LA VIDA DE MADRID
Muchas cosas me admiran en este mundo: esto prueba que mi alma debe pertenecer á la clase vulgar, al justo medio de las almas; sólo á las muy superiores, ó á las muy estúpidas les es dado no admirarse de nada. Para aquéllas no hay cosa que valga algo, para éstas no hay cosa que valga nada. Colocada la mía á igual distancia de las unas y de las otras, confieso que vivo todo de admiración, y estoy tanto más distante de ellas cuanto menos concibo que se pueda vivir sin admirar. Cuando en un día de ésos, en que un insomnio prolongado, ó un contratiempo de la víspera preparan al hombre á la meditación, me paro á considerar el destino del mundo: cuando me veo rodando dentro de él con mis semejantes por los espacios imaginarios, sin que sepa nadie para qué, ni adónde; cuando veo nacer á todos para morir, y morir sólo por haber nacido; cuando veo la verdad igualmente distante de todos los puntos del orbe, donde se la anda buscando, y la felicidad siempre en casa del vecino á juicio de cada uno; cuando reflexiono que no se le ve el fin á este cuadro halagüeño, que según todas las probabilidades tampoco tuvo principio; cuando pregunto á todos y me responde cada cual quejándose de su suerte; cuando contemplo que la vida es un amasijo de contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de arrepentimientos, me admiro de varias cosas. Primera, del gran poder del Ser supremo, que haciendo marchar el mundo de un modo dado, ha podido hacer que todos tengan deseos diferentes y encontrados, que no suceda más que una sola cosa á la vez, y que todos queden descontentos. Segunda, de su gran sabiduría en hacer corta la vida. Y tercera, en fin, y de ésta me asombro más que de las otras todavía, de ese apego que todos tienen sin embargo á esta vida tan mala. Esto último bastaría á confundir á un ateo, si un ateo, al serlo, no diese ya claras muestras de no tener su cerebro organizado para el convencimiento; porque sólo un Dios y un Dios Todopoderoso podía hacer amar una cosa como la vida.
Esto, considerada la vida en general, donde quiera que la tomemos por tipo; en las naciones civilizadas, en los países incultos, en todas partes, en fin. Porque en este punto, me inclino á creer que el hombre variará de necesidades, y se colocará en una escala más alta ó más baja; pero en cuanto á su felicidad nada habrá adelantado. Toda la diferencia entre el hombre ilustrado y el salvaje estará en los términos de su conversación. Lord Wellington hablará de los whigs, el Indio nómade hablará de las panteras; pero iguales penas le acarreará á aquél el concluir con los primeros, que á éste el dar caza á las segundas. La civilización le hará variar al hombre de ocupaciones y de palabras; de suerte, es imposible. Nació víctima, y su verdugo le persigue enseñándole el dogal, así debajo del dorado artesón, como debajo de la rústica techumbre de ramas. Pero si se considera luego la vida de Madrid, es preciso cerrar el entendimiento á toda reflexión para desearla.
El joven que voy á tomar por tipo general es un muchacho de regular entendimiento, pero que posee sin embargo más doblones que ideas, lo cual no parecerá inverosímil si se atiende al modo que tiene la sabia naturaleza de distribuir sus dones. En una palabra, es rico sin ser enteramente tonto. Paseábame días pasados con él, no precisamente porque nos estreche una grande amistad, sino porque no hay más que dos modos de pasear, ó solo ó acompañado. La conversación de los jóvenes más suele pecar de indiscreta que de reservada: así fué, que á pocas preguntas y respuestas nos hallamos á la altura de lo que se llama en el mundo franqueza, sinónimo casi siempre de imprudencia. Preguntóme qué especie de vida hacía yo, y si estaba contento con ella. Por mi parte pronto hube despachado: á lo primero le contesté: «Soy periodista; paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor público, en escribir lo que no pienso y en hacer creer á los demás lo que no creo. ¡Cómo sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida está reducida á querer decir lo que otros no quieren oir». Á lo segundo, de si estaba contento con esta vida, le contesté, que estaba por lo menos tan resignado como lo está con irse á la gloria el que se muere.
¿Y usted?, le dije. ¿Cuál es su vida en Madrid?—Yo, me repuso, soy muchacho de muy regular fortuna; por consiguiente no escribo. Es decir... escribo... ayer escribí una esquela á Borrel para que me enviase cuanto antes un pantalón de patincour que me tiene hace meses por allá. Siempre escribe uno algo. Por lo demás, le contaré á usted.
Yo no soy amigo de levantarme tarde; á veces hasta madrugo; días hay que á las diez ya estoy en pie. Tomo té, y alguna vez chocolate; es preciso vivir con el país. Si á esas horas ha parecido ya algún periódico me lo entra mi criado, después de haberle ojeado él: tiendo la vista por encima; leo los partes, que se me figura siempre haberlos leído ya; todos me suenan á lo mismo: entra otro, lo cojo, y es la segunda edición del primero. Los periódicos son como los jóvenes de Madrid, no se diferencian sino en el nombre. Cansado estoy ya de que me digan todas las mañanas en artículos muy graves todo lo felices que seríamos si fuésemos libres, y lo que es preciso hacer para serlo. Tanto valdría decirle á un ciego que no hay cosa como ver.
Como á aquellas horas no tengo ganas de volverme á dormir, dejo los periódicos: me rodeo al cuello un echarpe, me introduzco en un surtú, y á la calle. Doy una vuelta á la Carrera de San Jerónimo, á la calle de Carretas, del Príncipe, y de la Montera, encuentro en un palmo de terreno á todos mis amigos que hacen otro tanto, me paro con todos ellos, compro cigarros en un café, saludo á alguna asomada, y me vuelvo á casa á vestir.
¿Está malo el día?, el capote de barragán: á casa de la marquesa hasta las dos; á casa de la condesa hasta las tres; á tal otra casa hasta las cuatro: en todas partes voy dejando la misma conversación; en donde entro oigo hablar mal de la casa de donde vengo, y de la otra adonde voy: ésta es toda la conversación de Madrid.
¿Está el día regular? Á la calle de la Montera. Á ver á La Gallarde ó á Tomás. Dos horas, tres horas, según. Mina, los facciosos, la que pasa, el sufrimiento y las esperanzas.
¿Está muy bueno el día? Á caballo. De la puerta de Atocha á la de Recoletos, de la de Recoletos á la de Atocha. Andado y desandado este camino muchas veces, una vuelta á pie. Á comer á Genieys, ó al Comercio: alguna vez en mi casa; las más fuera de ella.
¿Acabé de comer? Á Solito. Allí dos horas, dos cigarros, y dos amigos. Se hace una segunda edición de la conversación de la calle de la Montera. ¡Oh!, y felizmente esta semana no ha faltado materia. Un poco se ha ponderado, otro poco se ha... Pero en fin, en un país donde no se hace nada, sea lícito al menos hablar.
—¿Qué se da en el teatro?, dice uno.
—Aquí: 1.° sinfonía; 2.º pieza del célebre Scribe; 3.º sinfonía; 4.º pieza nueva del fecundo Scribe; 5.° sinfonía; 6.º baile nacional; 7.º la comedia nueva en dos actos, traducida también del ingenioso Scribe; 8.º sinfonía; 9.º...
—Basta, basta; ¡santo Dios!
—Pero, chico, ¿qué lees ahí?, si ése es el Diario de ayer.
—Hombre, parece el de todos los días.
—Sí, aquí es Guillermo hoy.
—¿Guillermo? ¡Oh, si fuera ayer! ¿Y allá?
—Allá es el teatro de la Cruz. Cualquier cosa.
—Á mí me toca el turno aquí. ¿Sabe usted lo que es tocar el turno?
—Sí, sí, respondo á mi compañero de paseo; á mí también me suele tocar el turno.
Pues bien, subo al palco un rato. Acabado el teatro, si no es noche de sociedad, al café otra vez á disputar un poco de tiempo al dueño. Luego á ninguna parte. Si es noche de sociedad, á vestirme; gran tualeta. Á casa de E... Bonita sociedad; muy bonita. Ello sí, las mismas de la sociedad de la víspera, y del lunes, y de... y las mismas de las visitas de la mañana, del Prado, y del teatro, y... pero lo bueno, nunca se cansa uno de verlo.
—¿Y qué hace usted en la sociedad?
—Nada; entro en la sala; paso al gabinete; vuelvo á la sala; entro al ecarté; vuelvo á entrar en la sala; vuelvo á salir al gabinete; vuelvo á entrar en el ecarté...
—¿Y luego?
—Luego á casa, y ¡buenas noches!
Ésta es la vida que de sí me contó mi amigo. Después de leerla y de releerla, figurándome que no he ofendido á nadie, y que á nadie retrato en ella, é inclinándome casi á creer que por ésta no tendré ningún desafío, aunque necios conozco yo para todo, trasládola á la consideración de los que tienen apego á la vida.
BAILE DE MÁSCARAS
BILLETES POR EMBARGO
Desgraciadamente para la empresa de teatros, que no se cansa de hacer en obsequio del público todos los sacrificios que están al alcance de una especulación que con tantas dificultades tiene que luchar, el tiempo no ha favorecido la entrada del segundo. Sólo á esta causa podemos achacar la poca concurrencia, si es que no se quiere seguir la opinión de los que aseguran que no es Madrid pueblo que pueda resistir tres meses de carnaval. Acaso han empezado los bailes demasiado pronto, si bien nosotros tenemos entendido que para embromarse y engañarse los hombres unos á otros todos los meses son buenos. Sea de esto lo que quiera, el hecho es que el teatro del Príncipe ha presentado, sobre todo en este segundo baile, en que se han procurado corregir los leves defectos notados en el primero, un aspecto de lujo y de hermosura poco común en bailes de esta especie; y es de esperar que el sentido común venza por fin la resistencia que ideas ridículas de intempestiva aristocracia parecen oponer todavía entre nosotros á la igualdad y publicidad que reina en esta diversión, aun en tiempos en que dicen que la libertad tiende sus alas protectoras sobre todas las clases indistintamente.
Sólo una cosa encontramos notable y digna de ser al público referida en estos bailes de teatro hasta ahora; cosa que contaremos, pero como es conocido el cuidado que siempre en nuestros artículos ponemos de huir de toda inculpación de personalidad, y como por repetidas órdenes, instrucciones censoriales y reglamentos, todavía vigentes, no le es permitido á la libertad de imprenta decir todo lo que piensa, la contaremos sencillamente, y sin darle color, con la natural malignidad que suelen encontrar en nuestros escritos los benévolos lectores. Al referir un hecho, sucedido en Madrid, en estos tiempos y á vista de todo el que lo haya querido ver, no podemos hacernos culpables de nada; si la cosa hace reir por sí, no estará la malicia en nosotros, sino en la cosa.
Sabido es, y ojalá no lo fuera, que el excelentísimo ayuntamiento tiene en cada teatro de esta ilustrada capital de esta renegada patria, un palco, palco que por más señas vale por dos; localidad que en la contrata del gobierno con el empresario de teatros ha sido conservada para el uso de los señores capitulares.
Llegada sin embargo la época de los bailes de máscaras parece que el señor corregidor de esta muy heroica villa pasó al empresario un bando, ó sea instrucción, relativa á varias medidas de policía interior de estas funciones, en la cual no dejó de tocarse la grave cuestión de si los señores capitulares, cuyo número parece montar á setenta y cinco, deberían ó no tener entrada á las funciones. Pareció indudable que tenían derecho á su palco, pero no tan indudable que lo tuviesen igualmente á entrar en el salón y disfrutar en él y en las demás localidades dispuestas ad hoc por el empresario, á fuerza de dinero suyo. El empresario creyó cumplir con lo que la justicia exigía dando pase á los señores setenta y cinco para su palco; pero no satisfaciendo esto á dichos señores setenta y cinco, parece que se recrecieron disturbios y reyertas de graves consecuencias para la república. Nuestro corregidor, cuya ilustración sería difícil poner en duda, ofició al empresario para que se diesen á los setenta y cinco señores otros tantos billetes, es decir, setenta y cinco. Pero montando setenta y cinco billetes, á razón de 23 reales por cada uno, á la cantidad de 1885 reales de vellón, desfalco notable en la entrada de cada noche, y pudiendo estos billetes ser luego regalados y no servir aun para su uso primitivo, dado caso que éste fuese de justicia, el empresario no sólo se negó á darlos, sino que elevó la cuestión al señor gobernador civil, y con ánimo, según creemos, de seguirlo elevando en todo caso hasta la última potencia posible, y de no ceder de su derecho sino á la fuerza.
En tan apuradas circunstancias, yendo y viniendo días, llegábase el día del baile, y en el ínterin que se decidía si los señores setenta y cinco capitulares, por representar la villa de Madrid, la cual ha cedido en una contrata particular los teatros á una empresa, deben disfrutar ó no gratis de todas las funciones que en el local puede dar la empresa, incluso alumbrado, alfombra, mesas de juego, ambigú y demás; en el ínterin, repetimos, que esto se decidía, se presentó en el despacho de los billetes el alguacil mayor, con su correspondiente escribano y demás alguaciles menores, y embargó dichos setenta y cinco billetes, para dichos setenta y cinco capitulares, previa la competente protesta del despachador de ceder á la fuerza, y el competente recibo del competente escribano. Ignoramos cuáles puedan ser las decisiones ulteriores que sobre esta cuestión, que pudiéramos llamar de los setenta y cinco, recaigan, ni es esto de nuestra incumbencia, ni nos adelantaremos á dar nuestro voto en el particular, si bien nadie ha dicho que no lo podemos tener como cada vecino de esta villa, á quien representan los setenta y cinco capitulares.
Sólo sí contaremos un caso que nada tiene que ver con lo que llevamos contado, y al referir el cual protestamos contra toda alusión. Es capítulo aparte: táchesenos, si se quiere, de confundir unas materias con otras: en un periódico no pueden venir las materias muy separadas aunque uno quiera; pero no se nos tache de malignos, que ésta fuera inculpación á la cual no podríamos resistir.
El caso era que en un pueblo solía salir en un día señalado todos los años una procesión, no sabemos á qué propósito, la cual tenía de costumbre inmemorial designada la carrera que debía seguir. Ocurrió un año, antes del tiempo de la procesión, tapiar é incomunicar cierta calleja, por la cual solía pasar aquélla; y convertida ya la calleja en callejón sin salida, fué preciso variar la carrera que la solemnidad ambulante llevaba. Alborotóse empero el pueblo, y sobre todo los vecinos de la calleja, que querían disfrutar del paso de la Virgen; y tanta fué la grita y la zalagarda, que fué indispensable la intervención del alcalde, el cual oídas las partes, que fué cosa rara, decretó: «En atención á lo que se me ha dicho por una y otra parte, y á pesar de estar hecha la calleja callejón sin salida, mando y ordeno que se guarden los usos y costumbres, y que vaya la procesión por la calleja».
LA CALAMIDAD EUROPEA[2]
Muchas y grandes han sido las calamidades con que la Providencia en sus secretos fines quiso afligir en distintas épocas al hombre. Ya desde un principio pudo conocer el más lego la desgracia que presidía á la creación de este mísero globo. El que vió en los primeros tiempos que fué preciso arrancar al hombre de su propia costilla la mujer, ó había de tener poco olfato, ó debía ya decir para su capote (permítaseme el anacronismo) que había de venir presto abajo nuestra felicidad. Así fué; habló una serpiente; la mujer dió oídos al primer advenedizo, fragilidad que desgraciadamente se ha transmitido de siglo en siglo; cortóse la manzana del árbol del bien y del mal, que por lo visto sólo tenía el mal para nosotros, hincóle el diente el crédulo esposo, y vínose abajo á renglón seguido todo el edificio del primaveral paraíso. Primera calamidad, y no la más floja. Henos aquí ya habitando la tierra, merced á la picia del primer hombre: nace el segundo mortal, y segunda picia: lo primero que hace es matar al tercero: he aquí una raza maldita, y la segunda calamidad. Con tan galanos principios no debió de ser difícil augurar los fines. El primer homicidio no debía de ser el último. Endurécese el hombre en el mal, sucédele un vicio á otro, un crimen abona el anterior, y pónese la cosa tan de mala data, que cansado y arrepentido el Hacedor, lluévele encima al hombre, y pónelo perdido. ¡Día de agua! Ni sirven ramas, ni valen altos montes. Se abren las cataratas del cielo, derrámase el líquido abundante, ahógase todo bicho, y he aquí la tercera calamidad.
Vuelve el hombre á poblar, y ya de aquí en adelante imposible fuera poner orden en las calamidades. No bien sale del reciente escarmiento, lánzase de nuevo al crimen: olvida su Dios y su religión; de nada ha servido el diluvio; el Criador lo conoce, y vista la ineficacia del agua, aquí prueba con Sodoma y Gomorra la virtud del fuego: igual resultado. Allá convierte en sal al curioso. Acá confunde en Babel las lenguas insolentes, y vuélvese la torre una cazuela de un teatro de Madrid. Tiempo perdido. Desde entonces todos hablan y ninguno se entiende; pero no por eso se ha mejorado nuestra condición. Caiga agua, baje fuego, venga sal, lluevan lenguas sobre nosotros; el hombre insolente todo lo aprovecha. Inventa barcos, y anda sobre el agua; recoge la lumbre, y caliéntase á ella; toma la sal, y échala en el puchero; aprende las lenguas, y corre á enseñarlas por el equitativo estipendio de treinta reales al mes...
¿Quién tendría desde entonces el vano proyecto de seguir en su curso las calamidades del hombre? Poco antes de llegar á la tierra de promisión, adora el becerro de oro, figura simbólica del siglo XIX, que había de adorar el oro, aunque fuese en un becerro; en Jericó hace añicos todos los cántaros de la provincia; en Egipto adora la cebolla, ídolo por cierto de muy mal tono; en el Indostán tributa honores al sol y al fuego; en la India occidental, que tenía más de occidental que de India, adora la luna entera; más económico en Asia, adora media luna no más; en África reverencia á los bichos ponzoñosos; en Europa rinde culto á sus grandes ladrones y asesinos, y erige altares á sus tiranos; aquí se hunde la Atlántida, preparando á navegantes con su hundimiento descubrimientos fatales; ábrense volcanes por todas partes, vomitando lumbre sobre él; las tempestades aquí, la peste allí, la guerra de nación en nación, las preocupaciones doquiera, la mujer en todas partes; todo es error y desgracia, todo crimen y confusión el mundo; todo es, en fin, calamidades.
Dejemos, pues, á un lado las del mundo para ocuparnos sólo de las de Europa.
Nace apenas la sociedad europea, y surgiendo de ella Elena, lánzase aquélla contra el Asia en mil frágiles barquillos á llevar á las playas troyanas el hierro y la destrucción. Nótese que la primera calamidad europea emanó de la importancia dada á la fidelidad de una mujer.
El adulterio, el asesinato y el incesto reciben á su vuelta á los vencedores argivos. Cien repúblicas en seguida, ansiosas de libertad, se aherrojan mutuamente, y un ejército de Persas viene hasta Maratón á sembrar el luto en la sociedad europea. Nótese que la segunda calamidad es una intervención extranjera.
Dos bandoleros famosos, Remo y Rómulo, echan los cimientos de la ciudad universal, que con las armas en la mano avasalla después y esclaviza á la Europa entera. Nótese que el principio de la tercera calamidad fueron dos ladrones públicos.
El Norte vomita sobre el Mediodía hordas innumerables de Vándalos y Godos, que mudan á sangre y fuego la faz de la malhadada Europa. Nótese que la cuarta calamidad vínole á Europa del Norte.
El hijo de Dios había descendido ya á morir en la tierra por los hombres; una religión nueva alzaba sus bienhechoras cruces por todas partes; más de cien hijos espúreos, saliendo del río principal, como sangrías de licor ponzoñoso, inundan el mundo de sectas parciales: los hijos de un innovador atrevido se arrojan de Asia á Europa con el alfanje en la una mano y el Korán en la otra: numerosas cruzadas se levantan por la religión, y encienden la guerra general: nuevas sectas derraman luego la sangre alemana, y poco después la inglesa y la francesa. La reacción, sangrienta, como la acción, establece tribunales horribles, y cada pueblo, durante siglos enteros, aquí por la guerra civil, allí por la conquista de otro hemisferio, es una ara inmensa cubierta de mártires; los hombres son mitad víctimas, mitad sacrificadores. Obsérvese que la quinta calamidad le vino al hombre de la preocupación religiosa, de la superstición, del fanatismo.
Sobre la sangre humeante de los autos de fe nace la política, y con ella el soñado equilibrio de los reinos; guerras de sucesión, guerras de familia suceden á las guerras religiosas; pueblos enteros perecen víctimas de guerras personales de sus reyes, y de etiquetas palaciegas. Adviértase que la sexta calamidad le vino á la Europa de la importancia dada al apellido de sus pretendidos dueños absolutos.
Vencedores éstos contemplan como instrumentos á sus súbditos; pero cansados al fin los pueblos, caen en la cuenta de sus derechos, y un grito unánime de libertad resuena en el universo. La Europa le acoge, y responde á él; se abre una lucha sangrienta de principios; una revolución espantosa traspasa todos los límites posibles; un coloso nace de ella á detenerla; vencido empero el coloso, la libertad vuelve á desplegar sus alas. Desde entonces los hombres siguen vertiendo anchos ríos de sangre para reconquistar de la rutina el derecho más sencillo y claro de todos: su propia voluntad. Nótese que la sétima calamidad nos viene de haber conferido nuestros poderes sin restricción, sin prenda, sin garantía; de haber dejado prescribir un derecho.
Hemos llegado á la octava calamidad europea. ¿Pues cuál otra horrible calamidad nos amenaza? ¿Otro cólera? Si el hombre nació para morir, la peste es una muerte cualquiera. Mayor es la calamidad que nos amaga: más terrible la prueba á que nos sujeta la Providencia. ¿Algún reglamento? Eso sería una gota más en el mar. ¿Algún empréstito? El deber es calamidad sólo para quien ha de pagar, ó para quien presta. ¿Otra invasión de Rusos? Más todavía. ¿Qué sería una invasión de Rusos? Algunos años de despotismo. Para pueblos tan acostumbrados, para pueblos donde hay quien pelee por él, nada. Es volver la tortilla. No faltaría quien la comiera.
La gran calamidad europea, la calamidad de las calamidades, he aquí cómo la hallamos consignada en un comunicado que en un periódico leemos.
«Que conmigo se haga una injusticia (nos dice un personaje, un tanto cuanto atropellado en las formas), puede ser un triunfo para mis enemigos; pero en el caso presente la violencia usada hacia mí es un desastre para todos, es una brecha abierta en el corazón de nuestras instituciones, es una calamidad nacional; ¿y quién sabe si no podrá hacerse una calamidad europea? Los trastornos que podrían resultar de tan evidente violación de los principios conservadores de nuestro régimen, podrían ir más allá de los Pirineos».
He aquí bien clara la gran calamidad, que entre tanto que lo es para la Europa, lo es indudablemente para el que escribe. La cosa en verdad no es insignificante como muchos creen; bien pudiera ser trascendental; pero lo que ni nosotros habíamos presumido, ni nuestros lectores tampoco, es que esto podría trastornar el mundo. Curiosos por demás de lo que nos podría acontecer, hemos recorrido, como ha visto el lector, la historia del mundo y de sus calamidades. Hemos temblado por nosotros y por la Europa. ¿Obrará este accidente como el robo de Elena? ¿Será Troya nuestra patria? ¿Tendrá los resultados del levantamiento de Remo y Rómulo? ¿Será la voz del destituido el grito de Lutero? ¿Imperará á los mares como el quos ego de Virgilio? ¿Será su desgracia, justa ó injusta, legal ó ilegalmente llevada á cabo, el Waterloo de nuestra pequeña libertad? ¿Qué parte del mundo se hundirá? ¿Obrará como un diluvio, como un castigo del cielo, ó como una calamidad puramente humana?
¡Ah!, ¡plegue al cielo apartar de nosotros tan terribles infortunios! ¡¡¡Lejos, pobre España, lejos de nosotros el profeta y la profecía!!![3]
NOTAS:
[2] Todo el mundo recuerda la expulsión del señor Burgos del Estamento de ilustres Próceres. Aquel acto, legal ó ilegal, y el párrafo del artículo citado más abajo, y publicado en los periódicos de la época por el destituido, son datos más que suficientes para la inteligencia de este escrito, que entonces no vió la luz por circunstancias independientes de la voluntad del autor.
[3] Poco después despareció efectivamente el profeta, y la profecía todavía no ha parecido.
TERCERA CARTA
DE UN LIBERAL DE ACÁ
Á UN LIBERAL DE ALLÁ
Dos cartas he recibido tuyas, querido Silva, la una en letra de molde por el conducto de esta estafeta pública, y secreta la otra en que nos haces á los liberales de acá estupendos cargos. No tiene la primera contestación, ó al menos á mí no me ocurre, lo cual es lo mismo, puesto que he de ser yo quien la ha de dar. Tiénela sí la segunda, y larga; tanto que pudiera ocupar con ella más pliegos que ocupó la memoria de marina presentada en las Cortes, más tiempo que dura una facción, y más terreno que el que reconoce cuándo y cómo quiere Zumalacárregui, sin darte por eso más fruto ni más sustancia que el que pueden dar de sí todas esas cosas juntas.
¿Me preguntas si es gobierno representativo lo que tenemos? No entiendo yo muchas veces tus preguntas. Todo es aquí representativo. Cada liberal es una pura y viva representación de los trabajos y pasión de Cristo, porque el que no anda azotado, anda crucificado. Luego, no hay oficina en que no se encuentren representaciones de algún quejoso: hay por otra parte muchos que están representando á cada paso sobre lo mucho que no se hace y lo poco que se deshace; verdad es que no se cuida más de estas representaciones que de las teatrales; pero, ¿son ó no son representaciones? Cada español por otra parte representa un triste papel en el drama general, y toda nuestra patria misma está á dos dedos de representar el cuadro del hambre... Todo es, pues, pura representación; venirnos, pues, con la pregunta truhanesca de si estamos ó no en un sistema representativo, es burlarse de uno en sus barbas y preguntarle á un borracho si bebe vino. Desengáñate de una vez, y acaba de creer á pies juntillas, no sólo que vivimos bajo un régimen representativo, aunque te engañen las apariencias, sino que todo esto no es más que una pura representación, á la cual, para ser de todo punto igual á una del teatro, no le faltan más que los silbidos, los cuales, si se ha de creer en corazonadas y en síntomas y señales anteriores, no deben andar muy lejos, ni de hacerse esperar mucho, según la mareta sorda que se empieza ya á sentir.
Añades que no somos libres. Menos entiendo yo esto que lo otro. Gozamos de la más amplia libertad posible; y en esto te juro que hemos llegado á tal altura de tolerancia y despreocupación, que ninguna nación culta ni inculta rayó jamás tan alto. Y voy á darte la prueba. Suponte por un momento, aunque te pese hasta el figurártelo, que eres español. No te aflijas, que esto no es más que una suposición. Que eres español, y que dices para tu capote, por ejemplo: «Yo quiero ser carlista». En hora buena: coges tu fusil y tu canana, y ancha Castilla; nadie te lo estorba; que te cansas de la facción y que te vas á tu casa, nadie te dice una palabra, con tal que tantas cuantas veces lo hagas, uses de la fórmula de decir que te acoges á algún indulto de los últimos que hayan salido, ó de los primeros que vayan á salir. Ya ves tú que esto no cuesta trabajo. Que te levantas un día de mal humor, y que conspiras como carlista, ó que te defiendes en tu cuartel á balazos ó con cualquiera otro medio inocente: vas á Filipinas y ves tierras, y siempre aprendes geografía.
Verdad es, que si como te había de dar por conspirar en favor de los diez años, te da por conspirar en favor de los tres, hay una diferencia, y que entonces no necesitas salir al campo ni tirar un tiro para que te prendan, sino que te vienen á prender á tu misma casa, que es gran comodidad; pero, amigo, no se cogen truchas á bragas enjutas, y algo le ha de costar á uno ser liberal. Y luego que eso te sucederá si eres tonto, porque nadie te manda ser liberal; tú puedes ser lo que te dé la gana. Añade á eso que libertad completa no la hay en el mundo, que eso es un disparate. Así es, que cuando yo digo que somos libres, no quiero yo decir por eso que podemos ser libres á banderas desplegadas y salir diciendo por las calles: «¡Viva la libertad!» ú otros despropósitos de esta especie; ni que podemos dar en tierra con los empleados de Calomarde que quedan en su destino, lo cual tampoco sería justo, porque yo no creo que porque los haya empleado éste ú aquél dejen por eso de necesitar un sueldo. ¡Pobrecillos! Nada de eso: quiero decir que podemos gritar en días solemnes: «¡Viva el Estatuto!», y podemos estarnos cada uno en su casa, y callar á todo siempre y cuando nos dé la gana. Si esto no es libertad, venga Dios y véalo. Lo mismo es esto que lo que acerca de la libertad de imprenta me añades. ¿Y quién duda que tenemos libertad de imprenta? Que quieres imprimir una esquela de convite; más, una esquela de muerte; más todavía, una tarjeta con todo tu nombre y tu apellido, bien especificado: nadie te lo estorba. Ahí verás cuán equivocados vivís, y cuán peligroso es creerse de los informes que da cualquiera. Que eres poeta, y que llega un día de su Majestad y haces una oda: allí puedes alabar todo lo que pasa, y puedes decir que todo va bien en buenos ó malos versos, que toda esa libertad te dejan. Y también puedes decirlo en prosa, y puedes no decirlo de ninguna manera, si eres hombre de sentido común, y nadie se mete contigo. Que quieres publicar un periódico, nada más fácil. Vas, y ¿qué haces? Lo primero reúnes seis mil reales de renta, que esto en España todos nacen con ellos, y si no los encuentras á la vuelta de una esquina. Lo segundo, entregas veinte mil reales en depósito: que no los tienes; también los encuentras al momento. Aquí todo el mundo te convida con una talega á primera vista. Y estos veinte mil reales son sagrados, como todos los depósitos, como los de Gremios, etc., etc. El día de mañana, ó al otro, por ejemplo, te los vuelven. Pides luego tu licencia; que te la niegan, ó que no tienes las cualidades necesarias... no publicas tu periódico. Y está muy bien, porque si no eres empleado de nombramiento real, ó no eres mayorazgo de seis mil reales de renta, ó no eres abogado del colegio, que es lo que hay que ser en España, ¿qué has de publicar en tu periódico, sino tonterías y oscurantismo? Pero que eres apto, no por tus luces ó tu patriotismo, sino por tus reales ó tus pedimentos del colegio (de otra parte no), y que te dan tu licencia, te ponen tu censor correspondiente, que te deja decir todo, por supuesto, y lluévete suscripción encima, porque eso sí, el país es amigo de leer, y es una viña para especulaciones, sobre todo literarias.
Rectifica, pues, amigo Silva, tus ideas con respecto á España, y cree no sólo que vivimos bajo un régimen representativo, sino que somos libres más que ninguna nación del mundo, y que tenemos amplia libertad de imprenta.
Una vez convencido de estas tres bases fundamentales, tratará de convencerte de esas otras menudísimas dudas que abrigas acerca de la prosperidad de la España, que no le va en zaga en nada á Portugal,—El liberal de acá.
P. D. La cuádrupla alianza sigue produciendo saludables efectos.
LO QUE NO SE PUEDE DECIR
NO SE DEBE DECIR
Hay verdades de verdades, y á imitación del diplomático de Scribe podríamos clasificarlas con mucha razón en dos: la verdad que no es verdad, y... Dejando á un lado las muchas de esa especie que en todos los ángulos del mundo pasan convencionalmente por lo que no son, vamos á la verdad verdadera, que es indudablemente la contenida en el epígrafe de este capítulo.
Una cosa aborrezco, pero de ganas, á saber, esos hombres naturalmente turbulentos que se alimentan de oposición, á quienes ningún gobierno les gusta, ni aun el que tenemos en el día; hombres que no dan tiempo al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, sobre todo desde que se ha convencido con ellos en que Calomarde era el peor de todos; esos hombres que quieren que las guerras no duren, que se acaben pronto las facciones, que haya libertad de imprenta, que todos sean milicianos urbanos... Vaya usted á saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un horror?
Yo no. Dios me libre. El hombre ha de ser dócil y sumiso, y cuando está sobre todo en la clase de los súbditos, ¿qué quiere decir esa petulancia de juzgar á los que le gobiernan? ¿No es esto la débil y mezquina criatura pidiendo cuentas á su Criador?
La ley, señor, la ley. Clara está y terminante: impresa y todo: no es decir que se la dan á uno de tapadillo. Ése es mi norte. Cójame Zumalacárregui, si se me ve jamás separarme un ápice de la ley.
Quiero hacer un artículo, por ejemplo: no quiero que me lo prohíban, aunque no sea más que por no hacer dos en vez de uno. ¿Y qué hace usted? me dirán esos perturbadores que tienen siempre la anarquía entre los dedos para soltársela encima al primer ministro que trasluzcan, ¿qué hace usted para que no se lo prohíban?
¡Qué he de hacer, hombres exigentes! Nada: lo que debe hacer un escritor independiente en tiempos como éstos de independencia. Empiezo por poner al frente de mi artículo, para que me sirva de eterno recuerdo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir». Sentada en el papel esta provechosa verdad, que es la verdadera, abro el reglamento de censura: no me pongo á criticarlo: ¡nada de eso! no me compete. Sea reglamento ó no sea reglamento, cierro los ojos, y venero la ley, y la bendigo que es más. Y continúo:
Artículo 12. «No permitirán los censores que se inserten en los periódicos:
«Primero: artículos en que viertan máximas ó doctrinas que conspiren á destruir ó alterar la religión, el respeto á los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto Real, y demás leyes fundamentales de la monarquía».
Esto dice la ley. Ahora bien: doy el caso que me ocurra una idea que conspira á destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como. Éste es el modo.
No digo nada del respeto á los derechos y prerrogativas del trono, el Estatuto, etc., etc. ¿Si les parecerá á esos hombres de oposición que no me ocurre nada sobre esto? Pues se equivocan; ni cómo he de impedir yo que me ocurran los mayores disparates del mundo. Ya se ve que me ocurriría entrar en el examen de ese respeto, y que me ocurriría investigar los fundamentos de todas las cosas más fundamentales. Pero me llamo aparte, y digo para mí: ¿No está clara la ley? Pues punto en boca. Es verdad que me ocurrió; pero la ley no condena ocurrencia alguna. Ahora; en cuanto á escribirlo, ¿no fuera una necedad? No pasaría. Callo, pues; no lo pongo, y no me lo prohíben. He aquí el medio sencillo, sencillísimo. Los escritores, por otra parte, debemos dar el ejemplo de la sumisión. Ó es ley, ó no es ley. Mal haya los descontentadizos. ¡Mal haya esa funesta oposición! ¿No es buena manía la de oponerse á todo, la de querer escribirlo todo?
Que no pasan las sátiras é invectivas contra la autoridad; pues no se ponen tales sátiras ni invectivas. Que las prohíben, aunque se disfracen con alusiones ó alegorías. Pues no se disfrazan. Así como así ¡no parece sino que es cosa fácil inventar las tales alusiones y alegorías!
Los escritos injuriosos están en el mismo caso, aun cuando vayan con anagramas ó en otra cualquiera forma, siempre que los censores se convenzan de que se alude á personas determinadas.
En hora buena; voy á escribir ya; pero llego á este párrafo y no escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama. No importa; puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no escribo nada; mejor para mí; mejor para él; mejor para el gobierno: que encuentre alusiones en lo que no escribo. He aquí, he aquí el sistema. He aquí la gran dificultad por tierra. Desengañémonos: nada más fácil que obedecer. Pues entonces, ¿en qué se fundan las quejas? ¡Miserables que somos!
Los escritos licenciosos, por ejemplo. ¿Y qué son escritos licenciosos? ¿Y qué son costumbres? Discurro, y á mi primera resolución, nada escribo; más fácil es no escribir nada, que ir á averiguarlo.
Buenas ganas se me pasan de injuriar á algunos soberanos y gobiernos extranjeros. ¿Pero no lo prohíbe la ley? Pues chitón.
Hecho mi examen de la ley, voy á ver mi artículo; con el reglamento de censura á la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Éste será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo:
«Lo que no se puede decir, no se debe decir».