LOS TRES NO SON MÁS QUE DOS

Y EL QUE NO ES NADA VALE POR TRES

MASCARADA POLÍTICA

Mil veces les habrá sucedido á mis lectores, y aun á los que no me leen, oir una campana y quedarles una prolongada vibración en los oídos después de haber sonado; les habrá sucedido también viajando, durarles gran rato, después de apeados ya del carruaje, la sensación del movimiento y traqueteo producida por muchas horas de camino. He aquí precisamente lo que á mí me ha sucedido y me sigue sucediendo todavía con el fantástico aparato y desigual clamor que en mis sentidos dejaron las pasadas máscaras. Voy por la calle y se me antojan aún caretas las caras, y disfraces los trajes y uniformes. Oigo hablar de cosas nuevas, y, acostumbrado á tanta cosa vieja y á tanta broma, se me figura aún que me siguen embromando. Pasará sin duda esta sensación, y será preciso creer á todo el mundo; pero mientras pasa ó no pasa, mientras creo ó no creo, todo el trabajo de mi entendimiento limitado se reduce por ahora á ver de conocer al que me habla; que no es poco. Con tal rumor en los oídos, con tal prevención en la vista, salía yo la última noche del pasado carnaval de Abrantes, donde había codeado á la aristocracia, y del teatro, donde me había codeado á mí la democracia. Llena la cabeza con estas dos ideas, que no podía amalgamar nunca, y que así se separaban al tocarse como se separan dos bolas de billar al chocar una con otra, se me antojó que entraba en un salón adornado por el orden antico-moderno; toda la parte alta gótica, góticas las paredes y ventanas: el mueblaje y adorno bajo del último gusto. Tres comparsas le llenaban, á lo que entonces me pareció. La menos numerosa era compuesta toda de viejos, ¡rara aprehensión!, pero gordos y robustos; para hacer gente y engruesarse iba derramando su dinero con tanto sigilo, como si fuese mal adquirido y peor conservado; pero á cada moneda que daban, ¡cosa rara!, perdían carnes y fuerzas. Toda esta comparsa andaba hacia atrás, más como quien huye que como quien anda; para lo cual traían la cabeza y los pies vueltos del revés, que hacían rara figura. Andaban desbandados á causa de hallarse su jefe á diligencias propias; pero en cambio presumían serlo todos. Seguía á esta comparsa una porción de pobres, rotos y mal parados, con una venda en los ojos como pintan á la fe, creyendo á pies juntillas cuanto aquéllos les decían, y tomando varios dijes de poco valor en cambio de sus servicios. De cuando en cuando dábanles los magnates de la comparsa un palo, y unos respondían ¡viva! y otros respondían ¡gracias! Raros trajes se veían entre ellos, pero ninguno pasaba del siglo XVIII. Retazos de manteos, cruces y veneras, papel de Italia, espadines de Toledo, tal cual estrella en la frente, látigo en la mano, calzón, peluquín y hebillas. Color general blanco como la leche. Conversación poca; chispa ninguna.

La segunda traía jefe, ó por mejor decir representante; gente nueva, y la más barbilampiña: flaca aún como muchacho que está creciendo: conocíase á legua que no habían tenido tantas ocasiones de comer como los otros. No andaban, sino corrían: todo eran piernas. Bailaban todos á una, y hacían los mismos pasos: encogíanse los altos, empinábanse los bajos: todo su prurito era andar iguales: al menor desnivel había gira y algazara. Pedían la palabra, y tomaban lo demás. Venían vestidos de telas de institución, color de garantía: el disfraz era lo mejor que traían; si bien á muchos se los traslucían por debajo juboncillos de ambición con tal cual cenefilla de empleo, y se conocía que no estaban hechos á usarlos, porque á los más les venían anchos. Éstos no repartían dinero, sino periódicos; dábanlos con audacia y á venga lo que venga: si alguno se perdía ó se interceptaba malamente, otro al puesto, como quien tenía el molde en casa. Por el contrario de los otros, á cada periódico que daban ganaban carnes y razón. Las caretas eran discursos históricos de sucesión. Iban encendiendo las luces, que la primera comparsa apagaba siempre que podía; pero el salón estaba iluminado, de donde era fuerza inferir que se encendían más de prisa que se apagaban. Seguía á éstos una turba desigual hambrienta de felicidad: verdad es que nunca la habían catado. Unos eran gordos, otros flacos: unos tenían tres piernas, otros una: uno tres ojos, otro medio; quién era gigante, quién lilipuciano. Se os igualará, les iban diciendo los magnates, nada más fácil, y lo creían sin mirarse despacio unos á otros, el tonto y el discreto, el tullido y el sano, el pobre y el rico. Éstos creían en la felicidad de este mundo: los primeros en la del otro. Su conversación buena, su chispa mucha y mayor el ruido que metían. Color general negro.

Era el resto de la concurrencia la mayoría; pero se conservaba á cierta distancia del que parecía su jefe. Era el color de éste un atornasolado claro, que visto de distintos puntos lejanos parecía siempre un color diferente, pero en llegado á él no se le podía llamar color. Éste y los suyos no andaban, aunque lo parecía, porque marcaban el paso: conociendo que no había para qué, unos no traían pies, y otros los traían de plomo. De medio cuerpo arriba venía vestido á la antigua española, de medio cuerpo abajo á la moderna francesa, y en él no era disfraz, sino su traje propio y natural. Ni era alto, ni bajo, ni gordo, ni flaco; sutil como cuerpo glorioso, y máscara, en fin, racional, si las hubo nunca. No traía careta, sino que enseñaba una cara de risa que á todos quería dar contento. Era su comparsa gente pasiva y estacionaria, de esta que tiene y no quiere perder, que no tiene por qué moverse, miedosa que teme perniquebrarse á cada paso, escarmentada ya y paralítica, envilecida con el sufrimiento y bien avenida á todo, despreocupada, que se ríe de los hombres y sus partidos. Éstos no decían nada; ni aplaudían, ni censuraban; traían caretas de yeso, miraban á una comparsa, miraban á otra, y ora temblaban, y ora reían. En realidad no hacían cuenta con su jefe: éste era el que contaba con ellos; es decir, con su inercia.

En una palabra, parecían tres las comparsas y no eran más que dos. Cuando yo entré en el baile acababan de separarse; hasta entonces habían bailado mezclados, porque hasta entonces no había faltado bastonero que los había hecho bailar á todos á un mismo son.

Apenas tuve tiempo de reconocer lo que llevo descrito, cuando se dirigieron á mí varios de la primera comparsa.—¡Ah, Fígaro maldito!, aquí está. «¡Nadie pase sin hablar al portero!» «¡La planta nueva!» ¿Sabes que nos has hecho más daño que un cañón?—Mala entrada es ésta, dije yo para mí.—Mira, prosiguieron, tú debes ser tonto. ¿Qué provecho has sacado de tus artículos?—El gusto de escribir lo que pienso, y me sobra.—Eso por un lado y por otro el que te ahorquemos, si... ¡desigual es el partido!—Ya me pondré á distancia respetable.—Vente con nosotros.—Gracias.—Te irá mejor; no hallarás rivales, porque no escribimos; te daremos una prebenda.—Soy casado.—Te daremos un empleo en correos y podrás interceptar las cartas.—No soy curioso.—Andarás por esas breñas.—No soy peregrino.—Dormirás al sereno.—Más quiero dormir sereno.—Tendrás inquisición y rey absoluto.—Lo agradezco, pero es tarde.—¡Matarle! ¡Matarle!

—¡Ea, dejad á Fígaro!, dijeron los de la segunda comparsa, sacándome de entre ellos; éste es nuestro, enteramente nuestro. ¿No es verdad, Fígaro?—¡De corazón!—¡Bravo! Tú también eres igual.—Y si no soy igual me es igual todo.—¡Ya! Por eso te descuidas, y haces á veces artículos tan largos y tan pesados, y con tantas digresiones y atrevimiento: no teniendo respeto á nadie, fácil es hacer reir...—No hay para qué hablar más, que ya me habéis conocido, dije yo apresurándome á interrumpir á los míos, que me iban tratando peor que los contrarios.

Mientras esto me pasaba en un rincón de la sala andábanse embromando los principales personajes de las dos comparsas. Estas bromas pararán en veras, dije yo para mí, y acerquéme á oir.—Andad, decían unos, hipócritas; á nosotros no nos embromaréis, porque os conocemos: ahora andáis con careta del pretendiente, pero es mentira: vosotros existíais antes que él. Vosotros triunfasteis malamente en Villalar en nombre de otro Carlos V: desde entonces no dejó de crecer un punto vuestra audacia: vosotros fuisteis los que el año 14 engañasteis á un rey y perdisteis á un pueblo; vosotros los que el año 23...—¡Silencio! respondieron los otros; ¿qué nos echáis en cara? Echaos la culpa á vosotros mismos, que dos veces fuisteis los amos, y dos veces...—Sí, pero no tengáis cuidado; á la tercera...—Veremos.—Sí; vosotros lo que queréis es embaucar al pueblo con vuestros sortilegios, cubrirle los ojos y taparle la boca para beber su sangre que os engorda: el favoritismo, el absolutismo, el oscurantismo, el fanatismo, el egoísmo... ésas son vuestras virtudes... ése es el Carlos V que proclamáis; y lo demás es farsa y mascarada. Quitaos esas caretas de ley de Felipe V, que ya os hemos conocido.—¡Miren!, contestaban los ofendidos; ¿y qué queréis vosotros? ¿Queréis hacer felices á los pueblos? Broma y más broma. Igualdad, para tener todos derecho á todo, representaciones nacionales para ocupar un puesto en ellas, porque todos hacéis oficio de leer y escribir, y pensáis que hablando... y los empleos, en fin, que por tantos años tuvimos nosotros, y las rentas que nos comemos y...—Y bien, y bien; ¿y hay nada más justo? Nosotros haremos el bien público, haciendo el nuestro, aun sin querer hacerlo...—¡Careta!, ¡pretexto!—Pretexto, sí; pero más noble que el vuestro. En nosotros tendrá la sucesión directa...—¡Fuera, fuera la careta! ¡También os conocemos!—¡Holgazanes!—¡Ambiciosos!

Al llegar aquí la broma, exasperáronse unas y otras máscaras, y ¡oh!, ¡qué noche de horror y de confusión!—¡Á ellos, á ellos!, gritaron unos y otros desenvainando sus armas. Un paquete de Boletines de Comercio atrasados, lanzado por un brazo vigoroso y joven, vino á estrellarse sobre un grupo de peluquines; seis cayeron del golpe. Diez y nueve Siglos, llenos de reconvenciones, se alzaron á una contra la pandilla blanca; y ¿quién les pudiera resistir? Tampoco se descuidaban los acometidos: volaban Estrellas por todas partes, pero daban en el aire con los Siglos y los Boletines que iban, y caían desvaneciéndose como los fuegos fatuos del verano. Un discurso parlamentario encontraba en el aire una exhortación carlista y arrollábala al punto. ¡Qué furor! Volaban Tiempos y Cínifes, lanzábanse Ateneos y Minervas, enemigo herido de ellos, enemigo dormido y fuera por consiguiente de combate. Hasta hubo quien sacó Correos, Crónicas y Auroras, armas prohibidas porque suelen dispararse contra el mismo que las carga. ¿Quién diría el destrozo y la mortandad? ¿Y quién el fin de tan sangrienta lucha, si el jefe de la inerte comparsa no se apareciese con una sonrisa en la boca y una Revista en la mano? Interpúsola el atornasolado como pudiera Mercurio su caduceo, y cedieron los combatientes al arma más pesada. Todos quedaron aplanados. ¡Ay de aquél á quien le cayó encima una noticia diversa! ¡Ay del que tuvo que sufrir el peso de la crónica de provincias! ¡Mísero el que sintió sobre sí la cámara de los diputados! Quiso la buena suerte que esto cayese todo sobre la comparsa blanca, y nadie de ella pudo ya levantar cabeza. Roncaban unos, y otros se quejaban amargamente. En la comparsa nueva cayó un artículo de entrada, y ¡oh prodigio!, como el maná, súpole á cada uno al manjar más de su gusto; á nadie empero levantó chichón ni cardenal.

—¡Hola!, ¿quién es éste? ¿Es vuestro?, preguntaron los jóvenes á sus contrarios.—¿Qué ha de ser nuestro?, ¡ay míseros!, contestaron los vencidos.—¡Ah!, ¡ya!, repusieron los primeros. ¿Quién diablos te había de conocer? Vaya, pase, pase por nuestro; mira, júzganos.

—¿Yo juzgar?, dijo el mediador. No lo permita el cielo. Si fuera conciliar...

—Mira que si no quieres ser nuestro juez, serás su reo. ¡Esos hipócritas!...

—¡Oh!, no hipócritas, precisamente, no... seductores..., dijo el mediador.

—¡Revolucionario!, gritaron los viejos.

—Revolucionarios, precisamente... no... fautores de asonadas..., interrumpió el justo medio.

—¡Fanáticos!, gritaron los jóvenes.

—No, fanáticos, no... ilusos, incautos...

—¡Ignorantes!

—¡Incrédulos!

—Señores, todos tienen ustedes razón; la unión, la cultura, un justo medio... ni uno ni otro... las dos cosas...

—¡Nosotros queremos todo nuevo!

—No, nuevo no, dijo el justo medio.

—¡Nosotros todo viejo!

—No, viejo no, repuso el atornasolado.

—¡Nosotros lo negro!

—¡Nosotros lo blanco!

—Todo, bien, todo; si se puede todo: está entendido; daremos un blanco que tire á negro, y un negro que tire á blanco.

—¿Conque sí?

—No digo que sí, precisamente;... mas...

—¿Conque no?

—No digo que no, precisamente;... pero...

—Eso, eso es ponerse en la razón, dijo á este punto levantándose pausadamente la mayoría hasta entonces inmóvil: nosotros estamos por ese señor de la antigua española y moderna francesa. No somos partido, pero somos los más. Venga cualquiera cosa, llámenlo como quieran, y vamos viviendo. De cualquier modo hemos vivido hasta ahora, de cualquier modo moriremos.

—La verdadera diversión, señores, si me atrevo llamarlo así, dijo entonces animado con su inmensa fuerza el atornasolado de no conocido color, es tomar, permítaseme la frase, de los juegos venerandos antiguos lo preciso, modificándolo según el humor de los que han de divertirse. Y á propósito de esto diré para convencer á ustedes lo siguiente: «Las necesidades y las reformas, las instituciones y garantías, así como la antigua monarquía de las ideas nuevas, la discordia, la hidra de las revoluciones, y la bondad de arriba abajo, y no de abajo arriba, la legitimidad, los malévolos seducidos, un campo de horror y dulce fraternidad, los sucesos retrógrados y las masas progresivas...».—Otras cosas podría decir;... pero... ¡Cuán dulce es la paz, señores! Y por fin el talento es mío, mía la experiencia, el tacto mío, y la nación mía, porque no es de nadie, porque es pasiva: al que se oponga á mi justa conciliación, añadió riéndose con la más amable y cariñosa sonrisa, al que no quiera ser feliz, como yo entiendo la felicidad, harásele feliz, mal que le pese.

Un prolongado clamor de la multitud inmensa, tan callada toda la noche, pero un clamor no de entusiasmo pasajero, sino tranquilo, sereno, como la voz del poder que no ha menester esforzarse para hacerse oir, aplaudió sordamente la alocución ambilátera, que, traducida al lenguaje inteligible, quería decir á unos: Ya es tarde; y á otros: Es temprano todavía.

Restablecida la paz y el silencio, desapareció á mis ojos el baile y ambos partidos con él: halléme en medio de Madrid repitiendo para mí: Los tres no son más que dos, y El que no es nada vale por tres.

EL SIGLO EN BLANCO[1]

No sé qué profeta ha dicho que el gran talento no consiste precisamente en saber lo que se ha de decir, sino en saber lo que se ha de callar: porque en esto de profetas no soy muy fuerte, según la expresión de aquél que miraba detenidamente al Neptuno de la fuente del Prado, y añadía de buena fe enseñándosele á un amigo suyo: Aquí tiene usted á Jonás conforme salió del vientre de la ballena.—¿Hombre, á Jonás?, le replicó el amigo, si éste es Neptuno...—Ó Neptuno, como usted quiera, replicó el cicerone, que en esto de profetas no soy muy fuerte.—El hecho es que la cosa se ha dicho, y haya sido padre de la Iglesia, filósofo ó dios del paganismo, no es menos cierta ni verosímil, ni más digna tampoco de ser averiguada en tiempos en que dice cada cual sus cosas y las ajenas como y cuando puede.

Platón, que era hombre que sabía dónde le apretaba el zapato, si bien no los gastaba, y que sabía asimismo cuánto tenía adelantado para hablar el que no ha hablado nada todavía, había adoptado por sistema enseñar á sus discípulos á callar antes de pasar á enseñarles materias más hondas, y en esa enseñanza invertía cinco años, lo cual prueba evidentemente dos cosas: primera, que Platón estaba, como nuestras universidades, por los estudios largos: segunda, que no es cosa tan fácil como parece enseñar á callar al hombre, el cual nació para hablar, según han creído erróneamente algunos autores mal informados, dejándose deslumbrar sin duda por las apariencias de verosimilitud que le da á esta opinión el don de la palabra, que nos diferencia tan funestamente de los más seres que crió de suyo callados y taciturnos la sabia naturaleza.

De cuanto se pueda callar en cinco años podráse formar una idea aproximada con sólo repasar por la memoria cuánto hemos callado nosotros, mis lectores y yo, en diez años, esto es, en dos cursos completos de Platón que hemos hecho pacíficamente desde el año 23 hasta el 33 inclusive, de feliz recuerdo, en los cuales nos sucedía precisamente lo mismo que en la cátedra de Platón, á saber, que sólo hablaba el maestro, y eso para enseñar á callar á los demás, y perdónenos el filósofo griego la comparación. Esto con respecto á dar una idea de lo mucho que se puede callar en cinco ó en diez años; ahora bien, con respecto á lo que se puede callar en un solo día, basta para formar una idea leer, si es posible, el Siglo, periódico que no se ofenderá si aseguramos de él que trae cosas que no están escritas; periódico enteramente platónico, pero que no puede haber sacado tanto provecho como honra de su ciencia en el callar.

Confesemos sin embargo que lo que hay que leer es un artículo que no está escrito. Leer palabras y más palabras lo hace cualquiera, y toda la dificultad, si puede cifrarse en alguna cosa, se cifra evidentemente en leer un papel blanco.

Un artículo en blanco es susceptible de las interpretaciones más favorables: un artículo en blanco es un artículo en el sentido de todos los partidos: es cera blanda, á la cual puede darse á voluntad la forma más adaptada al gusto de cada uno. Un artículo en blanco es además picante, porque excita la curiosidad hasta un punto difícil de pintar. ¿Qué dirá? ¿Qué no dirá? En un mundo como éste de ilusión y fantasmagoría, donde no se goza sino en cuanto se espera, es indudable que el hacer esperar es hacer gozar. Las cosas una vez tocadas y poseídas pierden su mérito; desvanécese el prestigio, rómpese el velo con que nuestra imaginación las embellecía, y exclama el hombre desengañado: ¿Es esto lo que anhelaba? Este sistema de hacer gozar haciendo esperar, del cual pudiéramos citar en el día algún sectario famoso, es evidente, y por él nunca podrá entrar en competencia con un artículo en blanco un artículo en negro. Éste ya sabemos lo que puede querer decir, aunque no sea más que haciendo deducciones del color.

De esta facilidad con que puede leerse un artículo en blanco se deduce un principio que desgraciadamente ha sido fin para El Siglo; á saber, que se pueden comparar con las cosas escritas en tinta simpática y con esas pantallas elegantes que toman más ó menos color según se acercan más ó menos á la lumbre; leídos en un gabinete ministerial naturalmente resguardado de toda intemperie, y en que suele estar alto el termómetro, toman un calorcito subido que ofende la vista; y leídos al aire libre se revisten de una tinta suave que da gozo á la multitud. Pero siempre hacen fortuna, porque en el primer caso, y cuando dan con un lector amigo del silencio, suelen dar por gusto al periodista, y en tal caso se da un privilegio exclusivo al autor de un artículo en blanco, para que puedan también quedar en blanco los números sucesivos.

Bien conocerá el lector, aun sin haber leído El Siglo, como probablemente no le habrá leído por aficionado que sea á leer, que no es mi intención defender ni acriminar los artículos en blanco, ni mucho menos á los gobiernos, que temo á Dios gracias.

Es únicamente mi objeto apuntar unas cuantas ideas acerca de la teoría de los artículos en blanco, género nuevo en nuestro país, y para el cual debió decir Malherbe aquellos versos:

Et rose elle a vécu ce que vivent les roses,
L'espace d'un matin.

Quod scripsi scripsi, dijo un antiguo y famoso magistrado. He aquí otra de las ventajas de un artículo en blanco; y si hay quien culpe todavía de poco carácter á la Revista, desafiamos por esta vez al Siglo á que tenga más que nosotros. No dirá por esta vez quod scripsi scripsi. En tiempo en que es tan de primera necesidad no contradecirse nunca, he aquí otra ventaja de los escritores en blanco. Ni se crea que es fácil tampoco sobresalir en este género: yo confieso en verdad que si es cierto aquello de que principio quieren las cosas, al ponerme á escribir un artículo en blanco, no sabría por dónde empezar, y en cuanto á lo de prohibirlos, confieso que me había de ver más apurado todavía.

El Siglo es más grande que los hombres; he aquí una verdad que ha echado por tierra el tiempo. Nosotros en realidad, al condolernos sinceramente de la suerte de nuestro colega, inferimos: ó es el siglo más chico de lo que habíamos pensado, ó no es este siglo que alcanzamos el que habíamos menester.

Inferimos que no está bastante ilustrado el país para leer artículos en blanco, y que es más acertado meter las cosas con cuchara, como lo entiende el Boletín: adoptamos el agüero que nos ofrece nuestro silencioso cofrade. Á catorce Siglos nos ha dejado este periódico; es decir, en la edad media; confesemos francamente que no podemos pasar de aquí, y quedémonos en blanco en hora buena. Muchos son efectivamente los puntos que ha dejado en blanco nuestro buen Siglo en punto á amnistía, en punto á política interior, en punto á honor y patriotismo de no sé qué hazaña, y en punto, en fin, á Cortés; pero más creemos que hubieran sido aún los puntos en blanco, si conforme era el 14 el siglo, hubiera sido el 19. Y por último, deducimos de todo lo dicho y de la muerte que alcanza á nuestro buen Siglo, á pesar de toda su ilustración y grandeza, que el siglo es chico como son los hombres, y que en tiempos como éstos los hombres prudentes no deben hablar, ni mucho menos callar.

NOTAS:

[1] Antes de ayer apareció en esta corte el número 14 del periódico El Siglo con varios artículos en blanco, cuyos epígrafes eran: De la amnistía; Política interior; carta de don Miguel y don Manuel María Hazaña en defensa de su honor y patriotismo; sobre Cortés, y canción á la muerte de don Joaquín de Pablo Chapalangarra. Posteriormente hemos sabido que se ha suprimido la publicación de este periódico.

VENTAJAS
DE LAS COSAS Á MEDIO HACER

Suele decirse que nadie tiene más edad que la que representa, y ésta es una de las muchas mentiras que corren acreditadas y recibidas en el mundo con cierto agradable barniz de verdad, y que entran en el círculo de todo aquello que sin ser vero, es sin embargo ben trovato. Si una mentira pudiese probar algo, ésta probaría una verdad, á saber, que no hay nada positivo, que no hay nada tal cual es, sino tal cual parece. Por el mismo estilo podría decirse que ciertos pueblos no envejecen, porque para envejecer es preciso vivir. He aquí la razón por qué siempre que yo me paro á mirar con reflexión nuestra España (que Dios guarde de sí misma sobre todo) suelo dirigirle mentalmente aquel cumplimiento tan usual entre gentes que se ven de tarde en tarde: «¡Hombre, por usted no pasan días!» Por nuestra patria efectivamente no pasan días; bien es verdad que por ella no pasa nada: ella es por el contrario la que suele pasar por todo. Así es que después de sus años mil, vésela de temporada en temporada aparecer joven y rozagante, como quien empieza á vivir de nuevo. Si la hubiésemos de comparar con algo, la compararíamos con esas viejas verdes que unos días se tiñen las canas y otros no; ó con esos seres que pasan el invierno entre dos piedras en una aparente muerte, y que necesitan todo el sol del mes de julio para empezar á rebullirse; ó con la comparsa del célebre Robinson, silbado años pasados en esta corte, que andaba dos pasos adelante y uno atrás; ó con la casta Penélope, que deshacía de noche la tela que tramaba por el día; ó con los galos en fin, de los cuales se dice que tienen mil vidas; si bien con una notable diferencia: éstos siempre caen de pie, y de la España no nos atreveríamos á decir claramente cómo cae siempre. En una palabra, se la puede comparar con todo y exactamente con nada.

No es esto que queramos hablar mal de España: mala ocasión escogeríamos, sobre todo cuando está casualmente en el día en que se tiñe las canas, en que se despereza y se rebulle, en que da el paso adelante, en que teje la tela, y en que se levanta renqueando de la última caída. Dios nos libre de semejante intención como de un manifiesto; nuestro objeto es retratarla, y aun hacerla favor si cabe. Es el mal que se escapa á la observación como el agua á la presión: piensa usted cogerlo por un lado, deslízase por otro; como esos calidoscopios fantasmagóricos que á cada movimiento presentan una figura distinta á la vista divertida; así nuestra patria ofrece unas veces encima unos colores y otras veces otros.

El año 8, según decía su gobierno, no podía ser feliz sino bajo la ilustrada dominación del dispensador supremo de la dicha de los pueblos. Poco después, toda su bienandanza debía consistir en manejarse por sí sola, rechazando la citada ilustrada dominación. El año 14 era indudable que sólo su legítimo rey y su legítima libertad la podían conducir á la dicha estable y duradera. Á mitades del mismo año pendía su salvación de su legítimo rey, pero sin auxilio ya de la tal libertad, ni maldita la ayuda de vecino. Hecha ya la casa, abajo los andamios. Hasta el año 19 inclusive, el orden y la paz, la gloria y la ventura sólo podían apoyarse en la santa inquisición. El año 20 ya se averiguó que aquella dicha de que había gozado por tan santo medio no era la verdadera; la verdadera era la que iba á tener, fundada en la igualdad y en la libertad: entonces se supo á ciencia cierta que iba á ser venturosa. El año 23 sin embargo se vió felizmente restituida á la felicidad verdadera; entonces sólo podía esperarla de aquellos mismos franceses, los únicos que el año de 8 podían hacerla feliz, y que el año 9 sólo podían hacerla desgraciada. En aquel año 23 recibió, pues, su verdadera dicha del absolutismo, único gobierno capaz de llevar á un pueblo á su esplendor con mano fuerte: entonces abrió los ojos por cuarta vez, y vió palpablemente cómo había de ser feliz. Y por fin, el año 34, abre los ojos por quinta vez, y se convence de una manera irrecusable, como siempre, de que su felicidad sólo puede depender de la representación nacional, y de que un gobierno absoluto no es la piedra filosofal. Escarmentada como siempre de sus pasados errores, ya no volverá á caer en el lazo que la tienden los malévolos y los ilusos, y todos esos bribonazos que andan siempre engañando y extraviando pueblos; en el año 34 se convence definitivamente de que la verdadera felicidad es la de ahora; todas las demás han sido felicidades de poco momento. Confesemos que esta su convicción de ahora es la más fuerte, aunque no sea más que por haber estado ya otras veces convencida de lo mismo.

Hay quien cree que la felicidad es una de las muchas mentiras ben trovatas, como llevamos dicho, para nuestro consuelo: ya nos guardaremos nosotros de creer esto: y si en ninguna parte la vemos más que escrita, no será sin duda porque no exista, sino porque no se ha sabido dar con ella hasta la presente. Siempre resulta de lo dicho que por la España no pasan días: nuestra patria es siempre la misma; siempre jugando á la gallina ciega con su felicidad: empeñada en atraparla, por el estilo de aquel loco, maniático por atraparse con la mano izquierda el dedo pulgar de la misma mano que tenía cogido con la derecha; y siempre más convencido la última vez que todas las anteriores.

Intrincado y oscuro laberinto le parecería á cualquiera nuestra felicidad. Habrá quien diga que de no haber hecho nunca las cosas claras y terminantes le viene el mal de haberse de contradecir... Pero réstanos saber si es un mal el contradecirse; esto no está averiguado: decir siempre la verdad nos obligaría á decir siempre una misma cosa; esto sobre ser una pesadez insufrible nos conduciría á decirlo todo de una vez. ¿Y después? No diríamos nada. Figúrese el lector qué vacío en una larga existencia. Decimos por el contrario una cosa hoy y otra mañana, ¡Figúrese el lector qué variedad! Hay tela cortada para toda la vida. Igual consecuencia sacamos respecto á hacer las cosas claras y terminantes. Nosotros estamos por las cosas oscuras: hablamos seriamente. En primer lugar nadie nos negará una inmensa ventaja que sobre las cosas claras llevan las oscuras, á saber, que éstas se pueden aclarar. Hágalo usted todo de una vez; el día 1.º del año por ejemplo. ¿Y los 364 restantes qué hace usted? Holgar. Dios nos libre: la ociosidad es madre de todos los vicios. Si éste es de todos los males el peor, vale más hacer mal y deshacer bien, que no hacer nada.

Para concluir, figurémonos por un momento que lo que vamos á hacer el año 34, porque yo creo que vamos á hacer algo, lo hubiéramos hecho de primeras el año 9, ó el 14, ó el 20. ¿Qué haríamos el 34? ¿Ser felices? ¡Brava ocupación! Hubiéramos vivido de entonces acá, hubiéramos envejecido en esta felicidad que vamos á atrapar precisamente ahora; en una palabra hubieran pasado los días y las cosas por nosotros, en vez de pasar nosotros por los días y las cosas, y no estaríamos, como estamos, en los principios. ¡Espantosa perspectiva! Más sabios, por el contrario, nosotros dejamos siempre algo que hacer, algo oscuro que aclarar para mañana. ¡Ay de aquel día en que no haya nada que hacer, en que no haya nada que aclarar!