EL DÍA 4 DE ENERO

Al día siguiente, el pronóstico de mi desconocido se había realizado. Por la tarde, al anochecer, la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba la matanza.

A esta hora me presenté en la Capitanía General a ofrecer mis servicios a la esposa de Mina y al general Alvarez.

—¿Qué le parece a usted el trance en que nos vemos?—me preguntó doña Juanita.

—Yo creo que esto tiene un origen muy turbio. No son los liberales los que lo dirigen.

—Cree usted que no.

—No.

—Pues, ¿quién, entonces?

—No lo sé. Yo no conozco a fondo Barcelona para saberlo. La autoridad tiene también culpa en ello.

—¡La autoridad!

—Sí. Es indudable que el general Pastors ha pedido repetidas veces que trasladasen a O'Donnell y a los prisioneros carlistas más significados a otra parte, y el general Alvarez no ha querido consentir.

—¿Se iba a trasladarles sólo a ellos porque eran personas de calidad? ¡Qué hubiera dicho la gente!

Yo no repliqué. Se oían desde los balcones del Palacio los tiros que sonaban en la Ciudadela.

Doña Juanita iba y venía intranquila y nerviosa. Me contó lo que había ocurrido y estaba ocurriendo en la junta que se celebraba en Palacio, con asistencia de los comandantes de la Guardia nacional. Estos, tomando la palabra, dijeron con claridad que ellos estaban identificados con los sentimientos del pueblo, y que creían justas las represalias contra los prisioneros de la Ciudadela por las matanzas hechas por los carlistas en Balaguer y en el Santuario del Hort.

La señora de Mina rogó varias veces al general Alvarez que se consignase la opinión expresada por los comandantes de los batallones en el acta de la reunión. A las nueve de la noche, después de la matanza, se presentaron varios pelotones de nacionales en la puerta de la Ciudadela; llamaron, mandó abrir Pastors y entraron, batiendo marcha, hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le preguntó Pastors violentamente.

—¿Qué significa esto, a qué viene esta fuerza?

—Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o no ejecutados los malvados prisioneros carlistas que se hallaban aquí.

Una hora después, el segundo batallón de nacionales, con su coronel a la cabeza, llegó también a la Ciudadela; y convencidos todos de que las ejecuciones se habían verificado, quedó la mitad en el puente de piedra y el resto entró en la plaza, cooperando con algunos lanceros y con la tropa a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consiguió muy entrada la noche, cerca de las once.

Terminado ya todo en la Ciudadela, corrió Pastors a Palacio, completamente desolado, a participar a Alvarez lo ocurrido, y lo halló muy sonriente rodeado de las autoridades y jefes de los batallones de línea y de la Guardia nacional.

Discutían todos el modo de contener los excesos, no terminados aún, puesto que según se dijo las matanzas seguían en las Atarazanas, en la torre de Canaletas y en el Hospital.

Por lo que supimos después, el jefe de las Atarazanas, el brigadier Ayerve, puesto al servicio de los sublevados, fué llamando a los presos por sus nombres y entregándolos a las turbas para que los matasen.

Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte la satisfacción que le habían producido las matanzas.

Próximamente a media noche, Pastors y Alvarez tuvieron una entrevista con las autoridades militares y civiles de Barcelona, y preguntaron a todos con energía si se hallaban o no resueltos a impedir la continuación de estos sangrientos desórdenes. Dijeron todos que sí, y los comandantes de la Guardia nacional aseguraron que se contendrían los excesos, e insistieron en que si se había dejado que fuesen fusilados los prisioneros facciosos era por ser esta la voluntad general.