POR AHORA

En nuestro último artículo, en que defendíamos la policía, dejamos ligeramente apuntado que hay cosas buenas en el mundo; y probamos hasta la evidencia, como solemos, que una de ellas es la policía. Como no nos pasa por la imaginación que uno solo de nuestros lectores se haya resistido á nuestras razones, tratamos de probar hoy otra verdad más indisputable todavía, á saber: que sentado el principio de que hay cosas buenas, hay palabras que parecen cosas, es decir, que hay palabras buenas.

Á primera vista parece que buenas deben ser todas las palabras, puesto que sirven todas para hablar, ó sea para gastar conversación, que es el fin que parecemos proponernos; esto es un error sin embargo, y error grave. Palabras hay malas, profundamente malas por sí mismas, y sin necesidad de accesorios, que forman por sí solas oración y sentido, por más que suelan ellas no tener sentido común. Palabras que valen más que un discurso, y que dan que discurrir; cuando uno oye por ejemplo la palabra conspiración, cree estar viendo un drama entero, y aunque no sea nada en realidad. Cuando uno oye la palabra libertad, sólo ella, solita, cree uno estar oyendo una larga comedia. Cuando uno oye la palabra imprenta, ¿no cree ver detrás la censura, el imposible vencido, la cuadratura del círculo, la gran quisicosa? ¿No hay quien ve en ella el abismo, la anarquía, aquel qué sé yo, que nadie sabe explicar ni comprender? Cada una de estas palabras son verdaderas linternas mágicas: el mundo todo pasa al través de ellas. Una vez encendidas todo se ve dentro.

Estas palabras que encierran por sí solas una significación entera y determinada son malas generalmente: las buenas son aquéllas que no dicen nada por sí, como por ejemplo: prosperidad, ilustración, justicia, regeneración, siglo, luces, responsabilidad, marchar, progreso, reforma, etc., etc. Éstas no tienen un sentido fijo y decisivo: hay quien las entiende de un modo, hay quien las entiende de otro, hay, por fin, quien no las entiende de ninguno. Éstas son buenas, porque, blandas como cera, adáptanse á todas las figuras: éstas son, en fin, el alimento de toda conversación. Con ellas no hay discurso que no se pueda sostener, no hay cosa que no se pueda probar, no hay pueblo á quien no se pueda convencer. Éstas son las palabras que parecen cosas.

Ahora bien, cuando dos de estas palabras insignificantes y maleables se llegan á encontrar en el camino una de otra, únense al momento y se combinan por una rara afinidad filológica; y entonces no toman por eso mayor sentido; todo lo contrario, juntas suelen querer decir menos todavía que separadas: entonces estas palabras buenas suelen convertirse en lo que vulgarmente llamamos buenas palabras.

He aquí las reflexiones que teníamos presentes al sentar en el papel el titulillo de este artículo. Nadie nos negará que la palabra por quiere decir poco cuando va sola; pues de la palabra ahora, no decimos nada. He aquí, pues, dos palabras excelentes, y combínense como se combinen. Júntese el por con el que, y resultará el porqué. Siempre se ha dicho que el porqué de las cosas es inaveriguable; por consiguiente no quiere decir nada. Póngase el ahora en oración, y digamos, por ejemplo: «¿Qué hay ahora? ¿Qué se hace ahora?» Nada. Ambas son, pues, palabras nulas, y buenas por consiguiente. Combínense ahora juntas y digamos: por ahora, y se verá el efecto peregrino de la suma de todas las nulidades.

Pocas palabras hay tan buenas, tan útiles en el día, tan en boga; pocas palabras buenas que puedan tan fácilmente convertirse en buenas palabras. ¿Á qué nos contesta usted con el por ahora? Es la espada de Alejandro, que corta todo nudo gordiano; es la panacea universal que templa todos los dolores. Buena jornada habíamos echado, si no pudiéramos contestar á todo: Por ahora.

¿Cuánto no suaviza esta frase toda mala contestación? Por mejor decir, no hay con ella mala contestación posible, y todo aquél que sepa lo que es una repulsa seca, sabrá apreciar cuánto valen las buenas palabras. Son el vino que se mezcla con el agua para quitarle su crudeza. Ejemplo. No, quiere decir que no. Pero si en vez de decir no, dice usted por ahora no, aunque usted quiera decir lo mismo, si habla usted sobre todo con un tonto, como suele suceder, ha dicho usted una gran cosa. ¿Y qué cuesta decir dos palabras más?

Convencidos hombres muy ilustrados de esta verdad, ¿cómo pudieran no usarlas continuamente?

Lluevan sobre ellos en buen hora demandas y peticiones, renuévese la tabla de los derechos, clamen por todas partes tribuna y periódicos por la libertad de imprenta; no le responderán á usted con un no seco, sino que por ahora no conviene. Pida usted más garantías; abogue usted por una verdadera seguridad individual; porque tal ó cual estado es absurdo. Lo vemos, responderán, y lo que es más con dolor; empero por ahora no es oportuno. Para que un pueblo esté bien gobernado, para que sea feliz, es preciso que se difunda la ilustración; para que un pueblo sea libre, es preciso que sepa mucho... y esté bastantemente ilustrado... véase si no Grecia y Roma; aquéllos eran pueblos libres... ¡pero lo que se sabía allí!, ¡qué pueblos tan ilustrados! ¿Qué tiene que ver la España del siglo XIX con la Grecia de Licurgo y la Roma de Numa?

Venga usted á decirme que el sistema judicial no es gran cosa. Que cada uno multa como le da la gana, y juzga como le parece. Pero eso es por ahora no más. Deje usted que llegue aquel día raro, aquel día particular, que ha de ser el decisivo; el día, en fin, de la oportunidad, el día que nos convenga pasarlo bien, que ese día será otra cosa.

Que hay confusión de poderes, de palabras y de cosas; que no nos entendemos; que es una verdadera Babel; que no andamos un paso, un solo paso; pero eso es por ahora. Todavía no conviene que nos entendamos. Es preciso buscar el momento oportuno. Pues qué, ¿no hay más que entenderse cualquier día del año, cualquier año del siglo?

¿Y quién es el encargado, preguntarán ustedes, de conocer el momento?, ¿quién es ese sabio sagaz y penetrante, que ha de conocer cuándo nos conviene ser iguales, ser libres, poder hablar, ser, en una palabra, felices?, ¿dónde está la línea divisoria entre la inoportunidad y la oportunidad?, ¿quién es el ilustrado encargado de medir nuestra ilustración?

Por ahora, amigo lector, no se columbra todavía á ese sabio: responderemos: ni nosotros hemos hecho ánimo de responder por ahora á todas las preguntas, ni nos dejarán responder tampoco por ahora; aunque quisiéramos. Limitándonos por ahora á probar que como hay cosas buenas entre nosotros, hay palabras que parecen cosas, y palabras buenas que nos dan por buenas palabras. Que las voces por ahora son las primeras de ese género, y si bien se mira, bastante hemos dicho por ahora.

LITERATURA
POESÍAS DE DON JUAN BAUTISTA ALONSO

Los hombres son raros en verdad. De cuatro veces tres no se entienden unos á otros; y de tres cuatro no se entienden á sí mismos. Diría uno oyendo ese prolongado clamor que pide libertad de imprenta diariamente: «Éste es el país de la imprenta, de los libros... de los periódicos...». Solemne chasco se llevaría quien tales consecuencias dedujese. Es preciso entendernos: ese clamor de libertad de imprenta, tan continuo, tan incesante, tan justo, puede tener dos principios: puede considerarse como un derecho meramente político reclamado por un pueblo víctima, que hace el último esfuerzo para romper la cadena; y puede mirarse también como un órgano meramente literario, exigido por un pueblo ansioso de ilustración. En el primer caso la imprenta es el baluarte de la libertad civil, en el segundo el paladión de los conocimientos humanos. Desgraciadamente, si se contempla despacio el cuadro de nuestra ilustración científica, literaria y artística, esta ansia de libertad de imprenta no se puede achacar á la cooperación de ambos principios reunidos, cooperación que sería la perfección; no. Es preciso contentarse con reconocerle la primera causa por origen; y esto pinta bastante nuestra situación. Pedimos libertad de imprenta, no para lucirnos, sino para quejarnos, como anda buscando la voz para gritar el que abrumado por una horrible y miedosa pesadilla, tiene embargada el habla por el sueño. Busquemos en España desgraciados y oprimidos, ¿pero literatos?

Á estas tristes reflexiones da lugar cada publicación original que levanta la cabeza de cuando en cuando, mostrándose, como á hurtadillas, entre nosotros. Es la voz que resuena en el desierto: ni un eco hay que responda, ni un oído que la albergue, ni un pueblo que la escuche. Montes de arena, hoy aquí, mañana allí: y un huracán violento. Nada más.

Si bien luce algún ingenio todavía de cuando en cuando, nuestra literatura sin embargo no es más que un gran brasero apagado, entre cuyas cenizas brilla aún pálida y oscilante tal cual chispa rezagada. Nuestro siglo de oro ha pasado ya, y nuestro siglo XIX no ha llegado todavía.

En poesía estamos aún á la altura de los arroyuelos murmuradores, de la tórtola triste, de la palomita de Filis, de Batilo y Menalcas, de las delicias de la vida pastoril, del caramillo y del recental, de la leche y de la miel, y otras fantasmagorías por este estilo. En nuestra poesía á lo menos no se hallará malicia; todo es pura inocencia. Ningún rumbo nuevo, ningún resorte no usado. Convengamos en que el poeta del año 35, encenagado en esta sociedad envejecida, amalgama de oropeles y de costumbres perdidas; presa él mismo de pasioncillas endebles, saliendo de la fonda ó del billar, de la ópera ó del sarao, y á la vuelta de esto empeñado en oir desde su bufete el cefirillo suave que juega enamorado y malicioso por entre las hebras de oro ó de ébano de Filis, y pintando á la Gesner la deliciosa vida del otero (invadido por los facciosos), es un ser ridículamente hipócrita, ó furiosamente atrasado. ¿Qué significa escribir cosas que no cree ni el que las escribe, ni el que las lee?

Empero no quisiéramos que se interpretara en mal del libro que analizamos esta serie de reflexiones generales, que tienden sólo á probar, no el atraso particular de tal ó cual poeta, sino el general atraso de nuestra poesía. Mal pudiéramos por otra parte acriminar á nadie de seguir demasiado estrictamente el camino más trillado; no todos tienen espíritu suficiente para sacudir las cadenas de la rutina; ni la antigua escuela que nos abruma aún por todas partes con su acompasada monotonía nos permite otra cosa. Antes de inventar nos es forzoso olvidar, y ésta es una doble tarea de que no son todos capaces; acaso cuando le ocurre á cada cual olvidar, es tarde ya para él. Todo va despacio entre nosotros, ¿por qué ha de ir de prisa sólo la poesía?

Colocándonos, pues, en la época á que corresponden estas poesías, examinemos el libro en venta, no ya comparando á nuestro autor con lord Byron ó Lamartine, puesto que su género es tan distinto que difícilmente se le pudieran hallar puntos de contacto.

El tomo del señor Alonso se compone de odas, según la antigua clasificación, y bajo este rótulo se encierran verdaderos discursos, más ó menos filosóficos, elegíacos ó pindáricos, en que el poeta desarrolla buena porción de dotes aventajadísimas: consta el volumen además de romances, de sonetos, de letrillas, anacreónticas y canciones.

La colección del señor Alonso comienza con una oda titulada: Que la instrucción es la mejor y la más durable de las riquezas. Sin convenir de ninguna manera en este principio, encontramos en la tal composición buen juicio, y esa misma instrucción que el autor llama riqueza, y que nosotros, menos poetas sin duda, llamaremos sólo instrucción á secas.

La oda elegíaca que sigue está salpicada de poesía por todas partes: es á la muerte de una joven hermosa recién casada. Imágenes atrevidas, símiles felicísimos, sentimiento alguna vez. Después de haber dicho que

Cintia á su Delio mira
Y entre sus brazos sonriendo espira.

añade el poeta Alonso:

Así en oscuro templo,
Donde el silencio sepulcral domina,
La agonizante lámpara vislumbra
Sus moribundos trémulos reflejos,
Mientras su luz se ahuyenta
En desiguales partes soñolienta;

Y al consumir oculta
Entre las sombras de la negra noche,
Último resto del fulgor dudoso,
El tibio germen de su triste vida,
Fugaz vigor adquiere
Y súbita creciendo alumbra y muere.

Quítensele á esas estrofas algún adjetivo inútil, y cierta oscuridad que resulta de la violenta colocación del tercer verso de la segunda, y es un rasgo de primer orden.

Como imitación de san Juan de la Cruz, la oda á la profesión religiosa de la señorita madrileña tiene todo el mérito de hallarse bien tomado el tono de esta clase de composiciones: hay unción, hay aquel dialecto figurado y simbólico que han usado todos los poetas de este género.

Dice el poeta á la muerte de una niña:

Impune hiere el bárbaro asesino,
Y tranquilo se goza en sangre humana
Retiñendo el puñal de muerte lleno;
Y asesinando vive
Alumbrándole el sol, que alumbra al bueno.

Esta estrofa parece de Cienfuegos; su mismo atrevimiento, su novedad, su amargura misma.

Parécenos sin embargo que el género filosófico no es el sol de Austerlitz para el señor de Alonso: le comparáramos de buena gana en esta circunstancia con Meléndez, de quien las odas y los discursos, salvo alguna excepción como el de las artes y las estrellas, no son lo que le da inmortalidad.

El género del señor Alonso es el género mismo de Meléndez, el bucólico; tiene composiciones enteras dignas de Batilo, sabe revestirse perfectamente del candor pastoril, de aquel dialecto juguetón, de aquel tono que huele á tomillo, según la feliz expresión de un académico, que también hay académicos felices en ocurrencias.

Iremos á la fuente
Y allí la sed fogosa apagaremos
En su fresca corriente,
Y el bien que nos debemos
Sin miedo y sin testigos gozaremos.

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¿Á qué envidiar cortadas
Las frutas en los cestos cortesanos,
Si aquí penden colgadas
En árboles galanos
Que desde el suelo alcanzarán las manos?

He aquí al poeta en su terreno. Cuando se entrega á su verdadera inspiración, nada huelga en él, nada le falta. Ya no hay aquella dureza, aquella confusión de epítetos superabundantes, aquella especie de oscuridad, aquella afectada profundidad, aquel lujo pampanoso de poesía y de ruido que se advierte en sus primeras composiciones. Las dos estrofas citadas son un modelo; es difícil hacer nada más acabado que la segunda, felicísima imitación de Virgilio.

¿Cómo no citar aquí, cual la reina del tomo, la composición á la vida feliz, desempeñada en primorosas quintillas? Es de lo mejor que hay escrito en castellano, y en cualquiera lengua. ¡Qué sencillez tan elocuente!, ¡qué giros tan castizos, tan elegantes!, ¡qué verdad, qué pureza, qué encanto singular! Júzguela el lector por sí mismo, y una vez leído ese lindo rasgo de poesía, le aconsejamos que, en lugar de pasar á leer ninguna otra composición, la vuelva á leer segunda vez, y no salga de ella jamás.

Como modelo de facilidad en la versificación, las Quejas del Moro es romance inimitable; y en punto á romances, aunque son buenos el retrato de Rosana, el del cumpleaños de la señora doña María de los Dolores Armijo de Cambronero, el de Anfriso á Dalmiro, campea sobre todos el de el Consejo. Es todo un romance y todo un consejo. ¡Qué pura intención!, ¡qué verdad!, ¡qué noble indignación contra el seductor Fabio!, ¡qué interés tan noble por la inocente Elisa!, ¡cómo corre la pluma en él!, ¡cómo se desahoga la vena del poeta!

Fácilmente conocerá el lector que ya puestos á citar, citaríamos de buen talante infinitas bellezas más por ese mismo estilo que brillan en la colección; con tanto más placer, cuanto que amigos del poeta, quisiéramos no vernos obligados á poner al lado del elogio conquistado la merecida crítica. Pero conocemos demasiado al señor Alonso y sus severos principios de virtud, para ofenderle con una parcialidad indigna del escritor público. Al notar los defectos de su obra, como lo hemos hecho, repetiremos su axioma: Amicus Plato, sed magis amica veritas.

En resumen, el señor de Alonso tiene en general el mérito de ser original, y en estos tiempos no es poco. No se puede comparar con Rioja, con Herrera, con Garcilaso; no es precisamente Meléndez, ni Cienfuegos; no es Quintana; no es... es un poeta sui generis; el señor Alonso es Alonso. Es superior, como hemos dicho, en el género bucólico. Su versificación es en general buena, casi siempre armoniosa. No es muy correcto, y esto no porque le creamos incapaz de corrección; pero ha hecho mal en no pulirse más, como él mismo dice en su prólogo, por falta de humor y de paciencia. Hubiera podido expurgar algún tanto sus poesías, suprimir alguna composición, y acortar muchas. Poeta franco y libre, suelta la rienda á su inspiración y escribe demasiado. El talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para saber lo que se ha de decir de lo que se sabe. Esa superabundancia de vena suele dañar al efecto, desliendo demasiado ideas que, ligeramente apuntadas, resaltarían doble; porque en las artes de imaginación suele querer decir de más lo que se dice de menos. Manifiesta instrucción y filosofía, si no abusara á veces de la primera, y si no afectase demasiado la segunda. Conoce su lengua, y aun creemos que pueda deber al cultivo de la poesía esas disposiciones oratorias que hemos oído elogiar en él aplicadas al foro.

Damos el parabién al señor Alonso por los laureles que acumula sobre su cabeza con la publicación de sus poesías, y nos le damos á nosotros mismos por haber tenido ocasión de hacer pública justicia al mérito del señor Alonso.

CARTA DE FÍGARO
Á SU ANTIGUO CORRESPONSAL

Ya se ve que te escribo poco, amigo mío; pero ¿qué quieres? me he propuesto no escribirte sino cuando suceda por acá alguna cosa buena, cuando haya alguna buena noticia, ó cuando las novedades que ocurran sean tan grandes que valgan la pena de escribir sobre ellas cuatro párrafos de sustancia y de gusto. Cosa buena no ocurre, ni viene buena noticia de ninguna parte; y por lo que hace á novedades, todas las de por acá son viejas. Á mí se me figura siempre que he visto ya en otra parte todas nuestras novedades; y debe de consistir en que las unas son plagios, las otras imitaciones, y las demás repeticiones de nosotros mismos. Siempre vamos por el mismo camino, y, lo que es peor, al mismo paraje. Hay sin embargo quien asegura que esta vez no vamos por ningún camino, ni á ninguna parte; si esto fuese cierto, ya sería el caso muy diferente.

Me preguntas ¿qué era eso que andábamos buscando aquí y que no se encontraba? Por esas señas apenas sé lo que me quieres decir. Todo... Me he figurado, al fin, si me querrías hablar del ministerio. Pero si era eso, ¿á qué tanto misterio? Ya no estamos en tiempo de Calomarde; ahora se puede hablar claro y sin rodeos todo lo que se piensa, cuando se piensa. Aquí se habla mal de muchos ministros, y se los nombra y todo: á nadie han preso todavía por eso, lo cual es muy de alabar, y prueba por lo menos que no se quieren cometer injusticias.

En punto á ministerio te diré que es cierto que hemos andado buscando ministros. Tú sabes el cuento de Diógenes y la linterna. Poco más ó menos se ha hecho aquí buscando un hombre. Parece que no es nada el ser ministro. Pues es algo. Antes, ¡vaya! Pero ahora con esto de que el ministro ha de saber hablar, y se ha de vestir limpio, y qué sé yo cuántas cosas... Sucede que no se atreven á quitar un ministro, porque, amigo, ¿dónde van por otro? Hombres para ministros no nacen todos los días; y si nacieran, como decía muy bien el señor presidente del consejo de ministros en una lindísima elegía,

Sólo al tocarlos yo se marchitarán,

porque ésa es la suerte de todas las cosas de nuestro país. Pero por fin el hombre ya parece que se ha encontrado, y está provisto el ministerio de la guerra.

Hace un año, poco más, decía el gobierno (que entonces era Cea) que para acabar con don Carlos no se necesitaban liberales ni innovaciones. Pasó el tiempo, y fué preciso echar mano de liberales y de innovaciones, lo menos que se pudo, es verdad; pero al fin fué preciso. Que tuvimos ya nuestro poco de liberales, y nuestro poquito de innovación; siguieron los que entraron con el mismo cantar: «Nosotros lo acabaremos, dijeron; pero ni hace falta Mina, ni...». Pues hizo falta Mina, hizo falta Valdés... Y hará falta todo.

Pues un espejo de lo que ha sucedido en guerra ha sido gracia y justicia. De renuncia en renuncia vinimos á parar en fin al señor Dehesa. Yo no le conocía, ni tú tampoco; pero eso no prueba nada. Me dirás á eso que tú no has dicho que pruebe algo; entonces estamos de acuerdo. En interior ha sido otra cosa; allí no costó nada el hacer la mudanza, si se exceptúa lo que costó decidirse á ella, y han puesto al señor Medrano. Con respecto á sus doctrinas, bien conocidas son; no hay sino coger los periódicos y echarse á adivinar en las sesiones que dan los taquígrafos lo que deben haber dicho los oradores, y por ahí te pones al corriente en un momento.

Lo que es la hacienda sigue lo mismo, y el estado in statu quo. La marina sin novedad, que por cierto es lástima. La cuádrupla alianza parece que tiene olvidada su cláusula de sacar al pretendiente del territorio de la Península. Á eso dirán que ya han cumplido, y que lo han sacado otra vez... No es para todos los días andar como pala de horno, sacando y metiendo á su alteza en la Península. Que se salga él si quiere, y si no que lo deje; lo demás no es tener maldita la formalidad.

Los presupuestos van en boga. El Conservatorio de música no ha podido sacar un maravedí á la nación. Primero se contentó con 600,000 reales, luego ya pidió 400,000, después bajó hasta 80,000. Pero nada. Sin embargo, á él se le dan dos cominos de todo eso. Anoche se cantó allí la Norma, y se asegura que siguen cantando. Siempre se ha dicho que «el español cuando canta, ó rabia ó no tiene blanca». Mira tú lo que es: yo era de opinión de que le hubieran votado alguna friolera.

Ya vamos mudando los nombres á las cosas. En verdad que hasta ahora no estamos más que en las calles; pero por alguna parte se ha de empezar. Ya los mudaremos todos, si Dios quiere.

Los teatros siguen abiertos la cuaresma; eso sí, las comedias con este régimen, ó lo que sea, pelechan. Y á propósito de comedias, te diré que aquellos veinte y ocho carlistas que se habían cogido en la costa cantábrica han resultado ser veinte y siete. Parece que había sido un yerro de cuenta.

La fusión sigue en boga por todas partes: dentro de poco conseguirán que se junten el agua y el aceite. Pero ¡qué químicos, amigo, qué químicos! Así nos refundiéramos como nos fundimos.

Á propósito, también se me olvidaba la gran novedad, la verdadera novedad del día. La Revista y el Mensajero se han fundido, es decir, se han casado. Si ha sido casamiento por amor ó por interés no te lo diré; pero yo creo que se querían; ya sabes que hace tiempo que se conocían; dónde se han visto, y dónde se han tratado, nadie lo sabe, porque al fin los padres siempre han andado por distinto lado, pero los chicos son el diablo: ello es que de la noche á la mañana nos hemos encontrado hecha la boda. La novia ha llevado casa puesta, coche y buen dote; y el novio sobre un capital decente muy buenas dotes. Él es un poco brusco y exigente; nada de transigir: hombre al fin: ella, que si fué coqueta, que si no fué coqueta. Pero es lo que ha dicho el Mensajero: «Lo que no es en mi año, no es en mi daño». Por otra parte, vaya usted á buscar una mujer que no sea coqueta, y que no haya hecho cara á... ¡Delirios! ó no casarse, ó apechugar con ellas como son.

La boda fué ayer, y hoy podemos decir con Desmahis:

La jeune épouse de la veille
Tout à la fois pâle et vermeille
Avait encor l'air étonné;
Et tout ensemble heureuse et sage,
Laissait lire sur son visage
Le plaisir qu'elle avait donné.

Yo creo que harán buen menaje, porque, al fin, pienso como Voltaire:

Point de milieu; l'hymen et ses liens
Sont les plus grands ou des maux ou des biens.

Y más creo, que no tendrá que reproducir nunca la Revista la queja aquella de la señora que se querellaba de su marido ante los tribunales, diciendo: «Mi marido es gran músico, buen escribano, singular contador, salvo que no multiplica».

Con esto, y con añadirte que en Navarra no hay novedad, y que se acabará probablemente la sesión sin presentarse la ley de ayuntamientos, y sin lograr una buena ley de imprenta, ya me parece que te digo bastante. Si á esto añades que estas semanas pasadas nos han robado en Madrid hasta por las calles, ¡tantos ladrones ha habido! no te queda más que saber.—Tuyo.