EL DÍA 5
Para despistar, me presenté después de comer en Palacio, ante el general Alvarez, y le encontré rodeado de su Estado Mayor, lleno de zozobra y de temores. Alvarez, llevándome a uno de los balcones del salón y creyéndome sin duda jefe del movimiento, me dijo:
—Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted porque me constan sus antecedentes; dígame francamente, ¿hay alguna prevención en el pueblo contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a renunciar inmediatamente al mando.
—No hay ninguna prevención contra usted—le respondí—; en mi concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina.
—¡Contra Mina! ¿Y por qué?
—La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos quieren la Constitución, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a él le parezca.
—¿Y usted no cree que haya algo contra mí?
—Nada. Contra usted no va nadie.
—¿Usted qué haría?
—Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio María Alvarez, le avisaría a Mina y le diría: Se ha proclamado la Constitución. Venga usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y Aviraneta, proclamaría la República y me nombraría presidente.
Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a Alvarez medidas violentas.
—Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos infames.
Alvarez volvió a consultarme a mí completamente azorado, y yo intenté convencerle de que no debía seguir los sanguinarios consejos de Feliú de la Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo Feliú, diciendo que le habían abandonado las autoridades de una manera indigna. Varias veces me dijo:
—¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué cree usted, que podría sosegar al pueblo?
—Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, ya que no tiene usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie.
El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban allá, dijeron al general que creían que el consejo que yo le daba era lo mejor que se podía hacer en aquel momento.
Yo continué en Palacio acompañando al general Alvarez, a la señora de Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya galleaba, se manifestaba jacarandoso y hacía chistes. Al retirarme, a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado por mis amigos había fracasado por completo. El brigadier Ayerve mandó quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la Constitución, y dispersó a los nacionales.
Me dijeron también que el capitán don Pedro Mata había arengado elocuentemente al batallón de La Blusa para volverle a la disciplina. ¡Mata, que el día anterior recomendaba la urgencia del movimiento! Entonces yo pensé si la cabeza de estos hombres del Mediterráneo sería como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada.
Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona había acogido la proclamación de la Constitución con gran entusiasmo; se habían adornado los balcones y las tiendas, y no había habido ningún tumulto ni ningún desorden. Sólo empezó la consternación y el pánico cuando los lanceros comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera Llinás!, delante de sus respectivas casas.
Mina dijo después, reconociendo que el movimiento constitucional no tenía relación alguna con la matanza del día anterior, que los que provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y ponernos al frente de él.
Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: primera, porque el ponerse al frente parecía indicar el hacerse solidario y hasta el director de las matanzas del día 4; después, porque a mí no me conocía nadie en Barcelona.
Mina y los jefes militares reconocieron que no había relación alguna entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del Club Unitario, Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que teníamos alguna relación con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareció un crimen mayor querer restaurar la Constitución que el degollar más de cien hombres. Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, unos meses después el sargento García y otros que proclamaban la Constitución en la Granja eran premiados.