LAS CIRCUNSTANCIAS
Las circunstancias, he pensado muchas veces, suelen ser la excusa de los errores y la disculpa de las opiniones. La torpeza ó mala conducta hallan en boca del desgraciado un tápalo-todo en las circunstancias que, dice, le han traído á menos. En estas reflexiones estaba ocupada mi fantasía no hace muchos días, cuando recibí una carta, que por confirmar mis ideas sobre el particular y venir tan oportuna á este objeto, de que pensaba hacer un artículo de costumbres, quiero trasladar ad pedem litteræ á mis lectores. Decía así la carta:
«Señor Fígaro.—Muy señor mío: Á usted, señor Fígaro, observador de costumbres, me dirijo con dos objetos. Primero, quejarme de mi mala estrella. Segundo, inquirir de su experiencia, pues le imagino á usted por sus escritos hombre de ésos que han vivido más de lo que les queda que vivir, si hay efectivamente de tejas abajo una fatalidad que persigue á los humanos, y una desgracia en el mundo que se asemeje á la desgracia mía. Soy un verdadero juguete de las circunstancias, cuyo torrente no pude nunca resistir, y que así me envolvieron como envuelven los violentos remolinos de una olla al inexperto nadador que se arrojó incauto en la pérfida corriente del caudaloso río.
»Mi padre era inglés y rico, señor Fígaro, pero hallábase aislado en el mundo; era naturalmente metido en sí, y sólo un amigo tenía: antojósele á este amigo entrometerse en una conspiración; confió á mi padre varios papeles importantes; descubrióse la conspiración, y ambos tuvieron que huir. Vínose mi padre á España, reducido á oro lo que pudo realizar de sus cuantiosos bienes; vió una linda gaditana, prendóse de ella, casóse, y antes de los nueve meses murió inconsolable, dando y tomando siempre en lo de la conspiración, que hubo de volverle el juicio. Vea usted aquí, señor Fígaro, á Eduardo Priestley, humilde servidor de usted, cuyo destino debía haber sido sin duda ser inglés, protestante y rico, español, católico y pobre, sin que pudiese encontrar más causa de este trastrueque que las circunstancias. Ya usted ve que la tomaron conmigo desde pequeñito. Mi madre era mujer de rara penetración y de ilustradas ideas. Crióme lo mejor que supo, y en darme toda la educación que se podía dar entonces en España, consumió el poco caudal que la dejara mi padre. Lleno yo de entusiasmo por la magistratura, y aborreciendo la carrera militar á que querían destinarme, estudié leyes en la universidad; pero puedo asegurar á usted que á pesar de eso hubiera salido buen abogado, pues era raro mi talento, sobre todo para ese estudio. Probablemente, señor Fígaro, después de haber sido gran abogado, hubiera vestido una toga, hubiera calentado acaso una silla ministerial, y el consejo de Castilla me hubiera recogido al fin de mis días en su seno, donde hubiera muerto descansadamente, dejando fama imperecedera. Las circunstancias sin embargo me lo impidieron. Había un Napoleón en el mundo, y fué preciso que éste quisiera ser emperador, y emplear á sus hermanos en los mejores tronos de Europa, para que yo no fuese ni buen abogado ni mal ministro.
»Yo tenía sentimientos generosos; mis compañeros tomaron las armas y dejaron el estudiar nuestras leyes para defenderlas, que urgía más. ¿Qué remedio? Dejé como fray Gerundio los estudios y me metí á predicador; es decir, me hice militar en obsequio de la patria. En la campaña perdí mi carrera, la paciencia y un ojo; y las circunstancias me dejaron tuerto y capitán: sabe el cielo que para ninguna de estas dos cosas servía. Yo, señor Fígaro, era impetuoso y naturalmente inconstante; menos servía, pues, para casado, ni nunca pensara en serlo; pero de resultas del bombardeo de Cádiz murió mi madre, que gozando por sus relaciones de familia de algún favor hubiera adelantado mi carrera. Otro favor que me hicieron las circunstancias. Víme solo en el mundo, y en ocasión en que una linda Aragonesa, hija de un diputado á cortes de Cádiz, recogiéndome y ocultándome en su casa, cubierto de heridas, me salvó la vida por una rara combinación de circunstancias; caséme de honrado y agradecido, que no de enamorado, es decir, que me casaron las circunstancias. En mi segunda carrera debiera haber llegado á general según mis servicios, que á otros fajaron haciéndolos muy flacos á la patria; pero era yerno de un diputado: quitáronme las charreteras, envolviéronme en la común desgracia, y las circunstancias me llevaron á Ceuta, adonde bien sabe Dios que yo no quería ir; allí hice la vida de presidario y de mal casado, que cualquiera de estos dos dogales por sí solo bastara para acabar con un hombre. Ya ve usted que yo no tenía la culpa. ¿Quién diablos me casó? ¿Quién me hizo militar? ¿Quién me dió opiniones? En presidio no se hace carrera, pero se hace mucho rencor. Sin embargo, salimos de presidio, y como yo era hombre de bien contúveme; pretendí, pero como no anduve por los cafés, ni peroré, medios que exigían entonces las circunstancias para prosperar, no sólo no me emplearon, sino que me cantaron el trágala. Irritéme: el cielo es testigo que yo no había nacido para periodista; pero las circunstancias me pusieron la pluma en la mano: hice artículos contra aquel gobierno; y como entonces era uno libre para pensar como el que estaba encima, recogí varias estocadas de unos cuantos aficionados, que se andaban haciendo motines por las calles. Ésta fué la corona de laurel que dieron las circunstancias á mi carrera literaria. Escapéme, y fuí á reunirme con los de la fe; dijéronme allí que las circunstancias no permitían admitir en las filas á un hombre que había sido marido de la hija de un diputado de las cortes de Cádiz, y no me ahorcaron por mucho favor.
»No pudiendo vivir como realista, fuíme á Francia, donde en calidad de liberal me colocaron en un depósito, con seis cuartos al día. Vino por fin la amnistía, señor Fígaro. ¡Eh! Gracias á una reina clemente, ya no hay colores, ya no hay partidos. Ahora me emplearán, digo yo para mí; tengo talento, mis luces son conocidas, soy útil... Pero, ¡ay!, señor Fígaro, ya no tengo madre, ya no tengo mujer, ya no tengo dinero, ya no tengo amigos; las circunstancias de mi vida me han impedido adquirir relaciones. Si llegara á hacerme visible para el poder, acaso lograría: sus intenciones son las mejores del mundo; mas ¿cómo abrirme paso por entre la nube de porteros y ujieres que parapetan y defienden la llegada á los destinos? Las solicitudes que se presentan solas son papeles mojados. ¡Hay tantos que piden por pedir! ¡Hay tantos que niegan por negar!—Cien memoriales he dado, otras tantas espaldas he visto.—Deje usted; veremos si estas circunstancias se fijan, me dicen los unos.—Espere usted, me responden los otros: hay tantos pretendientes en estas circunstancias.—Pero, señor, replico yo, también es preciso vivir en estas circunstancias. ¿Y no hay circunstancias para los que logran?
»Ésta es, señor Fígaro, mi posición: ó yo no entiendo las circunstancias, ó soy el hombre más desdichado del mundo. El hijo del Inglés, el que debía haber sido rico, magistrado, literato, general, hombre ajeno de opiniones, acabará probablemente sus tres carreras distintas en un solo hospital verdadero, merced á las circunstancias; al mismo tiempo que otros que no nacieron para nada, y que han tenido realmente todas las opiniones posibles, anduvieron, andan y andarán siempre levantados en zancos por esas mismas circunstancias.—De usted, señor Fígaro.—Eduardo de Priestley, ó el hombre de circunstancias.»
No puedo menos de contestar al señor de Priestley que el daño suyo estuvo, si hemos de hablar vulgarmente, en nacer desgraciado, mal que no tiene remedio: si hemos de raciocinar, en traer siempre trocadas las circunstancias, en no saber que mientras haya hombres la verdadera circunstancia es intrigar; estar bien emparentado; lucir más de lo que se tiene; mentir más de lo que sabe; calumniar al que no puede responder; abusar de la buena fe; escribir en favor, y no en contra del que manda; tener una opinión muy marcada, aunque por dentro se desprecien todas, procurando que esa opinión que se tenga sea siempre la que haya de vencer, y vociferarla en tiempo y lugar oportunos; conocer á los hombres; mirarlos de puertas adentro como instrumentos, y tratarlos como amigos; cultivar la amistad de las bellas, como terreno productivo; rasarse á tiempo, y no por honradez, gratitud ni otras ilusiones; no enamorarse sino de dientes afuera, y eso de las cosas que puedan servir...
Pero, santo Dios, gritará un rígido moralista, ¡qué cuadro! ¡¡¡Maquiavélicos principios!!!—Fígaro no dice que sean buenos, señor moralista; pero tampoco Fígaro hizo el mundo como es, ni lo ha de enmendar, ni á variar el corazón humano alcanzarán todas las sentencias posibles. Las circunstancias hacen á los hombres hábiles lo que ellos quieren ser, y pueden con los hombres débiles; los hombres fuertes las hacen á su placer, ó tomándolas como vienen sábenlas convertir en su provecho. ¿Qué son por consiguiente las circunstancias? Lo mismo que la fortuna: palabras vacías de sentido con que trata el hombre de descargar en seres ideales la responsabilidad de sus desatinos; las más veces, nada. Casi siempre el talento es todo.
REPRESENTACIÓN
DE LA COMEDIA ORIGINAL EN TRES ACTOS Y EN VERSO TITULADA
UN TERCERO EN DISCORDIA
DE
DON MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS
Una comedia nueva del aplaudido autor de Á Madrid me vuelvo y de la Marcela no podía menos de llamar la pública expectación, y aun de prevenirla favorablemente.
En esta composición dramática como en la Marcela, se ha propuesto el poeta, no censurar un defecto ridículo determinado, no ridiculizar un vicio feo ó una pasión denigrante, no un objeto moral circunscrito y de general aplicación. Un cuadro bien presentado, en que se reúnen á formar el conjunto varios caracteres sacados de la sociedad, hábilmente colocados en contraste, parece haber sido la idea del autor.
En la Marcela es una mujer amable, cuya peligrosa amabilidad da esperanzas á tres amantes igualmente indignos de su alto cariño. En Un tercero en discordia es una joven perseguida también por tres amadores; los caracteres nuevos que presenta esta composición dramática son los de los dos amantes más importunos de Luciana. El uno es un joven en demasía desconfiado del cariño y fidelidad de su amada; en una palabra, un hombre zeloso: el segundo es un necio por el contrario harto confiado en el amor de una mujer que no le ha dicho siquiera que le ama, pero de cuyo cariño cree poder estar seguro; en una palabra, un presuntuoso. Un tercero en discordia que ni es zeloso, ni presuntuoso, sino un tipo de la perfección social, un amante que ama sin prisa, sin mal humor nunca, que jamás confía en que es amado, que nunca exige nada, impasible, eterno, imagen del no movimiento y de la no acción, es el justo medio presentado en este carrusel amatorio. Á los ojos de una mujer sentimental, exaltada, romántica, de pasiones vivas, pudiera no parecer don Rodrigo el más perfecto ni el más amante; pero á los ojos de una muchacha bastante fría, como el autor nos la pinta, bien educada, y de suyo sosegada, no hay duda que don Rodrigo debe ser el amante preferido, el esposo. El padre de la niña es un buen hombre, que tiene más de tonto que de otra cosa, de estos que hablan con las manos, que escriben la conversación, conforme la van haciendo, en el pecho de su interlocutor, que le desabotonan el chaleco, y le quitan el lazo de la corbata, etc. Una ama de gobierno vieja, de éstas que hacen oficio de todo en las casas, regañona y entrometida en los intereses de la familia, es el quinto y último personaje de la comedia.
De esta construcción del plan se infiere que el contraste que presentan el zeloso y el confiado ha de dar lugar á escenas cómicas: así es; rasgos hay felicísimos que revelan el poeta dramático. El confiado, traduciendo todos los desaires y desprecios por disimulo ó enojo amoroso, es sumamente cómico y lindamente imaginado: el zeloso, por el contrario, tratando de luchar inútilmente á cada paso con su indómita pasión y exaltándose á la vista sola de un papel cualquiera, después de haber jurado la enmienda, excita la risa de la buena comedia. Aquí notaremos la habilidad del poeta. El confiado no necesitaba ser correspondido; de esta manera era más ridículo, y así lo ha hecho el autor; el zeloso, por el contrario, no podía desarrollar su carácter sin haber recibido pruebas muy grandes de amor: así que, el autor ha hecho que Luciana le correspondiese en un principio. Verdad es que de aquí nace un gravísimo inconveniente: á saber, que la misma Luciana que tutea al zeloso en el primer acto y le corresponde indudablemente, se halla ya en el tercero, es decir, en horas, tan convencida y fastidiada de la importunidad de su amante, que se echa, sin verter una lágrima siquiera, en brazos del justo medio don Rodrigo. Diríamos que éste pudiera ser el inconveniente de la rigorosa unidad de tiempo, y diríamos que una mujer que se dice enamorada de un hombre no lo deja por zeloso (porque éste es acaso el carácter que menos choca á la pasión), sino después por lo menos de haber sufrido mucho y de haber llorado más; diríamos que generalmente se observa que los amores más duraderos son aquéllos en que uno de los dos amantes es extraordinariamente zeloso, y añadiríamos que no es el destino de los amores arrebatados el acabarse pronto, sino el acabarse mal. Pero el talento del autor ha previsto todas estas objeciones, y nos ha presentado desde luego una de esas muchachas que no sienten ni padecen: que entran en el mundo con un temperamento indiferente, y por consiguiente que se guían en su elección por su propia conveniencia, y nunca á ciegas: de ésas que encuentra usted donde quiera, que empiezan á corresponder á un amante por hacer algo, por el gusto de tener amante, por cualquier cosa, y que al volver de una esquina le dejan plantado con todo su amor, y toman otro: mujeres, en fin, muy buenas, muy perfectas, muy impasibles. En este género, Luciana y Marcela son admirables, son dos modelos.
¿Nos permitirá el autor que no convengamos con él en una cosa? El calor, sin duda, de su imaginación poética le lleva á formarse á veces una sociedad ideal, donde sólo considera virtudes y vicios, perfecciones y defectos personificados, y situaciones posibles de efecto; esto le aparta de la pintura verdadera de la sociedad en que vivimos: queremos decir, que tanto en la Marcela como en ésta, los desenlaces no nos parecen naturales. Al fin, en Marcela, no hay otro inconveniente contra los usos sociales que el declarar en público á sus amantes lo que sólo puede uno oir en particular; porque si una mujer tiene derecho á no corresponder á un hombre, no le tiene para ponerle en ridículo sólo porque la ama. En Un tercero en discordia es menos verosímil, porque al fin, si una mujer es tan imprudente que despide en público á sus amantes, ¿qué pueden hacer éstos con una señora sino respetarla? Pero Luciana encarga á su elegido, lo cual es poco delicado, que desengañe á los otros: don Rodrigo lo admite, aunque obligado, y los dos sufren. Esta última parte es la imposible, y en corazones bien puestos sólo de una manera puede desenlazarse. Por otra parte, el señor Bretón insiste en colocar siempre á las mujeres en una posición en que no están en el día en nuestra sociedad: no son ya las reinas del torneo, como en los siglos medios: nadie se sujeta á esos jurados, á esas competencias: más; el hombre desama á la mujer, como la mujer al hombre, y en esto felizmente somos iguales. Todo hombre bien educado es deferente con las señoras; pero las señoras no están por eso exentas de guardar consideraciones al sexo fuerte: la sociabilidad es recíproca. Mucho sentiríamos que no fuese el autor de nuestra opinión.
Acabaremos este rápido juicio con una observación. En nada brilla más el singular talento poético del señor Bretón, que en la sencillez de sus planes; en todas sus comedias se conoce que hace estudio y gala de forjar un plan sumamente sencillo; poca ó ninguna acción, poco ó ningún artificio. Esto es sólo concedido al talento, y al talento superior. Una comedia llena de incidentes que cualquiera inventa, es fácil de hacerla pasar á un público á quien siempre cautivan el interés y la curiosidad.
El señor Bretón desprecia estos triviales recursos, y sostiene y lleva á puerto feliz entre la continua risa del auditorio, y de aplauso en aplauso, una comedia apoyada principalmente en la pintura de algunos caracteres cómicos, en la viveza y chiste del diálogo, en la pureza, fluidez y armonía de su fácil versificación. En estas dotes no tiene rival, si bien puede tenerlos en cuanto á intención, profundidad ó filosofía.
Alguna palabra exótica tildaríamos en Un tercero en discordia; pero ¿qué son esos pequeñísimos lunares en una comedia que ha sido muy reída, y que han coronado los aplausos del auditorio? Damos el parabién al señor Bretón por este nuevo lauro adquirido, y nos le damos á nosotros mismos.
En los actores se ha notado un zelo extraordinario; demasiado zelo, si éste puede ser demasiado alguna vez. El artificio del actor consiste en ocultar su zelo y su esfuerzo, y dominar su habilidad hasta reducirla al punto de la verdad imitada. En el mundo no se observa nunca que cada uno quiera hablar, andar, reir y manotear para arrancar aplausos á los que van por la otra acera; todo esto se hace naturalmente, y el no haberlo hecho así es el defecto general que en toda la comedia hemos notado. ¿Podríamos decirle al actor encargado del papel del padre, sin que se ofendiese, que cuando uno de esos hombres significativos en su acción desabrocha á otro y le escribe en la ropa, lo hace por un efecto de distracción, y por consiguiente lo hace como quien no hace nada, no se ríe de su misma manía, no escribe en lo interior de la camisa, metiéndole todo el brazo en el cuerpo, sino sólo en la solapa; no mira las prendas que aja, sino á los ojos de su interlocutor, porque si las mirara, las vería, le chocarían á él mismo y se avergonzaría? ¿Á su interlocutor don Rodrigo le podríamos decir que cuando un fracaso de ésos sucede, no se hacen extremos, sino que sólo en la cara se da á entender, lo menos que se puede, la mortificación? ¿Llevará á mal que le advirtamos que en la sociedad nunca se vuelve uno al público á decirle lo que piensa, porque en la sociedad no hay público; y que en la comedia, que es un remedo de las costumbres, no se debe declamar como en un melodrama lleno de exclamaciones y asombros, sino hablar naturalmente?
Al zeloso le diríamos que el deseo de marcar su papel le ha hecho confundir alguna vez los arrebatos de un amante desconfiado con el furor de un marido zeloso: un amante, sobre todo en los principios, aunque tenga muchos zelos, modera algo más que un marido su genio, porque puede perder la posesión que no ha logrado aún, y que éste tiene ya asegurada. No se produce con dominio, sino con reconcentración; reconviene, vilipendia, injuria, si es preciso, pero nunca habla con los puños cerrados: las transiciones sobre todo del furor al cariño son más marcadas. Nada más tierno y sumiso que un amante zeloso en sus lúcidos intervalos.
Hemos dicho ya que los actores no deben acordarse de que existe público: por tanto nos ha chocado extraordinariamente que la actriz ama de gobierno haya hecho cortesías al público al recibir aplausos. Buena es la política, pero á su tiempo.
Hemos notado en general que gritan demasiado algunos actores, sobre todo cuando creen que lo que dicen debe llamar la atención. En otra ocasión hemos dicho ya que el querer dar valor á las frases suele quitárselo: en realidad es suponer que el público es sordo ó muy torpe; ambas cosas son desagradables. Dolorosísimo nos es haber de encontrar defectos; todo lo más que podemos hacer es escribir nuestra crítica con decoro, y apoyándola siempre en razones; pero si la obligación del actor es representar bien, la del crítico es juzgar bien é imparcialmente. En compensación diremos con placer que hemos visto á la par aciertos, y que, segregados los defectillos que hemos notado, esta comedia se ha representado mejor que otras; el barba sobre todo ha dado el color verdadero á su carácter, si se le perdona la exageración; y los lunares de los demás actores no merecen que alarguemos este artículo con nuevas observaciones.
REPRESENTACIÓN DE
LA MOJIGATA
COMEDIA
DE DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
Nada más temible en las conmociones políticas que las reacciones: ellas hacen desandar á los partidos por lo común mucho más camino del que durante su progresivo movimiento anterior lograron avanzar. La literatura no es la que menos se ha resentido en nuestro país y en varias épocas recientes de esta lastimosa verdad. Un nombre solo de un hombre, envuelto en la ruina de su partido, suele bastar á proscribir una obra inocente; al paso que la suspicacia del vencedor, rezelándose de su misma sombra, suele hallar en las frases más indiferentes alusiones peligrosas capaces de comprometer su seguridad. He aquí la razón por que se ha escrito con más libertad é independencia en épocas ciertamente mucho más atrasadas que las que nosotros hemos alcanzado.
La mayor parte de las obras de nuestros autores que han corrido y corren en manos de todos constantemente, no hubieran visto jamás la luz pública si hubieran debido sujetarse por primera vez á la censura parcial y opresora con que un partido caviloso y débil ha tenido en nuestros tiempos cerradas las puertas del saber. Y decimos débil, porque sabido es que tanto más tiránico es un partido, cuanto menos fuerza moral, cuantos menos recursos físicos tiene de que disponer. Desprovisto de fuerzas propias, va á buscarlas en las ajenas conciencias, y teme la palabra. Sólo un gobierno fuerte y apoyado en la pública opinión puede arrostrar la verdad, y aun buscarla: inseparable compañero de ella, no teme la expresión de las ideas, porque indaga las mejores y las más sanas para cimentar sobre ellas su poder indestructible.
El teatro es acaso el ramo que más se ha resentido de estas funestas verdades: por ellas hemos visto interceptadas malamente comedias que respiran la más pura moral, entre ellas la Mojigata. Al verla representar de nuevo en el día, no sabemos si sea más de alabar la ilustrada providencia de un gobierno reparador que la ofrece de nuevo á la pública expectación, que de admirar la crasa ignorancia que la envolvió por tantos años en la ruina de una causa momentáneamente caída. ¿Tan hipócrita es el partido que tiene por enseña el fanatismo, que se creyó atacado en la Mojigata? ¡Tanto le ofende la fiel representación de los extravíos humanos!, ¡tan ligada se halla con ellos su existencia!
La Mojigata era conocida y sabida ya de memoria de todo el mundo: por lo tanto, si bien es indudable que tiene mérito suficiente para llamar al teatro numerosa concurrencia, eslo también para nosotros que ha debido á su larga prohibición la mayor parte de la importancia que en esta ocasión se le ha dado: esto es tanto más cierto, cuanto que estamos acostumbrados á ver sin entrada otras composiciones del mismo Moratín escapadas de la común prohibición. Para hablar literalmente de la Mojigata, necesitaríamos estar más seguros de nuestras propias fuerzas: seríanos indispensable además dedicar á su examen un artículo más extenso de lo que las actuales circunstancias nos permiten; porque en el caso de que nos atreviésemos, como pudiéramos atrevernos tal vez á hallar en ella lunares, de que no hay obra humana exenta, ¿qué de razones no necesitaríamos acumular para contrarrestar la opinión pública tan exclusiva cuando llega á cobijar bajo su protección un nombre, una vez proclamado célebre? El mérito de Moratín, por otra parte, es tan generalmente reconocido, que creemos inútil insistir en esta ocasión en la ampliación de sus bellezas; y con respecto á sus defectos, sólo diremos que la diferencia que existe entre los hombres de gran talento y la medianía, es que de aquéllos se puede decir que suelen alguna vez incurrir en faltas, y de ésta por el contrario, que suelen alguna vez tener bellezas. Esto es todo lo que nos parece que se puede decir con respecto á Moratín en parangón con los que después de él han escrito comedias del mismo género en nuestro país. Agréguese á esto una consideración: en todos los países el primero que se ha elevado, el primer reformador ha llevado y ha debido llevar la mejor parte de reputación, porque es preciso proceder siempre por comparación; apenas hay en el mundo otra manera de raciocinar.
Por lo que hace á comparar á Moratín con Molière, como han pretendido algunos hacerlo, bueno y justo es que se diga que Moratín es el Molière español: esto sin embargo, creemos, según nuestras cortas luces, que la Mojigata no podrá sostener nunca la comparación al lado del Hipócrita de Molière, que es la comedia de éste con quien tiene más relación; si exceptuamos el desenlace, que es infinitamente superior en la Mojigata, porque pocas veces anduvo feliz Molière en desenlaces. El mérito principal de Moratín parécenos estribar más en la pintura local de las costumbres de su época, y en el manejo de los modismos de la lengua, que en la pintura del corazón humano; sin que por esto queramos decir que fuese ignorante de él Moratín: la gracia de Molière es más candorosamente cómica, y se trasluce menos al poeta; presenta las situaciones solas, y esto basta en él para hacer reir. Moratín ayuda á la situación con una sátira más decidida: no se contenta con exponer el cuadro ridículo sencillamente á la vista del espectador: echa además en la balanza para inclinarla á su favor el peso de su propia opinión; sus gracias toman muchas veces gran parte de realce de su mordacidad. Sea hecho este paralelo de paso con el respeto debido á ambos ingenios peregrinos, y para decir que, por las expuestas razones, Molière es más universal que Moratín; éste es más local; su fama por consiguiente más perecedera é insegura.
REPRESENTACIÓN DE
EL SÍ DE LAS NIÑAS
COMEDIA
DE DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
En el día podemos decir que han desaparecido muchos de los vicios radicales de la educación que no podían menos de indignar á los hombres sensatos de fines del siglo pasado, y aun de principios de éste. Rancias costumbres, preocupaciones antiguas hijas de una religión mal entendida y del espíritu represor que ahogó en España, durante siglos enteros, el vuelo de las ideas, habían llegado á establecer una rutina tal en todas las cosas, que la vida entera de los individuos, así como la marcha del gobierno, era una pauta, de la cual no era lícito siquiera pensar en separarse. Acostumbrados á no discurrir, á no sentir nuestros abuelos por sí mismos, no permitían discurrir ni sentir á sus hijos. La educación escolástica de la universidad era la única que recibían los hombres: y que si una niña salía del convento á los veinte años para dar su mano á aquél que le designaba el interés paternal, se decía que estaba bien criada; era bien criada si sacrificaba su porvenir al capricho ó á la razón de estado; si abrigaba un corazón franco y sensible, si por desgracia había osado ver más allá que su padre en el mundo, cerrábanse las puertas del convento para ella y había de elegir por fuerza el esposo divino que la repudiaba ó que no la llamaba á sí por lo menos. Moratín quiso censurar este abuso, y asunto tan digno de él no podía menos de inspirarle una gran composición. De estas breves reflexiones se puede inferir que el Sí de las Niñas no es una de aquellas comedias de carácter, destinada como el Avaro ó el Hipócrita, á presentar eternamente al hombre de todos los tiempos y países un espejo en que vea y reconozca su extravío ó su ridícula pasión; es una verdadera comedia de época, en una palabra, de circunstancias enteramente locales, destinada á servir de documento histórico ó de modelo literario. En nuestro entender es la obra maestra de Moratín y la que más títulos le granjea á la inmortalidad. El plan está perfectamente concebido. Nada más ingenioso y acertado que valerse para convencer al tío de la contraposición de su mismo sobrino. Así no fuera este teniente coronel, porque por mucha que fuese en aquel tiempo la sumisión de los inferiores en las familias, no parece natural que un teniente coronel fuese tratado como un chico de la escuela, ni recibiese las dos, ó las tres onzas para ser bueno. Acaso la diferencia de las costumbres haga más chocante esta observación en nuestros días, y nos inclinamos á creer esto, porque confesamos que sólo con mucho miedo y desconfianza osamos encontrar defectos á un talento tan superior. El contraste entre el carácter maliciosamente ignorante de la vieja y el desprendido y juicioso don Diego es perfecto. Las situaciones sobre todo del tercer acto, tan bien preparado por los dos anteriores, que pudieran llamarse de exposición, porque toda la comedia está encerrada en el tercer acto, son asombrosas, y desaniman al escritor que empieza. Ésta es la ocasión de hacer una observación esencial. Moratín ha sido el primer poeta cómico que ha dado un carácter lacrimoso y sentimental á un género en que sus antecesores sólo habían querido presentar la ridiculez. No sabemos si es efecto del carácter de la época en que ha vivido Moratín, en que el sentimiento empezaba á apoderarse del teatro, ó si es un resultado de profundas y sabias meditaciones. Ésta es una diferencia esencial que existe entre él y Molière. Éste habla siempre al entendimiento, y le convence presentándole el lado risible de las cosas. Moratín escoge ciertos personajes para cebar con ellos el ansia de reir del vulgo; pero parece dar otra importancia para sus espectadores más delicados á las situaciones de sus héroes. Convence por una parte con el cuadro ridículo al entendimiento; mueve por otra el corazón, presentándole al mismo tiempo los resultados del extravío; parece que se complace con amargura en poner á la boca del precipicio á su protagonista, como en el Sí de las Niñas y en el Barón; ó en hundirle en él cruelmente, como en el Viejo y la Niña, y en el Café. Un escritor romántico creería encontrar en esta manera de escribir alguna relación con Víctor Hugo y su escuela, si nos permiten los clásicos esta que ellos llamarán blasfemia. En nuestro entender éste es el punto más alto á que puede llegar el maestro; en el mundo está el llanto siempre al lado de la risa; parece que estas afecciones no pueden existir una sin otra en el hombre; y nada es por consiguiente más desgarrador ni de más efecto que hacernos regar con llanto la misma impresión del placer. Esto es jugar con el corazón del espectador; es hacerse dueño de él completamente, es no dejarle defensa ni escape alguno. El Sí de las Niñas ha sido oído con aplauso, con indecible entusiasmo, y no sólo el bello sexo ha llorado, como dice un periódico, que se avergüenza de sentir; nosotros los hombres hemos llorado también, y hemos reverdecido con nuestras lágrimas los laureles de Moratín, que habían querido secar y marchitar la ignorancia y la opresión. ¿Es posible que se haya creído necesario conservar en esta comedia algunas mutilaciones meticulosas? ¡Oprobio á los mutiladores de las comedias del hombre de talento! La indignación del público ha recaído sobre ellos, y tanto en la Mojigata como en el Sí de las Niñas, los espectadores han restablecido el texto por lo bajo: felizmente la memoria no se puede prohibir.