ESPAGNE POÉTIQUE

CHOIX DE POÉSIES CASTILLANES DEPUIS CHARLES-QUINT
JUSQU'À NOS JOURS

MISES EN VERS FRANÇAIS

Avec une dissertation comparée sur la langue et la versification espagnoles,
une introduction en vers et des articles typographiques,
historiques et littéraires

PAR DON JUAN MARÍA MAURY

Ouvrage orné de plusieurs portraits.

Hubo un tiempo feliz para nuestra patria, en que supo en armas, en política, en letras, dar la ley al mundo. Cuando es llegada para una nación la hora de la gloria, parece que se complace el cielo en acumular lauros de todas especies sobre su generosa frente. Tocóle á la España esta época, y sublimóse á un grado de esplendor que ya difícilmente alcanzará ni ella ni pueblo alguno. En un mismo siglo expulsaba heroicamente de su profanado suelo los restos de la opresión dominadora que, por espacio de ocho largos siglos, la avasallara, y hacía ondear el estandarte de la cruz sobre las mezquitas de la media luna: extendía el poder de sus armas victoriosas por gran parte de la Europa: no contenta con tremolar el pabellón español en las tres partes del mundo conocido, vínole éste estrecho á su gloria, y lanzóse al vago inmenso del Océano, buscando mundos nuevos que conquistar. Roma, Méjico, Lepanto inclinaron sucesivamente la cerviz humillada bajo su poderoso cetro: no le bastaba tampoco el dominio de la fuerza; no le satisfacía que el sol no se pusiese nunca en sus dilatados términos, era preciso que el ingenio español desplegase también su poderío, y concluyese la conquista de las armas. Á la sombra de los ganados laureles nacieron y crecieron hombres que previnieron é inutilizaron para la patria los posibles rigores del olvido. Lope y Calderón no fueron efectivamente nuestras glorias menores. Si cuando circunstancias de doloroso recuerdo hicieron degenerar después á la España, quedaron sus grandes hechos consignados en la historia, para servir de eterna reconvención á las degradadas generaciones posteriores, los escritos de nuestros grandes hombres permanecieron como blanco perpetuo de envidia para los que después de ellos habían de venir.

Olvidada luego la antigua influencia nuestra, levantadas otras naciones á ocupar el puesto privilegiado que vergonzosamente les cedíamos en el rango de los pueblos, la literatura no podía menos de resentirse de nuestra decadencia política y militar: callaron los cisnes de España; una nación vecina, de quien atinadamente dice el señor Maury: Le goût naquit français, creó una literatura nueva, que debía adolecer sin embargo de la influencia regularizadora, acompasada, filosófica del siglo en que aquélla prosperaba. Millares de preceptistas creyeron leer en Horacio lo que nunca acaso había pensado decir; Shakespeare y Lope fueron sacrificados en las aras de la nueva escuela, y el gusto se asentó sobre las ruinas del genio; el corto número de sus apasionados hubo de contentarse con admirarlos en silencio; nadie osó alabarlos sin rubor. Entronizada la nueva escuela, que nada debía en verdad á la España, ésta debía quedar borrada del mundo literario, y un célebre crítico pudo decir de ella impunemente: un rimeur sans péril delà les Pyrénées, etc., y llamarla bárbara, sin que nadie se atreviese á sospechar que se podría volver por ella algún día victoriosamente. Las épocas y los gustos se suceden sin embargo rápidamente, y el hombre debía volver á conocer que no había nacido sólo para un mundo de amarga y disecada realidad; escritores osados intentaron sacudir el yugo impuesto por los preceptistas; el mundo debía encontrar al fin, en política como en literatura, la libertad para que nació; la literatura española debía surgir desde este momento y aparecer más radiante que nunca, como un inmenso fanal oscurecido largo tiempo por una espesa niebla. Los Alemanes fueron los primeros que desenterraron nuestras bellezas, y Calderón vino á serles un objeto de culto. Había falta sin embargo todavía de una obra que hiciese conocer á la nación exclusiva que los españoles son hombres también y poetas. Tan grande empresa debía arredrar al más osado. No bastaba decir: «Aprendan ustedes á leer el castellano». Esto hubiera sido acaso reproducir la Casandra de Troya, y era preciso decir: «Aprendan ustedes en francés á leer el castellano». Don Juan María Maury, nuestro compatriota, tomó sobre sí la arrojada empresa de convencer al sordo que se negaba á oir, y si es cierto que in magnis audisse sat est, la idea sola del señor Maury constituye el mayor elogio de su obra.

Esta idea llevaba empero en sí misma un escollo inevitable: la índole de la lengua y de la poesía francesa, tan opuesta á la española, debía ser un obstáculo invencible. El intentar la perfección hubiera, pues, sido desatino: en acercarse á ella estaba la victoria; admitido este principio, creemos que la ha alcanzado muchas veces el señor Maury. El plan de su obra es el más á propósito para el objeto que se propone: la colección de poesías escogidas hubiera sido incompleta sin una reseña histórica de nuestra literatura; este vacío ha tratado de llenar su introducción. Convenimos con el Monitor francés que al analizar la España poética siente que el autor se haya dejado llevar de su inclinación y aun de tal cual parte de amor propio al escribirla en verso; amor propio disculpable en un español que ha podido desplegar tales fuerzas en el difícil empeño de poetizar en una lengua extraña. Este plan envuelve el inconveniente que abraza el punto mismo: una historia de literatura llena de fechas y nombres propios es argumento harto estéril para las musas: al quererlo tratar poéticamente le ha sido forzoso al autor embarazar su lectura con notas históricas, si bien importantes, prolijas, y á veces minuciosas. Una disculpa encontramos con todo á su introducción poética. Acaso necesitaba el autor captarse la benevolencia de sus lectores creando en ellos hacia él una prevención favorable de su suficiencia. Si tal fué su objeto, hale conseguido sobradamente. Las noticias biográficas de nuestros poetas era otro punto importante que no podía olvidarse en semejante trabajo.

Con respecto al desempeño de la obra en general, varios críticos franceses se apresuraron á admitir en la literatura francesa al señor Maury, que se había adquirido indudablemente no pocos títulos á ocupar en ella un lugar distinguido.

«La expresión de don Juan Maury, dijo un periódico francés haciendo el juicio de esta obra, siempre elegante, anuncia un estudio profundo de la lengua francesa». Tacháronle otros de una concisión harto incorrecta, de licencias inútiles, y de haber españolizado demasiado la poesía francesa. Esto, á nuestro entender, sobre ser lo más atrevido que ha podido hacer, nos parece un bien hecho á la lengua francesa, harto poco libre y desembarazada, y esta verdad la han confirmado escritores modernos de aquel país que después del señor Maury han roto las antiguas cadenas de la sintaxis francesa. Después de haber leído Notre-Dame de Paris, obra que ha hecho indudablemente una revolución en la lengua del Sena, la inculpación hecha á Maury cae por sí sola.

Más fundado nos parece el reproche que se le ha hecho de poca fidelidad al texto que traduce: abrevia y suprime á veces con notable perjuicio del original: ejemplo de esto puede ser la égloga de Garcilaso, Salicio y Nemoroso; otras amplifica, desliendo un pensamiento enérgico en más versos franceses de los necesarios. Puédele obligar á lo primero el miedo de verter al francés ideas propiamente españolas, cuya osada energía no consiente la índole de la poesía francesa, y en el segundo la precisión de rimar y redondear los pensamientos en una poesía que apenas admite les enjambements. Hay en cambio traducciones bellísimas, y en algunas creemos que ha mejorado el original. Ejemplo de las primeras puede ser la fábula de El caballo y la ardilla de Iriarte. Lo mismo puede decirse de la oda Á las estrellas de Meléndez, de la Rosa de Rioja, etc.

Interminable empeño sería el de presentar en un artículo de periódico, acaso ya demasiado largo, los muchos trozos que pueden servir de modelo á traductores, y en que ha sabido vencer el señor Maury la inmensa dificultad que le oponían la diversidad de índoles de las lenguas, de poesías, de giros, de locuciones, etc. Contentémonos con que haya dado una idea ventajosa, si á veces incompleta, de nuestros poetas á los extranjeros, y reconozcamos francamente en honor de Maury que los más de los defectos no son culpa del autor, y que las más de las bellezas son propias suyas.

Garcilaso, santa Teresa, Luis de León, Herrera, Cervantes, Góngora, Lope de Vega, los Argensolas, Quevedo, Rioja, Villegas, Luzán, Cadalso, Iriarte, Meléndez, Iglesias, Noroña, Cienfuegos, Moratín, Quintana y Arriaza son los poetas que el autor ha puesto á contribución para formar esta colección escogida: no ha olvidado por eso que poseemos una inmensa riqueza literaria de autores desconocidos, en nuestros romanceros sobre todo: al coger de ellos los mejores y más afamados, ha creído deber dar una idea de este género puramente español, en que se hallan consignados los hechos principales de nuestra historia, y que es el verdadero depósito de la tradición fabulosa é histórica de nuestros tiempos primitivos.

Alguna reconvención pudiera hacerse al señor Maury acerca de la elección de algunas piezas; pero es difícil desnudarse de toda prevención y parcialidad amistosa, sobre todo cuando ha de hablarse de poetas contemporáneos: desde la dedicatoria se observa una predilección, que no llamaremos precisamente injusta, hacia las poesías del señor Arriaza; pero con la cual no convenimos del todo, sin que esto sea negar el sello de picante originalidad y de estro poético que casi siempre caracterizan á este escritor.

Generalmente hallamos mejor traducido el género heroico y el de las fábulas. Quevedo, por ejemplo, era intraducible, y el señor Maury, en una sola composición jocosa que de él escoge, lo ha probado. No habiéndole traducido él victoriosamente, creemos que puede cualquiera renunciar á este empeño. Rioja, Quintana y los romances son los que han encontrado más simpatías en la índole de la lengua francesa; la tendencia filosófica de los primeros, y el vigor varonil y sabor anticuado de los segundos, pueden haber contribuido á esto.

Mucho sentimos no poder citar largamente los elogios que diversos periódicos franceses tributaron á la España poética á la sazón de su publicación.

«Si don Juan Maury, dijo uno de ellos, es español de nacimiento, diríasele francés por el talento con que escribe la lengua de Racine, ora en prosa, ora en verso, y cosmopolita por lo bien que sabe apreciar todas las lenguas de Europa». Nosotros diremos más. Don Juan Maury ha sabido hacerse con dos patrias: ha conquistado con su España poética su naturalización en la literatura francesa: no sabemos cuál le debe más, si esta que ha enriquecido con una noticia que no podía sin vergüenza ignorar, ó la española, cuyo mérito ha sabido hacer valer entre los extranjeros.

Sabemos que el señor Maury piensa en introducir y poner en venta en su patria esta obra impresa en París, que sólo conocen hasta la presente los más afectos á la literatura: deseamos ardientemente que la aprobación de nuestros compatriotas confirme nuestro débil juicio y dé realce al voto que en su favor han emitido los diarios extranjeros. Entre tanto no podemos menos, como españoles, de felicitar al señor Maury por su importante trabajo y su acertado desempeño en general. Y la literatura española que había tenido un intérprete para los Italianos en Conti, y para los Ingleses en la Antología española de M. Wiffen y en el informe de lord Holland sobre Lope de Vega, debe igual servicio con respecto á los Franceses al señor Maury. Sería, pues, imperdonable ingratitud en nosotros criticar con más rigorosa severidad una obra á quien tanto debemos por todos respectos los literatos zelosos de la gloria de las letras españolas.

REPRESENTACIÓN DE
LA CONJURACIÓN DE VENECIA

año 1310

DRAMA HISTÓRICO EN CINCO ACTOS Y EN PROSA

DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

No necesitamos remontarnos al origen del teatro para combatir la vana preocupación de los preceptistas que han querido reducir á la tragedia, propiamente llamada así, y á la comedia de costumbres ó de carácter el arte dramático. La razón natural puede guiarnos mejor. Con respecto á la comedia sea en buen hora el espejo de la vida, la fiel representación de los extravíos, de los vicios ridículos del hombre. Pero con respecto á todo lo que no es comedia, examinemos un momento cuál puede ser el objeto del teatro. En todos los pueblos conocidos debe éste su origen al orgullo nacional, que podríamos llamar el amor propio de los pueblos. La vida de sus antiguos héroes, y el recuerdo de sus hazañas, fué en Grecia el primer objeto del teatro. En un pueblo constituido como el griego, que se suponía hijo de dioses y semidioses, los primeros dramas debieron participar de esta grandeza y sublimidad á que debían su origen. No eran los hombres, ni sus pasiones, ni los sucesos hijos de ellas, los representados: eran acciones sobrenaturales las que formaban el argumento, y el cielo y la fatalidad eran su máquina principal. ¿Qué mucho, pues, que los preceptistas, que de aquellos modelos deducían las reglas, fijasen para este género, no pudiendo concebir otro, la precisa condición de que no hablasen en la tragedia sino héroes y príncipes casi divinos, y de que hablasen en aquel lenguaje, que sólo á ellos podía convenir? Entiéndese esto fácilmente. Pero, cuando destruidas las antiguas creencias, no se pudo ver en los reyes sino hombres entronizados, y no dioses caídos, no se comprende cómo pudo subsistir la tragedia heroica aristotélica. Para los pueblos modernos no concebimos esa tragedia, verdadera adulación literaria del poder. Por otra parte, ¿son por ventura los reyes y los príncipes los únicos capaces de pasiones? No sólo es éste un error, sino que, limitando á tan corto círculo el dominio de la representación teatral, frústrase su objeto principal. Los hombres no se afectan generalmente sino por simpatías: mal puede, pues, aprovechar el ejemplo y el escarmiento de la representación el espectador que no puede suponerse nunca en las mismas circunstancias que el héroe de una tragedia. Estas verdades generalmente sentidas, si no confesadas, debieron dar lugar á un género nuevo para los preceptistas rutineros; pero que es en realidad el único género que está en la naturaleza. La historia debió ser la mina beneficiable para los poetas, y debió nacer forzosamente el drama histórico. Nuestros poetas, que no sufrieron más inspiraciones que las de su genio independiente, no hicieron más que dos clases de dramas: ó comedias de costumbres y carácter, como el Embustero de Alarcón, y el Desdén de Lope y Moreto, ó dramas históricos, como el Ricohombre y el García. Á este género, fiel representación de la vida, en que se hallan mezclados como en el mundo reyes y vasallos, grandes y pequeños, intereses públicos y privados, pertenece la Conjuración de Venecia. Todo lo más á que está obligado el poeta es á hacer hablar á cada uno, según su esfera, el lenguaje que le es propio, y resultará indudablemente doble efecto de esta natural variedad; tanto más, cuanto que el lenguaje del corazón es el mismo en las clases todas, y que las pasiones igualan á los hombres que su posición aparta y diversifica.

Venecia, ese fenómeno en política, esa excepción rarísima entre los gobiernos, esa cuidad prodigiosa hasta en su existencia y construcción, que esclavizó por tantos años los mares, y que fué la primera esclava de sí misma, presenta un campo de larga y fecunda recolección para el historiador y el poeta. El imperio del terrorismo, por tantos años triunfante contra las leyes de la naturaleza, ofrece argumentos repetidos de singular efecto teatral, y el autor, al escoger la célebre conjuración de 1310, no hace sino dar una prueba del tino que le distingue. El gobierno aristocrático de Venecia, reducido á un corto número de familias patricias, debía dar lugar á conjuraciones continuas: el pueblo oprimido no podía menos de aspirar á reconquistar sus derechos usurpados; y el rebelo y la desconfianza, inseparables compañeros de la injusticia y la tiranía, debían hacer cruel al poder. De aquí el atroz sistema inquisitorial, que ahogaba en el patíbulo, según la expresión del señor Martínez, las mismas quejas. Razones de alta política impelieron al embajador de Génova á proteger aquella famosa conspiración. Ábrese la escena en su casa, donde se reúnen los principales conjurados á convenir en los medios de derribar la tiranía oligárquica de Venecia, durante su famoso carnaval: la libertad y confusión de esta temporada de alegría y festividad parecen prestarse á las ocultas maquinaciones de los conjurados. El primer acto, pues, no es más que la exposición del drama, y en él se deja traslucir ya que ha de ser el protagonista el joven Rugiero, huérfano, de padres y patria desconocidos, pero veneciano por posición y afecto. En el segundo acto aparece el panteón de la familia de Morosini, á cuya cabeza se hallan dos hermanos, Pedro, primer presidente del tribunal de los diez, y Juan, senador. Pedro conversa con sus espías acerca de una conjuración que sabe tramarse contra la república, y Rugiero es uno de los conjurados acechados. Un rumor extraño interrumpe su conversación; ocúltase, y sobreviene la joven Laura, hija del senador Morosini: casada en secreto con Rugiero, viene á esperarle al panteón, donde le ve sigilosamente por tercera vez: en esta escena, Rugiero confía parte de la conjuración á su amada; uno de los espías apaga la lámpara que los ilumina, y en medio de la oscuridad se apoderan los satélites del tribunal del joven conjurado, cayendo privada de sentido la infeliz esposa. Laura se halla trasladada á su habitación á principios del tercer acto sin saber por qué medio: dudosa de la suerte de su esposo, determina confiar el fatal secreto de su boda á Morosini, en una escena llena de sentimiento y de interés: el cariñoso padre, después de perdonar su extravío, le promete emplear su favor en salvar á Rugiero, proyecto que pone por obra con su implacable hermano, del cual sólo consigue esta atroz respuesta: «Di sólo una cosa, pregunta Juan Morosini, ¿vive Rugiero?—Vive.—¡Gracias á Dios!—¡Pero no lo digas á tu hija!—¿Por qué?—Porque tendría que llorarle dos veces.»

La plaza de San Marcos, centro de la pública diversión del carnaval, es el lugar de la escena del cuarto acto. Vénse varios conjurados disfrazados y repartidos entre la multitud, que esperan el momento de las doce. Nada más ingenioso, ni más dramático, que un acto entero transcurrido en la descripción de la algazara del carnaval, cuando espera el espectador entre angustias mortales ver estallar de un momento á otro la revolución y la muerte entre la misma alegría indolente y confiada de un pueblo enloquecido. Suenan las doce, y al grito de Venecia y libertad, grito que encontró grandes simpatías en nuestro público, estalla la conjuración, lucen los aceros, y suceden gritos de muerte á los cantos de regocijo. La república ha tomado sin embargo medidas preventivas: Rugiero preso no ha podido acudir con sus tropas, y triunfa el gobierno. «¡Al tribunal, al tribunal los que escapen con vida!» clama ferozmente el presidente Morosini, triunfante en la plaza de San Marcos y tendidos ya á sus pies, muertos ó heridos, varios conjurados.

El tribunal de los diez, juzgando á los reos, se presenta en el quinto acto. Tómanse declaraciones, Laura es interrogada, pero su razón está perturbada, y sólo pregunta por su esposo; Rugiero es juzgado; y en su interrogatorio reconoce en él el presidente Morosini, que ha de condenarle, á su hijo. Privado de sentido á tan atroz reconocimiento, retírase del tribunal: es condenado Rugiero: en el momento de ir al patíbulo, Laura se arroja á su encuentro. «¡Ya estás aquí!» exclama: frenética alegría se pinta en su semblante; sepáranla sin embargo de su esposo, y la infeliz «¿dónde te llevan?» exclama. De allí á un momento ve la desdichada el patíbulo: entonces sabe qué es de su esposo. «¡Jesús mil veces!» grita despavorida, cae exánime, y baja el telón á ocultar tan espantoso desenlace.

El plan está superiormente concebido, el interés no decae un solo punto, y se sostiene en todos los actos por medios sencillos, verosímiles, indispensables: insistimos en llamarlos indispensables, porque ésta es la perfección del arte. No basta que los sucesos hayan podido suceder de tal modo; es forzoso, para que el espectador no se distraiga un momento del peligro, que no hayan podido suceder de otro modo, sentadas las primeras condiciones del argumento. La exposición hecha por medio del embajador de Génova, que dicta una nota á su gobierno, es nueva é ingeniosa, de puro natural. Una conjuración contra la tiranía creará siempre en el teatro el mayor interés, por lo mismo que es difícil prever su éxito, y que éste se desea feliz. Supone el mayor conocimiento dramático el hacer declarar á Rugiero su conjuración cuando es oído de sus enemigos y en los brazos de su amada: quisiera uno hacerle callar: es terrible arrojar una escena de amor entre sepulcros: un diálogo de vida en un sitio de muerte, y complicar la más tierna pasión con los riesgos de una conjuración; es sublime lanzar la prisión entre dos amantes felices que se ven solos por tercera vez. ¿Por qué ha prolongado tanto el señor Martínez la escena de Laura y Rugiero? ¿Por qué pueden hablar una hora sintiendo tanto? El poeta que hace decir á una mujer: «¡Cómo queman tus lágrimas, Rugiero! Deja, déjame: yo las enjugaré con mi mano», debiera conocer todo el valor de una escena corta, cuando reina en ella la pasión. Bella es la escena de Laura y su padre, y más bella sería á nuestros ojos si no adoleciera del mismo empeño de desleir demasiado las ideas tiernas. El sentimiento es una flor delicada: manosearla es marchitarla. También nos parece que podría suprimirse el monólogo del padre al fin del tercer acto, ó al menos cortarse; ni le creemos necesario ni del mayor efecto.

Donde reconocemos el mayor mérito de la composición es en la disposición y contraste singulares del acto cuarto y del final del drama: acaso por esa misma razón no ha sido lo más aplaudido: el terror hace enmudecer; las manos no pueden reunirse y golpear cuando han de acudir á los ojos. Por otra parte, ¿quién se acuerda en aquellos momentos de que es una comedia, de que todo es un artificio del poeta y los actores? Las escenas del interrogatorio son de aquéllas que por tener bulto parecen satisfacer más al público y llevarse la palma. Sin embargo, el crítico no puede mirarlas bajo este punto de vista. Siempre que un poeta represente en la escena al opresor y al oprimido, éste interesará fácilmente: el mayor número del público le forman desgraciados, porque ¿quién puede jactarse de no serlo? Simpatizan con el infeliz, y cualquier respuesta enérgica de un reo inocente á un juez duro será aplaudida en el teatro; no es ésta la principal habilidad del señor Martínez; el elogiarle lo que cualquiera puede hacer sería elogiarle torpemente. Su mérito está en ese conocimiento del corazón humano con que prepara los efectos, con que se introduce furtivamente en el pecho del espectador, con que le lleva de sentimiento delicado en sentimiento delicado á enmudecer y llorar. Hay sin embargo pasajes que no esperan y sorprenden en el interrogatorio de Maffei y Rugiero. Nada más sublime que esas respuestas: «¿Y por qué nombraste á ésos, y no á otros?—Porque en aquel instante no me ocurrieron vuestros nombres.De lo que he dicho en el tormento responderá el verdugo.» Y aquél: «Concededme esa gracia y os perdono», de Rugiero.

En la respuesta de Juan Morosini: «Estoy pensando que no tienes hijos... y que no vas á comprenderme»; y en la de Rugiero: «De cierto es mi padre, cuando no logro ni al morir el consuelo de verle», se reconoce al punto al poeta sensible que ha bebido en el cáliz de la desgracia, y que concluía una elegía:

Yo aquí no tengo para ornar tu tumba
Ni una flor que enviarte, que las flores
No nacen entre el hielo, y si naciesen
Sólo al tocarlas yo se marchitaran.

No acabaremos este juicio sin hacer una reflexión ventajosísima para el autor: ésta es la primera vez que vemos en España á un ministro honrándose con el cultivo de las letras, con la inspiración de las musas. ¿Y en qué circunstancias? Un estatuto real, la primera piedra que ha de servir al edificio de la regeneración de España, y un drama lleno de mérito; y esto lo hemos visto todo en una semana: no sabemos si aun fuera de España se ha repetido esta circunstancia particular.