BARCELONA
—¿Existía de veras tanta inferioridad?
—Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores; todo lo que sobresalía no pasaba de la más absoluta mediocridad; los que querían erigirse en caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y sin abnegación.
Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; me esperaban en el muelle dos individuos de la Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo asistente, el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa de la calle de la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla de Montserrat, donde quedé hospedado.
Al día siguiente me presenté en la Capitanía General a saludar a doña Juanita, la señora de Mina. Después de ofrecerle mis respetos le pregunté si no había recibido su esposo una comunicación de Gil de la Cuadra anunciándole mi llegada. Doña Juanita me dijo que no lo sabía; su marido había salido para la campaña y no le había dicho nada. Esto me dió muy mala espina.
Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué a observar la política barcelonesa. Esta política era reflejo de la española, aunque más enconada y personalista.