FÁBULA II.
LOS COMPAÑEROS DE CADMO DEVORADOS POR UN DRAGON.
Habia en las inmediaciones de aquel sitio una antigua selva no tocada del hierro, y en medio de ella una cueva cercada de zarzas y mimbres muy espesos, cuya entrada formaba un humilde arco de piedra, pero muy abundante de agua. Habitaba en medio de estas ondas el dragon de Marte, monstruo horrible, cuya cabeza cubierta de escamas amarillas brillaba como el oro: centelleaban sus inflamados ojos: su cuerpo parecia estar hinchado de veneno: tenia en la boca tres órdenes de dientes en extremo agudos, y tres lenguas, que meneaba con una rapidez increible.
Entráron los compañeros de Cadmo en aquella triste mansion, y metiéron las vasijas en el agua: despierta con el ruido el cerúleo dragon, y sacando la cabeza de la cueva, da grandes y horribles silbidos. Dexan caer los cántaros de las manos, hiélaseles la sangre, y un temor repentino ocupa sus yertos miembros. El dragon se torcia y enroscaba con flexibles nudos, y con los saltos que daba se encorvaba á modo de un arco, y lanzando al ayre la mitad de su cuerpo, registraba el bosque por todas partes. Su cuerpo era de tanta magnitud, quanta, si se echan bien las cuentas, ocupa el dragon que hay entre las dos Osas.[183] Se arroja sin detenerse sobre los desgraciados Fenicios, que ó ya se le preparaban á la defensa ó á la fuga, si bien el miedo de que estaban poseidos no les dexaba hacer ni lo uno ni lo otro: á estos despedaza á bocados, á aquellos con los golpes de su cola, y á otros quita la vida empozoñándoles con su veneno, sin que pudiese escapar ninguno. Poca sombra hacia ya el sol,[184] quando Cadmo, maravillado de la tardanza de sus compañeros, va á buscarlos siguiendo sus huellas. Se arma de una piel de leon, lanza y dardo, que eran sus armas ordinarias; pero lleva consigo su valor, superior á toda arma. Entró en el bosque, y luego que vió aquel espantoso dragon sobre los cuerpos de sus fieles compañeros lamiendo su sangre y heridas: „Cadáveres de mis amigos, les dice, ó yo os he de vengar, ó he de morir aquí con vosotros.” Apénas dixo esto, quando toma una gran piedra, y la arroja con tanta impetuosidad sobre el monstruo, que bastára á derribar las murallas y torres mas fuertes; pero quedó sin herida la serpiente, que defendida con las escamas, como con una cota de malla, y de la dureza de la piel, rechazaba con ella los golpes mas fuertes; mas no pudo su dureza resistir el dardo que le clavó en el espinazo, y que penetró hasta las entrañas. Embravecido el Dragon con el dolor, retuerce la cerviz sobre su espalda, mira la herida, muerde de rabia la lanza que tenia clavada, y se esfuerza á arrancarla; pero solo saca una parte, y el hierro queda en su cuerpo. La reciente herida aumentaba mas su saña natural; las venas de su garganta se hinchan con el veneno que corre en abundancia por ellas; sale de su emponzoñada boca una espuma blanquecina; resuena la tierra con el ruido de sus escamas, y se inficiona el ayre con el aliento que exhalaba. Ya se enrosca con mil vueltas y revueltas: ya extendiéndose se pone mas derecho que una viga; y ya como un rio, engrosado con los continuos aguaceros, cae con impetuosidad derribando los árboles que encuentra. Descansa Cadmo por un rato, sostiene sus ataques con la piel del leon, é impide se le acerque, presentándole la punta de su lanza. Este movimiento redobla la rabia del monstruo; emplea en vano sus crueles mordeduras sobre el hierro, y clava su boca en la punta: inmediatamente empieza á salirle una sangre venenosa que tiñe la tierra; pero aun era muy ligera la herida, pues retirándose y revolviéndose de diversos modos, impedia que le penetrase mas la lanza que tenia clavada en su boca; pero Cadmo, estrechándole cada vez mas, le sigue con mucho valor, hasta que detenido el monstruo por una gruesa encina, fué su fuerza tanta, que le cosió la cerviz en el árbol: encorvóse este, y sintió su tronco ser mil veces azotado con la punta de la cola. Consideraba el héroe la corpulencia enorme de la serpiente que acababa de vencer, quando oye una voz, y sin saber de donde, que le decia: „Hijo de Agenor ¿por qué contemplas así esa serpiente? Pronto te verán baxo la misma figura.” Quedó espantado por algun tiempo; pierde el color y voz, y sus cabellos se erizan. Pero su protectora Palas desciende repentinamente del Olimpo á consolarle, y le manda sembrar los dientes del dragon, asegurándole que naceria de ellos un nuevo pueblo. La obedece Cadmo; descubre el surco con el arado, y esparce en la tierra los dientes, como se le habia mandado, y que eran semillas de hombres. Algun tiempo despues (parece cosa increible) los terrones empiezan á moverse, y aparecen primero sobre la tierra puntas de lanzas, despues almetes adornados de plumas, y seguidamente las espaldas, los pechos y brazos armados de aquellos nuevos hombres: en fin, vió crecer insensiblemente esta extraña cosecha de combatientes. Del mismo modo van saliendo las figuras de una decoracion, que se desplega en un teatro; pues al principio aparecen las cabezas, despues el resto del cuerpo, y por último los pies que tocan en tierra. Espantado Cadmo á la vista de los nuevos enemigos, toma sus armas para defenderse; pero uno de aquellos nuevamente nacidos, sosiégate le dice, y no tomes partido en una guerra civil. Al acabar de oirse estas palabras, atraviesa con una espada á uno de sus hermanos: y él mismo es herido y muerto por un dardo que otro le tira; pero el que le mató no le sobrevivió mucho tiempo; perdió luego una vida que acababa de recibir. Un furor igual empezó entónces á animar toda la tropa, y los desgraciados hermanos se mataron unos á otros, manchando con su sangre la tierra que los habia formado: solo cinco de ellos quedáron con vida. El uno, que decian Equion, dexó las armas por mandado de Palas, y metió paz entre sus hermanos, prometiéndose una mutua fidelidad; y Cadmo los tuvo por compañeros en la construccion de la ciudad, que el oráculo de Apolo le habia mandado fabricar.
Estaba ya edificada la ciudad de Tebas: tu destierro, Cadmo, era el orígen de tu felicidad: tenias por suegros á Marte y Vénus: y ademas de un enlace tan ilustre, tu esposa te habia dado muchos hijos é hijas; y á tu vista florecian tus nietos, todos muy amadas prendas; pero es preciso esperar el último dia de la vida del hombre para juzgar de su felicidad; porque hasta el fin nadie es dichoso.
(41) Bañándose Diana con sus Ninfas la ve
Acteon á quien transforma en Ciervo.