LAS PALABRAS

No sé quién ha dicho que el hombre es naturalmente malo: ¡grande picardía por cierto! nunca hemos pensado nosotros así: el hombre es un infeliz, por más que digan; un poco fiero, algo travieso, eso sí; pero en cuanto á lo demás, si ha de juzgarse de la índole del animal por los signos exteriores, si de los resultados ha de deducirse alguna consecuencia, quisiera yo que Aristóteles y Plinio, Buffon y Valmont de Bomare, me dijesen qué animal, por animal que sea, habla y escucha. He aquí precisamente la razón de la superioridad del hombre, me dirá un naturalista: y he aquí precisamente la de su inferioridad, según pienso yo, que tengo más de natural que de naturalista. Presente usted á un león devorado del hambre (cualidad única en que puede compararse el hombre al león), preséntele usted un carnero, y verá usted precipitarse á la fiera sobre la inocente presa con aquella oportunidad, aquella fuerza, aquella seguridad que requiere una necesidad positiva, que está por satisfacer. Preséntele usted al lado un artículo de un periódico el más lindamente escrito y redactado, háblele usted de felicidad, de orden, de bienestar, y apártese usted algún tanto; no sea que si lo entiende le pruebe su garra que su única felicidad consiste en comérsele á usted. El tigre necesita devorar al gamo, pero seguramente que el gamo no espera á oir sus razones. Todo es positivo y racional en el animal privado de la razón. La hembra no engaña al macho, y viceversa; porque como no hablan, se entienden. El fuerte no engaña al débil, por la misma razón: á la simple vista huye el segundo del primero, y éste es el orden, el único orden posible. Désele el uso de la palabra: en primer lugar necesitarán una academia para que se atribuya el derecho de decirles que tal ó cual vocablo no debe significar lo que ellos quieren, sino cualquiera otra cosa; necesitarán sabios por consiguiente que se ocupen toda una larga vida en hablar de cómo se ha de hablar; necesitarán escritores, que hagan macitos de papeles encuadernados, que llamarán libros, para decir sus opiniones á los demás, á quienes creen que importan; el león más fuerte subirá á un árbol y convencerá á la más débil alimaña de que no ha sido criada para ir y venir y vivir á su albedrío, sino para obedecerle á él; y no será lo peor que el león lo diga, sino que lo crea la alimaña. Pondrán nombre á las cosas, y llamando á una robo, á otra mentira, á otra asesinato, conseguirán, no evitarlas, sino llenar de delincuentes los bosques. Crearán la vanidad y el amor propio; el noble bruto que dormía tranquilamente las veinte y cuatro horas del día, se desvelará ante la fantasma de una distinción; y al hermano á quien sólo mataba para comer, matarále después por una cinta blanca ó encarnada. Déles usted, en fin, el uso de la palabra, y mentirán: la hembra al macho por amor; el grande al chico por ambición; el igual al igual por rivalidad; el pobre al rico por miedo y por envidia: querrán gobierno como cosa indispensable, y en la clase de él estarán de acuerdo ¡vive Dios!: éstos se dejarán degollar porque los mande uno solo, afición que nunca he podido entender; aquéllos querrán mandar á uno solo, lo cual no me parece gran triunfo; aquí querrán mandar todos, lo cual ya entiendo perfectamente; allí serán los animales nobles, de alta cuna, quiere decir... (ó mejor, no sé lo que quiere decir) los que manden á los de baja cuna: allá no habrá diferencia de cunas... ¡Qué confusión! ¡Qué laberinto! Laberinto que prueba que en el mundo existe una verdad, una cosa positiva, que es la única justa y buena, que ésa la reconocen todos y convienen en ella: de eso proviene no haber diferencias.

En conclusión, los animales, como no tienen el uso de la razón ni de la palabra, no necesitan que les diga un orador cómo han de ser felices; no pueden engañar ni ser engañados; no creen ni son creídos.

El hombre por el contrario: el hombre habla y escucha: el hombre cree, y no así como quiera, sino que cree todo. ¡Qué índole! El hombre cree en la mujer, cree en la opinión, cree en la felicidad... ¡Qué sé yo lo que cree el hombre! Hasta en la verdad cree.—Dígale usted que tiene talento.—¡Cierto! exclama en su interior.—Dígale usted que es el primer ser del universo.—Seguro, contesta.—Dígale usted que le quiere.—Gracias, responde de buena fe.—¿Quiere usted llevarle á la muerte? trueque usted la palabra, y dígale: te llevo á la gloria: irá.—¿Quiere usted mandarle? dígale usted sencillamente: yo debo mandarte.—Es indudable, contestará.

He aquí todo el arte de manejar á los hombres. ¿Y es malo el hombre? ¿Qué manada de lobos se contenta con un manifiesto? Carne pedirán, y no palabras. «El hambre, oh lobos, decidles, se ha acabado: ahogado el monstruo para siempre...—Mentira, gritarán los lobos... al redil, al redil, el hambre se quita con cordero...». «La hidra de la discordia, ó ciudadanos, dice por el contrario un periódico á los hombres, yace derribada con mano fuerte; el orden, de hoy más, será la base del edificio social; ya asoma la aurora de justicia por qué sé yo qué horizonte; el iris de paz (que no significa paz) luce después de la tormenta (que no se ha acabado); de hoy más la legalidad (que es la cuadratura del círculo) será el fundamento del procomún...», etc., etc. ¿Ha dicho usted hidra de la discordia, justicia, procomún, horizonte, iris y legalidad? Ved en seguida á los pueblos palmotear, hacer versos, levantar arcos, poner inscripciones.—¡Maravilloso don de la palabra! ¡Fácil felicidad! Después de un breve diccionario de palabras de época, tómese usted el tiempo que quiera: con sólo decir mañana de cuando en cuando y echarles palabras todos los días, como echaba Eneas la torta al Cancerbero, duerma usted tranquilo sobre sus laureles.

Tal es la historia de todos los pueblos, tal la historia del hombre... palabras todo, ruido, confusión: positivo, nada. ¡Bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden!

REPRESENTACIÓN DE
NUMANCIA

TRAGEDIA EN TRES ACTOS

He aquí una de las cosas exceptuadas en el reglamento para la censura de periódicos, y de que se puede hablar, si se quiere, por supuesto. Ni un solo artículo en que se prohíba hablar de Numancia. No se puede hablar de otras cosas, es verdad; pero todo no se ha de hablar en un día. Por hoy, que es lo que más urge, ¿quién le impide á usted estarse hablando de Numancia hasta que se pueda hablar de otra cosa? Tanto más ventilada quedará la cuestión. Dado siempre el supuesto de que no ha de haber borrones, pena de dos mil reales; las cosas limpias: el periódico ha de ser impenitente y pertinaz; sin enmienda como carlista ó pasaporte. Un artículo de periódico ha de salir bien de primera vez, que al fin no es ningún reglamento de milicia. Dado también el supuesto de que no se deje usted nada en blanco, pena de los dichos dos mil reales. No, sino andarse dando á leer al público papelitos en blanco. ¡Sabe nadie lo que se puede aprender en un papel blanco! ¡Dado el supuesto además de que ha de poder usted ser elector, porque al fin gran talento tendrá el que no ha sabido hacerse una rentita de seis mil reales!

Abundando en todos estos supuestos, diremos que el teatro estaba casi lleno en su representación. Parécenos que en decir esto no hay peligro. Igualmente llena estaba la tragedia de alusiones patrióticas. Mucho nos gusta á los españoles la libertad, en las comedias sobre todo. Innumerables fueron los aplausos: tan completa la ilusión, y tantas las repeticiones de libertad, que se olvidaba uno de que estaba en una tragedia. Casi parecía verdad. ¡Tanta es la magia del teatro!—Otra cosa que tampoco exceptúa el reglamento es el señor Luna: de éste se puede hablar, en cuanto á actor, atendido que el señor Luna ni es cosa de religión, ni prerrogativa del trono, ni estatuto real, ni su representación es fundamental, ni tiene fundamento alguno, ni perturba tranquilidad, ni infringe ley, ni desobedece á autoridad legítima, ni se disfraza con alusiones, sino con muy malos trajes antiguos; ni es licencioso y contrario á costumbre alguna, buena, ni mala; ni es libelo, ni infamatorio, ni le coge por ningún lado ningún ni de cuantos níes en el reglamento se incluyen; ni menos es soberano, ni gobierno extranjero. Y á nosotros, sí nos atañe, por el contrario, no dejar este punto de nuestro papel en blanco, so pena de la consabida de los dos mil reales á la primera, del duplo á la segunda, y de dar al traste la tercera, que va la vencida. Decimos esto, porque no nos ha gustado el señor Luna: triste cosa es, pero no lo podemos remediar. Hay, sí, en él, zelo y buena intención; pero esto, todos sabemos ahora más que nunca que no basta siempre. Su declamación en este papel es enfática y poco natural: sus transiciones son duras, más duras y crueles que una censura. Sensible nos es haberle de decir nuestra opinión: empero tal es nuestro deber, y en eso no somos más que los intérpretes del público mismo.

Por lo demás, la tragedia, que literariamente hablando no es de mérito sobresaliente, ha hecho el efecto que debía hacer una composición, como ella, eminentemente patriótica. Cada cual se fué á su casa con la triste convicción de que, en política como en tragedia, lo que más le cuesta á un pueblo es conquistar su libertad. Es de esperar que tenga mejor fin la nuestra, por esta vez, que la de Numancia. Á bien que de nosotros depende.

La decoración última nos pareció muy regular, inclusos los comparsas y aquellas descabelladas doncellas, que chillaban á lo lejos, huyendo de los feroces Romanos, y que parecían periódicos perseguidos por algún reglamento.

El telón al caer se detuvo á la mitad del camino á tomar un ligero descanso; no parecía sino que caminaba por la senda de los progresos, según lo despacio que iba, y los tropiezos que encontraba. Tardó más en bajar que han tardado las patrias libertades en levantarse.