¿ENTRE QUÉ GENTES ESTAMOS?

Henos aquí refugiándonos en las costumbres: no todo ha de ser siempre política; no todos facciosos.—Por otra parte no son las costumbres el último ni el menos importante objeto de las reformas. Sirva, pues, sólo este pequeño preámbulo para evitar un chasco al que forme grandes esperanzas sobre el título que llevan al frente estos renglones, y vamos al caso.

No hace muchos días que la llegada inesperada á Madrid de un extranjero, antiguo amigo mío de colegio, me puso en la obligación de cumplir con los deberes de la hospitalidad. Acaso sin esta circunstancia nunca hubiese yo solo realizado la observación sobre que gira este artículo. La costumbre de ver y oir diariamente los dichos y modales que son la moneda de nuestro trato social, es culpa de que no salte su extrañeza tan fácilmente á nuestros sentidos; mi amigo no pudo menos de abrirme el camino, que el hábito tenía cerrado á mi observación.

Necesitábamos hacer varias visitas: «¡Un carruaje!» dijimos; pero un coche es pesado; un cabriolé será más ligero: no bien lo habíamos dicho, ya estaba mi criado en casa de uno de los mejores alquiladores de esta corte, sobre todo, de ésos que llevan dinero por los que llaman bombés décents, donde encontró efectivamente uno sobrante y desocupado, que, para calcular cómo sería el maldecido, no se necesitaba saber más. Dejó mi criado la señal que le pidieron, y dos horas después ya estaba en la puerta de mi casa un birlocho pardo con varias capas de polvo de todos los días y calidades, el cual no le quitaban nunca porque no se viese el estado en que estaba, y aun yo tuve para mí que lo debían de sacar en los días de aire á tomar polvo para que le encubriese las macas que tendría. Que las ruedas habían rodado hasta entonces, no se podía dudar; que rodarían siempre y que no harían rodar por el suelo al que dentro fuese de aquel inseguro mueble, eso era ya otra cuestión: que el caballo había vivido hasta aquel punto no era dudoso; que viviría dos minutos más, eso era precisamente lo que no se podía menos de dudar cada vez que tropezaba con su cuerpo, no perecedero, sino ya perecido, la curiosa visual del espectador. Cierto ruido desapacible de los muelles y del eje le hacía sonar á hierro como si dentro llevara medio rastro. Peor vestido que el birlocho estaba el criado que le servía, y entre la vida del caballo y la suya no se podía atravesar concienzudamente la apuesta de un solo real de vellón: por lo mal comidos, por lo estropeados, por la vida, en fin, del caballo y el lacayo, por la completa semejanza y armonía que en ambos entes irracionales se notaba, hubiera creído cualquiera que eran gemelos, y que no sólo habían nacido á un mismo tiempo, sino que á un mismo tiempo iban á morir. Si andaba el birlocho era un milagro; si estaba parado un capricho de Goya. Fué preciso conformarnos con este elegante mueble: subí, pues, á él y tomé las riendas, después de haberse sentado en él mi amigo el extranjero. Retiróse el lacayo cuando nos vió en tren de marchar, y fué á subir á la trasera; sacudí mi fusta sobre el animal, con mucho tiento por no acabarle de derrengar; ¿mas cuál fué mi admiración, cuando siento bajar el asiento y veo alzarse las varas levantando casi del suelo al infeliz animal, que parecía un espíritu desprendiéndose de la tierra? ¿Y qué dirán ustedes que era?, que el birlocho venía sin barriguera; y lo mismo fué poner el lacayo la planta sobre la zaga, que, á manera de balanza, vino á tierra el mayor peso, y subió al cielo la ligera resistencia del que tantum pellis et ossa fuit.

«Esto no es conmigo», exclamé; bajamos del birlocho, y á pie nos fuimos á quejar, y reclamar nuestra señal á casa del alquilador. Preguntamos y volvimos á preguntar, y nadie respondía, que aquí es costumbre muy recibida: pareció por fin un hombre, digámoslo así, y un hombre tan mal encarado como el birlocho: expúsele el caso, y pedíle mi señal en vista de que yo no alquilaba el birlocho para tirar de él, sino para que tirase él de mí.—¿Qué tiene usted que pedirle á ese birlocho y á esa jaca sobre todo?, me dijo echándome á la cara una interjeción expresiva y una bocanada de humo de un maldito cigarro de dos cuartos. Después de semejante entrada nada quedaba que hablar.—Véale usted despacio, le contesté sin embargo.—Pues no hay otro, siguió diciendo; y volviéndome la espalda: ¡Á París por gangas!, añadió.—Diga usted, señor grosero, le repuse, ya en el colmo de la cólera, ¿no se contentan ustedes con servir de esta manera, sino que también se han de aguantar sus malos modos? ¿Usted se pone aquí para servir, ó para mandar al público? Pudiera usted tener más respeto y crianza para los que son más que él.—Aquí me echó el hombre una ojeada de arriba abajo, de éstas que arrebañan á la persona mirada, de éstas que van acompañadas de un gesto particular de los labios, de éstas que no se ven sino entre los majos del país.—Nadie es más que yo, don caballero ó don lechuga; si no acomoda, dejarlo. ¡Mire usted con lo que se viene el seor levosa! Á ver, chico, saca un bombé nuevo; ¡ahí en el bolsillo de mi chaqueta debo tener uno!—Y al decir esto, salió una mujer y dos ó tres mozos de cuadra; y llegáronse á oir cuatro ó seis vecinos y catorce ó quince curiosos transeúntes; y como el calesero hablaba en majo y respondía en desvergonzado, y fumaba y escupía por el colmillo, é insultaba á la gente decente, el auditorio daba la razón al calesero, y le aplaudía y soltaba la carcajada, y le animaba á seguir: en fin, sólo una retirada á tiempo pudo salvarnos de alguna cosa peor, por la cual se preparaba á hacernos pasar el concurso que allí se había reunido.

¿Entre qué gentes estamos?, me dijo el extranjero asombrado. ¡Qué modos tan raros se usan en este país!—Oh, es casual, le respondí algo avergonzado de la inculpación, y seguimos nuestro camino. El día había empezado mal, y yo soy supersticioso con estos días que empiezan mal: acaban peor.

Tenía mi amigo que arreglar sus papeles, y fué preciso acompañarle á una oficina de policía: ¡aquí verá usted, le dije, otra amabilidad y otra finura! La puerta estaba abierta y naturalmente nos entrábamos; pero no habíamos andado cuatro pasos, cuando una especie de portero vino á nosotros gritándonos:—¡Eh! ¡hombre!, ¿adónde va usted?, fuera.—Éste es pariente del calesero, dije yo para mí; salimos fuera, y sin embargo esperamos el turno.—Vamos, adentro: ¿qué hacen ustedes ahí parados?, dijo de allí á un rato para darnos á entender que ya podíamos entrar: entramos, saludamos, nos miraron dos oficinistas de arriba abajo, no creyeron que debían contestar al saludo, se pidieron mutuamente papel y tabaco, echaron un cigarro de papel, nos volvieron la espalda, y á una indicación mía para que nos despachasen en atención á que el Estado no les pagaba para fumar, sino para despachar los negocios:—Tenga usted paciencia, respondió uno, que aquí no estamos para servir á usted.—Á ver, añadió dentro de un rato, venga eso; y cogió el pasaporte y lo miró.—¿Y usted quién es?—Un amigo del señor.—¿Y el señor?, algún francés de estos que vienen á sacarnos los cuartos.—Tenga usted la bondad de prescindir de insultos, y ver si está ese papel en regla.—Ya le he dicho á usted que no sea insolente si no quiere usted ir á la cárcel.

Brincaba mi extranjero, y yo le veía dispuesto á hacer un disparate.—Amigo, aquí no hay más remedio que tener paciencia.—¿Y qué nos han de hacer?—Mucho y malo.—Será injusto.—¡Buena cuenta!—Logré por fin contenerle.—Pues ahora no se le despacha á usted; vuelva usted mañana.—¿Volver?—Vuelva usted, y calle usted.—Vaya usted con Dios.

Yo no me atrevía á mirar á la cara á mi amigo.—¿Quién es ese señor tan altanero?, me dijo al bajar la escalera, y tan fino y tan... ¿Es algún príncipe?—Es un escribiente que se cree la justicia y el primer personaje de la nación: como está empleado, se cree dispensado de tener crianza.

—Aquí tiene todo el mundo esos mismos modales según voy viendo.—¡Oh!, no; es casualidad.—C'est drôle, iba diciendo mi amigo, y yo diciendo: ¿Entre qué gentes estamos?

Mi amigo quería hacerse un pantalón, y le llevé á casa de mi sastre. Ésta era más negra: mi sastre es hombre que me recibe con sombrero puesto, que me alarga la mano y me la aprieta; me suele dar dos palmaditas ó tres, más bien más que menos, cada vez que me ve; me llama simplemente por mi apellido, á veces por mi nombre como un antiguo amigo; otro tanto hace con todos sus parroquianos, y no me tutea, no sé por qué: eso tengo que agradecerle todavía. Mi francés nos miraba á los dos alternativamente, mi sastre se reía; yo mudaba de colores, pero estoy seguro que mi amigo salió creyendo que en España todos los caballeros son sastres ó todos los sastres son caballeros. Por supuesto que el maestro no se descubrió, no se movió de su asiento, no hizo gran caso de nosotros, nos hizo esperar todo lo que pudo, se empeñó en regalarnos un cigarro y en dárnoslo encendido él mismo de su boca; cuantas groserías, en fin, suelen llamarse franquezas entre ciertas gentes.—Era por la mañana: la fatiga y el calor nos habían dado sed: entramos en un café y pedimos sorbetes.—¡Sorbetes por la mañana!, dijo un mozo con voz brutal y gesto de burla. ¡Que si quieres!—¡Bravo!, dije para mí. ¿No presumía yo que el día había empezado bien?—Pues traiga usted dos vasos pequeños de limón...—Vaya, ¡hombre!, anímese usted; tómelos usted grandes, nos dijo entonces el mozo con singular franqueza, si tiene usted cara de sed.—Y usted tiene cara de morir de un silletazo, repuse yo ya incomodado; sirva usted con respeto, calle, y no se chancee con las personas que no conoce, y que están muy lejos de ser sus iguales.

Entre tanto que esto pasaba con nosotros, en un billar contiguo diez ó doce señoritos de muy buenas familias jugaban al billar con el mozo de éste, que estaba en mangas de camisa, que tuteaba á uno, sobaba á otro, insultaba al de más allá, y se hombreaba con todos: todos eran unos. ¿Entre qué gentes estamos?, repetía yo con admiración.—C'est drôle!, repetía el francés.—¿Es posible que nadie sepa aquí ocupar su puesto? ¿Hay tal confusión de clases y personas? ¿Para qué cansarme en enumerar los demás casos que de este género en aquel bendito día nos sucedieron? Recapitule el lector cuántos de éstos le suceden al día y le están sucediendo siempre, y esos mismos nos sucedieron á nosotros. Hable usted con tres amigos en una mesa de café: no tardará mucho en arrimarse alguno que nadie del corro conozca, y con toda franqueza meterá su baza en la conversación. Vaya usted á comer á una fonda, y cuente usted con el mozo que ha de servirle como pudiera usted contar con un comensal. Él le bordará á usted la comida con chanzas groseras; él le hará á usted preguntas fraternales y amistosas... él... Vaya usted á una tienda á pedir algo.—¿Tiene usted tal cosa?—No, señor; aquí no hay.—¿Y sabe usted dónde la encontraría?—¡Toma!, ¡qué sé yo! Búsquela usted. Aquí no hay.—¿Se puede ver al señor de tal?, dice usted en una oficina.—Y aquí es peor, pues ni siquiera contestan no: ¿ha entrado usted?, como si hubiera entrado un perro.—¿Va usted á ver un establecimiento público?—Vea usted qué caras, qué voz, qué expresiones, qué respuestas, qué grosería.—Sea usted grande de España; lleve usted un cigarro encendido. No habrá aguador ni carbonero que no le pida la lumbre, y le detenga en la calle, y le manosee y empuerque su tabaco, y se le vuelva apagado. ¿Tiene usted criados? Haga usted cuenta que mantiene unos cuantos amigos, ellos llaman por su apellido seco y desnudo á todos los que lo sean de usted, hablan cuando habla usted, y hablan ellos... ¡Señor!, ¡señor! ¿entre qué gentes estamos? ¿Qué orgullo es el que impide á las clases ínfimas de nuestra sociedad acabar de reconocer el puesto que en el trato han de ocupar? ¡Qué trueque es éste de ideas y de costumbres!

Mi francés había hecho todas estas observaciones, pero no había hecho la principal; faltábale observar que nuestro país es el país de las anomalías; así que, al concluirse el día: Amigo, me dijo, yo he viajado mucho; ni en Europa, ni en América, ni en parte alguna del mundo he visto menos aristocracia en el trato de los hombres; éste es el país adonde yo me vendría á vivir; aquí todos los hombres son unos: se cree estar en la antigua Roma. En llegando á París voy á publicar un opúsculo en que pruebe que la España es el país más dispuesto á recibir...

—Alto ahí, señor observador de un día, dije á mi extranjero interrumpiéndole: adivino la idea de usted. Las observaciones que ha hecho usted hoy son ciertas: la observación general empero que de ellas deduce usted es falsa: ésa es una anomalía como otras muchas que nos rodean, y que sólo se podrían explicar entrando en pormenores que no son del momento: éste es desgraciadamente el país menos dispuesto á lo que usted cree, por más que le parezcan á usted todos unos. No confunda usted la debilidad de la senectud con la de la niñez: ambas son debilidad; las causas son no obstante diferentes; esa franqueza, esa aparente confusión y nivelamiento extraordinario no es el de una sociedad que acaba, es el de una sociedad que empieza; porque yo llamo empezar...—¡Oh! sí, sí entiendo. ¡C'est drôle! ¡C'est drôle!, repetía mi francés.

—Ahí verá usted, repetía yo, entre qué gentes estamos.

DOS LIBERALES
ó
LO QUE ES ENTENDERSE

PRIMER ARTÍCULO

Entre las personas que me hacen demasiado favor, sin duda, en ocuparse en los articulejos que he solido dar á luz durante mi corta existencia periodística, algunos hay que me dirigen diariamente amistosas reconvenciones sobre lo perezosa que se ha hecho mi pluma de algún tiempo á esta parte. Esto es lo que llamaría yo de buena gana no saber de la misa la media, si no temiese ofender á los que con su aprecio me honran y distinguen: no entraré en aclaraciones acerca del particular, porque acaso no me bastara el querer satisfacerlas: sólo les diré, que llamarme perezoso equivale á reconvenir á un cojo de ambas piernas, porque no ande. Si esto no basta, ya no sé qué decir: ¡ojalá no sobre! Les podré añadir, que por una rara combinación de circunstancias que mis lectores no entenderán, y que yo entiendo demasiado, nunca escribo yo más artículos que cuando ellos no ven ninguno, de suerte que en vez de decir: «Fígaro no ha escrito este mes», fuera más arrimado á la verdad decir el mes en que no hubiesen visto un solo Fígaro al pie de un artículo: «¡Cuánto habrá escrito Fígaro este mes!» Parece la cosa digna de explicación; pero, amigo lector, ¡cómo de esas cosas suceden que no se explican, y cómo de esas cosas se explicarían que no se entenderían!

Sentadas estas bases, basta por toda satisfacción saber que tengo un criado montañés, que, á fuer de quererme, se toma conmigo raras libertades: lo mismo es ver que he escrito como cosa de un cuarto de hora, que es todo lo más que él me permite, porque blasona de cuidarse mucho de mi bienestar, éntrase en mi cuarto gruñendo entre dientes como criado viejo; tiende la vista descortésmente sobre mi papel, mirándole sólo con un ojo á causa de no tener otro: «¡Hola!, dice, ¡oposicioncita! ¿Eh? ¡Basta señor, basta!», y unas veces derribando el tintero sobre el escrito, llénamelo de borrones, y otras, que son las más, asiendo de un apagador, encájalo por montera sobre el candelero y apaga la luz. Yo no sé con quién diablos ha servido el tal montañés; pero él jura que esto me conviene; verdad es que me conoce, y sabe que si no me fuera á la mano estaría escribiendo todavía, porque, como él dice, la materia no es corta, y la intención no es buena. El montañés tiene ascendiente sobre mí, sin que yo lo pueda remediar, por consiguiente no hay que echarle de casa: conténtome, pues, con decir, cada vez que me corta el hilo de mis eternos discursos:

Dios le dé salud,
Dios le dé salud,
Á aquel montañés
Que apagó la luz.

Cantaba yo por lo bajo este refrán (porque por lo alto no me atrevo á cantar) esta mañana misma, contemplando con las lágrimas en los ojos y á oscuras el estrago que había hecho en mi bufete la última visita de mi montañés, cuando vuelve éste á entrar con el correo en la mano: es de advertir que yo llamo correo á toda carta que recibo, por la simple razón de que según está en el día el servicio de correos, resulta ser igual enviar una carta por la valija pública, ó llevarla uno mismo: entró pues con mi correo de Madrid, y entre algunas apuntaciones que me envían mis corresponsales, las cuales así me guardaré yo de publicarlas, como se guardará el censor de permitirlas, encuéntrome con dos cartas evidentemente de liberales, puesto que cada uno trae su hoja de servicios al margen: ambos de buena fe, amantes ambos del bien de su país. Y como se reduzcan ellas á darme cuatro consejos que tengo bien merecidos por los muchos desmanes que he cometido en punto á escribir, y por los que pienso seguir cometiendo en cuanto pueda, trasladarélas al curioso lector, si es que ha quedado lector curioso en España después de todo lo que se ha leído en la larga fecha que llevamos de completa libertad intelectual. (Sea dicho con licencia de Dios y de la conciencia.)

Dice el uno: «Señor Fígaro: gracias á Dios, impertérrito escritor, que ha dado usted algún descanso á su pluma: no le negaré á usted que sus artículos me han solido hacer reir alguna vez; pero siempre tuve en medio de eso deseos vehementes de dar á usted un consejo. Yo, señor Fígaro, soy liberal desde chiquito, así como hay otros chiquitos desde liberales; anduve en lo del año 12, asunto de grandes controversias; que salvé, pues, la patria de la dependencia francesa, no hay para qué decirlo; que vino el rey, todo el mundo lo sabe; ¡ojalá, nadie lo supiera! y que fuí luego á Melilla, eso lo sé yo, y basta. Vino el año 20 y vine yo; es decir, que vinimos todos. Cómo se manejó aquello, pues la cosa fué sonada, ya habrá llegado á oídos de usted, porque le tengo por liberal de esta nueva cría. Fué el caso no habernos entendido, que á entendernos otro gallo nos cantara; pero ¿qué quiere usted? la inteligencia no fué el don de que anduvo más pródigo el Ser supremo: en cambio nos dió memoria de firme, para nuestra desdicha, y voluntad, la cual podemos tener todo lo mala posible. ¡Tal es el hombre! Pero si nosotros no nos entendimos parece que nos entendió Angulema, y aun nos tradujo y nos refundió de tal suerte, que quedamos peor parados que comedia antigua en manos de poeta moderno. ¿Y quién tuvo la culpa? La libertad de imprenta. Claro está. Y si no lo probaré. Las naciones del norte vieron que la chispa eléctrica corría demasiado, suscitaron aquí el partido descontento, y alzáronse las guerrillas. Ya ve usted que esto es claro, ¡la libertad de imprenta!

»Dieron dinero y auxilios, y la facción creció. Verdad es que la facción no sabía leer. Pero si no hubiera sido por la libertad de imprenta la facción no hubiera crecido.

»Acaloráronse los ánimos, y de puro no saber leer ni escribir, no nos pusimos de acuerdo. ¡Ya ve usted! ¡La libertad de imprenta!

»Entró Angulema, y ¿quién le dió sus bayonetas? La libertad de imprenta.

»Hubo desgraciadamente defección, torpeza ó mala fe en nuestro ejército, y á Cádiz con la maleta. ¡La libertad de imprenta!

»Acabóse todo, publicóse el gran manifiesto impreso. ¡La libertad de imprenta! y buenas noches.

»Aquí entró la emigración, y de la emigración el escarmiento. Ya ve usted, pues, si unido de esta suerte á esta causa, puedo yo no ser liberal de veras.

»Hoy es, y ésta es la primera vez que hemos venido los emigrados, sin venir ningún año particular. Nacimos el año 12, nos fuimos con el 14, volvimos con el 20, y escapamos con el 23. Ahora nos hemos venido sin fecha: como ratones arrojados de la despensa por el gato, hemos ido asomando el hocico poco á poco, los más atrevidos antes, los más desconfiados después, hasta que hemos visto que el campo es nuestro.

»No comprendiendo nosotros mismos nuestra venida, á cada paso creemos ver de nuevo el gato.

»Ahora bien, nuestro gato es la anarquía, porque el otro que había en la casa se escaldó para siempre. ¿Y le parece á usted justo, señor Fígaro, que yo y otros como yo, que hemos tenido la gloria y la fortuna de escapar de dos fechas en contra y de dos emigraciones, que hemos vuelto, y que, á causa de nuestros antecedentes y de nuestros talentos (perdone usted el galicismo, que me lo traje de Francia), nos hemos encontrado al frente de las cosas con muy buenos destinos, vayamos á incurrir en los mismos tropiezos de antes? No, señor: hemos hecho amende honorable. El andar de prisa los jóvenes, sólo tendrá por resultado atropellarnos á los viejos: por consiguiente queremos orden. Bien comprendo que querrán andar de prisa aquellos emigrados que no han encontrado destinos, porque andando ellos los toparán. Lo mismo digo de los liberales que quedaron por aquí, y los de la nueva cría. Éstos al fin pueden decir: Hos ego versículos feci, tulit alter honores. Si no tienen otra cosa todavía, por fuerza han de tener prisa. Pero nosotros, señor Fígaro, los que hemos llegado á mesa puesta...

»Nosotros no tenemos más norte que lo pasado: nosotros vemos la anarquía, exista ó no: nosotros nos hemos enmendado: volvamos de nuestros errores y evitaremos á toda costa la libertad de imprenta y toda clase de libertad; la república nos acecha, el gorro nos amenaza, la guillotina nos amaga, y nuestro libro consultor es el año 23, y sobre todo el 92.

»He dicho todo esto porque, deseando el bien para mi patria, y que evitemos los escollos pasados, creo que debemos ir poco á poco y unirnos cordialmente los que tenemos los destinos y los que no los tienen. Entendámonos por fin de esta manera. Ya ve usted que soy hombre que me pongo en todo; me he puesto en mi destino, y ahora me pongo en la razón.

»Por lo tanto, los artículos de usted que tienden á una oposición directa, los artículos de usted, que quieren poner en ridículo nuestra lentitud, sólo pueden dar armas á nuestros enemigos. Aquí no hay más divisa que Isabel II. Y en cuanto á escribir, escribir nuestros mismos defectos para que los corrijamos, es disparate, porque no por eso los hemos de corregir: debe alabarse todo lo que hagamos, siquiera para no dar que reir á nuestra costa á los carlistas, y le advierto caritativamente que si persiste en el camino de esa oposición que ha manifestado, haremos correr la voz de que todos los que hacen esa oposición nos quieren precipitar de nuevo y quieren reproducir el año 23; hasta diremos que están vendidos á don Carlos, y no faltará quien lo crea, pues aquí para todo hay creyentes, y lo que aquí no se cree, ya es preciso que sea increíble.

»Con lo cual queda de usted su afectísimo liberal escarmentado, y con competente destino, etc».

DOS LIBERALES
ó
LO QUE ES ENTENDERSE

SEGUNDO ARTÍCULO

Al sentar la pluma en el papel para este segundo artículo, que en nuestro número 122 del jueves dejamos prometido, mal pudiera dejar de recordar cierto lance ocurrido no ha muchos años á un buen cómico francés. Había empezado su carrera dramática con no muy buenos auspicios; y esto en tales términos, que nunca le dejaba el público llegar al fin de la representación. Escarmentado el hombre de estudiar papeles en balde, y deseoso de mudar públicos, tomó la rara resolución de no dar en cada parte más de una representación, y de no estudiar nunca más que el primer acto del papel que á su cargo tomaba. Trascurrió así algún tiempo felizmente; pero hubo de llegar un día á un pueblo, donde fuese por casualidad, fuese por alguna causa en él sobrenatural, no sólo no le silbó el público desde los primeros versos, como le solía acontecer, sino que descendieron los aplausos sobre él, como el maná sobre los Israelitas. Pero bajó el telón acabado el primer acto, y nuestro cómico, no habiendo estudiado el segundo, se vió precisado á salir y decir: «Señores, no hallándome acostumbrado á la acogida benévola que este ilustrado público acaba de hacerme, me veo en la triste precisión de anunciar el segundo acto para mañana, á causa de no haberlo estudiado». Con lo cual recibió la acostumbrada silba, entonces por haberlo hecho bien.

Los que hayan leído el principio de mi anterior artículo habrán comprendido ya el cuentecillo; á los que no, les diré francamente que al ver por fin impreso un artículo mío en el Observador del jueves, cosa á que no estaba ya acostumbrado, me hallé en el mismo, mismísimo caso que el cómico silbado. No presumiendo que había de imprimirse nunca ni aun la primera parte de mi artículo, quedéme in pectore con la segunda.

He aquí la causa de su detención en publicarse; supuesto sin embargo, que me he visto tan agradablemente sorprendido, vuelvo á hojear mi correo, encuentro la continuación, y tal cual es allá sale la siguiente carta del otro liberal, si no lo han mis lectores por enojo.

«Yo, señor Fígaro, con permiso del gobierno, soy liberal de padre á hijo, porque en mi casa éste fué mal de familia. Mala herencia me dejaron; pero sobre no haber otra, quien lo hereda no lo hurta. Á saber yo hurtar otro gallo me cantara, y no tendría necesidad de ser hoy en el día liberal, que antes pudiera ser lo que me diese la gana; y así podría irme á Francia con el dinero y la maldición del público, como tomar á mi cargo un buen destino de donde pudiera seguir haciendo de las mías, que el dinero llama dinero.

»El hecho es que no hay nada de esto, y que en mi casa no hay más que dos cosas: mi opinión liberal, con la cual me doy á todos los diablos, y una silla en la cual me siento.

»Yo fuí de los primeros que tomaron las armas contra los Franceses en tiempo de la independencia: á un mismo tiempo casi acabó la guerra y la constitución. Entonces no extrañé yo que no me diese premio el recién llegado; pero llegó el año 20, y por más que peroré en todos los cafés de Madrid, por más patriotismo que lucí en listas públicas y motines, no pude ser nunca más que empleado en loterías. Yo fuí miliciano nacional, yo pedí regencia... yo... qué sé yo lo que hice. Pero mi suerte era trabajar siempre para otros. En la guerra de la independencia trabajé, como todos, para su majestad; y dejemos este cuento, que es cuento de cuentos. En la constitución trabajé para que se hiciesen ministros unos cuantos, y para que se hiciesen ricos otros pocos. Ésta es la suerte de los que vamos de buena fe. Hasta en mi empleo de loterías, al cabo, ¿qué hacía? Trabajar porque les cayese á otros.—El año 23 se fué á Cádiz la patria, y yo me fuí con ella. Llegué roto y descalzo: hice prodigios en el Trocadero: la cosa se puso de pésima data, y cada pedazo de la patria tomó por donde pudo. Pedazo hubo que no paró hasta América. Sólo yo, sin patria, que se me había ido entre las manos, y sin empleo, que se encargó un realista de regentar en Madrid durante mi ausencia; sin dinero, porque yo no había hecho más que motines mientras que otros habían hecho pacotilla, volvíme á Madrid, donde me pasé en la cárcel muy buenos meses por haber sido liberal.—Los diez años, no hablemos de ellos. ¡Ojalá hubiera sido emigrado! Con sólo este deseo se podrá formar idea de mi situación.

»Ocurre lo de la Granja, y viendo un resquicio por donde salvar la patria, hágome cristino de aquellos primeros que en secreto casi se armaron en Madrid. Á poco el ministro famoso que no quería innovaciones peligrosas, debió encontrar malo que hiciéramos la innovación de ser cristinos, y salimos desterrados yo y otros pocos.

»Vuelvo del destierro á fuerza de empeños, y amanece el día 27 de octubre. Los realistas amenazan á Madrid. Lleno de patriotismo salgo á salvar la patria en peligro, desarmo cuantos puedo, á riesgo de mi vida, pero pasa el peligro, ceden los rebeldes, y una autoridad á quien presento mis trofeos me prende porque la patria no necesita de mis servicios, y porque ando armado sin autorización. He aquí lo que es la suerte de los hombres. Si los realistas aprietan más, soy un héroe aquel día: cedieron pronto, y fuí un desobediente, un perturbador. Si ellos hubieran vencido, me hubieran ahorcado. Mi partido fué más generoso, se contentó con prenderme.

»Salgo, por fin, de la cárcel, y mi entusiasmo siempre en pie. Al fin los liberales, digo para mí, hemos de ser premiados algún día. Me presento á alistarme en las filas de la urbana, y me dicen que habiendo perdido mis pocos bienes el año 23, no ofrezco garantías. ¡Qué bien hicieron los realistas en dejarnos sin camisa! Si nos dejan algo hubiéramos podido armarnos contra ellos.—En el ínterin nace el Estatuto y las leyes fundamentales. Me presento á reclamar mi destino; pero, amigo, las leyes fundamentales no dicen nada de loterías: llévese el diablo las invenciones modernas. Por más que he registrado crónicas y partidas, nada he encontrado: me he convencido, pues, de que las loterías es una innovación. Mi empleo, pues, nada tiene que ver con la monarquía: no apoyándose mi reclamación en las leyes fundamentales, es considerada como sin fundamento.

»Amplíase entre tanto la milicia, y al fin entro en ella. Me ofrezco á la patria para lo de Vizcaya, creyendo hacer falta. ¡Error! Nadie hace falta allí. Aprendo el ejercicio, y como no nos reunimos, ¿querrá usted creer, señor Fígaro, que todavía no conozco la cara de mis compañeros?

»Pero no importa; ocurren no sé qué conspiraciones, y préndenme por anarquista. Se indaga, se busca; lo único que se ha descubierta es que yo he estado en la cárcel. El peligro, pues, no era para la patria, sino para mí.

»Éste es mi estado, señor Fígaro. Con todo sigo siendo liberal: así es, que no me llega la camisa al cuerpo.

»En atención á estos datos, suplico á usted que se sirva no dejar dormir su pluma en ese camino de la oposición, en que ha marchado con tanta gloria; en la inteligencia de que si usted afloja, yo y los míos haremos correr por todas partes la voz de que se ha vendido usted al ministerio.

»Esto no marcha, y sólo una oposición sostenida puede salvarnos. Á ellos, pues, señor Fígaro, y dóblelos usted á sátiras si quiere conservar el aprecio de su seguro servidor.—El liberal progresivo, y sin destino.»

Ésas son las dos cartas: las dos son liberales; las dos de hombres de buena fe, que sólo desean el bien de la patria.—Si escribo en liberal, dirán unos que estoy vendido á don Carlos. Si escribo en ministerial, dirán otros que estoy vendido al ministerio. ¡Si al menos se supiese quién paga mejor!

¡¡¡Gracias á Dios, por fin, que ya estamos de acuerdo; gracias á Dios que nos entendemos!!!