FÁBULA IV.

CIPARISO TRANSFORMADO EN CIPRÉS.

Entre toda la multitud de árboles que acudieron al son de la lira de Orfeo, vino tambien el ciprés, émulo de las pirámides, el cual, aunque ahora es árbol, fue antes un muchacho querido de aquel Dios que con las cuerdas arma y maneja la cítara y el arco.[153] El caso de su transformacion fue el siguiente: Habia un corpulento ciervo dedicado á las Ninfas de los campos de Cartea, el cual tenia unas astas de tal elevacion y anchura, que le servian de sombrage á su cabeza: las astas resplandecian con el oro, y de su delgado cuello iba pendiente hasta los brazuelos un collar de piedras preciosas. Un medallon de plata colgaba sobre su frente sujeto con unos pequeños lazos de cuero, y de sus orejas pendian tambien sobre las sienes dos arracadas del mismo metal. Este ciervo domesticado, y acostumbrado á no conocer el miedo, solia entrar en las casas, y presentar su cuello aun á las manos desconocidas para que lo halagasen; pero no obstante á nadie le agradaba tanto como á tí, Cipariso, jóven el mas hermoso de toda la isla de Cos.[154] Tú cuidabas de llevarlo á los pastos mas abundantes y á las fuentes mas cristalinas. Unas veces entretejias sus astas con variedad de flores, otras, acomodándote en su espalda, ibas con él de una á otra parte, enfrenándole con un cabestro de color de púrpura.

Un dia de estío á la hora del mayor calor se echó el ciervo sobre la yerba, viéndose muy fatigado, para tomar un poco el fresco á la sombra de los árboles. El muchacho Cipariso, sin saber lo que se hacia, le atravesó con una aguda flecha, y viéndole espirar de aquella cruel herida, quedó sobrecogido de tal tristeza y desesperacion, que resolvió darse á sí mismo la muerte. ¿Qué de cosas no le dijo Febo para consolarle? Le amonesta que no se abandone á tanto sentimiento por una cosa de tan poca consideracion; pero él seguia entregado á sus gemidos y sentimiento, pidiendo á los Dioses que por último don le concediesen que jamas interrumpiese sus lágrimas. Á puro llorar vino á derramar su sangre por los ojos, y sus miembros empezaron á tomar un color verde, á transformarse en erizada melena aquellos hermosos cabellos que poco há pendian de su nevada frente; y endureciéndose poco á poco, se elevó mirando rectamente al cielo, angostándose la copa hasta rematar en punta. Fue muy sensible á Apolo esta transformacion de que habia sido testigo, y suspirando: „Yo lloraré tu pérdida, le dijo, Cipariso; tu llorarás la de otros, y asistirás siempre á los lúgubres llantos.”[155]