LOS ISABELINOS

Después de las doce de la noche marché yo de la Capitanía general a mi casa, y tuvimos allí los isabelinos una reunión. Se discutió lo que había que hacer el día siguiente.

Había algunos que decían que debíamos habernos apoderado de la Ciudadela, cosa fácil durante el tumulto; otros creían que de aquel motín sangriento no debía salir la proclamación de la Constitución. Yo era partidario de esperar, de dejar un espacio de una semana o dos para que la proclamación de la Constitución no pareciese una segunda parte de la matanza. Hubo largas discusiones y, por último, quedamos de acuerdo en que al día siguiente se pronunciasen los batallones de la Milicia.

El capitán del batallón de La Blusa don Pedro Mata nos dijo que había unanimidad entre los milicianos, y que todos querían que se proclamase la Constitución cuanto antes.

Rendido de cansancio, me acosté y dormí hasta muy entrada la mañana; al día siguiente supe que grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la Milicia, aclamaron la Constitución de 1812 y pusieron un gran letrero, custodiados por dos centinelas, en el pórtico de la Lonja.