ROSAS
El tirano de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas nació en la capital de la nación argentina, en 1793. Descendía de una familia española rica en pretensiones, á la cual perteneció también el capitán general y presidente de Chile Ortiz de Rosas, conde de Poblaciones. Esta familia existe aún en España.
El abuelo del tirano Rosas murió en la Pampa, en una expedición contra los indios. Casi todos sus parientes fueron partidarios de los españoles y regresaron á España cuando se emanciparon las colonias de América. El futuro déspota fué el único de los Rosas que se quedó en el Plata.
Dedicado desde niño á las faenas del campo, adquirió la brusquedad de maneras que suele distinguir á los rurales. Sus hábitos eran duros y sus instintos salvajes, como formados en las haciendas rústicas del interior y en una lucha constante con los indios. Puede decirse que en su juventud no cultivó más trato que el de los gauchos ni fué amigo sino de los caballos.
Á su trabajo, á su constancia y á su economía, debió la adquisición de una modesta fortuna. Esta fortuna, sus antecedentes de familia y su carácter enérgico, le valieron la confianza de los gobiernos argentinos empezando por el de Rivadavia. Obtuvo por eso el mando de las milicias rurales, y en tiempo del coronel Dorrego se le nombró comandante general de las pampas argentinas.
Escaso de instrucción, no es probable que fuera un federal convencido; pero estaba agradecido á Dorrego, que era jefe del partido federal, y supo demostrarle su agradecimiento.
Cuando Dorrego fué vencido por la insurrección militar del 1.º de diciembre de 1827 y fusilado por el general Lavalle, que era el campeón unitario, Rosas protestó en el acto poniéndose á la cabeza de sus milicias y proclamando la restauración de las leyes, la autoridad legítima y la rehabilitación de la memoria de Dorrego.
Sostuvo la guerra contra el general Lavalle hasta que le derrocó, siendo entonces elegido gobernador de Buenos Aires. Rosas gobernó tres años la provincia, y después que fué sustituído conservó el mando general de las milicias del campo, destinadas á operar contra los indios ó á defender las haciendas de sus incursiones.
Entre tanto proseguía la lucha de los federales con los unitarios y continuaban también los motines, asonadas y revoluciones. La provincia de Buenos Aires, entregada á la anarquía, volvió á confiar su gobierno al general Rosas.
Éste creyó que la anarquía se refrenaba con el despotismo, se hizo investir con los poderes de una dictadura y llegó á ser un verdadero tirano. Cada vez que expiraban sus poderes resignaba el mando; pero siempre lo reelegían para supremo jefe y dictador. Cuentan las crónicas que si algún representante, creyendo de buena fe en la renuncia de Rosas, daba su voto para gobernante á otro que no fuera él, amanecía á la mañana siguiente asesinado. Diez y siete años seguidos duró la farsa de sus reelecciones, desde 1835. Esa época es la más triste en la agitada historia de Buenos Aires, pues Rosas y los suyos no perdonaban medio de perseguir á los unitarios, siendo incalculable el número de los que fueron ahorcados, fusilados ó pasados á cuchillo por los sicarios viles del tirano. Su misma casa era un centro de odiosa tiranía, donde no había más voluntad que la suya y donde se castigaba rigurosamente la más mínima infracción.
Las personas decentes, los hombres dignos, los patriotas desinteresados tuvieron que emigrar á Montevideo, al Brasil, á Europa, á Chile, al Perú, ¡y dichosos los que lo lograron! Los mismos federales no podían soportar el espectáculo de un pueblo fanatizado por el dictador y gritando continuamente:
«¡Viva el restaurador de las leyes don Juan Manuel de Rosas!... ¡Mueran los inmundos unitarios!»
Lo peor no era el grito casi oficial de muera, sino que la muerte á mano airada, con ventaja, con alevosía, con ensañamiento y con impunidad, seguía de cerca á las voces y á las amenazas.
Una revolución, triunfante en Monte Caceros, derribó por fin á Rosas en el mes de febrero de 1852. El dictador tuvo que refugiarse á bordo de un barco inglés, que le condujo á Southampton. La constitucional Inglaterra, que tanto había clamando contra la vituperable y antisocial política del déspota platense, no le negó el albergue que ha ofrecido siempre generosa á los vencidos que se acogen á su hospitalidad.
Rosas no se movió de Southampton hasta su muerte, ocurrida en estos últimos años. Jamás conspiró por recobrar el poder ni escribió una palabra en su defensa; pero no le han faltado leales y desinteresados defensores.