IV
La historia de Méjico es abundante en ínclitos varones; pero el que más descuella, el que más ha de crecer con las edades elevándose cada vez á más encumbrada altura es Juárez, ya que fué tal vez el único en su generación que no dudó un instante del porvenir de Méjico. Inquebrantable en su fe, venció y deshizo la coalición europea con su noble y patriótica constancia.
Nació don Benito Juárez en las cercanías de Oajaca en 1809, siendo hijo de padres indios de humilde posición.
Protegido en su niñez por un fraile franciscano, pudo seguir la carrera de Derecho.
No tomó parte en la política hasta 1856, fecha en que fué elegido gobernador de Oajaca.
Desde entonces figuró bastante en las contiendas civiles, pero no con la notoriedad y el lucimiento que le reservaba el porvenir.
En 1861 fué elegido por sus conciudadanos presidente de la República.
Las luchas de los partidos y la penuria del Erario, dando ocasión á reclamaciones repetidas de varias potencias extranjeras, motivaron una intervención armada de España, Francia é Inglaterra.
Comprendiendo Juárez el peligro que corrían la libertad y la patria si permitía la permanencia de los intervencionistas; conociendo además la justicia de algunas de las reclamaciones, firmó el convenio de la Soledad comprometiéndose al total pago de las reclamaciones por perjuicios inferidos á los extranjeros.
El general Prim se dió por satisfecho; y sólo aguardaba órdenes de su gobierno para retirarse con sus tropas españolas, cuando supo que los franceses exigían además garantías de orden político para lo venidero.
¡Y qué garantías!
Pensaban nada menos que destruír la República, establecer el imperio é imponer á Méjico un emperador austriaco.
Entonces Prim se reembarcó bajo su responsabilidad, haciendo otro tanto los ingleses, y denunciando al mundo la doblez y la perfidia de Napoleón III.
Los gabinetes de Madrid y Londres aprobaron después la conducta de los generales.
Los franceses, una vez solos, rompieron el tratado de la Soledad y manifestaron su propósito de derrocar la República.
Tan preconcebido era su plan, que ya tenían dispuesto el príncipe extranjero que había de ser elevado el trono de Motezuma: era Maximiliano de Austria, hermano segundo del emperador Francisco José.
El nuevo imperio había de establecerse bajo la inmediata protección de Francia.
Méjico se encontraba á la sazón con su tesoro exhausto, con los enemigos en su suelo y con la desconfianza en los espíritus.
Hijos espúreos de la patria se unían á los franceses invasores, no vacilando en sacrificar la independencia con tal de destruír las reformas democráticas y las instituciones liberales.
Tal era la postración del país, que sólo podía salvarlo una política enérgica, una política heroica.
Juárez no se sintió desalentado ante una situación tan angustiosa.
Elevándose á la altura de unas circunstancias tan excepcionales y tan críticas, hizo un llamamiento á los Estados que acudieron con fuerzas y recursos.
Los franceses, para impedir que los mejicanos organizaron su improvisado ejército, se internaron con las escasas fuerzas de que disponían.
El 5 de mayo de 1862 fueron batidos por los mejicanos en las llanuras de Puebla, viéndose obligados á retirarse con grandes pérdidas á Veracruz.
Allí esperaron refuerzos, y cuando los recibieron en suficiente número marcharon otra vez al interior, ocupando Puebla un año después de su primera derrota.
Desde entonces la resistencia se hizo difícil. Juárez, no obstante, al frente del gobierno nacional, disputó el terreno palmo á palmo al emperador intruso, á los traidores que le secundaban y á los mercenarios extranjeros.
Hubo momentos en que la causa de Méjico se creyó perdida. Las tropas de Juárez, mermadas por la deserción y por la muerte, no se apartaban ya de la frontera norte americana. Pero el ínclito Juárez no abandonaba la bandera que le había confiado la nación, y todos los patriotas de América y del mundo tenían fijos en él los ojos y la esperanza.
Aquel hombre esforzado, sin tropas, sin dinero, sin auxilios de ninguna clase, continuó siendo el alma de la resistencia.
Inútil es relatar las peripecias militares y políticas de una campaña tan larga y tan gloriosa; pero sí diremos que á la perseverancia de don Benito Juárez se debió principalísimamente la victoria final y decisiva.
El emperador Maximiliano fué fusilado en Querétaro en 1867, quedando entonces restablecida de hecho la República.
Juárez fué confirmado en la presidencia, no pudiendo llevar á término todas las grandes reformas que meditaba, porque murió en 1872 con gran sentimiento del país.
Ocupa Juárez un lugar eminente en la historia de la Humanidad. Patriota ilustre, poseyó acrisolada honradez, talento superior y verdadero carácter. Si no fué un genio político, tuvo en cambio dotes apreciables, sin las cuales el genio le habría servido de poco. Su tesón es legendario; su fe sin límites salvó la independencia de Méjico en los trances más críticos, en la hora más terrible de su movida historia.
Se le llama con justicia Libertador de Méjico.
El mejor elogio que puede hacerse de este patricio ilustre, es decir que habiendo gobernado mucho tiempo murió pobre.
Y ya que hemos anatematizado á los traidores que pelearon al servicio de los extranjeros, no terminaremos sin tributar un aplauso á todos los valientes que combatieron por Méjico y secundaron en su noble empresa á don Benito Juárez.