FÁBULA V.

NAUFRAGIO DE CEIX.

Perturbado Ceix con las calamidades de su hermano y las que siguieron á estas, dispone ir á consultar al oráculo de Apolo, que existia en la ciudad de Claros, porque el bandido Forbas,[216] unido con los Phlegios, tenia interceptados los caminos del templo de Delfos. Comunicó anticipadamente esta su resolucion Ceix á su querida muger, que al oirla se quedó helada, y su semblante pálido á la manera del box, corriéndole las lágrimas por las mejillas. Tres veces procuró hablar, y tres veces se lo impidió el llanto y los sollozos, que interrumpian sus amantes quejas.

(117) Ceix, que va á consultar el oráculo
de Apolo, se despide de Alcione.

„¿Qué culpa, decia, he cometido yo, carísimo esposo mio, que asi ha trocado tu cariño? ¿Donde está aquel cuidado y desvelo que solias tener por mí? Ya no te es dificil el ausentarte y dejar á tu Alcione.[217] Ya te agrada el hacer un largo viage; y ya quieres mas bien tenerme ausente que en tu compañía. Si tu viage lo hicieras por tierra, solo me causaria pena y dolor, pero no sobresalto. Los mares me amedrentan: solo el pensar en él me causa horror. Poco há que he visto sobre la playa los tristes fragmentos de un naufragio; y muchas veces he leido los epitafios[218] de los túmulos que no ocultaban los cadáveres. No te dejes llevar de la falaz confianza de que tienes por suegro á Eolo, que egerce su imperio sobre los vientos, reprimiendo su impetuosidad en una cárcel, y cuando le place con esta sujecion queda el mar en calma; porque una vez sueltos se apoderan de todo el Océano; nada hay que se les oponga; toda la tierra y todo el mar quedan á su arbitrio. Tambien agitan las nubes del cielo con fieros torbellinos, y las hacen vibrar los resplandecientes rayos y centellas. Cuanto mas bien los conozco (y los conozco muy bien, porque los ví muchas veces cuando era niña en la casa de mi padre), tanto mas estoy persuadida de que deben ser temidos. Pero si tu resolucion, carísimo esposo, no se puede alterar con mis plegarias, y estás constantemente determinado á hacer este viage, llévame contigo, y correremos ambos una misma suerte: entonces no tendré que temer lo que me vea precisada á sufrir: ambos en union mutua toleraremos lo que sobreviniese, y entrambos en union correremos los riesgos de los extendidos mares.” Con estos ruegos y lágrimas de Alcione se conmovió Ceix, porque no era inferior su cariño hácia su esposa; pero ni se resolvia á mudar de propósito, ni se atrevia á llevar consigo á Alcione, y exponerla á que fuese participante de los peligros. Díjole muchas cosas tiernas que consolasen su tímido corazon; pero no por esto se aquietó Alcione, ni aprobó la causa del viage. En fin para disminuir en lo posible el dolor que iba á causarle esta funesta separacion, añadió este lenitivo, con el cual tranquilizó el espíritu de su muger. „Cualquiera detencion será larga y enfadosa para mí; pero te juro por los brillantes resplandores de mi padre que si el destino no se opone á mi vuelta, me verás antes que la luna por dos veces llene de luz su hermosa faz.”[219] Luego que con estas promesas la aseguró de su pronta vuelta, mandó al punto botar al agua una nave, y equiparla con todas sus jarcias y demas utensilios.

Al momento que la vió aparejada Alcione se llenó de horror, como adivinando lo que habia de suceder; dejó correr algunas lágrimas, le abrazó tiernísimamente, y al tiempo de decirle con voz triste el último á Dios cayó desmayada. Los marineros, aunque Ceix buscaba pretextos para detenerse, aplicaron á sus fuertes pechos las dos órdenes de remos, y con golpes comparados empiezan á remar. Alcione, algo recobrada de su desmayo, levantó sus llorosos ojos, y vió á su marido que estaba de pie en la encorvada popa, y desde ella le hacia señas con la mano, á las que ella correspondia con otras tantas. Cuando ya se habia alejado, y la vista no alcanzaba á distinguirle y conocerle, se contentaba con ver la nave fugitiva, y cuando ya esta no podia distinguirse por la gran distancia, miraba las velas tremoladas del viento en lo alto de los mástiles. Luego que se perdieron de vista de todo punto las velas, se volvió afligida á su aposento, y se echa en la cama, la cual le renueva sus lágrimas, acordándose de lo que faltaba en ella. En tanto se alejaba la nave; y como el viento daba en popa, dejaron de remar, y extendiendo todas las velas, las hinchaban los vientos favorables que soplaban.

Habrian hecho poco menos de la mitad de la travesía, alejados de una y otra playa, cuando á la entrada de la noche empezó el viento á soplar con mas fuerza, y á ponerse el mar blanco con las encrespadas olas.[220] Inmediatamente ordena el piloto que se recojan las velas, y que las aten á las antenas; pero la contraria tempestad impide la egecucion de lo mandado, y el estrépito del mar agitado impedia que las voces llegasen á los oidos. Todos andaban diligentes: unos se apresuran á quitar los remos, otros á cubrir el costado para impedir que el agua entrase, otros á recoger las velas: estos sacan el agua que habia hecho la nave, y la vierten en el mar, aquellos bajan las antenas; pero todo se egecuta con desórden y atropellamiento. Entre tanto se aumenta la deshecha tempestad, y los desenfrenados vientos, soplando á un tiempo de partes contrarias, se enfurecen en una terrible guerra, y agitan las olas, confundiéndolas unas con otras. El mismo piloto se pasma, y confiesa que ni está en sí, ni sabe el estado en que se halla la nave, ni qué mande, ni qué prohiba en tanta confusion y apuro, en el que ya es inútil toda la destreza de su arte. Confúndense, formando el mayor estrépito, los clamores de los marineros, los crujidos de las cuerdas y masteleros, el bramido de las olas que se baten unas con otras, y los espantosos truenos en que las nubes se desgajan. El mar, embravecido por los vientos, levanta sus olas hasta el cielo, y rocía con ellas las nubes: unas veces cuando el agua barre las rojas arenas se vuelve del color de ellas, y otras es mas negra que la de la laguna Estigia: algunas veces se allana y emblanquece con las espumas que suenan, y la nave es juguete de todas estas causas impelentes: ya parece que elevada sobre las olas como montañas mira desde alli á la profundidad de un valle y al mismo Aqueronte; y ya abatida á lo ínfimo por las mismas olas las ve desde la profundidad tocar en el cielo. Azotada por ellas la nave en sus costados, hace un ruido semejante al del ariete cuando derriba los muros de una guarnecida ciudad. Y á la manera que dos fieros leones, tomando fuerza con la carrera, suelen acometer con furor á los venablos que les presentan, asi las olas, confundidas con los vientos que las alteran, atacan la tablazon de la nave, sobre la cual se levantaban. Ya se aflojan y desencajan los clavos, y despegándose la brea, se descubren aberturas, que dan entrada á las ondas que amenazan con la muerte. Las nubes se resuelven en copiosas lluvias, y parecia que sobre el mar caia todo el cielo, ó que aquel entumecido subia á ocupar el asiento de este. Las velas se empapan con la lluvia, y las aguas del mar se mezclan con las del cielo. Ningun astro se ve brillar en él, antes bien por el contrario la oscuridad de la tempestad, junta con la de la noche, aumenta el horror de las tinieblas. Si se ve alguna claridad es la de los relámpagos y rayos, que parecia abrasaban las aguas. Las olas tambien saltan á las corvas junturas de la nave; y como el soldado que se aventaja á todos los demas cuando repetidas veces asalta á los muros de una ciudad defendida, y por último consigue entre mil combatientes trepar á ellos estimulado del deseo de la gloria; del mismo modo, despues que las violentas olas batieron mucho tiempo los altos costados de la nave, los sobrepuja el ímpetu de la ola décima,[221] que es la mayor y mas terrible, y combatiendo á aquella ya quebrantada, no desiste de la empresa hasta apoderarse de ella, y venir á llenar todo el buque, á la manera de la toma de una plaza de armas. No interrumpen las olas el asalto; y habiendo entrado muchas veces en la nave, empiezan todos á temblar, del mismo modo que sucede en una plaza cuando ven que de los enemigos unos toman ya posesion de sus muros desde adentro, despues de haberla los otros batido y minado por de fuera. Desfallece el arte; los ánimos desmayan, y todas las olas que se ven venir se temen como causadoras de otras tantas muertes. De los marineros unos no pueden contener las lágrimas, otros se llenan de estupor, otros llaman felices á los que mueren y son sepultados con fúnebre aparato en tierra,[222] otros hacen promesas á los Dioses, y levantando en vano los brazos, piden socorro al cielo que no ven:[223] acuérdase aquel de su padre y hermanos; este de sus hijos, de su casa y de lo que dejó en ella: Ceix solo se acuerda de Alcione: de su boca no sale otra palabra que Alcione; y siendo ella sola el objeto de su amor, se alegra de que no se halle en su compañía. Querria mirar hácia las playas de su patria, y dirigir hácia su casa las últimas ojeadas; pero no puede discernir en qué sitio se halla por la terrible agitacion del mar, por la oscuridad que causan las negras nubes, por estar cargado de ellas todo el cielo, y por ser por la misma causa dobladamente oscura la noche. La impetuosidad de un llovioso torbellino derriba el mástil, y hace pedazos el timon; y animosa la ola con tales despojos, sobreponiéndose como vencedora, se eleva en forma de arco sobre todas las demas, y cayendo precipitada, no de otro modo que si se lanzasen el monte Atos y el Pindo arrancados de sus estables asientos en medio del mar, con su peso y con su impulso sumerge hasta lo profundo la nave, en la cual se ahogó gran parte de los marineros, quedando solo los pocos que pudieron asirse á las tablas y fragmentos de ella: Ceix, asido á uno con la mano que solia empuñar el cetro, invocaba en vano á Eolo y Lúcifer, su suegro y padre; pero mas frecuentemente repetia cuando nadaba el nombre de su esposa Alcione. De esta sola se acuerda, á esta sola llama, deseando que despues de su muerte las olas llevasen á su presencia su cadaver, y que este fuese enterrado por ella. Cuando asi zozobraba entre las olas, y estas le dejaban respirar, pronunciaba claro el nombre de Alcione, y confusamente y entre dientes cuando le cubrian la cabeza. Mientras estaba en esta disposicion, una encrespada y negra ola, que formaba un grande arco, se rompe, cae á plomo sobre él, y cubriéndole de agua le sumerge.

El Lucífero su padre estuvo aquella noche oscuro y desconocido; porque como no podia bajar del cielo en aquel triste momento, cubrió su rostro con densas nubes. Alcione entre tanto, ignorante de tan calamitosa desgracia de su esposo, estaba contando las noches de su ausencia; y esperando vanamente su vuelta, preparaba los vestidos con que habia de engalanarse cuando volviese, y las joyas con que ella habia de adornarse en aquel suspirado momento. Ofrecia inciensos á todos los Dioses, y principalmente en los templos de Juno, y se postraba ante las aras por su marido que ya no existia, y rogaba por su salud y su vuelta, y porque la prefiriese siempre y no se enamorase de otra; pero de tantos votos y súplicas esta última era sola la que se podia verificar. La Diosa, no queriendo ya que se le rogase mas por la salud de un difunto, ni se ofreciesen por él sacrificios en sus aras, llamó á Iris, y la dijo: „Iris, fidelísima embajadora mia, marcha al punto al palacio del Dios del sueño, y dile de mi parte que envie á Alcione un sueño que la represente la imágen de su marido que ha padecido naufragio, y la haga entender esta verdad.” Apenas dijo esto, Iris, vestida de mil colores, y señalando en el cielo su corvo[224] arco, se encaminó como se lo habia ordenado al palacio del Sueño, que estaba oculto entre unos peñascos.

En el pais de los Cimerios[225] hay una cueva dilatada en la concavidad de una montaña, en donde el perezoso Sueño tiene su palacio y habitacion: jamas penetran en ella los rayos del sol, ni cuando nace, ni cuando está en lo mas alto, ni cuando se pone: la tierra exhala unas densas nieblas mezcladas de oscuridad, y la escasa luz de aquel sitio es como la del crepúsculo: jamas los gallos anuncian alli la vuelta de la Aurora: jamas los perros, guardas fieles de una casa, ni los ánsares, mas sagaces todavía que estos, interrumpen con su ladrar ni graznidos el tranquilo reposo que alli reina. Ni la fiera, ni los ganados, ni las ramas agitadas del viento, ni las voces de los hombres hacen ruido alguno: aquella es propiamente la mansion del mudo silencio. De lo mas bajo del peñasco sale un arroyo, que alguno diria ser el Leteo, cuya corriente, causando un dulce murmullo en las piedrecillas, convida á dormir. Á la puerta de la cueva se crian fecundas adormideras[226] y otras muchas yerbas, de las cuales la noche extrae el jugo soporífero, y lo esparce por el orbe oscuro de la tierra. En toda la casa hay puerta alguna cuyo quicial rechine al abrirla ó cerrarla, ni tampoco hay ningun guarda á su entrada. En medio de ella hay una alta cama, cuya armadura es de ébano, sus colchones de plumas, todo negro como la ropa que la cubria: en ella yacia el Dios del sueño con sus miembros como desfallecidos y desmayados. Al rededor de la cama estaban postrados una multitud de vanos sueños, que saben remedar todo género de figuras, y que son tantos en número como aristas tiene la mies, hojas las selvas, y la playa granos de arena. Al entrar Iris en esta cueva apartó con las manos los sueños que estorbaban su paso, y se acerca á la cama del Dios: iluminóse la estancia con el resplandor de su vestido, que hiriendo los pesados y soñolientos ojos de aquel, se los hizo abrir, aunque con dificultad, y levantar la vista un poco, volviéndose al momento á quedar medio dormido; pero por último despertó algo, y levantando la cabeza, y tocándose el pecho con la trémula barba, y apoyado sobre el hombro izquierdo, le preguntó á Iris (pues desde luego la conoció) cual era la causa de su venida. Ella entonces le dijo: „¡Ó Sueño! que eres el mas agradable de todos los Dioses: ¡ó Sueño! descanso de las fatigas, tranquilidad del ánimo, enemigo del desasosiego, que halagas y reparas para que continúen el trabajo los miembros fatigados con las diarias tareas, dispon que los sueños que remedan á la perfeccion las verdaderas figuras, vayan á Trachinia, y presentándose á Alcione bajo la imágen del Rey Ceix su esposo, le representen su naufragio. Juno es quien lo ordena, y me ha encargado esta diligencia.” Despues que Iris desempeñó el precepto de Juno se retiró, porque no podia tolerar mas la eficacia soporífera ni los vapores soñolientos de aquella casa, y sintiéndose acometida del sueño, se apresuró y volvió por el mismo arco en que poco antes habia venido. Entonces el Dios, de entre la multitud de los sueños que rodeaban su cama, escogió á Morfeo, artífice é imitador de las figuras.[227] Ninguno con mas destreza que él remeda y representa cuando se le manda el modo de andar, la fisonomía, el eco y sonido de la voz, los vestidos y las palabras que son mas usadas del que quiere figurar; pero este sueño solo imita y representa á los hombres; mas el otro, á quien los Dioses llaman Icelo, y los hombres Fobetor, se reviste de la figura de fiera, de ave, de serpiente, y de los demas seres del reino animal. Hay otro de tercera especie, llamado Fantaso, que se transforma en tierra, en peñasco, en agua, en madero, y en cualquiera cosa inanimada. Estos tres sueños solo frecuentan de noche los palacios de los Reyes, de los Grandes y Generales, y representan sus figuras; los demas sirven para la plebe. De estos no hizo caso el Dios anciano, y de aquellos tres hermanos eligió á Morfeo para que desempeñase el encargo y mandato de Juno que le habia intimado Iris, y al punto volvió á dejar caer su cabeza cargada de sueño, y se cubrió con la ropa de la cama.

Morfeo vuela por la oscuridad sin que sus alas hiciesen ruido alguno, y en pocos instantes llegó á Trachinia, y depuestas las alas, tomó la figura de Ceix, y se presentó ante la cama en que dormia Alcione, descolorido como un difunto, sin vestido alguno, y destilando agua su barba y cabellos. Entonces recostándose sobre el lecho, y con lágrimas que le caian por las mejillas dijo de este modo: „¿Conoces á tu Ceix, desgraciada esposa mia? ¿Se ha desfigurado mi rostro con la muerte? Mírame, y me conocerás fácilmente; pero en lugar de tu marido hallarás solo su sombra. Tus votos, ó Alcione, y tus sacrificios de nada me sirvieron: he muerto; no te prometas ni esperes vanamente volverme á ver. El austro llovedor se enfureció contra la nave en el mar Egeo; levantó una deshecha tempestad, y la sumergió con un fuerte torbellino: yo clamaba invocando y repitiendo en vano tu nombre, y en esta actitud inundaron y cubrieron mi boca las olas. No son estas noticias dadas por un autor sospechoso, ni estás oyendo vagos rumores: yo mismo que estoy presente te anuncio mi desgracia y mi naufragio. Levántate prontamente; abandónate al llanto; vístete de luto, y no permitas que mi sombra baje al tártaro, morada de las almas, sin haber sido llorada.” Morfeo dijo todo esto imitando la voz de Ceix, de modo que Alcione creia que era él: tambien remedó su llanto y todas sus acciones y disposicion. Alcione entre sueño empezó á gemir, llorar y á extender los brazos, y en vez del cuerpo de su marido abrazó el aire sutil, y empezó á exclamar: „Detente, ¿dónde te vas? ambos partiremos juntos.” Turbada con la voz que habia oido, y con la figura que habia visto de su marido, despertó sobresaltada, y á la luz que habian entrado los criados que acudieron á sus voces, registró mirando á todas partes si estaba alli el que poco antes habia visto, y no hallándole en parage alguno, empezó á sacudir y golpear con la mano el rostro y pecho, á rasgar sus vestidos, y á arrancarse los cabellos, diciendo á su aya, que la preguntaba la causa de su llanto: „Ya no hay ni tienes á Alcione; ya no existe; feneció con su querido Ceix; no te empeñes en consolarme: murió ahogado en el mar, y acabo de verlo, le conocí, y al irle á coger las manos para detenerle, y que no se fuese, se me desvaneció como sombra, y sombra bien propia, expresiva y verdadera de mi idolatrado esposo, aunque no tenia aquella alegría de semblante que antes, sino que le ví descolorido, desnudo, y con el cabello destilando agua todavía. Sí; este es el mismo sitio donde estuvo el infeliz:” y miraba si en él habia dejado alguna huella ú otra señal, y entonces soltando las riendas á su dolor, hablando con su esposo, á quien aun imaginaba presente, se quejaba de este modo: „Ó desgraciado Ceix, tu naufragio era lo que yo temia, y lo que me anunciaba el corazon, y por eso te rogaba tan encarecidamente que no te apartases de mi compañía, ni te entregases á la inconstancia de los vientos; pero ya que ibas á perecer ¡ojalá me hubieras llevado contigo! ¡Ay! ¡y cuán bien me hubiera estado el ir en tu compañía, pues no hubiera vivido apartada de tí un momento, y hubiéramos muerto juntos! Ahora muero sin tí, y aunque ausente soy despojo de las olas en que fuiste sumergido, y sin embargo de estar lejos, el mismo mar es el sepulcro de mi cadaver. La memoria de tu naufragio no será mas cruel que el mar y las olas que te anegaron, si tuviera gusto en alargar mas mi vida y sobrevivir á tu desgracia; pero no sobreviviré ni me apartaré de tí, y te seré compañera en la muerte, y si en el sepulcro y la urna no se uniesen nuestros huesos, á lo menos estarán unidos nuestros nombres en el epitafio.” El dolor no la dejó proseguir, pues cuando iba á pronunciar las palabras eran interrumpidas con el llanto[228] y con los gemidos en que la hacia prorumpir la afliccion de su corazon.

Luego que amaneció salió fuera de su palacio dirigiéndose á la playa, buscando afligida el sitio desde el cual habia estado mirando la partida de su marido: en él se detuvo; y observándole detenidamente, decia: „Desde aqui se hizo á la vela; aqui fue en esta misma playa donde al partirse me dió los últimos abrazos;” y cuando estaba mirando y remirando todas estas cosas, tendió su vista hácia el mar, y á larga distancia vió nadando sobre el agua una cosa que parecia un cadaver. Al principio no podia distinguirse lo que era; pero acercándose con las olas, llegó á conocerse que era un cuerpo, y aunque ignoraba quien fuese, se conmovió y asustó considerándole de algun náufrago, y como si se condoliese de un desconocido dijo: „¡Ó infeliz, cualquiera que seas, é infeliz de tu esposa si eres por ventura casado!” El cuerpo se fue acercando poco á poco, con las olas, y cuanto mas lo mira Alcione, tanto mas se aumenta su turbacion. En fin cuando ya estaba cerca de la playa y á distancia que pudiese ser conocido, le miró con mas atencion; y viendo que era su marido, exclamó: „Él es, él es;” y al mismo tiempo se hiere el rostro, arranca sus cabellos, rasga sus vestidos, y extendiendo hácia Ceix sus trémulas manos, dice: „¡Asi, carísimo esposo, asi, infeliz, vuelves á mí para acrecentar mi dolor!” y arrebatada del mas fiero sentimiento, dió un gran salto que parecia vuelo, y efectivamente lo era, y se puso sobre una especie de muelle que servia para que en él se quebrara y amansara la impetuosidad de las olas, y desde alli convertida en ave, é hiriendo el aire con las alas que la acababan de nacer, iba volando sobre la superficie de las aguas, y al mismo tiempo en lugar de lamentos su boca convertida en pico proferia un sonido triste y lastimoso. Mas luego que llegó á tocar el cuerpo de Ceix lo abrazó con sus recientes alas, y empezó á besarle con el duro pico. Aquellos que habian acudido á la ribera, observando que el cadaver se incorporaba algo, dudaban si seria porque hubiese sentido las caricias de su esposa, ó si el ímpetu de las olas le habia hecho tomar aquel movimiento; pero fue porque las habia sentido, y porque apiadándose de ellos los Dioses, los convirtieron en aves. Desde esta transformacion se conservan el mismo mutuo amor; y durante los siete dias[229] que la hembra está en huevos en el nido, sostenido sobre la superficie del agua, el mar está tranquilo y navegable; y Eolo, en obsequio de sus nietos,[230] tiene los vientos encerrados para que no salgan á alborotar los mares.