EL HOMBRE-GLOBO
La física ha clasificado los cuerpos, según el estado en que los pone el mayor ó menor grado de calórico que contienen, en sólidos, líquidos y gaseosos. Así el agua es sólido en el estado de hielo, líquido en el de fluidez, y gas en el de la ebullición. Es ley general de los cuerpos la gravedad, ó la atracción que ejerce sobre ellos el centro común; es natural que esta atracción ejerza más fuertemente en los que reúnen en menor espacio mayor cantidad de las moléculas que los componen; que éstos por consiguiente tengan más gravedad específica, y ocupen el puesto más inmediato al centro. Así es, que en la escala de las posiciones de los cuerpos, los sólidos ocupan el puesto inferior, los líquidos el intermedio, y los gaseosos el superior. Una piedra busca el fondo de un río; un gas busca la parte superior de la atmósfera. Cada cuerpo está en continuo movimiento para obedecer á la ley que le obliga á buscar el puesto variable, que corresponde al grado de intensidad que adquiere ó que pierde. La nube, conforme se condensa, baja, y cuando se liquida, cae; este mismo cuerpo, puesto al fuego, se dilata, y cuando se evapora y se gasifica, sube.
No trato de instalar un curso de física, lo uno porque dudo si tengo la bastante para mí, y lo otro porque estoy persuadido de que mis lectores saben de ella más que yo; no hago más que sentar una base de donde partir.
Igual clasificación á esta que ha hecho la ciencia de los fenómenos en los cuerpos en general, se puede hacer en los hombres en particular. Probemos.
Hay hombres sólidos, líquidos y gaseosos. El hombre sólido es ese hombre compacto, recogido, obtuso, que se mantiene en la capa inferior de la atmósfera humana, de la cual no puede desprenderse jamás. Sólo el contacto de la tierra puede sostener su vida; es el Anteo moderno, y usando de un nombre atrevido, el hombre-raíz, el hombre-patata: arrancado el terrón que le cubre, deja de ser lo que es. Es el sólido de los sólidos. Toda la ausencia posible de calórico le mantiene en un estado tal de condensación, que ocupa en el espacio el menor sitio posible; gravita extraordinariamente; empuja casi hacia abajo el suelo que le sostiene; está con él en continua lucha, y le vence y le hunde. Le conocerán ustedes á legua: su frente achatada se inclina al suelo, su cuerpo está encorvado, su propio pelo le abruma, sus ojos no tienen objeto fijo, ven sin mirar, y en consecuencia no ven nada claro. Cuando una causa, ajena de él, le conmueve, produce un son confuso, bárbaro y profundo, como el de las masas enormes que se desprenden en el momento del deshielo en las regiones polares. Y como en la naturaleza no falta nunca, ni en el hielo, cierto grado calórico, él también tiene su alma particular; es su grado de calórico; pero tan poca cosa, que no desprende luz; es un fuego fatuo entre otros fuegos fatuos; sirve para confundirle y extraviarle más; el hombre-sólido, por lo tanto, en religión, en política, en todo, no ve más que un laberinto, cuyo hilo jamás encontrará; un caos de fanatismo, de credulidad, de errores. No es siquiera la linterna apagada; es la linterna que nunca se ha encendido, que jamás se encenderá: falta dentro el combustible. El hombre-sólido cubre la faz de la tierra; es la costra del mundo. Es la base de la humanidad, del edificio social. Como la tierra sostiene todos los demás cuerpos, á los cuales impide que se precipiten al centro, así el hombre-sólido sostiene á los demás que se mantienen sobre él. De esta especie sale el esclavo, el criado, el ser abyecto; en una palabra, el que nunca ha de leer y saber esto mismo que se dice de él. No raciocina, no obra, sino sirve. Sin hombres-sólidos no habría tiranos; y como aquéllos son eternos, éstos no tendrán fin. Es la muchedumbre inmensa que llaman pueblo, á quien se fascina, sobre el cual se pisa, se anda, se sube: cava, suda, sufre. Alguna vez se levanta, y es terrible, como se levanta la tierra en un terremoto. Entonces dicen que abre los ojos. Es un error. Tanto valdría llamar ojos de la tierra á las grietas que produce un volcán. Ni más ni menos que una piedra, no se mueve de su sitio si no le dan un empellón; de la aldea donde nació (si es que el hombre-sólido nace; yo creo que al nacer no hace más que variar de forma); del café donde le pusieron á servir sorbetes; del callejón donde limpia botas; del buque donde carga las velas ó les toma rizos; del regimiento donde dispara tiros; de la cocina donde adereza manjares; de la esquina donde carga baúles; de la calle donde barre escorias; de la máquina donde teje medias; del molino donde hace harina; de la reja con que separa terrones. Es el primer instrumento adherido siempre á los demás instrumentos.
El hombre-líquido fluye, corre, varía de posición; vuela á ocupar el vacío, tiene ya mayor grado de calórico; serpentea de continuo encima del hombre-sólido, y le moja, le gasta, le corroe, le arrastra, le vuelca, le ahoga. En momentos de revolución él es el empujado; pero se amontona, sale de su cauce, y como el torrente que arrastra árboles y piedras, lo trastorna todo aumentando su propia fuerza con las masas de hombre-sólido que lleva consigo. Pero así como el torrente no sabe la fuerza que le impele, ni si hace al correr daño ó provecho, así el hombre-líquido al moverse no es más que un instrumento menos imperfecto, que subleva instrumentos más ignorantes; pero lleno ya de pretensiones, mete ruido, desafía al cielo, enuncia una voz, produce eco. Ésta es una diferencia esencial del sólido al líquido para nuestro asunto; la piedra no suena sino cuando la impelen á rodar; el agua murmura sólo corriendo y existiendo. La clase media de la humanidad, así también, va siempre murmurando. Un golpe dado en un cuerpo sólido le arranca un pedazo; el golpe dado ya en el líquido encuentra resistencia, produce ondas, imprime movimiento. He aquí otra observación. El golpe dado al pueblo simplemente es sólo perjudicial para él: el que se da en la clase media suele salpicar al que le da.
El hombre-líquido tiene un alma menos compacta, y en ella más grados de calórico, pero alma de imitación; como todo líquido, remeda al momento la forma del vaso donde está; en pequeña cantidad se le da la figura que se quiere, en gran porción toma la que puede. El hombre-líquido es la clase media; le conocerán ustedes también al momento; su movimiento continuo le delata; pasa de un empleo á otro, va á ocupar los vacíos de las vacantes: hoy en una provincia, mañana en otra, pasado en la corte; pero por fin, como todo líquido, encuentra el mar, donde se para y se encarcela; no le es dado correr más. Hoy es arroyo, mañana río caudaloso. Igual. Hoy es meritorio, mañana escribiente, pasado oficial; su instinto es crecer, rara vez separarse del suelo; si se alza momentáneamente, vuelve á caer.
Dada una idea rápida y general del hombre-sólido y del hombre-líquido, pasemos al objeto de nuestro artículo, al hombre-gas. De las dos especies referidas está lleno el mundo; no se ve otra cosa. Pero como para la formación de la tercera se necesita un grado altísimo de calórico, hay regiones enteras que carecen del suficiente para formarla.
He aquí nuestra desgracia; siguiendo el camino que nos señala nuestra nueva metafísica, estamos, por ahora, en las regiones árticas del pensamiento. Lo probaré.
El hombre-gas, llegado á adquirir la competente dilatación, se alza por sí solo donde quiera que está, y se sobrepone á ocupar el puesto que le corresponde en la escala de los cuerpos; llega hasta la altura que su intensidad le permite, y se detiene en ella; no hay obstáculos para él, porque si pudiera haberlos, rompería, como el vapor, la caldera, y escaparía. Ponedle en una aldea; él vencerá la distancia y llegará á la capital; tirará el arado; pondrá un pie en el hombre-sólido, otro en el líquido, y una vez arriba: «Yo mando, exclamará, no obedezco». Tales son las leyes de la naturaleza. Una vez comprendido este principio general de física, mis lectores conocerán al hombre-gas á primera vista. Su frente es altiva, sus ojos de águila, su fuerza irresistible, su movimiento el del tapón de una botella de Champagne. Pero para dar al gas una forma no hay más medio que el de encerrarle en un continente que la tenga. Nada, pues, más natural que el que demos á esta especie el nombre de hombre-globo: sólo así podemos hacerle perceptible á nuestros sentidos.
De todos nuestros lectores es conocida la historia de los globos desde las primeras mongolfieras hasta el último experimento de la dirección, emprendido y malogrado últimamente en París: todos saben que hay gases de gases, y que los hay específicamente más ligeros que otros; pero no todos se habrán parado á considerar detenidamente hasta qué punto podemos vanagloriarnos en nuestro país de la perfección de los gases que artificialmente necesitamos producir para nuestras ascensiones. Yo creo que nuestra vanidad no debe hacernos perder la cabeza, si queremos reparar en su equívoca calidad.
Es claro que en tiempos pasados la atmósfera en que podía elevarse el hombre-globo entre nosotros, era sumamente limitada: los que más se habían podido separar del suelo habían hecho consistir todo su esfuerzo en llegar á los escalones del trono, y si un hombre-globo llegaba á ser entonces ministro, había hecho toda la ascensión que se podía de él esperar: uno solo conocieron nuestros físicos más experimentados que consiguió remontarse en aquella época hasta las más altas cornisas del coronamiento del real palacio; pero sea por falta de dirección una vez en el aire, sea por haber calculado mal la intensidad de su gas, una ráfaga violenta bastó para romper el globo, y el aire se lo llevó hasta caer todo agujereado á orillas del Tíber, donde yace todavía mal parado: culpa acaso también de no haber hecho uso de para-caídas, aunque, como dice muy bien don Simplicio de Bobadilla, para-caídas no hay como un globo roto.
Pero cuando posteriormente se han visto en todos los países elevarse muchos á alturas desmesuradas y mantenerse más ó menos tiempo en ellas, no se concibe nuestra casi total ausencia de hombres-globos que se elevan verdaderamente, sino atribuyéndolo á desgracia del país mismo. Los Estados-Unidos tuvieron un hombre-globo que subió cuanto pudo, y manejando diestramente su válvula, descendió como y cuando le plugo; de Francia hicieron mil su ascensión, que están todavía en altura, haciendo la admiración de los espectadores; la Suecia mira uno en su pináculo todavía; y si el mayor de todos fué á parar hasta Santa Elena, es preciso confesar que hay descensos gloriosos, como retiradas honrosas.
Ahora bien, observamos al hombre-globo en nuestro país. El año 8 empezaron á quererse henchir multitud de mongolfieras; pero estábamos indudablemente al principio de la invención, y no debieron de tener gas mejor que el humo de paja, porque los unos dieron al traste con su globo en el estrecho, los otros quisieron sostenerse en tierra firme; pero han ido poco á poco deshinchándose, y una ráfaga ha acabado con unos, otra con otros.
El año 20 quisieron repetir el experimento; pero por lo visto no habían aprendido nada nuevo: no contaron nuestros hombres-globos con el aire del norte, que los envolvió, pegó fuego á unos que cayeron miserablemente donde pudieron, y arrebató á otros á caer de golpe y porrazo en países remotos y extranjeros. Raro fué el que cayó suavemente. Pero adelanto positivo para la ciencia no hubo ninguno.
He aquí sin embargo á nuestros hombres-globos probando de nuevo otra ascensión; pero escarmentados ya nuestros antiguos y derretidos Ícaros, tienen miedo hasta al gas que los ha de levantar: y en una palabra, nosotros no vemos que suban más alto que subió Rozzo. Para nosotros todos son Rozzos.
Vean ustedes sin embargo al hombre-globo con todos sus caracteres. ¡Qué ruido antes! «¡La ascensión! Va á subir. ¡Ahora, ahora sí va á subir!» Gran fama, gran prestigio. Se les arma el globo; se les confía: ved cómo se hinchan. ¿Quién dudará de su suficiencia? Pero como casi todos nuestros globos, mientras están abajo entre nosotros asombra su grandeza, y su aparato y su fama. Pero conforme se van elevando, se les va viendo más pequeños; á la altura apenas de Palacio, que no es grande altura, ya se les ve tamaños como avellanas, ya el hombre-globo no es nada: un poco de humo, una gran tela, pero vacía, y por supuesto, en llegando arriba, no hay dirección. ¡Es posible que nadie descubra el modo de dar dirección á este globo!
Entre tanto el hombre-globo hace unos cuantos esfuerzos en el aire, un viento le lleva aquí, otro allá, descarga lastre... ¡inútiles afanes!, al fin viene al suelo: sólo observo que están ya más duchos en el uso del para-caídas: todos caen blandamente, y no lejos: los que más se apartan van á caer al Buen-Retiro.
Pero, señor, me dirán, ¿y ha de ser siempre esto así? ¿No les basta á esos hombres de experiencias? ¿Serán ellos los últimos que se desengañen de sí mismos?
He ahí una respuesta que yo no sabré dar. Yo no veo la ciencia desesperada, creo que acaso habrá por ahí escondidos otros hombres-globos; pero si los hay, ¿por qué no obedecen á las leyes de la naturaleza? Si su gas tiene más intensidad, ¿cómo no se elevan por sí solos, cómo no se sobreponen á los otros?
Esta investigación me conduciría muy lejos. Mi objeto no ha sido más que pintar el hombre-globo de nuestro país: un artículo de física no puede ser largo: si fuera de política sería otra cosa. Haré mi última deducción, y concluiré: los Rozzos, que hasta ahora han hecho pinitos á nuestra vista, parece que ya se han elevado cuanto elevarse pueden. ¡Otros al puesto, experimentos nuevos! Si por el camino trillado nada se ha hecho, camino nuevo.
Esto la razón sola lo indica. Si hay un hombre-globo, que salga, y le daremos las gracias; mas cuenta con engañarse en sus fuerzas: recuerde que primero hay que subir, y luego hay que dar dirección; y como dice Quevedo, «ascender á rodar es desatino; y el que desciende de la cumbre, ataja», observe que puede sucederle lo que á los demás, que conforme se vaya elevando se vaya viendo más pequeño. Si no le hay, lastimoso es decirlo, pero aparejemos el para-caídas.
LA ALABANZA
ó
QUE ME PROHÍBAN ÉSTE
Suponiendo que se escriba con principios, se puede escribir después con varios fines. Ó se escribe para sí, ó se escribe para otros. Descifremos bien esto. Lo que se escribe en un libro de memorias se escribe evidentemente para sí. De modo que un souvenir es un monólogo escrito. No diré precisamente que sea necio el decirse uno las cosas á sí mismo, porque al cabo, ¿dónde habían de encontrar ciertos hombres un auditorio indulgente si no hablasen consigo mismos? Lo que diré es que yo nací con buena memoria. ¡Ojalá fuera mentira! Y tengo reparado que las cosas que una vez me interesan, tarde ó jamás se me olvidan; por lo tanto nunca las apunté; y las que no me interesaron siempre juzgué que no valían la pena de apuntarlas. Por otra parte, de diez cosas que en la vida suceden las nueve son malas, sin que esto sea decir que la otra sea enteramente buena. Razón de más para no apuntar. ¡Cuánto más filosófico y más consolador sería sustituir al souvenir otro repertorio de anotaciones llamado olvido! Cosas que debo olvidar, pondría uno encima: figúrese el lector si el tal librico necesitaría hojas, y si podría uno estar ocioso un solo instante, una vez comprometido á llenar sus páginas de buena fe. Siempre he abundado en la idea de que se hacen generalmente las cosas al revés: el souvenir es una idea inversa; en este sentido nunca he escrito para mí.
Continuemos echando una ojeada sobre los que escriben para sí.
El que escribe un memorial escribe sin duda para sí. Generalmente nadie lee los memoriales, sino el que los escribe, que es el único á quien importan; la prueba de esto es que cuando el empleo se ha de dar, ya está dado antes de hacer el memorial; y cuando hay que hacer el memorial, es señal de que no hay que contar con el empleo. Apelo á los señores que están colocados y á los que se han de colocar. Es, pues, más necio escribir un memorial, que un souvenir. En este sentido tampoco he escrito nunca para mí.
El que escribe un informe, un consejo, un parecer, escribe para sí; la prueba es que generalmente siempre se pide el consejo después de tomada la determinación, y que cuando el informe no gusta se desecha.
El que escribe á una querida escribe para sí, por varias razones; por lo regular rara vez se encuentran dos amantes en igual grado de pasión; por consiguiente el calor del uno es griego para el otro, y vice versa. Además, desde el momento en que dejamos de querer á nuestra amada, dejamos de escribirla. Prueba de que no escribíamos para ella.
Los autores han dicho siempre en sus prólogos, y se lo han llegado á creer ellos mismos, que escriben para el público; no sería malo que se desengañasen de este error. Los no leídos y los silbados escriben evidentemente para sí: los aplaudidos y celebrados escriben por su interés, alguna vez por su gloria; pero siempre para sí.
¿Quién es, pues, me dirán, el que escribe para otro? Lo diré. En los países en que se cree que es dañoso que el hombre diga al hombre lo que piensa, lo cual equivale á creer que el hombre no debe saber lo que sabe, y que las piernas no deben andar, en los países donde hay censura, en esos países es donde se escribe para otro, y ese otro es el censor. El escritor que, lleno ya un pliego de papel, lo lleva á casa de un censor, el cual le dice que no se puede escribir lo que él lleva ya escrito, no escribe ni siquiera para sí. No escribe más que para el censor. Éste es el único hombre en que yo disculparía que escribiese un libro de memorias, y hasta que escribiese un memorial. Á mayores tonterías puede obligar una prohibición.
Estoy muy lejos de querer decir que yo haya escrito nunca para otro, en este sentido, porque, aunque es verdad que he tenido relaciones con varios señores censores, por otra parte muy beneméritos, puedo asegurar que en cuanto he escrito nunca he puesto una sola palabra para ellos, no porque no crea que no son muy capaces de leer cualquier cosa, sino porque siempre acaban por establecerse entre el censor y el escritor etiquetillas fastidiosas y dimes y diretes de poca monta, y á decir verdad soy poco amigo de cumplimientos. Los de los censores me hacen el mismo efecto que le hacían al portugués los del casteçao. El cuento es harto sabido para repetirlo. Esto sería no escribir para nadie.
Bien determinado como estoy á no escribir jamás para el censor, he tratado siempre de no escribir sino la verdad, porque al fin, he dicho para mí, ¿qué censor había de prohibir la verdad, y qué gobierno ilustrado, como el nuestro, no la había de querer oir? Así es, que si en el reglamento de censura se prohíbe hablar contra la religión, contra las autoridades, contra los gobiernos y los soberanos extranjeros, y contra otra porción de materias, es porque se ha presumido con mucha razón que era imposible hablar mal de esas cosas, diciendo verdad. Y para mentir más vale no escribir. Todo esto es claro; es más que claro; casi es justo.
Lo que está permitido es alabar, sin que en eso haya límite ninguno; porque es probado que en la alabanza ni puede haber demasía, sobre todo, para el alabado, ni puede dejar de haber verdad y justicia. Por esta razón yo me he propuesto alabarlo siempre todo, y á este principio debo la gran publicidad que se ha permitido á mis débiles escritos. Sistema que seguiré siempre, y que hoy más que nunca seguiré, porque efectivamente no hay motivo para otra cosa.
Al decidirme á este plan tuve presente otra consideración, por mejor decir, un principio de moral incontestable en todos los tiempos y países. El hombre no debe hacer cosa que no pueda confesar y publicar altamente. Es así que no puede decir ningún escritor que se le ha prohibido un artículo por la censura porque eso lo prohíbe la ley, y la ley no puede ser mala; luego ¿cómo había yo de escribir artículos que se me pudiesen prohibir? Ni los he escrito, ni los he de escribir, ni lo dijera, si por algún evento los hubiera escrito, ni yo lo quiero decir, ni me dejarán tampoco, aunque yo quisiera. No hay medio. Por eso hago bien en no querer.
Persuadir ahora de las ventajas que me trae el no escribir para otro, y el alabar constantemente cuanto veo, paréceme un tanto inútil. Y tienen mis alabanzas lo que tienen pocas, y es, que no me han valido ningún empleo; no porque yo no pudiera servir para él, sino porque ellos que no lo dan, y yo que no lo recibo, hemos querido sin duda que mis alabanzas sean del todo independientes.
De esta independencia nace el desembarazo con que he alabado francamente en distintas ocasiones, ora el amor de familia con que se ha solido colocar á los deudos y amigos de los gobernantes, cosa que ha variado ya enteramente; ora la prudente lentitud con que se han entregado y se entregan las armas á nuestros amigos; ora la oportunidad ó idea con que se vistió á los señores Próceres, y en momentos de aprieto, fundados en que más da el duro que el desnudo; ora la perspicacia con que se han descubierto varias conspiraciones, y se ha salvado á la patria amenazada; ora la previsión con que se evitó que se interpretase mal la primera acometida del cólera; ora la precipitación con que se ha llevado á su término la guerra civil; ora... pero ¿á qué más? yo no he dejado cosa apenas que no haya alabado; y si algo me he dejado, por mi vida que me pesa, y téngolo de alabar hoy.
Por todo lo que llevo dicho hay pocas cosas que me incomoden tanto como el oir el continuo clamoreo de esas gentes quejumbrosas, á quienes todo cuanto se hace, ó parece mal, ó parece por lo menos poco. Aquí me irrito, y les respondo: ¿Poco, eh? Vamos á ver: ¿cuántos meses llevamos?—¿De qué?, me preguntan.—¿De qué? De que... de... Estatuto Real.—No llega á un año.—Y en poco menos de un año, aquí es la mía, se han reunido dos estamentos; se han mudado dos ministros de la guerra; se han visto tres ministros de lo interior; no se ha visto más que un ministro de Estado, pero se le ha oído más que si hubieran sido tres. Se ha visto un ministro de hacienda, y la hacienda también, y, como dice el refrán, hacienda, tu dueño te vea; y si no se ha visto marina, eso poco importa, que nada dice de marina el refrán. En menos de un año se ha abolido el voto de Santiago; ha habido también sus sesiones de Próceres alguna vez; y si en menos de un año se ha puesto la facción sobrado pujante, también en menos de un año han penetrado los primeros talentos de España, que era preciso, por fin, hacer un esfuerzo. En menos de un año, ¡qué de generales famosos no se han estrellado! ¡Qué de facciosos no se han perdonado! ¡Qué de gracias no se han dicho por varios insignes oradores! ¡Cómo en menos de un año ha dicho el uno un chascarrillo, y cómo le han contestado con otro y con otros! ¡Qué de insultillos ocultos del procurador al ministro, y del ministro al procurador!
Cien veces ciento
Mil veces mil.
¡Cuánta serenidad, pues, en menos de un año, para ocuparse en apuros de la patria hasta de los más pequeños dimes y diretes! ¡Cuánta conversación! Temístocles le decía á su general: ¡Pega, pero escucha! Cada uno de nuestros oradores es un Temístocles; con tal que le dejen hablar, él le dirá también á la guerra civil, al pretendiente, á toda calamidad: Pega, pero escucha. ¿Qué más cosas querrían ver esas gentes, qué más sobre todo querrían oir en poco menos de un año?
No hay previsión, me decía uno días pasados.—¡No hay previsión!, exclamé. Esto ya es mala fe. Y todo ¿por qué? Porque han sucedido cuatro lances desgraciados, que á pesar de haberse sabido no se pudieron prevenir. Pero esto ¿qué importa? Á buen seguro que en cuanto acabó de suceder lo de Correos bien se puso un centinela avanzada en medio de la Puerta del Sol, que antes no le había; el cual se está allí las horas muertas, viendo si viene algo por la calle de Alcalá. ¡Qué vuelvan ahora los del 18! ¿Y no hay previsión?
¡Maldicientes! Lo mismo que el entusiasmo. Mil veces he oído decir que han apagado el entusiasmo. ¿Y qué? Pongamos que sea cierto. ¿No se acaba de decidir ahora que se haga entusiasmo nuevo? ¿No se va á escribir á todos los señores gobernadores que fomenten el espíritu público y que hagan entusiasmo á toda prisa? ¿Y no lo harán por ventura? Y excelente y de la mejor calidad. El año pasado no hacía falta el entusiasmo; como que la facción era poca y el peligro ninguno nos íbamos bandeando sin entusiasmo y sin espíritu público; y luego, que entonces estaba la anarquía cosida siempre á los autos del entusiasmo, y ahora ya no. Y el entusiasmo de ahora ha de ser un entusiasmo moderado, un entusiasmo frío y racional, un entusiasmo que mate facciosos, pero nada más: entusiasmo, señor, de quita y pon, y entusiasmo, en una palabra, sordo-mudo de nacimiento: entusiasmo que no cante, que no alborote el cotarro; que no se vuelva la casa un gallinero. Y éste es el bueno, el verdadero entusiasmo. No, si no volvamos á las canciones patrióticas. ¿Qué trajo la ruina del sistema? Unas veces dicen que fué la libertad de imprenta, otras que fué... No, señor, hoy estamos de acuerdo en que fueron las canciones. ¿Y esto no será de alabar?
Yo alabaré siempre; yo defenderé: reniego de la oposición. ¿Qué quiere decir la oposición?
He aquí un artículo escrito para todos, menos para el censor. La ALABANZA, en una palabra: ¡QUE ME PROHÍBAN ÉSTE!