UN CONFIDENTE

Una de las cosas que me preocupaba y que comencé a trabajar con los isabelinos fué el modo de encontrar confidentes que nos pusieran al tanto de las maquinaciones de los carlistas y de los que les ayudaban en el extranjero.

Bertrán Soler se dirigió a un redactor del Vapor Catalán, un pobre hombre que había estado empleado en la policía, y éste nos dirigió a un militar retirado, que vivía en una casa de huéspedes de la calle de la Boquería, llamado Ribot.

—Si no le encuentran ustedes a él, que será lo más probable—nos dijo el periodista—, hablen ustedes a su patrona.

Fuí yo solo a ver al hombre, sin aceptar la compañía de Bertrán Soler, porque éste era capaz de echar un discurso altisonante, demostrando con sus grandes frases que era necesario trabajar por la patria y por la Libertad con desinterés y con abnegación.

No encontré a Ribot en su casa, y hablé con su patrona, como me había recomendado el redactor del Vapor Catalán.

Era ésta una mujer de historia, una lagarta de muchas conchas, llamada doña Enriqueta. Nos entendimos fácilmente, porque al momento hablé yo de dinero.

Me dijo doña Enriqueta que su huésped Ribot era, efectivamente, individuo de una Junta carlista que celebraba sus reuniones casi a diario en Barcelona y que dirigía los asuntos del Principado. Añadió que a ella no le comunicaba nada de cuanto ocurría en esa Junta; yo le indiqué que era enviado del Gobierno y que tenía dinero. Hablamos largo rato y quedamos de acuerdo en que ella sonsacaría al huésped y me daría informes de lo que se dispusiera en la Junta, a cambio de los datos que le iría comunicando yo de lo que se acordase en la Isabelina.

Le di a doña Enriqueta algún dinero por anticipado, y ella, cumpliendo su palabra, me envió informes a casa de mucha importancia.