FÁBULA XI.
DEUCALION Y PIRRA.
Restituido á su ser antiguo el universo, libre ya de la inundacion, vió Deucalion la tierra enteramente desierta, y que se hallaba en un profundo silencio. Entónces afligido, y derramando muchas lágrimas, habló á Pirra en estos términos. „¡Ó hermana! ¡Ó amada esposa! ¡Ó muger la única que ha sido preservada de la desgracia de las demas, con quien la naturaleza, el deudo de primos, el lecho conyugal, y ahora unos mismos peligros me enlazan! nosotros dos somos los que quedamos ilesos de tanta multitud de hombres como habia de Oriente á Occidente: de todas las demas cosas es dueño el mar; pero ni aun ahora está segura nuestra vida: aun ahora abaten mi ánimo las nubes. Di, muger digna de compasion, ¿cómo se hallaria tu espíritu, si por decreto de los hados hubieras sido sola libre de la inundacion sin mi compañía? ¿Cómo podrias tolerar sola esta pena? ¿Quién te consolaria en tu desgracia? Porque yo te aseguro, querida esposa, que si las aguas te hubieran arrebatado, no podria sobrevivir á tu pérdida, y las mismas olas me servirian de sepulcro. ¡Oxalá que yo poseyera el secreto de mi padre Prometeo, para poder renovar el género humano, animando, como él lo hizo, un poco de barro! ¡Solo á nosotros dos ha quedado reducido el universo! Así lo quisiéron los Dioses, y nosotros solos somos los exemplares de los demas hombres.”
Habia dicho esto Deucalion, y seguian entrambos derramando lágrimas: resolviéronse á implorar el socorro del cielo, y á consultar los oráculos, y nada les detiene. Baxan á las orillas del Céfiso,[47] cuyas aguas, aunque turbias aun, tenian sus conocidas márgenes. Despues que se purificáron, derramando sobre sus cabezas y vestidos agua de este rio,[48] se dirigen al templo; se postráron en tierra, y llenos de temor besáron aquella yerta piedra, y dixéron estas palabras: „Si las Deidades se aplacan con justos ruegos, si los Dioses deponen su ira, te suplicamos Temis,[49] que nos digas de qué modo, ó con qué industria se podrá reparar el daño del género humano: concede generosa tu proteccion al universo sumergido.” Se movió á compasion la Diosa, la qual le responde en estos términos: „Salid del templo, cubrios la cabeza, desplegad vuestras vestiduras, y caminad esparciendo tras las espaldas los huesos de vuestra gran madre.” Admirados de lo que acababan de oir, guardáron un profundo silencio por algun tiempo, el que rompió Pirra la primera diciendo: „Que no debia cumplirse la órden de la Diosa; y con voz temerosa pide que la perdone, y teme turbar el alma de su madre, arrojando de aquel modo sus huesos.” Entre tanto meditan entre sí las palabras del obscuro enigma, que envolvia la respuesta dada, y procuran descubrir su verdadero sentido. Por último Deucalion consuela á Pirra con estas agradables palabras: „Ó yo me engaño, la dice, ó el oráculo de la Diosa está lleno de piedad, y ninguna maldad persuade. La gran madre es la tierra; y juzgo que las piedras son en ella los huesos de su cuerpo, y estos los que se nos mandan arrojar tras las espaldas.” Aunque este discurso inclinó á creerlo al espíritu de Pirra, quedó no obstante dudosa: ¡tan desesperanzados estaban el uno y el otro de los mandatos celestiales! ¿Pero qué daño puede originarse en hacer la experiencia? Con efecto, apartándose del templo, cubren sus cabezas, desplegan sus vestiduras, y arrojan detras de sus huellas las piedras, como Temis lo habia ordenado. Estas[50] (¿quién lo creeria, á no autorizarlo la antigüedad?) empezáron á ablandarse poco á poco, depuesta su natural dureza y rigor, y á tomar una nueva disposicion. Despues que se fuéron aumentando, y se les introduxo una forma mas suave, observóse, aunque confusamente, cierta semejanza de hombres; pero como si se fueran formando de mármol, y muy parecidas á unas toscas estatuas. Sin embargo, las partes humedecidas con algun xugo, y que tenian mas de tierra, se convirtiéron en carne; las mas duras en huesos, y las venas permaneciéron con el mismo nombre. De este modo en poco tiempo, por voluntad de los Dioses, las piedras que arrojó Deucalion tomáron la forma de hombres, y las mugeres se reparáron con las que arrojó Pirra. De aquí proviene la dureza del hombre, y el aguante que tiene en el trabajo, y en esto demostramos el orígen de que nacimos.
La tierra produxo de suyo á las demas especies de animales, despues que los rayos del sol calentáron el humor primero; y se entumeciéron el lodo y las húmedas lagunas con el calor: creciéron tambien las semillas de las cosas criadas formadas de la criadora tierra, como en el vientre de la madre, y con el tiempo empezáron á tener alguna forma. De este modo luego que el Nilo, dexando los húmedos campos, volvió sus corrientes á sus antiguas márgenes, y el sol calentó el cieno reciente, halláron los labradores muchos animales envueltos en los terrones, y entre ellos notáron unas cosas como empezadas al tiempo mismo que nacian, otras imperfectas y defectuosas en sus partes, y muchas veces se advertia que un mismo cuerpo era en parte viviente, y en parte una porcion de tierra crasa.