FÁBULA IX.
VERTUMNO Y POMONA.
En tiempo del Rey Proca hubo una famosa muger llamada Pomona, que se aventajaba á todas las Hamadríadas latinas en el cultivo de los jardines, y ninguna fue mas cuidadosa que ella en la crianza y conservacion de las frutas, por lo cual se le dió el nombre de Pomona.[117] No frecuentaba las selvas ni los rios; sus delicias eran los amenos campos, y los árboles que producen delicadas frutas. Su mano derecha no estaba acostumbrada al manejo del dardo, sino al de la podadera, con la cual unas veces cortaba á los árboles lo superfluo para que sus ramos no se extendiesen mas que lo regular, y otras les hendia la corteza, é ingeria en ella el renuevo de otro árbol, y le alimentaba y hacia vivir con el jugo ó savia del ingerido: ademas de esto tenia cuidado de humedecerles la tierra, y regarles con corrientes aguas las fibras de sus chupadoras raices. Estos eran sus cuidados, y esto formaba toda su diversion, sin que nunca hubiese conocido ni menos apetecido los deleites de Venus; mas con todo recelándose de alguna violencia de los rústicos de aquellos campos, habia cercado sus jardines para que ninguno pudiese entrar en ellos, y estar defendida del trato, que aborrecia, de los hombres. ¿Qué no hicieron para solicitarla los Sátiros, juventud inclinada á los bailes? ¿Qué no hizo el Dios Pan coronado de pino? ¿Qué no hizo Sileno, cuanto mas viejo mas entregado á los juegos juveniles? Y ¿qué no hizo en fin para reducirla á su amor aquel otro Dios que espantaba de los jardines á los ladrones con su guadaña?[118]
(136) Vertumno, transformado en vieja,
logra el amor de Pomona.
Pero aunque á todos estos excedia en amarla Vertumno,[119] no era mas afortunado ni mas bien correspondido que los demas. ¡Cuántas veces en trage de segador, y que nadie le tendria por otra cosa, se le presentó llevándole una cesta llena de espigas! Otras muchas veces, llevando sus sienes coronadas de verde heno, parecia segador de yerbas. Otras con la ahijada en la mano parecia labrador que acababa de desuncir los cansados bueyes. Cuando llevaba una podadera se juzgaria que era podador de viñas. Si llevaba á cuestas la escala, se diria que iba á coger manzanas. Con una espada parecia que era un soldado, y con la caña en la mano un pescador. Por medio de tantos disfraces muchas veces tuvo el gusto de presentarse ante Pomona, y recrearse mirando su hermosura. Por último tomó la figura de una vieja; llenó de arrugas su rostro y su cabeza de canas, adornada con una pintada mitra,[120] y sosteniéndose en un báculo: en esta forma entró en el jardin de Pomona, y en tono de admiracion al ver las frutas, la dijo: „Ciertamente que eres de fino gusto y delicada y diestra en el cultivo de los árboles;” y al mismo tiempo que la alababa la dió algunos ósculos, que parecian de mas viveza que los de una vieja: despues se sentó sobre unos terrones, mirando que los árboles tenian sus ramos encorvados y agoviados con el peso de las frutas ya sazonadas. Habia en frente de ella un bien copado olmo, que estaba lleno de racimos de uvas; y despues de haber alabado la industria de enlazar al olmo una parra, de la que pendian los racimos, dijo: „Si este árbol estuviese solo, y sin los sarmientos que tiene entretejidos, nada mas tendria que hojas, ni habria en él cosa que fuese apetecida; y si la vid ó parra que apoya sobre el olmo no estuviese enlazada con él, estaria tendida y arrastrando sobre la tierra. El egemplo de ese árbol deberia hacerte deponer la aversion á casarte, y persuadirte é inclinarte al consorcio. ¡Oh! si te dejases inclinar á él y le apetecieses, tendrias mas pretendientes que la hermosa Elena, mas que la gallarda Hipodamia, que fue causa de la sangrienta batalla entre los Lapitas y Centauros, y mas que la casta Penélope, muger del tímido y al mismo tiempo audaz é intrépido Ulises. Aun ahora, sin embargo de tu aversion y natural desdeñoso, te solicitan y galantean mil pretendientes, tanto semi-Dioses como Dioses de los agrestes que residen en las montañas Albanas. Tú, si eres cuerda, si apeteces colocarte bien, y si quieres admitir los consejos de esta experimentada anciana, que te ama mas que ninguno de tantos pretendientes, y mas que lo que tú puedes creer y comprender, no hagas caso de los vulgares y ordinarios, sino elige para tu union al Dios Vertumno, por cuyo amor y fidelidad salgo yo por fiadora, pues no se conoce él tan bien á sí mismo como yo le conozco, ni es una deidad que ande vagando por todo el orbe, sino que tiene su asiento y residencia fija en estas selvas y bosques: mira que no es de la clase de los que apetecen y aman la última que vieron. Tú eres para él el primero y el último objeto de su ardiente amor, y solo á tí se reserva y dedica la flor de sus años: añade á esto que es un gallardo jóven, que reune en sí las gracias de la edad y de la naturaleza, y que tiene la habilidad de transformarse con aptitud y elegancia en todas las figuras que se le antojan, y hará cuanto tú quieras, aunque le mandes lo mas dificil; y á mas de esto es de tu mismo gusto é inclinacion, y procura llevarte la ventaja en el cuidado y esmero de las frutas: hace mucho alarde y aprecio de las que son de tus jardines; pero lo que principalmente ama y desea es á tí, y no á otra cosa alguna, á quien pospone las sabrosas frutas y las yerbas y plantas de delicado jugo que se crian en los huertos. Compadécete de su amor, y cree que es él mismo el que te está requebrando y hablando por mi boca. Teme la venganza que toman los Dioses contra los insensibles; teme á la Idalia Venus, que aborrece los corazones duros y que se resisten al amor, y teme por último la ira de la cruel Nemesis, que nunca se olvida ni se desentiende del merecido castigo.