XAUDARÓ
Respecto a Ramón Xaudaró, era un hombre joven, elegante, de bigote pequeño y sotabarba; formaba parte de un club que se titulaba «Unitario», que al parecer quería reunir a los liberales de todos los matices; pero en este club mandaban los moderados, los masones y principalmente los plutócratas barceloneses. Xaudaró era hombre de dos caras, audaz, atrevido e inmoral. Sacaba dinero de todas partes.
—¿Cómo?—interrumpí yo—; yo he visto el retrato de Xaudaró en una estampa titulada: «Víctimas de la causa popular», al lado de Bravo, Maldonado, Padilla, Porlier, etc.
—¡Bah! así se escribe la Historia.—replicó Aviraneta.
—Ya estamos otra vez en el problema de los hechos.
—Xaudaró—dijo Aviraneta, que no quiso contestar a mi alusión—había sido confidente de Llauder, y antes, en tiempo del conde de España, del subdelegado de policía de aquella época, don José Víctor de Oñate. En la causa que se siguió a los masones en Barcelona, un tal Lucas Martínez denunció a Xaudaró como confidente de la policía. Decididos los isabelinos, según me dijo Bertrán Soler, a averiguar lo que podía haber de cierto en esto, supieron que el dueño de una casa de baños de Bourg-Madame, en la frontera francesa, el señor Mazlat, tenía listas, papeles y documentos de Xaudaró por los cuales se podía colegir que éste había sido un agente provocador que incitaba a los liberales a entrar en España en la época absolutista y los denunciaba después a la policía.
Los isabelinos mandaron un emisario a ver estos papeles. El francés de Bourg-Madame no tuvo inconveniente en mostrárselos, pero no se los quiso entregar.
La redacción del Vapor Catalán tenía en Xaudaró un gran agente de negocios; éste hacía campañas para sacar dinero, aspiraba a ser un dictador de la ciudad apoyándose al mismo tiempo en la plutocracia y en la gente maleante.
Xaudaró era cínico, atrevido, con una gran avidez de dinero.
Detrás de él, a su sombra, trabajaba Madoz, hombre perseverante, violento y al mismo tiempo muy zorro, que tenía grandes ambiciones.
El escribano Francisco Raull, con quien hablé un par de veces, había publicado la historia de la conmoción de Barcelona en la noche del 25 al 26 de julio de 1835; era un hombre vacuo y petulante que escribía dando más importancia a la palabrería que a los hechos.