VIII

¡Pues, señor! Echo en saco roto una punta de menudencias para contarles lo del cura, que es realmente divertido, como que á mí mismo me dejó pasmado, y medio sonso, aunque haya visto tantas cosas raras en la vida.

Este cura, que era un napolitano cerrado de lo que no hay, hacía poco que estaba en el Pago, pero por las mentas ya se había puesto riquísimo y pensaba irse pronto á su tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el favor, cómo puede ponerse rico un cura, en un pueblo de campo, aunque le lluevan las limosnas y le goteen las velas para los santos, y haga como el sacristán de Nuestra Señora de la Estrella: «la mitá p'a mí, la mitá p'a ella». Yo no creía, ni muchos creían tampoco, que el cura Papagna estuviese regularón siquiera; pero es que era un verdadero pillo, un gran canalla, un fraile como no he visto otro en todas mis recorridas por esta tierra, en que he hallado unos muy buenos, otros regular no más, y otros muy malos... ¡No, lo que es como aquél!...

El cura Papagna era bajito, gordinflón, muy narigueta, bastante canoso, con unas manos peludas y como patas de carancho, ¡pero más gruesas, natural! Andaba siempre con la sotana perdida de lamparones, y la barba sin afeitar de muchos días, así es que parecía—y era—¡un sucio! Yo no sé si han notado que hay gente que se diría que no se afeita nunca; pero entonces ¿cómo es que siempre tienen cortos los pelitos de la barba?...

Bueno, pues, cuando salía al campo, á casar y á bautizar, iba en un bayo tan peludo y tan sucio como él. Por el pueblo poco se le veía, sino en la misma iglesia y á la hora de la misa, ó cuando había rosario, novenas, ó qué sé yo. Según decían los comerciantes del Pago, nunca gastaba un cobre, y hasta vendía las gallinitas y pollitos que le llevaban de regalo las beatas. Siempre andaba llorando miseria aunque el cuerpo le destilara grasa por todos lados. ¡Corrían unos cuentos de él!... Muchos vecinos se habían quejado varias veces al arzobispo, no me acuerdo bien por qué, pero el arzobispo se hizo la chancha renga, y el cura Papagna siguió tan suelto de cuerpo en la parroquia, casando, bautizando, diciendo misa y predicando... ¡Vieran los sermones!... Era cosa de perecer de risa. No se oían más que las mentas de las barbaridades y bolazos que largaba medio en napolitano, porque ni el italiano sabía bien. Cuando fuí á hablar con él, estaba en la sacristía, sentado cerca de una mesa mugrienta, con las manos cruzadas sobre la barriga, redonda como un tremendo queso de bola.

—¿Qué vulite?—me preguntó.

—Yo, señor cura... venía... venía porque me voy á casar...

—¡Va bene! ¡va bene! Songo diechi nachonale... ¿É un qui se ne casa?... Bisoña pagá andichipate pei publicazione... amonestazione... ¿Á mushash é de cá?... ¡Eh!... ¡vedite!... ¡diechi nachonale é poca roba!

—¡Espere un poco, señor cura!... Es que yo quisiera la ¿cómo se dice? ¡ah! ¡sí! la despensa de las amonestaciones...

—¡Allora so tranta!

—Y que nos casara en casa de la novia...

—Allora so sesanta... Un pozo fá de meno.

—¡Oh! por eso no importa, señor cura: se le pagarán los sesenta pesos... Pero, ¿y cuándo nos podrá casar?

—Cuanne vulite... ¿E qui é á compromesa?

—¿La qué, dice?

—La mushás...

—¡Ah! ¡Sí! Doña Carolina, la viuda, ¿sabe? la de la pulpería de la Polvadera...

—Va bene, va bene.

Y el cura se quedó un rato callado, como pensando. Después, medio riéndose, se levantó de la silla, se me acercó, y agarrándome la solapa de la chapona, me dijo despacito, como para que nadie lo pudiese oir...

¡Ah! Como me parece que alguno de ustedes no entiende el nápoli, lo voy á hacer hablar en castilla.

—¿Pero usté quiere casarse de veras?... ¿en el libro de la parroquia?—me dijo.

Al principio no le entendí lo que quería decirme y lo miré azorado.

—¿Por qué me dice eso?—le pregunté por fin.

—¿Eh?—me contestó el muy sinvergüenza.—Porque hay algunos que quieren casarse, sí, pero que no les pongan el casamiento en el libro... Entonces, yo les hago un certificado en un papel suelto, y se lo doy para que lo guarden. Entonces... ¿pero no va á decir nada, eh?

—¡Qué esperanzas, padre!

—¿De veras?

—¡Mire: por éstas!

—Entonces, si la mujer es buena, ellos lo guardan; pero si no es buena, lo rompen y se mandan mudar si quieren, y la mujer no puede hacer nada, ¡eh!... Yo tengo permiso para casar así, pero nadie tiene que saberlo, porque es un secreto de la iglesia... y también es mucho más caro que el otro casamiento...

¡Qué iba á tener permiso el cura picarón! Era una historia que había inventado para far l'América, y llenar pronto el bolsillo aunque se fuera al infierno derechito,—tantas ganas tenía de volverse á su tierra á comer pulenta y macarrones.

Pero, después de un rato... la verdá... pensé que no sería malo casarse así, como él decía, aunque nunca, ni menos entonces, se me había pasado por la cabeza engañar á la gringa, tan buena y tan cariñosa... El diablo del cura me tentó, yo no tenía la culpa, al fin y al cabo, y como lo que era por plata no había que echarse atrás, porque Carolina tenía bastante, pisé el palito, me pareció que ésa era una gran seguridad para mí, y le dije al cura:

—¿Y cuánto sería el gasto de ese modo, padre Papagna?

—Trechento pesi.

—¿No puede algo menos?—le pregunté, porque para rebajar siempre hay tiempo.

—¡Ni un chentavo!... Y además, usté me va jurar, por el santo Dios y la santísima Virgen, ¡que no le va á decir nada á nadie, de mientras yo esté en cuest'América!...

—¡Qué quiere, padre! No puedo darle tanto... Y ni le pago, ni juro,—añadí, para obligarlo á rebajar.

Él medio se me asustó, y palmeándome el hombro, comenzó á ver si me amansaba. Pero no aflojé, ni él tampoco, y así estuvimos un rato largo regateando. ¡Miren qué negocio para regatear! ¡Hoy mismo me estoy haciendo cruces!... En fin, cuando me dejó la cosa en ciento cincuenta pesos, le dije:

—Bueno, le pagaré y juraré,—pegándole una palmadita en la panza, porque ya le había perdido el respeto. ¡Y de no!

Saqué el rollo que me había dado Carolina y me puse á contar. ¡Le vieran los ojos al fraile! ¡Parecía que se quería tragar la plata!

Cuando le di los ciento cincuenta, los agarró con sus uñas de carancho, de medio luto por la mugre, los contó él también, y los volvió á contar. Se alzó la sotana y se los metió bien al fondo del bolsillo del pantalón que tenía abajo, como para que no se le escapasen.

¡Y qué agarrado! Mientras estaba guardándolos, temblaba todo, como si fuera perlático. ¡Nunca he visto cosa igual!... Después se sosegó un poco y me dijo:

—Bueno, ahora vamos á jurar.

Me llevó á la iglesia por la puerta de la sacristía, me hizo hincar enfrente del altar mayor, y con mucha seriedad, principió:

—¿Jura por Dios y por el Santísimo Sacramento y por la Santa Virgen, no decir nunca á nadie cómo lo he casado, mientras yo esté en Pago Chico y en América?

—¡Sí, juro!—contesté fuerte.

—¡Ponga la mano sobre este libro, que es el Evangelio, y de esta cruz, y jure otra vez!... ¡Y si falta al juramento, los diablos lo perseguirán en esta vida, y lo harán arder en la otra!...

Puse la mano como él decía, y volví á jurar.

—¡Bueno! ahora levántese, dígame cuándo quiere casarse, y se puede ir no más.

—Hoy es jueves. El lunes á la noche, ¿no le parece?

—¡Benissimo! á la nove, ¿no?

—Muy bien;... y ¿no tenemos que confesarnos?

—¡Eh! ¡qué confesarnos, ni confesarnos!... ¡para esta clase de casamiento no se prechisa!...