VII

Esa noche quedó arreglado y convenido todo lo de la fabricación, y en buen camino las otras cosas, que por lo visto no le habían disgustado mucho á la gringa. ¡Ah! ¡me olvidaba! también me dijo:

—Usté no tiene capital, y aquí en el boliche hay un capitalito de unos pocos miles de pesos. Pero haremos cuenta que la mitá es de usté, para no andar con embrollos.

Yo me largué contentísimo al galpón, donde tenía mi cama, pero aunque era blandita, casi me pasé toda la noche revolviéndome, sin poder pegar los ojos.

Pues en cuantito principió á clarear, ya estaba con los huesos de punta y con todo aprontado para el viaje...

Tomé unos cimarrones con ño Cipriano, que dormía en la otra punta del galpón sobre unas pilchas viejas, y con quien nos habíamos hecho amigazos. Cuando le conté lo de la sociedad y el viaje, bailando de gusto, me dijo muy serio:

—Tenga mucho cuidau, paisano, con lo qui hac'en la ciudá; no vay'á dejar qu'el asau si arda antes de qu'esté en su punto. Usté va lejos, pero más lejos van las mujeres... De puro desconfiadas y ladinas, cuand'uno va, ya están de güelta. ¡No se me descuide, y se me quede di á pie cuando ya está estribando!

Me hice el desentendido y me reí, brindándole el mate que cebábamos una vez cada uno, á lo resero. Después me levanté para irme.

—Bueno, hasta la vuelta, amigo don Cipriano.

—Que le vaya bien y hasta la güelta mozo: no se tarde, que el güay lerdo... ya sabe...

Me fuí á despedir de la gringa que me dió tres ó cuatro sacudones de manos, con los ojos aguachentos, monté el sotreta overo que ya había ensillado, y con su galope de ratón seguí hasta un almacén de al lado de la estación de Pago Chico. Ahí dejé el mancarrón, muy recomendado, y me entretuve tomando unas cañitas, porque todavía faltaba rato para el tren...

En Buenos Aires compré etiquetas con todos los nombres y todas las marcas de las bebidas, corchos, lacre, cápsulas de lata, esencias de todo, y unas damajuanas de aguardiente muy fuerte, que es lo principal para los licores. No me olvidé tampoco de los polvitos de anilina para dar color, ni de una punta de yerbas y palos de droguería que necesitaba. Compré también por si acaso un «Manual del Licorista» y sin perder tiempo, acordándome del buen consejo de ño Cipriano, me volví á Pago Chico, y enderecé en seguida para la esquina «La Polvadera», como le sabían decir á la casa de negocio.

No se me da la gana decirles, cómo me recibió doña Carolina, pero les aseguro que no fué mal... ¡No! ¡lo que es eso no! hasta ahí no llegaba la broma todavía...

Bueno, pues, al otro día mismo, ya me puse á hacer mis menjunjes, y de ahí salió anís, coñac, ginebra, guindado, hasta vermouth; rebajé todo el vino que había (dejando unas damajuanas aparte para nuestro uso) le eché mucho aguardiente, un poco de anilina, y de cada cuarterola alcancé á hacer más de dos, como se lo había prometido á mi gringa. Y todavía me acuerdo que, entusiasmado con el trabajo, hasta inventé licores, ó más bien dicho, el color, y así hice caña de duraznos azul, ginebra amarilla como de oro, biter de naranjas, verde y colorado, y un licorcito muy dulce de vainilla, color violeta claro, que los reseros sabían llevarle á la novia de regalo, por lo rico, y sobre todo por lo lindo que era.

La cosa resultó magnífica, y á los marchantes les gustaban más algunas bebidas hechas por mí, que las legítimas—puede ser que porque eran más fuertes.—Y decían al pedirlas:

—¡Eh, mozo! una caña... de la que toma el patrón, ¡eh!

Carolina estaba muerta de contenta y un día me dijo:

—Usté tiene unas manos de ángel (decía anquel) y estamos ganando mucha plata. Y... ¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era un joven (coven) como usté... Y ahora que lo conozco bien... ya le puedo prometer que... que vamos á ser felices en todo sentido...

Yo no había vuelto á hablarle del asunto serio, pero en todo aquel tiempo, la miraba con ojos de carnero degollado, ronciándola y pensando: «¡Ya has de caer! ¡ya has de caer, mi vida!» seguro de que no se me iba á escapar. Y todavía haciéndome el sonso, le salí con esta agachada:

—¿Qué quiere decirme, señora, con felices en todo sentido?

La gringa se desentendió, contestándome colorada:

—Conversaremos esta noche, después de cerrar el negocio... Entonces le diré la contestación...

Yo hubiera bailado en una pata, de puro contento.

Y efectivamente... Cuando acabamos de comer, cerré la puerta de la ramada—que se cerraba por afuera,—entré al negocio por la del patio, y me encontré á Carolina que me estaba esperando.

—Ahora puede decirme—principié despacito, para quitarle los últimos recelos.

Pero ya no había necesidad de tantas historias.

—Bueno, conversemos,—dijo muy seria.—Pero antes digamé la verdad... ¿Usted se casaría conmigo?...

Le iba á contestar, pero no me dejó.

—Soy un poco vieja y fea—siguió con una especie de coqueteo que hoy me da risa—pero lo quiero mucho, y como le dije hoy, podemos ser felices en todo sentido... La cosa es, que hay que casarse, si no, ¡niente!

Yo nunca había pensado en semejante cosa, pero comprendí que la gringa no iba á aflojar ni por un queso, y conseguí ponerle buena cara.

—¡Oh, misia Carolina! Nunca creí otra cosa, y casarme con usted será mi felicidá—le dije.

Se rió muy contenta, y me dió la mano que me apretó mucho, con los ojos medio llorosos.

—¡Bueno, bueno!—siguió.—Entonces yo le daré lo que quiera, y si no tiene inconveniente, mañana mismo se va á Pago Chico, á comprar todo lo que haga falta para casarnos en cuanto pasen las amonestaciones...

Y como para ensartarme más de lo que estaba, me dijo que el negocio no era más que una parte de su fortunita, porque tenía un campito ahí cerca, arrendado á unos vascos, unos pesitos puestos en Buenos Aires, en el Banco de Italia, y algunas cositas más que yo vería después.

—¡Aunque no tuviera en qué caerse muerta, misia Carolina!—le dije contentísimo.—¡Sería lo mismo para mí, y me casaría con usté inmediatamente!... ¡Sí! Mañana mismo me voy al Pago, á hacer las compras, á ver al cura, á buscar los padrinos y mandarme hacer una ropita decente, porque no me he de casar como un zaparrastroso.

Se rió muy contenta y me dió la mano.

Y agarrándola por la cintura, como para bailar, le grité:

—¡Ya verás, m'hijita, qué felices vamos á ser!...

Pero aunque el negocio me conviniera mucho, yo no dejaba de tener un poco de vergüenza, por las relaciones y la familia, que no iban á dejar de saber mi casamiento, porque al fin y al cabo yo no soy un cualquiera, aunque anduviese más pobre que las ratas... ¡Y se me ocurrió una idea macanuda!

—Mirá, hijita—le dije sobre el pucho:—como vos sos viuda y yo soy un poquito más joven, como no tengo un real ni para remedio, afuera de lo que vos me das,—será mejor que tratemos de no dar que hablar á las lenguas largas: ya sabés lo mala y enredadora que es la gente, sobre todo en Pago Chico. Casémonos, pero sin fiesta, que para fiesta bastante somos los dos...

—¿Y de ahí?—me preguntó medio alarmada.

—¡Mirá! Arreglamos con el cura Papagna la dispensa de las amonestaciones; viene aquí mismo, nos casa, con algún vecino, ó el mismo ño Cipriano, y una amiga de confianza, de padrinos, y después, cuando todo el mundo sepa y se haya acostumbrado, si se nos antoja, podemos dar cuanta farra se nos dé la gana, sin que nadie se ría de nosotros, ni ande con habladurías, ni levantadas...

—¡Hacé lo que querás!—me dijo por fin la gringa, que estaba más contenta que cuzco recién desatado.—Con tal de que nos case el cura, y nos eche la bendición adelante de los padrinos, á mí no me importa nada. ¡Hacé lo que querás!...