RESUMEN

—¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo envió a usted a Barcelona para inutilizarlo?

—Sí.

—¿Y Mendizábal colaboró en eso?

—No; creo que Mendizábal obró de buena fe.

—Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza?

—La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de la Peña y Xaudaró dejaron hacer.

—¿Y por qué?

—Yo creo que Feliú, que era el más listo de todos, fué el que vió claramente la cuestión. Feliú sabía que los isabelinos iban a hacer la revolución. Si antes de la revolución viene la matanza—se debió decir él—, el movimiento constitucional aborta y queda desacreditado. Y esto pasó. Después de la matanza se formó una comisión militar, y la organización isabelina fué completamente deshecha.

—Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en pleno maquiavelismo. Y en Canarias, ¿qué le pasó a usted?

—Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo, de quien antes te hablaba, dice, poniéndolo en boca del capitán general de Canarias, que yo intranquilicé la isla de tal manera, que en aquel rincón del mar, donde nadie se ocupaba de política, instalé sociedades secretas, lo plagué todo de logias, conciliábulos y clubs, y que me marché porque el general gobernador hizo la vista gorda.

—¿Y esto ya no es verdad?

—No; es fantasía, pura fantasía.

—Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no tuvo nada de particular? Porque es un viajecito respetable para hacerlo en un falucho.

—Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, temporales... Estuvimos a punto de zozobrar varias veces. Yo me defendía a fuerza de desesperación y de rabia.

—Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante?

—En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos Bertrán y yo, en marzo de 1836, a Cartagena.