LOS DOCTRINARIOS

—Pero esta hostilidad, ¿no tenía algún otro motivo particular?—le pregunté yo a don Eugenio.

—No, que yo sepa; todos estos políticos viejos eran doctrinarios, gentes de principios cerrados, ordenancistas; ellos, como los médicos de Molière, preferían que el enfermo se muriera a dejar de seguir los preceptos de Hipócrates. Comprendían, claro es, que en tiempo de revoluciones y de revueltas no se puede marchar siguiendo la ley al pie de la letra; pero en vez de confesarlo así y obrar en consecuencia, tomando el mejor camino por intuición, buscaban sutilezas y argucias para dar a la arbitrariedad una apariencia legal.

Por otra parte, estos viejos mandarines eran masones de los que creían en la parte mística de la secta, o por lo menos la respetaban, y me consideraban a mí como un hereje porque yo siempre había mirado las cuestiones simbólicas de la masonería como verdaderas mamarrachadas indignas de ser tomadas en serio. Además, estos doctrinarios creían que sin intervenir ellos no se podía hacer nada, y tenían una suficiencia y una vanidad completamente morbosa. Todos los que no estaban con ellos, los que no les adulaban y no les jaleaban eran sus enemigos. En su grupo, los diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23, semidioses; el que completaba el prestigio habiendo estado en la emigración en Londres podía considerarse en el Olimpo. El que no cumplía alguno de estos requisitos no valía nada; yo no tenía ninguno de ellos, razón por la cual no se me consideraba persona grata. Por otra parte, mis opiniones políticas audaces habían irritado de tal manera a Gil de la Cuadra, a Calatrava y a sus amigos, que desde entonces me tomaron un odio terrible y no me perdonaron.