IX
Figúrense lo contento que me iría á comprar los muebles, aunque hubiesen mermado tanto los pesitos que me dió la gringa Carolina. Los gasté todos y todavía quedé debiendo á nombre de la gringa, para pagar á los dos ó tres meses; el mueblero no tuvo inconveniente en fiarme, porque ya se sabía en el Pago que yo era socio de la pulpería y algunos me la achacaban de querida á la gringa. ¡La gente es tan mala!...
¡Bueno, pues! nos casamos el lunes que habíamos dicho con el cura, y salieron de padrinos el viejo ño Cipriano, y una parda medio adivina que vivía en un ranchito cerca del negocio, y siempre andaba descalza y de pañuelo colorado en la cabeza.
Carolina se había encajado un gran traje de seda negra, con pollera de volados y bata de cadera, y se había puesto una manteleta en la cabeza, que le pasaba por detrás de las orejas y se ataba debajo de la barba, unas caravanas larguísimas de oro que le zangoloteaban á los lados de la cara redonda y colorada, y un tremendo medallón con el retrato del finadito, de medio cuerpo. Después se puso el mío...
El cura, que fué en su bayo peludo, sin sacristán ni nada, nos echó sus jerigonzas, en dos minutos, hizo firmar la partida de casamiento, la firmó él también, salió al patio conmigo, me dió el papel sin que nadie lo viera, montó el sotreta, y se largó al trotecito para el pueblo, gritando:
—¡Eh! ¡Que siano feliche!...
—¡Eh! ¡Que siano feliche!
No se quedó á comer como lo había invitado Carolina—y eso que era un gran tragaldabas,—seguramente porque en el Pago no se fuera á maliciar la cosa del casorio falluto.
Pero se llevó un pollo asado, una botella de Chianti y otras cositas más...
Carolina, que se pintaba sola para esas cosas, había hecho una cenita de regular arriba,—y los cuatro,—yo, ella, ño Cipriano y la parda,—nos sentamos á comer y á chupar en grande. ¡No, si era chacota!... El viejo se le prendió al vino como guacho hambriento á leche recién ordeñada. La parda, de consiguiente. Carolina se puso medio alegrona, y yo... ¡no les digo nada!... Á los postres ño Cipriano, para rematar la fiesta se le prendió á la caña de durazno y soltando refranes y dando consejos, se mamó tan fiero, ¡que tuvimos que llevarlo al galpón entre los tres!...
—¡Cosas de la vida! ¡Cosas de la vida!—decía la parda, trastabillando, lagrimeando y babosa con la tranca.
Al rato se enloqueció del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo que quedar aquella noche. Al otro día le dijo á Carolina que había soñado que un ángel bajaba del cielo para venir á bendecirla á ella y á mí, y que ésa era seña segura de que íbamos á ser lo más felices. Que también soñó que le regalaban unas gallinitas, y un corte de vestido... ¡Miren la parda ladina!...
La gringa de puro contenta, porque yo no le había mezquinado aquella noche,—y si no ¡jueguenlé risa no más! ¡después de andar galgueando tanto tiempo!—le regaló efectivamente las gallinas y el generito y hasta me parece que un par de pesos de yapa, con lo que la parda se fué contentísima, blanqueándole los dientes y relampagueándole los ojos.
Yo la atajé cerca del palenque, para pedirle que no fuera á decir nada del casamiento, que tenía que ser cosa muy secreta.
—¿Y á quién l'he d'ecir?—me contestó,—si pronto vo á dirme del pago!...
Y era verdad, porque á los dos meses se fué.
Pero ¡miren lo que son las cosas! Habíamos empezado tan bien cuando ¡zás-trás! ¡no faltó quien viniera á descomponer el baile! En esta vida no hay fiesta completa.
Ño Cipriano, que dejamos tumbado en el galpón, no aparecía aunque el sol ya estuviese alto. Al principio no nos fijamos, pero Carolina me preguntó de repente:
—¿Che, lo has visto al viejo?
—No, ¿y vos?—le contesté.
—Yo tampoco.
—Se habrá ido p'al arroyo con los chanchos.
—¿Que no ves los chanchos encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si no le ha pasado algo!...
—Estará durmiendo la mona; pero, no le hace, vamos á ver.
Fuimos al galpón ¡y qué les cuento! nos encontramos al viejo ño Cipriano tendido panza arriba, todo como acalambrado, con la cara color violeta, y frío, helado. Carolina, asustada, comenzó á darle fletaciones, pero ¡qué caray! al divino botón: el pobre viejo con la mamúa, había cantado para el carnero. La gringa se me puso á llorar como una Magdalena.
—Pero ¿qué te da, hijita, para llorar de ese modo?—le pregunté.
—Es que... ¡es que ño Cipriano era tan bueno! Y además...
—¿Además, qué?
—¡Que me parece que tenemos que ser muy desgraciados! ¡Miren qué casamiento, con un difunto en la casa, desde el primer día!...
—¡Bah! ¡no seas pava!—le dije, enojado.—¡Ño Cipriano estaba muy viejo, y cualquier día tenía que estirar la pata!... ¡Eso no quiere decir nada; ya sabés... muertos no hablan!... ¡Y, fuera de eso, acordate de lo del ángel y no llorés, sonsa!
Medio se calmó con lo que le dije, pero ya quedó sentida para siempre, y asustadiza y tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros: llenas de agüerías!
Yo tuve que costearme al pueblo, á avisar á la autoridad. Á la tarde se presentaron el comisario Barraba, el doctor Carbonero, que era médico de policía, y dos milicos. Después de mucho registrar y molernos á preguntas, de cómo había sido, y cómo no, se llevaron á ño Cipriano en un carrito, para abrirlo y ver de qué espichó, y me quedé solo con Carolina, todavía más triste y asustada.
—¡Lo van á achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!... ¡Maledetta sorte!
Y volvió á llorar á sollozos.
—¡Miren, la mujer tan grande y tan pazguata!... Déjese de llanto misia Carolina, que eso es de criaturas,—le dije en broma.—¡Para lo que va á sufrir ño Cipriano con que le anden adentro á estas horas! ¡Vaya! vamos á tratar de divertirnos un poco. Los muertos no quieren andar estorbando á los vivos, sino que los dejen quietos. Récele si gusta, pero ahora vamos á ver si comemos, ¡y bien!
¿No les parece natural? ¡Natural!
Carolina se sosegó un poco, fué á cocinar, comimos después de cerrar la pulpería, yo traté de alegrarla con una punta de dichos y hasta milongas, y tempranito no más nos acostamos... Desde el otro día, principió la vidorria y la farra, después de enterrar á ño Cipriano que resultó bien muerto y sin culpa de nadie.
Los amigos—y ya tenía una punta—caían como moscas á La Polvadera y yo los obsequiaba lo mejor que podía.
Carolina se pasaba la vida con las ollas y acomodando la casa. Nosotros, para matar el tiempo, y menudeándole á las copas, armábamos jugarretas de truco y taba; después hicimos riñas de gallos, y hasta dimos bailongos en el patio, entre el palenque y la ramada.
En la taba y las riñas, el comisario—que me había dado permiso, aunque el juego estuviera prohibido en toda la provincia,—no se llevaba más que la mitad de la coima, así es que todo me hubiera salido perfectamente, si no me da la loca por jugar fuerte á mí también.
Como siempre perdía, Carolina principió á rezongar.
—¡Ya decía yo, cuando encontramos al pobre ño Cipriano, que eso había de traer desgracia! ¡Ya todo empieza á andar mal! ¡Oh, Madona, Madona mía!
Y estos lloriqueos y rezongos fueron empeorando, empeorando. La gringa echó un genio de la gran perra. Se me quería imponer y teníamos un sin fin de peloteras, pero ¡qué había de poder conmigo, ni qué se iba á poner mis pantalones, que tengo tan bien puestos!... ¡Á cada zafarrancho, yo, de gusto, lo hacía peor, cataba una mona, y el vino de reserva era el que pagaba el pato!
Por consejo de un amigote, y aunque rabiara la gringa, hice arreglar bien el camino real, en el retazo que estaba frente á La Polvadera, que quedó parejito como un billar. Y ahí no más armé carreras los domingos, también con permiso del comisario Barraba, que sabía á veces presentarse á cobrar la coima en persona, para que no hubiese barullo, ni peleas—decía.
¡Vieran qué lindas farras! Los paisanos caían que era un gusto, y el beberaje y el fandango duraban desde la mañana hasta ya anochecido, el cajón se nos llenaba de cobres, y yo tenía negocio y diversión á un tiempo.
Pero compré un potrillo zaino, parejero, y ésa fué mi perdición...
Una suerte perra me perseguía sin darme alce. Agarraba una taba y ¡zas! culo sin fallar una vez. Al mus siempre había quien se desemporotara primero y ¡á pagar! Al truco ¡parecía cosa del diablo! los compañeros me embromaban con que era capaz de perder el envido con treinta y tres de mano. Si cantaba flor, me echaban el contraflor el resto, y si caía el bicho de parra, ya podía estar seguro de que el contrario empacaba el de amansar locos para darme en el mate. Mis gallos, cuando no me resultaban juidos, tenían que clavar el pico á las primeras de cambio. «¡Pucha que había sido mulita, amigo!»—me sabían decir los camaradas. Era una maldición, y yo, como es natural, me calentaba más cada vez y buscaba el desquite como un toro furioso.
Y como de uvita á uvita se acaba un parral, los pesos volaban que era un contento. Pero tenía una gran esperanza, que era el potrillo zaino, lindo animal, fino de patas, de pescuezo largo y cabeza chica, delgado, sin ni esto de barriga, voluntario como él solo, y más manso que el overo rosado de Laguna. Yo mismo le daba de comer, lo bañaba, lo rasqueteaba, y todas las mañanitas salía á varearlo donde no me vieran. Y en unas cuantas largadas que hicimos de balde y en secreto con unos amigos, el pingo resultó de mi flor. ¡Qué parejero! ¡Con él no me habían de ganar ni por chiripa!
Carolina á todo esto, viendo que la platita se le iba como el agua de una tina sin arcos, comenzó á armarme camorra peor que nunca.
—¡Así no podemos seguir! ¡Estás tirando todo lo que he ganado con mi trabaco, canalla!—me decía medio rabiando, medio llorando.
Cuando me hacía enojar mucho, yo gritaba también y más fuerte que ella.
—¡Dejáme en paz! ¡sos una gringa de porra! ¡No me incomodés que te puede costar muy caro! ¡Calláte la boca, y más que ligero! ¿eh? ¿me has entendido?... ¡Si no te callás, te va á pesar!
¡Era que entonces me acordaba de lo del casamiento y del papel que me había dado el cura, pero sin intención de largarla, pobrecita!...
Quiso esconder la plata, pero, ¡por donde no la iba á encontrar yo, cuando me entraban ganas de echar una talladita al monte ó hacer un truco de cuatro! Y Carolina, al ver que se la había pispado, gritaba y maldecía primero, y después se metía á llorar en un rincón.
—¡No es por la plata! ¡no es por la plata! ¡Es que veo que no me querés y que no pensás en mañana!
—Dejá, hijita—le contestaba yo entonces, amansado por sus lloriqueos.—¡Ya verás cómo nos desquitamos! ¡No te aflijás, sonsa! ¡si hemos de ser muy felices!
—¡Ah, Madona, Madona mía!—suspiraba la gringa.
... En cuanto creí que el zaino estaba en punto de caramelo, me apronté á dar el gran golpe. Lo había tenido tapado, como ya les dije, y no lo conocían más que dos ó tres amigos, que pensaban jugar fuerte á sus patas, y que no me iban á descubrir ni por un queso.
Un domingo por la madrugada agarré y lo tusé desparejo, lo entrepelé, le llené la cola de barro y abrojos, y lo puse, en fin, que parecía el último matungo de una chacra de gallegos. Después le puse un apero viejo, y encargué á un peón de lo de Torres, que tenía comprado, que á la hora de las carreras cayese montándolo, á la pulpería. El peón se llevó el parejero.
—Hoy voy á correr con el zaino,—le dije á Carolina.
—Dejáte de esas cosas—me contestó.—¡Qué carreras, ni carreras! El juego es la perdición del cristiano.
—¡Esta vez estoy seguro de ganar! Al zaino lo he puesto desconocido, lo van á tomar por un sotreta, ¡y ya verás la ponchada de pesos que nos ganamos!
—Prometéme, al menos,—dijo la gringa, aprovechándose al verme blandito;—prometéme, al menos, que si de esta hecha perdés, no vas á volver á jugar.
—¡Mirá, por éstas!—le contesté besando la cruz de los dedos...