamó con la mayor pena, dejando caer la ropa sobre el difunto: ‘Muerto está, cuando nada dice á todo esto; ni un soplo de vida le queda. En paz descanse’.

«Ésta fué la muerte de mi señor Bachiller, que lloraré hasta que llegue el momento de la mía.

«Registráronse sus papeles en cuanto murió; pero hallamos medio quemado un gran legajo que los contenía; dímonos á entender que habría tratado en sus últimos momentos de juntarlos y dar con ellos en el fuego; acaso las fuerzas le habrían faltado, y así quedaban varios fragmentos enteros que el público conocerá tal vez algún día si aciertan á caer en manos de algún editor escrupuloso que los expurgue de la mucha cizaña que deben necesariamente tener. La imaginación de quemarlos nos hizo caer en la cuenta de que su arrepentimiento habría sido verdadero, y válida su retractación.

«Nada diré del entierro, que fué muy común: sólo advertiré que nadie se atrevió á hablar en él, antes todos mirábamos atentamente al féretro por ver si hablaría aun después de muerto.

«Queda con esto, señor don Andrés de mi alma, muy de usted el escribiente privado más afligido que nunca tuvo escritor público. Ruego á usted que encomiende al señor Bachiller, que tan amigo suyo era, y mande á su criado,

«El ex escribiente del Bachiller».


Ésta fué la carta: ¡murió el que dijo la verdad, y murió dejándose tanto por hablar! ¿No tenías, oh muerte, algún inútil sordo-mudo que sustituir á tan interesante víctima? ¿Quién nos dirá de aquí en adelante que no hay más que sinrazón en la tierra? ¿Quién nos dirá que el que no es tonto en el mundo es pícaro, y que los más son tontos-pícaros? ¿Quién nos dirá que no hay orgullo nacional, que no hay quien conozca sus deberes y cumpla con ellos, que no hay literatura, que no hay teatros, que no hay autores, que no hay actores, que no hay educación, que no hay instrucción? ¿Quién, en fin, nos dirá tanto como se ha dejado por decir?

Juzgue ahora el lector desapasionado si tan horroroso golpe me deja espacio ni humor de hacer más largas reflexiones.

No; mi silencio dirá más que mis amargas quejas.

Yo te consagraré una memoria, mi querido y malogrado bachiller, siempre que un abuso, siempre que una ridiculez se atraviese delante de mis ojos, siempre que la injusticia me hiera, que me ofenda la maldad, que me desconcierte la intriga, y que el vicio me horrorice. Yo en defecto tuyo, cuya censura podría reprimir en algo á los batuecos, rogaré á Dios y á santa Rita, abogada de imposibles, por la prosperidad de nuestra patria, que tantos nos anuncian con tan fáciles como inconsideradas promesas.

Andrés Niporesas.


CARTA PANEGÍRICA
DE ANDRÉS NIPORESAS

Á UN TAL DON CLEMENTE DÍAZ

GRAN POETA Y LITERATO
EN CONTESTACIÓN Á CIERTA SÁTIRA CONTRA EL POBRECITO HABLADOR

Válgame Dios, señor don Clemente Díaz, y qué vehementes deseos tenía yo de que saliera á la palestra, armado de punta en blanco, todo un paladín, como V. M. parece, contra mi amigo el buen bachiller Munguía. ¡Ya decía yo! Alguna desgracia debe de haberle ocurrido á don Clemente Díaz cuando ni su conocida reputación, ni su espíritu caballeresco, ni su mucho fondo de literatura han sido parte para obligarle á manchar cuatro páginas contra el impertinente Bachiller. ¡Gracias á Dios que nos ha quitado vuestra merced tan grande duda y sobresalto! Yo le juro como soy Niporesas que su enemistad y su intervención hacían falta notable á la buena fama de mi amigo Munguía.

¿V. M. tan comedido y tan mesurado en toda su vida, como ha dicho cierto autor moderno, que nadie le conocía por poeta ni por literato hasta la presente? Verdad es que esto de no conocerle nadie ni por uno ni por otro, más que de no ser digno de verse como tal por todas las Españas pregonado, dependía de esa fatalidad que han de tener todos los hombres de pro de ir acompañado su mérito de la más perfecta modestia. Ésta es la causa que ha debido tenerle hasta ahora tan atrasado en el concepto público. Pero no hay cuidado, todavía es tiempo de remediar, mal que bien, el daño que le ha causado su modestia referida; hase roto la nube caliginosa donde estaba malamente escondido su mérito, que sólo puede ganar con ser bien conocido, y ya amanece vuestra merced, como un astro apagado, por las puertas del oriente de la literatura.

Mi primera idea, cuando tuve la primera noticia de que un literato (entonces no sabía yo todavía que había de ser V. M.) iba á escribir contra el Bachiller, sépase que fué acribillarle á sátiras y folletos, y no dejar en sus escritos pedazo entero y sano tamaño como una avellana, ó como la especulación de vuestra merced, que todo es comparar. Pero luego que supe que era el impugnador un hombre tan conocido como don Clemente Díaz, guardárame yo muy bien, dije para mí, de seguir en tan loco empeño; á más de respetarle como si fuera el mismo cólera-morbo, vínome á la imaginación que debía de haberse hecho con su bien parlado folleto un numeroso partido, compuesto todo de los ofendidos por el Hablador. ¡Qué de usureros prestamistas y qué de calaveras tramposos no miro ya en derredor suyo dispuestos á defenderle, qué de libreros mandrias, qué de autores silbados, qué de autores éticos de circunstancias, qué de capitanes de ocho años y de vistas ciegos, qué de queridas de intendentes, qué de públicos de todas especies, qué de perezosos de aquéllos de Vuelva usted mañana, qué de autores batuecos, qué de batuecos convidadores, qué de gentes, en fin, que ni escriben ni leen, ni leen ni escriben, ni hablan ni oyen, tendrá dispuestos á sacar la cara por sus escritos!

Verdad es que ellos son tales que no han menester encarecedores ni abogados; ellos solos se recomiendan por ser quien son, y por ser de mi señor don Clemente Díaz, autor tan famoso en las edades futuras; porque es de advertir que si quiere llevar tan alto epíteto, sólo de esa manera ha de ser, pues que ni ya lo fué en los tiempos pasados, ni menos lo es en los presentes; culpa no de él, sino de los demás, que ignorábamos, como unos bestias, que teníamos un hombre siquiera en el país, y que ése era don Clemente Díaz.

Heme propuesto hacer su elogio, porque ha de saber que si tiene algún apasionado, ése soy yo; y para que vea si soy amigo suyo, ha de tener entendido que yo sé que ha escrito un folleto, y esto prueba el interés que por sus cosas me tomo, atendido que no lo sabe nadie sino yo, el cartelero que ha puesto los carteles, y V. M. que lo sabrá también, pues es sin duda hombre que sabe lo que hace. Y uno de los motivos que me precisan á escribir esta carta es el deseo de que lo sepa el público; en saliendo lo sabremos todos; pero sépase ó no se sepa, el caso es que V. M. ha escrito un folleto, y que este folleto es de don Clemente Díaz, lo cual será una verdad eterna, aunque nadie más que él y yo lo sepamos; porque no dejan las cosas de ser ciertas por no ser sabidas, y pondré un ejemplo: supongamos por un momento que V. M. tiene talento, pero que esto no lo sabe nadie; ¿dejará por eso de existir el talento de V. M. en su cabeza ó en cualquiera otra parte del cuerpo (que ni esto está averiguado, ni yo ignoro que cada uno tiene su poco ó mucho talento donde buenamente puede)? Dígame V. M., ¿dejará de tener el tal talento porque nadie lo haya podido traslucir hasta ahora? Ya se ve que mi argumento no tiene respuesta.

No quisiera yo, por lo mismo que soy tan apasionado suyo, que se creyera parcial mi elogio; esto es ¡vive Dios! lo que me da pena, porque si digo que es malo el folleto, y hablo mal de don Clemente Díaz, me han de responder luego, no que es gana de disimular nuestra amistad, sino que se descubre la que á mi amigo el Bachiller profeso; y si digo que es bueno, dirán que me burlo de mi señor don Clemente Díaz, y ¡voto va! que si tal dicen, mienten y remienten cuantas veces lo dijeren, que ni yo me burlo de V. M., ni yo ignoro lo que vale un don Clemente Díaz en estos tiempos tan escasos de poetas buenos y de literatos profundos.

Dígame si no: si V. M. no acertara á tomar cartas en el juego, y á sacar la cara por los abusos y necedades criticados en el Hablador, ¿quién diantres la había de haber sacado? Quedáranse los necios menesterosos sin amparo ni defensa, que fuera gran lástima.

No me dieran á mí otro trabajo que probar hasta la evidencia que V. M. no sólo es literato, en cuanto á que tiene esas letras tan gordas que dice, sino también caballero y generoso, amigo de enderezar tuertos y desfacer agravios. Prenda muy recomendable en estos tiempos tan egoístas que alcanzamos; y más para él, que de esa suerte podrá enderezar el que á sí mismo se ha hecho con su folletillo; por lo cual aunque no fuera tan literato como es, había de bastar aquella prenda para hacerle pasar por hombre de bien, ya que no por poeta, como le sucedía á don Eleuterio Crispín de Andorra; y también le juro á V. M. que vale mucho más ser hombre de bien y salvar su alma que hacer buenos versos, si no se pudieren reunir entrambas cosas, lo cual sería lo mejor. Por ejemplo, ahí tiene V. M. á un Arouet (ya sabrá quien es, y si no, yo no se lo puedo decir más claro). ¿De qué le parecerá á V. M. que le sirvió hacer su Zaira y su Mahoma, con otras frioleras de gusto, si á la hora de ésta debe de estar probablemente hecho un torrado en los profundos? Esto es lo que me da rabia cuando leo un hermoso trozo de Homero, y aun de Virgilio; siempre arrojo el libro diciendo: ¡Qué lástima que estos hombres no fuesen buenos cristianos, y hombres de bien como don Clemente Díaz! Pues ¿y cuando leo á Horacio, á Juvenal y á Persio, y á Boaló, como V. M. escribe, ó Boileau como se llamaba él y escribimos nosotros? Entonces me ocurre al momento la misma idea que á V. M. Si los abusos no se han de corregir por más sátiras que se escriban, ¿para qué escribirlas? Eso mismo digo yo; por ejemplo: si mi amigo el Bachiller no ha de dejar de hablar, aunque más escriba V. M. folletos, ¿para qué es cansarse escribirlos? Eso digo para mí, y ya le hubiera citado á V. M. en varias ocasiones y en diversas casas si no fuera porque, á pesar de lo famoso que ha de llegar á ser con el tiempo si sigue escribiendo folletos, no gusto nunca de hablar por boca de ganso, sino decir mis ideas tales cuales son, y más que no se asemejen á las de don Clemente Díaz, que todos no es posible tengamos las mismas ideas, como V. M. conoce mejor que yo.

¡Ay qué bien ha hecho su maestro de primeras letras en ponerle á escribir! porque yo supongo generosamente que cuando empezó el folleto ya sabría leer de corrida; no porque yo crea que necesita irse soltando su estilo, que ya anda demasiadamente suelto, sino porque si lo hemos de leer no hay otro medio sino que V. M. lo escriba. ¡Y cómo conoció el pícaro del maestro lo que podía prometerse del buen ingenio de don Clemente Díaz! ¡Apostara yo el valor del primer ejemplar del folleto de V. M., si es que se ha vendido ya, á que son para él las utilidades! ¡Y cómo lo ha entendido el muy ladino!

¿Como cuánto tiempo hará que V. M. hace versos, señor don Clemente Díaz? ¿Cómo fué el descubrir V. M. que tenía esa estupenda habilidad, en sazón de estarse publicando los Pobrecitos Habladores? Otra preguntilla, y es la última por ahora. ¿Como cuántos años podrá tener V. M.? Porque si como es de ingenioso es de precoz, ¡voto á Apolo que es una maravilla mi señor don Clemente Díaz! ¡Y qué bien pone la pluma, y cuánto sabe!

Sabe, por ejemplo, hacer él solito palabras compuestas, como: verbi-gracia, satírico-manía; sabe citar á don Manuel Bretón de los Herreros y poner su epigrafito y todo, que es un contento. Sabe que el famélico vate no debe lamentarse de lo que se lamentaron otros, sino que cada uno se lamente solo y de cosa distinta, y antes de lamentarse tenga buen cuidado de averiguar y saber si se lamentó otro de aquello mismo, y si no, no lamentarse. Si á su merced, por ejemplo, le salieran unos ladrones á robarle y le aporrearan, su merced, que es vate famélico, según parece, no debiera lamentarse más que le hubieran llenado de chichones el occipital ó el frontal, porque ni su merced sería el primer aporreado, ni el primero que se ha lamentado de algún aporreo. Así que todo el toque del escribir está en hacerlo con anterioridad á los que han escrito antes que uno, cosa muy sencilla mirándolo despacio. En esto sigue don Clemente Díaz su misma regla; por no repetir ideas de otros, tiene él las suyas hechas de tal manera que ni yo las vi iguales, ni parecidas, en autor alguno que le haya antecedido, ni espero, ¡qué esperar! que ningún hombre de talento pasado, presente ni futuro diga las cosas que don Clemente dice. ¡Tanta es su originalidad y su deliciosa extravagancia!

Sabe decir su merced que gustara acaso Persio si escribiera solo, añade que también Juvenal gustara con la misma circunstancia, y concluye diciendo que también otros ciento gustaran si escribieran solos. Me recordó este paso chistoso, capaz de hacer reir á cualquiera, como sin duda se lo ha propuesto el graciosísimo señor don Clemente, el lance aquel de los doscientos gallegos que volvían de la siega y se dejaron robar porque venían solos.

Don Clemente sabe además hacer metáforas, las cuales no son las de menos donosa invención aquella de que el mundo con muletas ande cojo; la otra del agostado juicio de mi amigo (¿si aludirá á que se casó en agosto?), la otra de dejar ir su mente á rienda floja, y aquella otra tan revuelta y enmarañada y llena de escondrijos y retortijones que dice que exprime el Bachiller «el corto zumo de su ingenio para deshacerse en humo de sandeces por coger un premio de humo». Ésta, ésta es la que debe de haberle costado más noches de no dormir y más días de no pensar; y por fin la de los «timbres de la nobleza que de la gloria en la mansión habita y eleva sobre el tiempo su cabeza»; y la lindísima de aquel fantasmón de arroyuelo que tenía arrogante estilo (decir estas cosas es el único modo seguro de no parecerse á ningún otro buen autor). Esto es lo que se llama tener gracia natural para hacer reir, ¿y con qué arbitrio tan sencillo? Con sólo reunir don Clemente en sus ratos ociosos palabras de aquí y de allí; barajarlas, y ver qué efecto producen; y más que no representen ideas que tengan relación entre sí, en cuyo caso se desbarataría gran parte de la gracia del juego.

Sabe don Clemente Díaz hacer versos aconsonantados sin consonante, caso que no ha acertado á conseguir ni ha intentado siquiera ningún poeta ni famoso, ni sin fama, como cuando hace consonar velas con vendaba. ¡Tan cierto es que sólo al genio le está reservado abrir sendas desconocidas! Esto me trajo á la memoria aquel otro caso tan sabido del juego de prendas, en que se apuraba una letra y era la g; había dicho alguno guitarra. «Á usted le toca ahora, señorita», dijo á la persona siguiente el que llevaba el juego; á lo cual contestó ella con gran prisa y raro tino violín, y calló con aquel aire de satisfacción y desembarazo que tiene el que ha salido triunfante de un grande apuro.

Consonante á velas... Vamos, don Clemente, en elas. ¿En elas? ¡vendaba! ¡Bravo, don Clemente! ¿Ven ustedes? Ya salimos del paso.

Recuérdame esto otro cuentecito que me contó mi maestro: un poeta nuevo, como V. M., señor don Clemente, tenía que hacer una oda á un amigo suyo, á quien habían sacramentado; él había visto que en las odas solía haber unos versos cortos y otros largos, y dijo: «Si en eso consiste, odas haré yo también», que es lo que á V. M. le habrá sucedido con los tercetos: hizo, pues, su oda, y describiendo la mala noche concluía una estrofa con estos dos versos, el uno quebrado y el otro tan entero como un burro garañón:

Y era tan fuerte el viento,
Que se apagaban las hachas de los que por purísima devoción iban alumbrando al Santísimo Sacramento.

Bien es verdad que si V. M. tenía que decir la palabra vendaba por razones particulares que ignoro, y que él acaso sabrá, aunque hubiera hablado más arriba de velas por el mar del frívolo, que aunque no está en el mapa, culpa de los mapistas, sabe V. M. muy bien cuál es, no era cosa de andarse horas enteras á buscar consonante en elas para decir otra cosa que lo que quería decir; primero es la verdad que el consonante, y ser franco que ser poeta; y volvemos á aquello de la hombría de bien: ya sabe V. M., señor don Clemente, que para ganar el cielo no se necesita tener el oído muy delicado. ¿Quién sabe si á V. M. le sonará lo mismo velas que vendaba por la regla de apurar la letra y empezar todo con v?

Lástima grande que no habite encima del cuarto de usted algún poeta para que hiciese con él lo que Pedro Corneille con su hermano Tomás: aquel tenía hecha, como V. M. no sabrá, una trampilla en el piso de su habitación sólo para pedirle en los graves apuros consonantes á su hermano, que vivía debajo de él.

Dígame V. M. la verdad, como si nadie nos oyera, ¿V. M. entiende los consonantes al revés, y cree que han de consonar las palabras por el principio ó por el fin? En este caso le sucederá lo que á aquel cochero beodo que montó la mula al revés, y tomándole el rabo por riendas arreaba y pegaba latigazos á su inocente coche.

Sabe el señor don Clemente además que todo el que no sea hombre de talento debe domar toros, de donde se infiere que todos los tontos deben ser vaqueros, y que la clase de vaqueros debiera ser la más numerosa de la sociedad, porque los más son tontos como V. M. sabe. V. M. debe saber mucho de domar toros, á no ser que haya dicho lo del toro por ser su satirilla en tercetos, y haber de consonar con oro y tesoro, en cuyo caso no he dicho nada, y tiene él razón, á pesar de que otras veces no se para en consonantes, y teniendo su vendaba á mano para estos casos apurados, no había de recurrir á la tauromaquia.

¿Y qué de cosas más sabe V. M.? ¿Apostamos algo á que sabe también dónde tiene la mano derecha?

¿Conque ha leído V. M. á Juvenal, y á Persio, y á Boileau? ¿Y qué más libros ha leído V. M.? ¿Como á qué edad empezaría mi señor don Clemente Díaz á leer? ¡Vaya que es un Centón mi señor don Clemente Díaz! ¿Ha leído V. M. también el Hablador que critica? Porque ya veo que es muy capaz de leer hasta lo que no está escrito, y hasta de escribir lo que no se haya de leer. Yo, amigo don Clemente Díaz, no leo tanto, á pesar de que he leído el folleto de V. M., que, sin vanidad, ni hay muchos que puedan decir otro tanto, ni habrá uno solo que me niegue que se necesita para ello tener afición decidida á la lectura.

En lo que tiene razón es en decir que los poetas no han de buscar con qué vivir, sino gloria, y yo estoy seguro de que él no busca más gloria, como se echa de ver en aquello de regalarnos el folleto por dos reales cada ejemplar, que atendido su mérito, es lo mismo que decir de balde; así que la gloria debe de ser para V. M. una especie de maná, si bien yo tengo para mí que no ha de echar muchas carnes con la que le ha valido su folleto; imagino que le ha de costar algunos días el digerirla, pues tengo entendido que es alimento fuerte para estómagos flacos. Ni es justo que el poeta vea su comedia, ni que se le premie por ella ¡Disparate! ¡Cómo se conoce que no ha hecho don Clemente Díaz ninguna comedia! No porque no haya podido, sino por no emporcarse las manos con las medallas de plata carcomidas que suele cobrar el poeta. Supuesto que don Clemente cobra en laureles, ¿como cuánto laurel vendrá á tener V. M. hacinado en su casa? Vamos serios, don Clemente Díaz, hagamos una especulación; que como nos lo ponga á un precio moderado, ¿quién sabe si pudiéramos hacer negocio?

Hanme dicho malos amigos de su folleto que es gran lástima que no tenga más gracia de la que tiene, porque á tenerla, todos nos hubiéramos divertido, y V. M. el primero.

No haga caso de habladurías, que si se parara en lo que dicen era cosa de no volver á escribir. Lo único que le aconsejo yo es que cuando diga verdades las diga claras y no se ande con rodeos, de la pieza remendaba en prosa, sino que la nombre; diga los verdaderos defectos del Hablador, y si no los conoce acuda á nosotros el Bachiller y yo, que somos uña y carne, y se los hemos de apuntar; algunos tiene que V. M. se ha dejado en el tintero.

Esperamos, pues, señor don Clemente Díaz, que siga en otras sátiras y folletos corriendo tras de la gloria, por si la puede alcanzar, aunque ella va de prisa y le lleva bastante delantera: si bien el Hablador no admite ni da contestaciones, yo, que soy su amigo, á quien no alcanza el entredicho, le podré contestar; y si no le contestase más, lo cual es muy posible, no por eso se desanime, sino escriba y versifique, y no defraude malamente á la posteridad del fruto que podrá sacar de sus vastos conocimientos: tenga entendido que ha nacido para escribir folletos, y todo lo demás es errar la vocación y no cumplir con la obligación que traen al mundo los hombres grandes de ilustrar á sus semejantes, si es que V. M. tiene semejantes: yo por mi parte le aseguro por la fe de caballero, que aplicándose ha de llegar á hacer sátiras muy regulares, lo cual debe V. M. hacer tanto más cuanto que puede vivir seguro de que encontrará siempre en mí un panegirista celoso de su gloria, y de que no se menoscabe en nada la colosal reputación que tiene adquirida en el mundo literario, como Clemente, como Díaz, como poeta y como satírico, y más que perjudiquen á los intereses del Bachiller sus claras luces y sus terribles impugnaciones.

Andrés Niporesas.

Nota. Sabedor el autor de esta carta de que se ha introducido la moda de terminar las cuestiones literarias por medio de duelos ó quebrantos de huesos, advierte al público que en su redacción no se admiten palizas ni desafíos.

EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE

EL DONCEL DE
DON ENRIQUE EL DOLIENTE