III

Una mañanita que estaba en una esquina, muy lejos para el suroeste, matando el bicho con una copa de caña paraguaya, me puse á conversarle al patrón, porque yo era el único marchante y él se aburría como yo, del otro lado de la reja, medio echado de barriga sobre el mostrador y con la cara muerta de sueño entre las manos. Yo andaba otra vez sin trabajo y con poquitos cobres en el bolsillo... Es que no me puedo conformar con que me manden, ni con echar los bofes como una mula...

—¿Para dónde va ese camino?—le pregunté entre otras cosas al pulpero, mostrándole con la zurda—en la otra tenía el vaso,—una huella que agarraba para el sur.

—Á Pago Chico. Esa huella sigue derechito como unas seis leguas, y va á dar á la misma estación del ferrocarril del Pago...

Yo había oído las mentas de ese partido, y me entraron ganas de ir, por puro gusto: al fin y al cabo, lo mismo era trabajar allí que en cualquier otra parte, y el mismo gusto tiene una copa de ginebra legítima. Pero como no tenía caballo ni de dónde sacarlo, y seis leguas á pie son mucha música, le pregunté al pulpero si no caería alguna carreta ó algún carro que me llevara.

—No, amigo, me contestó:—esas huellas son de las tropas que pasaban antes con lana para Buenos Aires, pero desde hace un año ya no andan, porque todo se lo lleva el tren.

—¡Caramba, amigo, qué lástima!

—¿Para dónde va ese camino?—le pregunté.

—¡Mire qué casualidad!—siguió el pulpero al ratito.—¡No me acordaba, hombre! Tiene suerte, porque hoy mismo, y cuando más mañana, va á venir la jardinera del almacén del pueblo que trae surtido para todas las esquinas del camino al Pago, y para mi casa también.

—¿Y de ahí?

—El repartidor lo llevará, si se le hace amigo.

—¡Oh!, ¿y cómo no? Lo voy á esperar no más, porque de veras que tengo muchas ganas de conocer Pago Chico. Es un pueblo grande, ¿no?

—Bastante.

—¿Y tiene escritorios y tiendas?

—¡Ya lo creo!

—¡Magnífico!

Y me quedé tomando una que otra copita con el pulpero que era un buen gallego acriollado, hasta que á eso de la diez de la mañana, apareció sobre un albardón una manchita negra que iba agrandándose despacio entre el verde del campo.

—¿Ve eso?—me preguntó el pulpero.—¿Y sabe lo que es?

—¡Sí, la jardinera! La cuestión será que me quiera llevar el almacenero...

—Por eso pierda cuidado, porque es un muchacho bueno y servicial, y á más, si usted sabe ganarle el lado de las casas, hará lo que quiera con él...

Con esta seguridad, y aunque me quedara tecleando la platita, le compré provisiones para el viaje, salchichón, queso, galleta, cigarros, fósforos, y... nada más... Aunque también me parece que le pedí dos cuartas de vino carlón...

Llegó el repartidor del almacén, y después de unas cuantas copas y un poco de jarana, no tuvo inconveniente en llevarme, como me había dicho el pulpero.

El hombre era conversador, yo nunca he sido manco, así es que la charla empezó en cuanto salimos de la pulpería... eso sin contar el aperital de adentro.

Volvía de vacío, los caballos eran buenos, obscurecía tarde, y de consiguiente podíamos llegar ese mismo día á Pago Chico.

Le conté mi vida; él me contó la suya desde que vino de España: siempre detrás del mostrador, sin salir ni los días de su santo, hasta que lo hicieron repartidor, y andaba como bola sin manija, trotando en la jardinera y tardándose dos y tres días para volver al Pago. Cuando le hablé que buscaba conchabo, me dijo:

—Si usted quiere trabajar sin deslomarse, ya sé lo que le conviene. Lo dejaré á una legua de Pago Chico, en la pulpería de doña Carolina, que allí encontrará en qué pichulear algo.

—¡Magnífico, amigo! Yo para todo estoy pronto, en tratándose de trabajar, y más cuando ya casi no me queda ni un centavo, como ahora...

—Entonces, doña Carolina anda buscando un dependiente que le convenga... Pero es muy delicada, y una punta han tenido que volverse sin que los tomase... Por eso ahora ya nadie va. En fin: de todos modos, usted encontrará trabajo, porque ahí cerquita está el campo de los Torres, y siempre necesitan peones.

Almorzamos, sin dejar el trote y galope; yo pesqué un rato despertándome con los barquinazos; volvimos á charlar, á fumar, á tomar unos traguitos; por fin, á la tardecita llegamos al destino de que hablaba el hombre, y nos apeamos.