IV

La casa era bastante grandecita, con negocio de almacén, tienda, y un poco de ferretería. Tenía también un despacho de bebidas, con gran reja de fierro adelante del mostradorcito, y sin mesas, ni bancos, ni menos sillas, para que el paisanaje y el gringaje, no teniendo en qué sentarse, se largara en cuantito tomaba la tarde ó la mañana.

Entramos á la ramada, y del otro lado de la reja se nos apareció una mujer de más de treinta años,—después supe que tenía treinta y cuatro,—bastante buena moza todavía, alta, muy blanca, de pelo negro y ojos obscuros. Cuando nos contestó las buenas tardes, conocí que era italiana.

—Doña Carolina,—le dijo el repartidor—aquí le traigo un forastero que anda medio en desgracia, y como el hombre busca trabajo, yo le he dicho que aquí puede ser que encuentre. ¿Qué le parece?

—Sí,—contestó la mujer, mirándome con atención;—si se queda por acá, luego ó mañana no más, han de venir del establecimiento de Torres... Lo pueden conchabar...

—Y usted, doña Carolina, ¿por qué no lo toma de dependiente? Es mozo vivo y capaz de ayudarla.

—¡Oh, yo!—dijo la gringa suspirando,—ya no pienso en eso. Se me ha ido la idea.

—No importa,—le dije,—me quedaré á esperar á los de Torres. Y, de mientras, sírvanos dos vasos de vino que sea bueno, que estoy galgueando de sed, y este compañero no le digo nada.

Tomamos el vino, que era bastante rico, y el repartidor se despidió porque tenía apuro de llegar al pueblo. Yo me quedé á la espera, mirando la casa, para matar el tiempo. El almacén estaba regularcito de surtido, con muchas bebidas, latas de conservas en un estante, salchichones y tocino colgados del techo, queso y dulce de membrillo en una vidriera, junto con masas de facturería, caramelos largos, pan viejo y galleta.

Había también cosas de ferretería, frenos, facones, cuchillos, tijeras de esquilar, hachas, lebrillos y cacerolas y una punta de chirimbolos más, pero del otro lado de la reja, lo mismo que las cosas de tienda, bramante, zaraza, coleta, ponchos, camisetas, pañoletas, calzoncillos, chiripás, hilo, canutillo, pañuelos de seda celestes y colorados, y qué sé yo qué cosas más.

La casa era un galpón grande con techo de fierro, y al fondo tenía un cuartito que me pareció el dormitorio de doña Carolina. Afuera, á unas diez varas y como cuadrando la especie de patio de tierra pisoteada, que quedaba entre la ramada y el palenque, había otro galpón más chico, pelado, sin otra cosa que un fogón en el medio, hecho con una llanta de carro, y lleno de ceniza: no había cama, ni en qué sentarse, pero era la comodidad de los forasteros que se quedaban á dormir en el negocio. Eso no es nada para cualquier hombre de campo, que arma cama con el recado; pero yo, sin más que lo puesto, ni una pilcha para abrigo, lo iba á pasar muy mal si no llegaban á tiempo los de Torres...

Me llamó muchísimo la atención no ver á nadie más que á doña Carolina, ni en las casas, ni en el galpón, ni por ahí cerca. Los animales que andaban en un pastizal medio alambrado, eran cinco ó seis guachitos y un overo rosado que, por la pinta, debía ser viejón y manso y de la silla de doña Carolina.

Afuera de la ramada había colgado un cuarto de carne, y una nube de moscas revoloteaban al rededor, mientras que otras, paradas, estaban acresándolo. Pero de balde miré á todos lados á ver si había gente: no vi á nadie.

—¿Cómo puede vivir esta pobre mujer, en tanta soledad?—pensé.—Los perros no bastan para cuidarla, porque cualquier malevo los achura, y después á ella, y le roba hasta la última hilacha... ¡Se necesita ser guapa!... Sólo que la gente haya ido al pueblo...

Ya me empezaba á interesar la gringa, así es que me volví á las casas y le pregunté:

—Perdone, misia Carolina; pero ¿usted está sola aquí, en esta casa?

—Sí,—me contestó—no somos más que yo, y un viejito que está ahí, en el bajo del arroyo, cuidando los chanchos. Es el que me ayuda un poco.

—¡Caramba, señora! ¿Y no tiene miedo de vivir tan retirada del pueblo, en esta soledad? Porque el viejo poco ha de servir para compañía...

—¡Así es, el pobre ya está muy viejo!... Y aunque yo tengo una escopeta, y soy capaz de usarla, á veces me da miedo... Por eso pensaba tomar alguno para que me acompañara y me ayudara á despachar... ¡pero, qué quiere!...

Al decir esto, me miró muy seria, muy atenta, y después se quedó callada.

—¿Y por qué no lo ha hecho?—le pregunté por fin.

—¡Eh! ¡por qué! por qué... Porque los que querían conchabarse no me convenían... y como no puedo pagar más que quince pesos al mes... Por ese sueldo hoy no se acomodan nada más que los que no sirven, aunque se les dé la casa y la comida...

Yo, entonces, medio serio, medio riéndome, le dije:

—¿Y yo también soy de los que no sirven?

—¡Oh!, ¡usted no!—me contestó mirándome á los ojos.

—¿Y entonces? ¿no le dijo mi amigo el repartidor?...

—Sí, son cosas que se dicen, y después...

—Pues mire, señora, lo que es yo, trabajaría con usted, no digo por esa plata... hasta por mucho menos... Estoy cansado de andar rodando... Lo que tiene, que no traigo recomendaciones... ni tengo en el Pago más conocido que el repartidor...

Doña Carolina me volvió á mirar un rato, sin abrir la boca, como para verme las intenciones en la cara. Yo no soy un buen mozo, ya lo sé, pero tengo algo, algo que me hace simpático, sobre todo á las mujeres. ¿Se ríen? ¡Oh!... pues si yo les contara... El caso es que á doña Carolina le debí parecer buen muchacho, porque en seguida me dijo:

—¡Si fuera sólo por eso de las recomendaciones, no importaría, porque usted no tiene laya de ser mala persona, al contrario!... Pero, ¡qué ha de querer una colocación así, cuando hasta de peón puede ganar dos ó tres pesos diarios, cuando menos!

Le conté entonces que yo era más pueblero que hombre de campo, y que no me gustaba trabajar al viento y al sol, como tenía que hacerlo para no morirme de hambre desde que principié á andar en la mala y perdí lo poco mío que tenía. Le dije que me quitaron un empleíto en Buenos Aires, por intrigas de un compañero traidor que me quería sustituir; que después anduve por las provincias del interior, corriendo tierras y buscando la suerte, pero que todo me salió mal hasta que tuve que volverme con una mano atrás y otra adelante. En fin, le hice un cuento de los que no se empardan; y ella me escuchaba con mucho interés y atención: hasta me parece que lagrimeó un poco...

En esto, entraron unos carreros á tomar la copa y yo me salí para el patio.

Los carreros andaban apurados y se fueron en seguida. Doña Carolina me chistó:

—Bueno—me dijo,—si quiere, quédese aquí unos días para probar...

—¡Qué probar ni qué probar! ¡Si me quedo aquí, será para toda la vida!—dije entusiasmado.

—¡Quién sabe!... En fin, le pagaré por ahora los quince pesos, y después... si los negocios andan bien, veremos... Le daré un poco de ropa, tiene la comida asegurada, y puede dormir en el galpón, que yo le prestaré unas jergas para blandura y un ponchito para que se tape.

Ahí no más cepillé un gato de puro contento.