V

Cuando volví á salir al patio ya era casi noche, y me encontré al viejo de los chanchos que había vuelto al entrarse el sol. Estaba pitando un cigarro negro, sentado en una cabeza de vaca, á la puerta del galpón, por la que se veían las llamaradas de una fogata de leña y un humazo terrible que no dejaba divisar las paredes.

—¿Tomando el fresco, paisano?—le pregunté, para entrar en conversación.

—Ansina mesmo es, don—me contestó;—demientras se calienta l'agua y medio si asa el churrasco. ¿Quiere dentrar y prenderle á un verde?

—Con mucho gusto, amigo don...

—Cipriano, p'a servirlo,—añadió el viejo, que se sacó el pucho negro de la boca, mirándolo y remirándolo, como con pena de que se acabara tan pronto.

Entramos en el galpón. Al lado del fuego, que ardía con grandes llamas y chisporroteo de leña verde, echando un humo espeso y agrio que hacía lagrimear, hervía una inmensa pava, negra de ollín; al lado estaba la enorme yerbera cuadrada, de palo, mediada de yerba parnanguá, entre la que se asentaba el mate, una galleta muy bien retobada con vejiga. Al calor de la llama, se iba asando un pedazo de carne de la que vi colgada, y ahí no más, cerquita, el porrón de la salmuera. El viejo era amigo de su comodidad. Entró la cabeza de vaca, yo me senté en otra, y comenzamos á matear y á menearle taba.

—¿Y p'ande va, amigo?—me preguntó don Cipriano, brindándome un amargo.—Porque usted no es del Pago, ¿no?

—No; no soy del Pago, pero voy á ser—le dije.

—¡Ajá, está bueno! ¿Y ande piensa trabajar?... si me permite la pregunta.

—Aquí mismo. Me quedo á ayudar á la patrona.

—¡Bien haiga! Falta le hacía á la pobrecita, dende que murió el finao, aura hará un año p'a la yerra... La mujer no ha di andar sola, dispués de haber tirao en yunta... Solita, se hace mañera, y no sirve ni p'a noria.

Al principio no entendí bien lo que me quería decir el viejo, pero la agachada era demasiado clara, para que al fin no cayese en cuenta. Refregándome los ojos que me ardían con el humo, le dije con retintín:

—¡Sola!... tan sola no vivía, desde que estaba con usted.

—Se mi hace que l'incomoda la humadera, amigo, y que no ve lo maceta que mi han puesto los años... ¡Y cómo será cuando tuavía no gastábamos más leña que la de oveja, ni pitábamos más que naco ó cuerda, y yo era viejón y duro de coyunturas!... No friegue pues, mocito.

Yo me eché á reir. El viejo, después de estarse callado un rato, siguió con los cuentos de la patrona.

—Dende que murió el finau, que Dios tenga en gloria, doña Carolina anda como pan que no se vende. ¡Á esa moza—porqu'es moza tuavía,—le falta algo, está claro! Y la verdá que anqu'es trabajadora y se levanta al alba, la esquina suele ser de mucho trajín p'a ella sola, pobrecita...

Chupó tranquilamente el mate, y después siguió:

—Y es buenaza la patroncita... Cuando vivía el finau, todo era mimos y comiditas... Aura, rejunta cuanto guacho encuentra y los trata como á hijos... Á mí, á su lau no me falta nada, y eso que soy un viejo deslomao que no vale ni una sé di agua... Y hace mucha caridá, y no hay rancho de pobre por ahí cerca, en que no la quieran como al pan bendito...

—Me alegro de tener una patrona así,—le dije—de ese modo me voy á quedar aquí toda la vida.

Me miró con una risita fregona, y después de un rato agregó, mientras encendía un candil de sebo de carnero:

—¡Mire!... usté, lo que debe hacer, mocito, es endilgarselé derecho no más, y ronciarla de lo lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté no me parece lerdo, más que para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la pobre, necesita compañía... Oigalé á este viejo que no ha visto al ñudo tanta madrugada, y siga su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y aura, vamos á tender el asador y á echarle la salmuera p'a qui acabe de asarse al rescoldito... ¡Ya verá qué charrusco! También ya no sirvo p'a otra cosa.

Saqué el cuchillo y busqué donde afilarlo, pensando en lo que me había dicho el viejo ño Cipriano, que no dejó de interesarme mucho. La verdad que allí podían acabar mis penurias, sin hacer mal á nadie, y principiar una vida tranquila y honrada, con una buena mujer, unos pesos siempre listos en el bolsillo, trabajo descansado y divertido, una copita cuando se me antojara, comida abundante, cama blanda...

—Á naides ha querido conchabar de todos los que han venido á ofrecerse,—dijo ño Cipriano.—Y si lo ha tomau á usté, es porque ya tiene más de la mitá del camino andau. ¡Arriejesé sin miedo, mozo!

Le iba á contestar, cuando oí que doña Carolina me llamaba desde la ramada:

—¡Eh! ¡joven, eh! Venga aquí, haga el favor.

Todavía no le había dicho mi nombre.

Salí y fuí á la ramada.

—¡No!,—gritó doña Carolina.—Entre nomás por el patio, que los dos vamos á comer aquí adentro, en esta mesa.

Había puesto un mantel limpito, dos cubiertos, una pila de platos, pan con grasa, queso fresco, una caja de sardinas abierta, y un gran platazo de nueces y pasas.

—Aquí se come á lo pobre, y usté dispensará porque no hay cómo hacer muchas cosas.

—¡No diga, señora!—le contesté.—Si viera los gofios que he comido todo este tiempo, y el maíz cocido de las provincias del norte, no pensaría eso. Muchos días me lo he pasado con una galleta y un traguito de aguardiente, y otros, sin galleta...

—¡Pobre mozo!—dijo doña Carolina, que se había puesto tristona, y medio lagrimeaba, como yo en el galpón con el humo—Pero ahora, siempre tendrá lo más preciso, porque aquí, gracias á Dios, nunca falta que comer...

Y aquella noche, al menos, era verdad, porque comimos sopa de fideos, las sardinas, una ensalada de carne, asado, el queso, las pasas y nueces, y qué sé yo, hasta que tuve que decir que no quería más, al servirme la segunda botella del vino que habíamos probado con el repartidor...

¿Á qué contarles la conversación, mientras cenamos, ni lo alegre que me acosté, ni lo bien que dormí esa noche en un montón de bajeras y cueros de carnero bien lavados y blandísimos?... ¡¡y hasta con sábanas!!