FÁBULA VII.
BIBLIS TRANSFORMADA EN FUENTE.
Espantado, ó Mileto, de un sueño, te retiras voluntariamente, y surcando el mar Egeo en una ligera nave, entras en el Asia, donde, despues de haber edificado una ciudad, á la que pones tu nombre, conoces á la bella Ciane,[112] hija de Meandro, de quien tuviste un hijo llamado Cauno y una hija llamada Biblis, mellizos, y de singular hermosura. Biblis puede servir de egemplo y escarmiento para que las doncellas no tengan otras pasiones que las lícitas, pues encendida y abrasada en el amor de su hermano Cauno, traspasó los límites del cariño fraternal; no le amaba como hermana á hermano, ni se contenia en el modo con que debia amarle. Es cierto que ella no conoció al principio que era fuego de amor su vehemente inclinacion á Cauno, y creia que no pecaba en besarle y abrazarle repetidas veces: engañada mucho tiempo con la falaz sombra de piedad,[113] poco á poco crecia su amor, y ya no visitaba al hermano sin presentarse bien engalanada, deseando con vivas ansias ser tenida por hermosa; y si alli habia alguna que la llevase ventaja, tenia envidia.
(98) Biblis, buscando á su hermano,
es transformada en fuente.
Sin embargo no conocia aun el estado de su corazon, y no formaba ningun deseo; pero interiormente se quemaba: ya le llama señor; ya aborrece el nombre de pariente; ya quiere mas que Cauno la llame Biblis que hermana. No obstante despierta no se atreve á poner en su ánimo esperanzas obscenas; pero dormida se le representa muchas veces lo que ama; y tambien le parece que tiene al lado á su hermano, y se avergüenza de esto, aunque yace dormida. Despedido el sueño calla por algun rato, y despues vuelve á recordar lo que ha soñado; y dudosa en el partido que debe tomar, habla entre sí de este modo: „¡Infeliz de mí! ¿Qué quiere decir lo que he soñado esta noche? Si yo no quisiera que se verificase, ¿cómo ó por qué me acometen estos sueños? Es cierto que Cauno parece bello aun á los ojos de sus enemigos. Él me gusta, y lo amaria apasionadamente si no fuera mi hermano, porque le contemplaria digno de mi tálamo; pero me perjudica el ser yo su hermana. Solo pueden adoptarse y tener entrada en mi corazon estas ideas como cosa de un sueño; pero tal que nunca llegue á verificarse, ni yo á intentarlo. En esta forma y por via de sueño repítase muchas veces en mi imaginacion la dulzura de él, pues en él no hay testigo alguno, y sí un agradable placer. ¡Ó Venus! ¡Ó alado Cupido! ¡Cuán suave seria para mí semejante sueño! ¡Qué complacencia tan grande tendria! ¡Cómo me rendiria y se rendirian mis medulas á la dulzura de él! ¡Qué impreso se quedaria en mi memoria! ¡cuán breve su duracion! y ¡cuán ligera y pequeña la noche, como envidiosa de mi placer! ¡Ó, si no fueras mi hermano, y pudiera casarme contigo, qué bien pudiera ser nuera de tu padre! ¡Y qué bien, ó Cauno, podrias ser yerno del mio! ¡Ó si los Dioses dispusiesen que todas las cosas nos fuesen á los dos comunes fuera de los padres y abuelos! Yo desearia que tú fueses de mas generosa estirpe que yo, y que no tuviésemos unos mismos progenitores. Ignoro pues cual será la dichosa que se case contigo, pues para mí por desgracia tengo los mismos padres que tú, no puedes ser otra cosa que mi hermano, y tendremos los dos solo aquello que nos estorba y perjudica. Pero ¿por ventura han sido vanos y no significan algo mis sueños? ¿Qué eficacia tienen estos? ¿No suelen ser anuncio de la verdad? Mejor órden hay entre los Dioses, pues ellos se casaron con sus hermanas. Saturno tuvo por muger á su hermana Opis, el Océano á Tetis y Júpiter á Juno; pero siendo estos derechos y privilegios de las Deidades, ¿de qué me sirve el comparar los usos humanos con los celestiales, y los enlaces de los hombres con los de los Dioses? El partido que debo tomar es ó expeler de mi corazon este ilícito amor, ó, si esto no puedo conseguir, desear la muerte, dejarme en efecto morir, y que me pongan amortajada en el féretro, en el cual recibiré algunos ósculos de mi hermano. Pero aunque yo me decida á no abandonar el amor que me abrasa, para llevarle al complemento se necesita la voluntad de los dos. Enhorabuena que esté pronta la mia; pero la suya se resistirá, imaginándolo una maldad. Los hijos de Eolo no se detuvieron en casarse con sus hermanas; pero ¿de donde me han venido á mí estas noticias? ¿Por qué me valgo de estos egemplos? ¿Adónde voy á parar? Apartaos de mí, llamas obscenas, y no ame yo á mi hermano de otro modo que el que conviene y es lícito á una hermana. Pero si él se hubiera enamorado primero de mí, ¿acaso tendria yo inconveniente en ser indulgente y condescendiente á su amor? Luego si yo no llevaria á mal que él se me descubriese, y no despreciaria sus solicitudes, me hallo autorizada para descubrirme á él, y manifestarle las mias. ¿Mas cómo podré hablar y confesarle mi amor? Este me precisará á ello; sí, podré hacerlo; y si me detuviese el pudor, un billete misterioso será el medio para declararle mi pasion.” Resolvióse pues á ello, y esta determinacion aquietó su ánimo vacilante. Incorporóse pues un poco; y apoyándose sobre el codo siniestro, dijo: „Vea Cauno lo que ha de hacer, pues yo resuelvo descubrirle mi loca pasion. Pero ¡ay de mí! ¿adonde me precipito? ¿Qué fuego es este que se alimenta de mi imaginacion?” Tomando en la diestra la pluma, y en la siniestra la tabla encerada,[114] empezó á disponer con su mano trémula las voces y palabras que detenidamente meditaba. Al empezar ya duda; escribe, y condena lo escrito; vuelve á escribir, y lo borra;[115] muda, tilda y aprueba; unas veces omite, otras vuelve á poner lo omitido. En fin no sabe lo que quiere ni lo que aprueba, y todo lo que iba á escribir la desagrada, asomándosela al rostro el color del pudor[116] mezclado con el de la osadía. Tenia ya escrito hermana, y desaprobó y borró esta voz, y por último se resolvió á escribir lo siguiente: „Tu amante te envia la salud que ella no tendrá si tú no se la das, pues se avergüenza de manifestar su nombre. Si me preguntas lo que quiero, desearia podértelo decir sin manifestar quien soy, y que no supieses que soy Biblis antes de haberme asegurado la esperanza de conseguir mis deseos. Mi languidez,[117] mis ojos muchas veces húmedos, mis suspiros nacidos de una causa oculta en mi interior, mis repetidos abrazos y besos, que si los notaste no podian parecer de hermana, pudieron serte indicios de que mi pecho estaba poseido de tu amor. No obstante, aunque mi corazon estaba gravemente herido, aunque el fogoso furor estaba dentro de mí, hice[118] todos los esfuerzos que pude (los Dioses me son testigos) para tranquilizarme. ¡Ay triste! peleé mucho tiempo para huir de las violentas armas de Cupido: padecí mucho mas de lo que puedes imaginarte en la resistencia de una jóven. En fin he quedado rendida, y me veo obligada á confesarlo, y á pedirte condesciendas á mis tímidos deseos. Tú solo puedes conservar ó perder á esta amante. Elige cual de estas dos cosas quieres egecutar. No te ruega esto tu enemiga, sino la que estando muy emparentada contigo, solicita estarlo aun mas, y unirse con unos vínculos mas estrechos que los de la sangre. Quédese para los ancianos el examen de las leyes, y el inquirir qué sea ó no lo lícito y lo honesto: y qué es lo que aquellas permiten ó prohiben: el inconsiderado amor es propio de nuestros años. Todavía ignoramos lo que sea lícito; creemos que todo lo es, y en esto imitamos los egemplos de los grandes Dioses: á nosotros no nos pondrán impedimento ni el cruel padre, ni el temor ni la reverencia de la fama: no nos dejamos asustar de vanas fantasmas. Ocultaremos nuestro amor bajo el nombre de hermanos. Yo tengo libertad de hablar contigo en secreto y en público, y como hermanos nos son permitidos los ósculos y los abrazos. ¡Qué poco falta para que seamos felices! Apiádate de la que te confiesa su amor, y de la que no lo hiciera si no fuera precisada del último extremo á que ha llegado su amoroso ardor. Y no quieras que se escriba en mi triste sepulcro la causa de mi muerte.”[119]
Habia ya llenado todo el billete, y aun tuvo que poner á la márgen las últimas palabras. Inmediatamente envolvió y cerró lo que delincuentemente habia escrito, sellándolo con su anillo,[120] al que para ello humedeció con sus lágrimas, porque la lengua se le habia quedado absolutamente sin saliva. Vergonzosa llamó á uno de sus criados, y despues de haberle halagado le dijo: „Lleva, ó fidelísimo, este billete á mi... y despues de largo rato añadió hermano.” Al darle al criado se le cayó de las manos. Turbóse con el agüero;[121] pero sin embargo lo envió. Valiéndose el criado del tiempo y ocasion oportuna, llega y entrega el cerrado billete. Luego que Cauno leyó los primeros renglones fue tan grande su sorpresa, que le sobrecogió, y sin querer continuar en la lectura le arrojó con ira, y conteniendo con dificultad sus ímpetus de dar de bofetadas al criado, que estaba temblando, le dijo: „Perverso apoyador de una maldad prohibida y execrable, retírate al punto de mi presencia, pues si con quitarte la vida no ofendiera mi propio pudor,[122] aqui mismo pagarías tu atrevimiento muriendo á mis manos.”
Al oir esto se retiró lleno de pesar, y fue derecho á contar á Biblis la desdeñosa repulsa de Cauno, y el fiero enojo con que le respondió y amenazó. Al oirlo Biblis mudó de color, y un frio mortal se apoderó de todo su cuerpo. Luego que recobró su sentido se volvió á encender su pasion, y tan agitada estaba, que apenas pudo articular estas palabras: „¡Bien empleada me está la repulsa que he sufrido![123] ¿Cómo pues me arrojé á la inconsiderada temeridad de descubrir mi pasion? ¿Cómo tan prontamente tuve la ligereza de confiar á un billete las expresiones que debia reservar y ocultar en mí? Yo me tengo la culpa, pues antes debí valerme de expresiones ambiguas para explorar su ánimo y parecer, y si seguiria y se acomodaria ó no á mis intentos é inclinacion. Yo deberia haber notado cual era el viento que corria y soplaba, soltando solo una vela para engolfarme con alguna seguridad, y no haberlas desplegado todas de golpe á los vientos no conocidos. No es extraño pues el haber dado en los escollos, y verme sumergida en lo profundo del mar, sin que mi rumbo pueda ya retroceder.[124] ¿Cómo no me contuvo el ver que se oponian á mi amor y resolucion los presagios nada equívocos, y que cuando iba á dar el billete al criado, mandándole que le llevase, se me cayó de las manos, como anticipándome el mal éxito de mis esperanzas? ¿No hubiera sido mas acertado esperar á mejor coyuntura, ó desistir de mis deseos y retractar mi voluntad, ó mas bien que todo dilatar mi resolucion para otro dia y tiempo mas oportuno? El mismo Dios del amor me lo aconsejaba asi, y me daba ciertos indicios del mal suceso, los que yo pude haber advertido si mi pasion no me hubiese tenido fuera de mí.[125] Yo debiera haber preferido el medio de no confiarme á un billete, sino haberle hablado por mí misma, y boca á boca haberle descubierto mi amor. Entonces hubiera visto, y tal vez le hubieran conmovido mis lágrimas: hubiera visto el semblante de su amante. Pudiera haberle dicho muchas mas cosas que las que contenia el billete. Pudiera haber echado mis brazos á su cuello, aunque él lo hubiese querido resistir: haberme asido á sus pies, y postrada á ellos pedirle se condoliese de mi triste vida; y si me hubiese repelido, haber fingido un desmayo que me pusiese á punto de espirar. ¡Ojalá hubiera hecho todas estas cosas! pues aunque cada una de por sí no fuese suficiente, todas juntas quizás hubieran podido ablandar la dureza y resistencia de su corazon. Acaso estaria la culpa en el criado, que no fue en oportuna ocasion, y creo no supo elegir la conducente coyuntura, ni escoger una buena hora en que su ánimo estuviese tranquilo y de buen humor. Todas estas cosas sin duda me perjudicaron; porque Cauno no es persona que haya nacido de alguna tigre, ni su corazon es de pedernal, ni de hierro ni de diamante, ni mamó la leche de alguna leona.[126] Por consiguiente él se rendiria á mi amor, y lo que conviene es volverle á atacar, y no desistir yo de mi empresa mientras que no me desampare este aliento vital. Si los hados me permitiesen revocar lo que está hecho, primero y mas conveniente seria no haberlo empezado; pero ya emprendido es preciso continuarlo, y tratar de llevarlo adelante hasta la consecucion del fin;[127] porque (aunque yo desista de mis deseos) él no podrá olvidarse de que me atreví á manifestarle mi inclinacion, y tendrá por una veleidad mi amor si ve que desisto de mi empresa, ó quizás le juzgará por una asechanza y ardid para calumniarle, ó que me descubrí á él vencida no del amor que abrasa mi pecho, sino de un deseo libidinoso. Últimamente ya no puedo dejar de resolverme á tomar cualquiera arbitrio, aunque sea pérfido y delincuente. Ya cometí el exceso de escribirle y manifestarle mis deseos; y aunque no prosiga á mas, esto basta para que no pueda conceptuarme ni llamarme inocente. Lo que falta hasta conseguir mis intentos es mucho; pero muy poco lo que resta hasta envolverme y complicarme en un sinnúmero de delitos.” Acabó Biblis con esto su razonamiento, y era tanta la agitacion fiera de su ánimo, que al paso que se arrepentia de haberse descubierto, le agradaba el proseguir su empresa; y atropellando por toda moderacion, repitió sus importunaciones, con las que la infeliz no adelantó mas que recibir nuevos desprecios.
Viéndose Cauno expuesto y perseguido de su hermana, y que esta nunca desistiria ni pondria fin á su pasion, determinó abandonar su patria[128] y el riesgo de incurrir en la maldad; y retirándose á otra region extraña, edificó en ella una ciudad de su nombre.[129] Dicese que Biblis, afligida con la noticia de la ausencia de su hermano, quedó como fuera de sí. Empezó á rasgarse sus vestidos hasta descubrirse el pecho, y darse furiosa golpes en él y en los brazos; y últimamente paró en hacer pública su locura, en confesarse á voces desesperanzada de poder conseguir el prohibido amor de Cauno, y en dejar su casa y patria, y salir en busca y seguimiento de su prófugo hermano. Las mugeres de Caria la vieron ir dando gritos por sus campos como loca, no de otro modo, ó hijo de Semele, que tus Bacantes de Tracia, cuando agitadas con el tirso tuyo celebran cada tres años las orgias. Biblis, dejando estas regiones, atravesó la de los guerreros Lelegas, la Licia con su monte Cragon, la ciudad de Limires y la corriente del rio Xanto, y últimamente la cima del famoso monte de la Chimera,[130] y su volcan que está en medio de su cumbre, cuyo pecho y rostro eran de leona y la cola de dragon. Ya no hallaba mas selvas ni campos que correr, y fatigada de andar se dejó caer en el suelo, y reclinando su cabeza sobre la dura tierra, se entregó á un profundo silencio, y puso su boca sobre las marchitas hojas que caian de los árboles. Las Ninfas que habitaban en el pais de los Lelegas intentaron muchas veces el incorporarla con sus tiernos y delicados brazos: otras muchas la persuadieron que moderase su amor; pero ella no admitia ningun consuelo; se hacia sorda á las persuasiones; permanecia postrada sin hablar, arrancando con sus uñas las verdes yerbas, y regándolas con el arroyo de lágrimas que de sus ojos corria. Se dice que las Náyades hicieron brotar debajo de ella un manantial que nunca pudiera secarse; y á la verdad ¿qué mayor beneficio podian hacerle para aumentarla sus lágrimas? Inmediatamente, asi como destila la goma del tronco del árbol que se acaba de cortar, ó el tenaz betun mana de la hinchada tierra, ó el agua que se congeló con el frio se derrite con el sol á la venida del suave céfiro; del mismo modo Biblis, consumida con sus lágrimas, se transforma en fuente, la cual aun ahora conserva el nombre de su señora en aquellos valles, y brota al pie de una espesa y oscura encina.
(99) Ifis es transformada en varon por la Diosa Isis
para que se case con Yanta.