VUELVA USTED MAÑANA

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal á la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo á más de un cristiano.

Estas reflexiones hacía yo casualmente, no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que en buena ó mala parte han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada é hiperbólica, de estos que ó creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, ó que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por ésos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes á todos los países.

Verdad es que nuestro país no es de aquéllos que se conocen á primera ni segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana á esos juegos de manos sorprendentes é inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.

Un extranjero de estos fué el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial ó mercantil eran los motivos que á nuestra patria le conducían.

Acostumbrado á la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no se encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle á que se volviese á su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fué preciso explicarme más claro. «Mirad, le dije, Mr. Sans-délai, que así se llamaba; vos venís decidido á pasar quince días, y á solventar en ellos vuestros asuntos.—Ciertamente, me contestó. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quien soy. En cuanto á mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto á mis especulaciones, en qué pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas ó malas, y admitidas ó desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo á mi casa; aún me sobran de los quince, cinco días». Al llegar aquí Mr. Sans-délai traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fué bastante á impedir que se asomase á mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado. «Permitidme, Mr. Sans-délai, le dije entre socarrón y formal, permitidme que os convide á comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.—¿Cómo?—Dentro de quince meses estáis aquí todavía.—¿Os burláis?—No por cierto.—¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!—Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.—¡Oh! los Españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal de su país por hacerse superiores á sus compatriotas.—Os aseguro que en los quince días con que contáis no habréis podido hablar siquiera á una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.—¡Hipérboles! Yo les comunicaré á todos mi actividad.—Todos os comunicarán su inercia».

Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto á dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.

Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos á buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreime y marchámonos. Pasaron tres días; fuimos. «Vuelva usted mañana, nos respondió la criada, porque el señor no se ha levantado todavía.—Vuelva usted mañana, nos dijo al siguiente día, porque el amo acaba de salir.—Vuelva usted mañana, nos respondió el otro, porque el amo está durmiendo la siesta.—Vuelva usted mañana, nos respondió el lunes siguiente, porque hoy ha ido á los toros». ¿Qué día, á qué hora se ve á un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana, nos dijo, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio». Á los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije á mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.

Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.

Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.

No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza á comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero, á quien le había enviado su sombrero á variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.

Sus conocidos y amigos no le asistían á una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían á sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!

«¿Qué os parece de esta tierra, Mr. Sans-délai? le dije al llegar á estas pruebas.—Me parece que son hombres singulares...—Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida á la boca».

Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.

Á los cuatro días volvimos á saber el éxito de nuestra pretensión. «Vuelva usted mañana, nos dijo el portero. El oficial de la mesa no ha venido hoy».—Grande causa le habrá detenido, dije yo entre mí. Fuímonos á dar un paseo, y nos encontramos ¡qué casualidad! al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.

Martes era al día siguiente, y nos dijo el portero: «Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.—Grandes negocios habrán cargado sobre él», dije yo. Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar. «Es imposible verle hoy, le dije á mi compañero; su señoría está en efecto ocupadísimo».

Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado á informe, por desgracia á la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.

Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía á aquel ramo; era preciso rectificar ese pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondientes, y hétenos caminando después de tres meses á la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fué el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro. «De aquí se remitió con fecha tantos, decían en uno.—Aquí no ha llegado nada, decían en otro.—¡Voto va! dije yo á Mr. Sans-délai; ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?».

Hubo que hacer otro. ¡Vuelta á los empeños! ¡vuelta á la prisa! ¡qué delirio! «Es indispensable, dijo el oficial con voz campanuda, que esas cosas vayan por sus trámites regulares». Es decir, que el toque estaba como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos ó cuantos años de servicio.

Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar á la firma, ó al informe, ó á la aprobación, ó al despacho, ó debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: «Á pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado».—«¡Ah, ah! Mr. Sans-délai, exclamé riéndome á carcajadas: éste es nuestro negocio. Pero Mr. Sans-délai se daba á todos los oficinistas, que es como si dijéramos á todos los diablos. «¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana, y cuando este dichoso mañana llega en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo á darles dinero? ¿y vengo á hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse á nuestras miras.—¿Intriga, Mr. Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas».

Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.

«Ese hombre se va á perder, me decía un personaje muy grave y muy patriótico.—Ésa no es una razón, le repuse: si él se arruina, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía ó de su ignorancia.—¿Cómo ha de salir con su intención?—Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse; ¿no puede uno aquí morirse siquiera sin tener un empeño para el oficial de la mesa?—Puede perjudicar á los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.—¿Á los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?—Sí, pero lo han hecho.—Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si no podrían perjudicar los antiguos al moderno.—Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.—Por esa razón deberían darle á usted papilla todavía como cuando nació.—En fin, señor Fígaro, es un extranjero.—¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?—Con esas socaliñas vienen á sacarnos la sangre.—Señor mío, exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia: está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos á todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir á los que sabían más que ellas.

«Un extranjero, seguí, que corre á un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye á la sociedad, á quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero. Si pierde, es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Este extranjero que se establece en este país no viene á sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y á la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido á dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el dinero; ha dado de comer á los pocos ó muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los gobiernos sabios y prudentes han llamado á sí á los extranjeros; á su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; á los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia ha debido el llegar á ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar á ser las últimas; á los extranjeros han debido los Estados-Unidos... pero veo por sus gestos de usted, concluí interrumpiéndome oportunamente á mí mismo, que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara podríamos fundar en usted grandes esperanzas!».

Concluida esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai. «Me marcho, señor Fígaro, me dijo: en este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré á ver lo que haya en la capital de más notable.—¡Ay! mi amigo, le dije, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.—¿Es posible?—¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días...». Un gesto de Mr. Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.

«Vuelva usted mañana, nos decían en todas partes, porque hoy no se ve.—Ponga usted un memorialito para que le den á usted un permiso especial». Era cosa de ver la cara de mi amigo al oir lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentóse con decir: Soy extranjero. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos! Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado á su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo, que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que á la vuelta de tanto mañana, enteramente futuro, lo mejor ó más bien lo único que había podido hacer bueno había sido marcharse.

¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya á esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen Mr. Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto á visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana ú otro día no tienes, como sueles, pereza de volver á la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para ojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo á mí mismo que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa ó necesaria, á relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el trascurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto á las once, y duermo siesta; que paso haciendo quinto pie de la mesa de un café hablando ó roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café me arrastro lentamente á mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce ó la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fué de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante todo este tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz, diciéndome á mi mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: ¡Eh! ¡mañana le escribiré! Da gracias á que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!

EL MUNDO TODO ES MÁSCARAS
TODO EL AÑO ES CARNAVAL

(Artículo del Bachiller)

¿Qué gente hay allá arriba, que anda tal estrépito? ¿Son locos?

Moratín, Comed á nueva

No hace muchas noches que me hallaba encerrado en mi cuarto, y entregado á profundas meditaciones filosóficas, nacidas de la dificultad de escribir diariamente para el público. ¿Cómo contentar á los necios y á los discretos, á los cuerdos y á los locos, á los ignorantes y los entendidos que han de leerme, y sobre todo á los dichosos y á los desgraciados que con tan distintos ojos suelen ver una misma cosa?


Animado con esta reflexión, cogí la pluma y ya iba á escribir nada menos que un elogio de todo lo que veo á mi alrededor, el cual pensaba rematar con cierto discurso encomiástico acerca de lo adelantado que está el arte de la declamación en el país, para contentar á todo el que se me pusiera por delante, que esto es lo que conviene en estos tiempos tan valentones que corren; pero tropecé con el inconveniente de que los hombres sensatos habían de sospechar que el dicho elogio era burla, y esta reflexión era más pesada que la anterior.

Al llegar aquí arrojé la pluma, despechado y decidido á consultar todavía con la almohada si en los términos de lo lícito me quedaba algo que hablar, para lo cual determiné verme con un amigo, abogado por más señas, lo que basta para que se infiera si debe de ser hombre entendido, y que éste, registrando su Novísima y sus Partidas, me dijese para de aquí en adelante qué es lo que me está prohibido, pues en verdad que es mi mayor deseo ir con la corriente de las cosas sin andarme á buscar cotujas en el golfo, ni el mal fuera de mi casa, cuando dentro de ella tengo el bien.

En esto estaba ya para dormirme, á lo cual había contribuido no poco el esfuerzo que había hecho para componer mi elogio de modo que tuviera trazas de cosa formal; pero Dios no lo quiso así, ó á lo que yo tengo por más cierto, un amigo que me alborotó la casa, y que se introdujo en mi cuarto dando voces en los términos siguientes, ú otros semejantes.

«¡Vamos á las máscaras! bachiller, me gritó.—¿Á las máscaras?—No hay remedio; tengo un coche á la puerta: ¡á las máscaras! Iremos á algunas casas particulares y concluiremos la noche en uno de los grandes bailes de suscripción.—Que te diviertas: yo me voy á acostar.—¡Qué despropósito! No lo imagines: precisamente te traigo un dominó negro y una careta.—¡Á Dios! Hasta mañana.—¿Adónde vas? Mira, mi querido Munguía, tengo interés en que vengas conmigo; sin ti no voy, y perderé la mejor ocasión del mundo...—¿De veras?—Te lo juro.—En ese caso, vamos. ¡Paciencia! Te acompañaré». De mala gana entré dentro de un amplio ropaje, bajé la escalera, y me dejé arrastrar al compás de las exclamaciones de mi amigo, que no cesaba de gritarme: «¡Cómo nos vamos á divertir! ¡Qué noche tan deliciosa hemos de pasar!».

Era el coche alquilón; á ratos parecía que andábamos tanto atrás como adelante, á modo de quien pisa nieve, á ratos que estábamos columpiándonos en un mismo sitio; llegó por fin á ser tan completa la ilusión, que temeroso yo de alguna pesada burla de carnaval, parecida al viaje de D. Quijote y Sancho en el Clavileño, abrí la ventanilla más de una vez, deseoso de investigar si después de media hora de viaje estaríamos todavía á la puerta de mi casa, ó si habríamos pasado ya la línea, como en la aventura de la barca del Ebro.

Ello parecerá increíble, pero llegamos, quedándome yo sin embargo en la duda de si habría andado el coche hacia la casa, ó la casa hacia el coche; subimos la escalera, verdadera imagen de la primera confusión de los elementos: un Edipo, sacando el reloj y viendo la hora que era; una vestal, atándose una liga elástica, y dejando á su criado los chanclos y el capote escocés para la salida; un Romano coetáneo de Catón dando órdenes á su cochero para encontrar su landó dos horas después; un Indio no conquistado todavía por Colón, con su papeleta impresa en la mano y bajando de un birlocho; un Oscar acabando de fumar un cigarrillo de papel para entrar en el baile; un Moro santiguándose asombrado al ver el gentío; cien dominós, en fin, subiendo todos los escalones sin que se sospechara que hubiese dentro quien los moviese, y tapándose todos las caras, sin saber los más para qué, y muchos sin ser conocidos de nadie.

Después de un modesto reconocimiento del billete y del sello y la rúbrica y la contraseña, entramos en una salita que no tenía más defecto que estar las paredes demasiado cerca unas de otras; pero ello es más preciso tener máscaras que sala donde colocarlas. Algún ciego alquilado para toda la noche, como la araña y la alfombra, y para descansarle un piano, tan piano que nadie lo consiguió oir jamás, eran la música del baile, donde nadie bailó. Poníanse, sí, de vez en cuando á modo de parejas la mitad de los concurrentes, y dábanse con la mayor intención de ánimo sendos encontrones á derecha é izquierda, y aquello era el bailar, si se nos permite esta expresión.

Mi amigo no encontró lo que buscaba, y según yo llegué á presumir, consistió en que no buscaba nada, que es precisamente lo mismo que á otros muchos les acontece. Algunas madres, sí, buscaban á sus hijas, y algunos maridos á sus mujeres; pero ni una sola hija buscaba á su madre, ni una sola mujer á su marido. «Acaso, decían, se habrán quedado dormidas entre la confusión en alguna otra pieza...—Es posible, decía yo para mí, pero no es probable».

Una máscara vino disparada hacia mí. «¿Eres tú? me preguntó misteriosamente.—Yo soy, le respondí seguro de no mentir.—Conocí el dominó; pero esta noche es imposible: Paquita está ahí, mas el marido se ha empeñado en venir; no sabemos por dónde diantres ha encontrado billetes.—¡Lástima grande!—¡Mira tú qué ocasión! Te hemos visto, y no atreviéndose á hablarte ella misma, me envía para decirte que mañana sin falta os veréis en la Sartén... Dominó encarnado y lazos blancos.—Bien.—¿Estás?—No faltaré».

«¿Y tu mujer, hombre?» le decía á un ente rarísimo que se había vestido todo de cuernecitos de abundancia, un dominó negro que llevaba otro igual del brazo. «Durmiendo estará ahora; por más que he hecho no he podido decidirla á que venga; no hay otra más enemiga de diversiones.—Así descansas tú en su virtud: ¿piensas estar aquí toda la noche?—No, hasta las cuatro.—Haces bien». En esto se había alejado el de los cuernecillos, y entreoí estas palabras: «Nada ha sospechado.—¿Cómo era posible? si salí una hora después que él...—¿Á las cuatro ha dicho?—Sí.—Tenemos tiempo. ¿Estás segura de la criada?—No hay cuidado alguno, porque...». Una oleada cortó el hilo de mi curiosidad; las demás palabras del diálogo se confundieron con las repetidas voces de ¿Me conoces? Te conozco, etc., etc.

¿Pues no parecía estrella mía haber traído esta noche un dominó igual al de todos los amantes, más feliz por cierto que Quevedo, que se parecía de noche á cuantos esperaban para pegarlos? «¡Chis! ¡Chis! Por fin te encontré, me dijo otra máscara esbelta asiéndome del brazo, y con su voz tierna y agitada por la esperanza satisfecha. ¿Hace mucho que me buscabas?—No, por cierto, porque no esperaba encontrarte.—¡Ay! ¡Cuánto me has hecho pasar desde antes de anoche! No he visto hombre más torpe; yo tuve que componerlo todo; y la fortuna fué haber convenido antes en no darnos nuestros nombres, ni aun por escrito. Si no...—¿Pues qué hubo?—¿Qué había de haber? El que venía conmigo era Carlos mismo.—¿Qué dices?—Al ver que me alargabas el papel, tuve que hacerme la desentendida y dejarlo caer, pero él le vió y le cogió. ¡Qué angustias!—¿Y cómo saliste del paso?—Al momento me ocurrió una idea. ¿Qué papel es ése? le dije. Vamos á verle; será de algún enamorado: se lo arrebato, veo que empieza querida Anita; cuando no vi mi nombre, respiré; empecé á echarlo á broma. ¿Quién será el desesperado? le decía riéndome á carcajada.—Veamos; y él mismo leyó el billete, donde me decías que esta noche nos veríamos aquí, si podía venir sola. Si vieras cómo se reía.—¡Cierto que fué gracioso!—Sí, pero, por Dios, don Juan, de éstas, pocas». Acompañé largo rato á mi amante desconocida, siguiendo la broma lo mejor que pude... el lector comprenderá fácilmente que bendije las máscaras, y sobre todo el talismán de mi impagable dominó.

Salimos por fin de aquella casa, y no pude menos de soltar la carcajada al oir á un máscara que á mi lado bajaba: «¡Pésia á mí! le decía á otro; no ha venido; toda la noche he seguido á otra creyendo que era ella, hasta que se ha quitado la careta. ¡La vieja más fea de Madrid! No ha venido; en mi vida pasé rato más amargo. ¿Quién sabe si el papel de la otra noche lo habrá echado todo á perder? Si don Carlos lo cogió...—Hombre, no tengas cuidado.—¡Paciencia! Mañana será otro día. Yo con ese temor me he guardado muy bien de traer el dominó cuyas señas le daba en la carta.—Hiciste muy bien.—Perfectísimamente, repetí yo para mí, y salimos riendo de los azares de la vida.

Bajamos atropellando un rimero de criados y capas tendidos aquí y allí por la escalera. La noche no dejó de tener tampoco algún contratiempo para mí. Yo me había llevado la querida de otro; en justa compensación otro se había llevado mi capa, que debía parecerse á la suya, como se parecía mi dominó al del desventurado querido. «Ya estás vengado, exclamé, oh burlado mancebo». Felizmente yo al entregarla en la puerta había tenido la previsión de despedirme de ella tiernamente para toda mi vida. ¡Oh previsión oportuna! Ciertamente que no nos volveremos á encontrar mi capa y yo en este mundo perecedero; había salido ya de la casa, había andado largo trecho, y aún volvía la cabeza de rato en rato hacia sus altas paredes, como Héctor al dejar á su Andrómaca, diciendo para mí: «Allí quedó, allí la dejé, allí la vi por la última vez».

Otras casas recorrimos, en todas el mismo cuadro: en ninguna nos admiró encontrar intrigas amorosas, madres burladas, chasqueados esposos ó solícitos amantes; no soy de aquéllos que echan de menos la acción en una buena cantatriz, ó alaban la voz de un mal comediante, y por tanto no voy á buscar virtudes á las máscaras. Pero nunca llegué á comprender el afán que por asistir al baile había manifestado tantos días seguidos don Cleto, que hizo toda la noche de una silla cama y del estruendo arrullo: no entiendo todavía á don Jorge cuando dice que estuvo en la función, habiéndolo visto desde que entró hasta que salió en derredor de una mesa en un verdadero ecarté. Toda diferencia estaba en él con respecto á las demás noches en ganar ó perder, vestido de moharracho. Ni me sé explicar de una manera satisfactoria la razón en que se fundan para creer ellos mismos que se divierten un enjambre de máscaras que vi buscando siempre, y no encontrando jamás, sin hallar á quien embromar ni quien los embrome, que no bailan, que no hablan, que vagan errantes de sala en sala, como si de todas los echaran, imitando el vuelo de la mosca, que parece no tener nunca objeto determinado. ¿Es por ventura un apetito desordenado de hallarse donde se hallan todos, hijo de la pueril vanidad del hombre? ¿Es por aturdirse á sí mismos y creerse felices por espacio de una noche entera? ¿Es por dar á entender que también tienen un interés y una intriga? Algo nos inclinamos á creer lo último cuando observamos que los más de éstos os dicen, si los habéis conocido: «¡Chitón! ¡Por Dios! No digáis nada á nadie». Seguidlos, y os convenceréis que no tienen motivos ni para descubrirse ni para taparse. Andan, sudan, gastan, salen quebrantados del baile... nunca empero se les olvida salir los últimos, y decir al despedirse: «¿Mañana es el baile en Solís?—Pues hasta mañana.—¿Pasado mañana es en San Bernardino? ¡Diez onzas diera por un billete!».

Ya que sin respeto á mis lectores me he metido en estas reflexiones filosóficas, no dejaría pasar en silencio antes de concluirlas la más principal que me ocurría. ¿Qué mejor careta ha menester don Braulio que su hipocresía? Pasa en el mundo por un santo, oye misa todos los días, y reza sus devociones; á merced de esta máscara que tiene constantemente adoptada, mirad cómo engaña, cómo intriga, cómo murmura, cómo roba... ¡Qué empeño de no parecer Julianita lo que es! ¿Para eso sólo se pone un rostro de cartón sobre el suyo? ¿Teme que sus facciones delaten su alma? Viva tranquila; tampoco ha menester careta. ¿Veis su cara angelical? ¡Qué suavidad! ¡Qué atractivo! ¡Cuán fácil trato debe de tener! No puede abrigar vicio alguno.—Miradla por dentro, observadores de superficies: no hay día que no engañe á un nuevo pretendiente; veleidosa, infiel, perjura, desvanecida, envidiosa, áspera con los suyos, insufrible y altanera con su esposo: ésa es la hermosura perfecta, cuya cara os engaña más que su careta. ¿Veis aquel hombre tan amable y tan cortés, tan comedido con las damas en sociedad? ¡Qué deferencia! ¡Qué previsión! ¡Cuán sumiso debe ser! No le escojas sólo por eso para esposo, encantadora Amelia; es un tirano grosero de la que entrega su corazón. Su cara es también más pérfida que su careta; por ésta no estás expuesta á equivocarte, porque nada juzgas por ella; ¡¡pero la otra!!... imperfecta discípula de Lavater, crees que debe ser tu clave, y sólo puede ser un pérfido guía, que te entrega á tu enemigo.

Bien presumirá el lector que al hacer estas metafísicas indagaciones algún pesar muy grande debía afligirme; pues nunca está el hombre más filósofo que en sus malos ratos: el que no tiene fortuna se encasqueta su filosofía como un falto de pelo su bisoñé: la filosofía es efectivamente para el desdichado lo que la peluca para el calvo, de ambas maneras se les figura á entrambos que ocultan á los ojos de los demás la inmensa laguna que dejó en ellos por llenar la naturaleza madrastra.

Así era: un pesar me afligía. Habíamos entrado ya en uno de los principales bailes de esta corte; el continuo traspirar, el estar en pie la noche entera, la hora avanzada y el mucho cavilar habían debilitado mis fuerzas en tales términos que el hambre era á la sazón mi maestro de filosofía. Así de mi amigo, y de común acuerdo nos decidimos á cenar lo más espléndidamente posible. ¡Funesto error! Así se refugiaban máscaras á aquel estrecho local, y se apiñaban y empujaban unas á otras como si fuera de la puerta las esperase el más inminente peligro. Iban y venían los mozos aprovechando claros y describiendo sinuosidades, como el arroyo que va buscando para correr entre las breñas las rendijas y agujeros de las piedras. Era tarde ya; apenas había un plato de que disponer; pedimos sin embargo de lo que había, y nos trajeron varios restos de manjares que alguno que había cenado antes que nosotros había tenido la previsión de dejar sobrantes. Hicimos semblante de comer, según decían nuestros antepasados, y como dicen ahora nuestros vecinos, y pagamos como si hubiéramos comido. Ésta ha sido la primera vez en mi vida, salí diciendo, que me ha costado dinero un rato de hambre.

Entrámonos de nuevo en el salón de baile, y cansado ya de observar y de oir sandeces, prueba irrefragable de lo reducido que es el número de hombres dotados por el cielo con travesura y talento, toda mi ambición se limitó á conquistar con los codos y los pies un rincón donde ceder algunos minutos á la fatiga. Allí me recosté, púseme la careta para poder dormir sin excitar la envidia de nadie, y columpiándose mi imaginación entre mil ideas opuestas, hijas de la confusión de sensaciones encontradas de un baile de máscaras, me dormí, mas no tan tranquilamente como lo hubiera yo deseado.

Los fisiólogos saben mejor que nadie, según dicen, que el sueño y el ayuno, prolongado sobre todo, predisponen la imaginación débil y acalorada del hombre á las visiones nocturnas y aéreas que vienen á tomar en nuestra irritable fantasía formas corpóreas cuando están nuestros párpados aletargados por Morfeo. Más de cuatro que han pasado en este bajo suelo por haber visto realmente lo que realmente no existe, han debido al sueño y al ayuno sus estupendas apariciones. Esto es precisamente lo que á mí me aconteció, porque al fin, según expresión de Terencio, homo sum et nihil humani á me alienum puto. No bien había cedido al cansancio, cuando imaginé hallarme en una profunda oscuridad; reinaba el silencio en torno mío; poco á poco una luz fosfórica fué abriéndose paso lentamente por entre las tinieblas, y una redoma mágica se me fué acercando misteriosamente por sí sola, como un luminoso meteoro. Saltó un tapón con que venía herméticamente cerrada, un torrente de luz se escapó de su cuello destapado, y todo volvió á quedar en la oscuridad. Entonces sentí una mano fría como el mármol que se encontró con la mía; un sudor yerto me cubrió; sentí el crujir de la ropa de una fantasma bulliciosa que ligeramente se movía á mi lado, y una voz, semejante á un leve soplo me dijo con acentos que no tienen entre los hombres signos representativos: Abre los ojos, bachiller; si te inspiro confianza sígueme; el aliento me faltó, flaquearon mis rodillas; pero la fantasma despidió de sí un pequeño resplandor, semejante al que produce un fumador en una escalera tenebrosa aspirando el humo de su cigarro, y á su escasa luz reconocí brevemente á Asmodeo, héroe del Diablo Cojuelo. «Te conozco, me dijo; no temas: vienes á observar el carnaval en un baile de máscaras. ¡Necio! ven conmigo; doquiera hallarás máscaras, doquiera carnaval, sin esperar al segundo mes del año».

Arrebatóme entonces insensible y rápidamente, no sé si sobre algún dragón alado, ó vara mágica, ó cualquier otro bagaje de esta especie. Ello fué que alzarme del sitio que ocupaba y encontrarnos suspendidos en la atmósfera sobre Madrid, como el águila que se columpia en el aire buscando con vista penetrante su temerosa presa, fué obra de un instante. Entonces vi al través de los tejados como pudiera al través del vidrio de un excelente anteojo de larga vista.

«Mira, me dijo mi extraño cicerone. ¿Qué ves en esa casa?—Un joven de sesenta años disponiéndose á asistir á una suaré; pantorrillas postizas, porque va de calzón; un frac diplomático; todas las maneras afectadas de un seductor de veinte años; una persuasión sobre todo indestructible de que su figura hace conquistas todavía...

«¿Y allí?—Una mujer de cincuenta años.—Obsérvala; se tiñe los blancos cabellos.—¿Qué es aquello?—Una caja de dientes; á la izquierda una pastilla de olor; á la derecha un polizón.—¡Cómo se ciñe el corsé! va á exhalar el último aliento.—Repara su gesticulación de coqueta.—¡Ente execrable! ¡Horrible desnudez!—Más de una ha deslumbrado tus ojos en algún sarao que debieras haber visto en ese estado para ahorrarte algunas locuras.

«¿Quién es aquél más allá?—Un hombre que pasa entre vosotros los hombres por sensato; todos le consultan: es un célebre abogado; la librería que tiene al lado es el disfraz con que os engaña. Acaba de asegurar á un litigante con sus libros en la mano que su pleito es imperdible; el litigante ha salido; mira cómo cierra los libros en cuanto salió, como tú arrojarás la careta en llegando á tu casa. ¿Ves su sonrisa maligna? Parece decir: venid aquí, necios; dadme vuestro oro; yo os daré papeles, yo os haré frases. Mañana seré juez; seré el intérprete de Temis. ¿No te parece ver al loco de Cervantes que se creía Neptuno?

«Observa más abajo: un moribundo; ¿oyes cómo se arrepiente de sus pecados? Si vuelve á la vida, tornará á las andadas. Á su cabecera tiene á un hombre bien vestido; un bastón en la mano, una receta en la otra: Ó la tomas, ó te pego. Aquí tienes la salud, parece decirle: yo sano los males, yo los conozco; observa con qué seriedad lo dice; parece que cree él mismo; parece perdonarle la vida que se le escapa ya al infeliz. No hay cuidado, sale diciendo; ya sube en su bombé; ¿oyes el chasquido del látigo?—Sí.—Pues oye también el último ay del moribundo, que va á la eternidad, mientras que el doctor corre á embromar á otro con su disfraz de sabio.

«Ven á ese otro barrio.—¿Qué es eso? Un duelo. ¿Ves esas caras tan compungidas?—Sí.—Míralas con este anteojo.—¡Cielos! La alegría rebosa dentro, y cuenta los días que el decoro le podrá impedir salir al exterior.

«Mira una boda; con qué buena fe se prometen los novios eterna constancia y fidelidad.


«¿Quién es aquél?—Un militar; observa cómo se paga de aquel oro que adorna su casaca. ¡Qué de trapitos de colores se cuelga de los ojales! ¡Qué vano se presenta! Yo sé ganar batallas, parece que va diciendo.—¿Y no es cierto? Ha ganado la de ***.—¡Insensato! Ésa no la ganó él, sino que la perdió el enemigo.—Pero...—No es lo mismo.—¿Y la otra de ***?—La casualidad.—Se está vistiendo de grande uniforme, es decir, disfrazando; con ese disfraz todos le dan V. E., él y los que así le ven creen que ya no es un hombre como todos.


«Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año; aquel mismo amigo que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que dice que te ama, la querida que te repite que te adora, ¿no te están embromando toda la vida? ¿Á qué, pues, esa prisa de buscar billetes? Sal á la calle, y verás las máscaras de balde. Sólo te quiero enseñar, antes de volverte á llevar donde te he encontrado, concluyó Asmodeo, una casa donde dicen especialmente que no las hay este año. Quiero desencantarte». Al decir esto pasábamos por el teatro. «Mira allí, me dijo, á un autor de comedia. Dice que es un gran poeta. Está muy persuadido de que ha escrito los sentimientos de Orestes, y de Nerón, y de Otelo... ¡Infeliz! ¿Pero qué mucho? Un inmenso concurso se lo cree también. ¡Ya se ve! ni unos ni otros han conocido á aquellos señores. Repara, y ríete á tu salvo. ¿Ves aquellos grandes palos pintados, aquellos lienzos corredizos? Dicen que aquello es el campo, y casas, y habitaciones, ¡y qué más sé yo! ¿Ves aquél que sale ahora? Aquél dice que es el grande sacerdote de los Griegos, y aquel otro Edipo; ¿los conoces tú?—Sí; por más señas que esta mañana los vi en misa.—Pues míralos; ahora se desnudan, y el gran sacerdote, y Edipo, y Jocasta, y el pueblo tebano entero se van á cenar sin más acompañamiento, y dejándose á su patria entre bastidores, algún carnero verde, ó si quieres un excelente beefsteak hecho en casa de Genyeis. ¿Quieres oir á Semíramis?—¿Estás loco, Asmodeo? ¿Á Semíramis?—Sí; mírala; es una excelente conocedora de la música de Rossini. ¿Oiste qué bien cantó aquel adagio? Pues es la viuda de Nino; ya espira; á imitación del cisne, canta y muere».

Al llegar aquí estábamos ya en el baile de máscaras: sentí un golpe ligero en una de mis mejillas. ¡Asmodeo! grité. Profunda oscuridad; silencio de nuevo en torno mío. ¡Asmodeo! quise gritar de nuevo; despiértame empero el esfuerzo. Llena aún mi fantasía de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes apiñados, todos los países me rodean en breve espacio; un Chino, un marinero, un abate, un Indio, un Ruso, un Griego, un Romano, un Escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final? ¿Se han congregado ya los hombres de todas las épocas y de todas las zonas de la tierra á la voz del Omnipotente en el valle de Josafat?... Poco á poco vuelvo en mí, y asustando á un Turco y una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, é imitando las expresiones de Asmodeo, que aún suenan en mis oídos: «El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval.»