FÁBULA IV.

ENEAS LLEGA Á CAYETA.

En esta region se habia quedado, y despues de los trabajos de la larga navegacion habia fijado su asiento el itacense Macareo, que fue uno de los compañeros del sagaz y experimentado Ulises. El tal Macareo halló improvisamente y conoció á Acheménides,[91] á quien Ulises habia tiempo antes dejado abandonado en lo mas escabroso del monte Etna; y admirándose aquel de verle vivo, le dijo: „¿Qué Fortuna ó qué deidad es, ó Macareo, la que te conserva vivo? ¿Cómo es que una nave troyana lleve á su bordo un griego? ¿Á qué tierra se dirige vuestra navegacion?”

Á estas preguntas Acheménides, que ya estaba libre de su antiguo peligro, y con un vestido muy diferente del que tenia en el monte Etna, destrozado por los abrojos, espinas y asperezas, le respondió de este modo: „Véame yo otra vez en el poder de Polifemo, entre sus dientes y labios manchados con sangre humana, si no me hallo mejor en esta nave que en la isla de Itaca en mi propia casa, y si venero menos á Eneas que á mi propio padre; pues aunque le tribute todo cuanto pueda, nunca podré serle bastantemente agradecido. Á él debo el estar vivo, el tener habla, y el gozar de la vista del cielo, de las estrellas y del sol: ¿podré pues olvidarme y ser ingrato á tales beneficios?; porque él me libertó de haber sido pasto y vianda del Ciclope, y aunque ahora me acometa la muerte, será honrado mi cadaver en el túmulo, y no seré sepultado en el vientre de Polifemo. ¿Qué aliento piensas me quedaria (si es que el temor y el miedo me dejó alguno y el uso de algun sentido) cuando os ví que, quedándome yo abandonado, huiais navegando á los altos mares? Entonces quise dar voces; pero me detuvo el miedo de que me descubriese el Ciclope: y es indudable que por las voces de Ulises estuvo á mucho riesgo de ser sumergida vuestra nave por alguno de los peñascos que aquel tiró contra ella, lo cual ví desde el sitio en que estaba escondido, y que segunda vez arrojó y disparó un pedazo que arrancó de la montaña con la misma violencia que si fuera disparada de una máquina; y como si yo estuviera en la nave, sin acordarme de que me hallaba fuera de ella, estaba temblando no la destrozase el golpe del peñasco, ó la sumergiesen las olas. Luego que con la fuga os escapasteis y libertasteis de la mas cruel muerte, el Ciclope, dando gemidos por la herida y falta del ojo,[92] empezó á dar vueltas por el monte Etna á tientas, registrando con las manos los árboles y los peñascos, en los que tropezaba á cada paso por haberse quedado sin el único ojo que tenia, y alargando hácia el mar sus brazos ensangrentados, maldecia y execraba á los griegos.

„¡Ah! si alguna casualidad volviese á traer á mis manos á Ulises ó á alguno de sus compañeros, ¡cómo se cebaria y saciaria en él mi ira! ¡Cómo le arrancaria las entrañas! ¡Cómo le destrozaria vivo todos sus miembros con mis manos! ¡Cómo saciaria mi garganta con su sangre, y cómo haria crugir sus huesos con mis dientes! y si esto consiguiera, tendria por nada ó por muy poco el daño que me ha hecho en sacarme el ojo.” Estas y otras muchas cosas dijo con la mayor ferocidad. Yo estaba pálido y lleno de miedo al verle su rostro lleno de sangre, sus crueles manos y el vacío cóncavo del ojo, sus disformes miembros y su barba pegada con sangre humana. Me consideraba con la muerte á la vista, aunque la tenia por el menor de los males; y unas veces recelaba que me llegaria á encontrar y coger, y otras que me engulliria, y meteria mis entrañas en las suyas: lo que mas me afligia era acordarme de cuando ví que despues de haber estrellado contra el suelo muchas veces los cuerpos de dos de mis compañeros, se echó sobre ellos como erizado leon, y se engullia las entrañas, las carnes, los huesos con sus tuétanos y los miembros medio vivos. Me acometió un gran temblor y tristeza, y se me quedó helada la sangre al verle cómo comia y engullia, y que algunas veces escupia y vomitaba los crudos y sangrientos bocados y pedazos de carne envueltos en vino. Esperaba y recelaba que conmigo haria lo mismo, y seria pasto de su hambre, por lo que tomé el medio de estarme mucho escondido, estremeciéndome cualquier ruido que sentia, temiendo siempre la muerte, y siempre deseándola como término de mis sobresaltos y trabajos, pues me veia abandonado á estar alli en un continuo riesgo, solo, necesitado, lleno de continuo temor, sin esperanza alguna, y con el dolor y pena de remediar mi hambre con bellotas, yerbas y hojas de árboles. Al cabo de mucho tiempo ví que navegaba cerca de la playa una nave, y corriendo á ella con mucho silencio, manifesté por señas á los que iban á su bordo el apuro y peligro en que me hallaba, y les rogué me libertasen acogiéndome en ella: compadeciéronse de mí; y sin embargo de ser griego y enemigo suyo, me recogieron, y pude salvarme en una nave troyana. Estos son mis sucesos y el maravilloso modo con que pude aportar, y me hallaste y conociste en estas playas: ahora cuéntame tú los tuyos, insigne Macareo, el mas grato de todos los que acompañábamos á Ulises, y refiéreme el rumbo y derrotero de este y de todos los demas que conseguisteis embarcaros, y huir por el mar del fiero Ciclope Polifemo.”

Entonces Macareo instruyó á Acheménides de lo que deseaba, refiriéndole que Eolo, hijo de Hipota, era señor de aquellas islas y del mar Tusco que las rodeaba, el cual tenia comprimidos en una profunda caverna los vientos,[93] y los regaló á Ulises encerrados en la piel de un buey para que pudiese á su arbitrio contenerlos, y que no le ofendiesen en su navegacion, con lo que se partió é hizo á la vela, llevándolos en su nave, y con viento favorable navegó nueve dias, y llegó á estar á la vista de la isla de Itaca, su patria, que era á la que se dirigia. Á la madrugada del dia décimo los compañeros de Ulises, sospechando seria oro lo que se encerraba en el cuero, y ansiosos de apoderarse de ello, soltaron las ataduras para abrirle y reconocerle, y saliendo con ímpetu los vientos, impelieron las naves á otro contrario rumbo, y haciéndolas volver atras por el mismo camino que habian venido, las llevaron otra vez al mar Tusco, y á la isla y puerto de donde habian salido. „Desde alli, continuó Macareo, navegando al arbitrio de los contrarios vientos, aportamos á la antigua ciudad que tomó el nombre de Lamo Lestrigon, su edificador, en la que reinaba Antifates,[94] al cual fuí yo enviado con otros dos compañeros para saludarle pacíficamente; pero el uno de ellos y yo pudimos con la fuga volver al seguro de nuestras naves, y libertarnos de su crueldad, quedándose el otro en poder de Antifates, que le alcanzó é hizo dar muerte á su presencia, y su sangre le tiñó la boca. Aun no contento con esta crueldad, se empeñó Antifates en ir en nuestro alcance; y como ya estuviésemos al seguro de las naves, él y las tropas que habia juntado para ir en nuestro seguimiento, formados en escuadron, arremetieron á nuestras naves, disparando contra ellas gruesas piedras y maderos, con que las destrozaron y sumergieron, y á los que iban á su bordo, y solo pudo salir del puerto y escaparse la en que veníamos Ulises y yo, que quejándonos de la crueldad y mal hospedage de Antifates, y llenos de dolor por la pérdida de nuestros compañeros, llegamos á aquellas tierras que se ven cercanas desde aqui; míralas, y verás que son una isla que yo ya tengo vista. Y tú, hijo de la Diosa,[95] el mas recto y justo de todos los troyanos (pues ya, esclarecido Eneas, estando concluida la guerra, no debo llamarte enemigo ni tenerte por tal), huye de aquella isla; mira que es en la que habita la famosa encantadora Circe.