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¡Qué quieren que les diga! Principió á caer gente y La Polvadera se llenó como la misma plaza de Pago Chico, para un veinticinco de mayo. Se largaron varias carreras. Corrió el coperío, que no dábamos abasto para despachar. El paisanaje se calentaba ya de lo lindo, cuando llegó el peón con mi zaino.

Había un tal Contreras, que le tenía mucha fe á su crédito, un tordillo, ligerón, es cierto, pero no gran cosa. Mi parejero no tenía ni para empezar.

Contreras era diablón, mal intencionado, peleador de alma atravesada, y jugaba platales que se agenciaba no sé cómo: dicen que se los daba el pillo del escribano Ferreiro, para que le guardara las espaldas, y para que asustara á sus contrarios políticos... ¡con nada! palizas y hasta puñaladas y tajos si á mal no venía.

—¡Lindo su tordillo!—le dije, eligiéndolo de ahijado, porque era hombre de meterle un cien y es lo que me convenía.—¡Lástima que se haya puesto tan gordo!

—¿Gordo? ¡No embrome! Está en carnes, compadre, y es capaz de tragarse al más pintau. Y eso, que venimos de lejos...

¡Mentira! Hacía una semana que lo tenía descansadito en el Pago, preparándolo.

—¡Bah!—le volví á decir para calentarlo más.—En cuanto principian á echar panza...

Me miró riéndose para que no le conocieran la rabia.

—¡No cargue, que no hay quien lave, paisano! Si quiere verle la panza, tiene que ponerse antiojos. Y, barrigón ó no,—siguió gritando:—¿á ver quién es el mozo guapo que quiere perder cien pesos?

Muchos se acercaron y nos rodearon.

—En ese estau del caballo,—le contesté sobre el pucho, medio riéndome,—yo le corro con cualquier maceta.

—¡Oiganlé! ¿Y con cuál?

—Con este zaino abrojudo, sin ir más lejos. ¿Me lo empriesta, paisano?

—¡Cómo no!—contestó el peón que lo había llevado.—¡Corra no más!

Contreras miró con atención el caballo, lo palmeó, lo hizo andar un poquito.

—Este mancarrón no es lo que parece,—me dijo.—¡Á mí con l'uña! Pero... porque no se diga... le corro, ¡bah!

—¿Por los cien pesos?

—¡Y entonces!

—¡Depositemos!

—¿Depositemos? ¡Avise, compadre!—rezongó, revolviéndome los ojos.

Yo, sabiendo que aquello quería decir pelea, me callé la boca, desensillé el zaino, le puse bocado y una jerguita, me saqué el saco y el chaleco, me hice una vincha con un pañuelo colorado, y ¡ya estuvo!

El paisanaje, caliente, jugaba á raja cincha. Muchos ofrecían doble á sencillo contra mi zaino. Yo agarré una punta de paradas, los amigos que sabían la cosa, de consiguiente.

El tiro era de dos cuadras. Después de unas cuantas partidas, largamos, y mi potrillo principió á sacar su ventajita, primero la cabeza, después un pescuezo, después medio cuerpo, ¡sin castigar!... ¡Contreras venía á dos rebenques, lonja y lonja!... Claro que el tordillo se le iba á aplastar, pero estaba ciego de rabia con la fumada... Yo vi mía la carrera, y por no dar á conocer todo el juego del animalito, lo llevaba sobre la rienda... Asimismo saqué un cuerpo de ventaja, cuando ¡malhaya! medio matando su tordillo, Contreras me alcanza, le mete pierna al zaino, que rueda largándome por las orejas y pasa como un refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!...

Por suerte yo caí parado, pero, ¡vieran el avispero que se armó! El paisanaje gritaba, se insultaba, hasta zangoloteaba al juez de la carrera... Salieron á relucir cuchillos, y si no se mete el comisario Barraba, la cosa hubiera acabado mal.

Contreras volvía al tranquito, golpeándose la boca, muy contento... ¡Me dió una rabia!...

En cuanto me alcanzó—yo iba á juntarme con los otros frente á la pulpería, cabrestiando al zaino rengo,—no pude más y le grité:

—¡Canalla! ¡Tramposo, sinvergüenza! Me has metido pierna, ¡hijuna gran!...

Ahí no más se tiró del caballo pelando el fiyingo. Yo me eché atrás para desenvainar también.

Á mí no me gustan mucho esas cosas, ¿á que decir? Soy bajito, bastante delgadón, no tengo gran fuerza, y á más, no entiendo mucho de cuchillo. Pero el hombre me apuraba, los paisanos habían corrido á ver, y había que hacer la pata ancha...

Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme, mal que mal. ¡Pero las papas quemaban, compañeros!...

—Á la larga no hay cotejo,—me gritaba Contreras, bailándome alrededor y con unas risitas calentadoras, como chungueándome.

Yo ya me encomendaba á la Virgen viendo la cosa mal parada, y el bárbaro aquél de seguro me achura, si no llega Carolina, corriendo y chillando, hecha una loca, y no sé cómo, con la desesperación, ¡seguro! le arranca el cuchillo de la mano.

—¡Y ustedes lo decan, y ustedes lo decan!—les gritaba á los mirones.

Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme.

Los gauchos nos rodearon, desapartándonos y recién entonces se acercó el comisario Barraba. Yo había hecho la chambonada de no decirle la cosa del zaino, y él le jugó al tordillo... ¡Se necesita andar en la mala!...

Contreras, y la mayor parte de los paisanos alegaban que el tordillo había ganado en buena ley, y que la rodada fué porque el zaino mancarrón, flojo de patas, no era para correr... El juez de la carrera se desgañitaba al cuete; no le llevaban el apunte, ni á mí, ni á mis amigos tampoco.

—¡Qué resuelva el señor Comisario!—gritaron algunos, de repente.

—¡Sí, eso es!... ¡eso es!—rebuznaron todos los que habían jugado al tordillo.

El gran pillo de Barraba dió la sentencia:

—La carrera es legal. ¡Ha ganau Contreras!

Contra la fuerza no hay resistencia.

—Pero, señor comisario...—principié.

—¡Calláte y pelá! Tenés que pagar á todo el mundo.

Y tuve que pagar no más, calladito la boca, y ahí se me fueron los últimos pesos guardaditos... ¡y hasta los del cajón del mostrador!...

Carolina me miraba con los ojos saltones y de veras que la cosa no era para menos.

—¡Mi alma! ¡te debo la vida!—le dije.

—¡Sí, sí!—contestó medio llorando.—¡Pero no cugués, no cugués más, por Dios!

—¡Sí, perdé cuidau!

Y me puse á despachar copas y á chupar yo también, para olvidarme de tanta pena, y ¡qué quieren! el ginebrón me hizo voracear y empecé á las convidadas. ¡Miren qué momento para darme corte!

—¡Eh, paisanos, tomen lo que gusten!

Y al ratito, no más, dale, otra vuelta y otra...

—¿Qué gustan servirse, caballeros?

Carolina se había puesto furiosa.

—¡Ma!... ¡Ma!...—me decía atorada de rabia.

—La patrona está llamando á la mama, decía un paisano.

—¡Ó á la ma... múa del patrón!—retrucó otro.

¡Después, nunca me pude acordar!—Creo que hubo payada y baile, y que repartí cuanto había de comer y de chupar en la casa.

Lo cierto es que la pulpería quedó tecleando. Pero también, ¡qué farra!...

Á la otra mañana, me encontré tirado en un zanjón que había junto al palenque. Se me está haciendo que allí dormí, pero no sé cómo fuí á parar á semejante cama. ¡Cuando uno agarra uno de esos de P. P. y W.!...

La gringa estaba encerrada en su cuarto, no me quería abrir ni á cañón, y según me dijo después, se había pasado la noche llorando desesperada. Cuando conseguí que me abriera, tanto lloró y suplicó que me ablandé, y le prometí que aquélla era la última vez, y le dije que me iba á poner á trabajar de veras, como un burro si era necesario, para desquitarnos de todo lo que habíamos perdido, sin volver á pensar en jugar, ni en gallos, ni en carreras.

—¿Te crés que m'he olvidar que te debo la vida?—le dije—porque si no sos vos, ¡Contreras me achuraba!...

Pero el hombre propone y Dios dispone...

¡Bueno! ¿y qué hay con eso? Me parece que no hay que asustarse por tan poco... Yo no soy el primero que haya olvidado sus juramentos por seguir sus gustos. Ni el último, tampoco... Así es el hombre, caballeros, y hasta el más pintado, si no es un hipócrita, confesará que ha sabido olvidarse muchas veces de sus buenas intenciones,—de las que no había desembuchado por lo menos—para dar satisfacción á lo que le tiraba más.

Esto es sin vuelta. Lo que hay, es que algunos saben pararse á tiempo, ó tienen maña ó baquía para hacer lo que les da la gana á lo mosca muerta, sin que nadie diga nada. ¡No, y de no!

Unos juegan y se maman en los clubs, sin dar que hablar, y pelean en los duelos, á vista y paciencia de los policianos, y hacen lo mismo que hice yo, y peor, que, como ellos lo hacen, no parece tan malo y nadie les saca el cuero...

En fin, ¡qué tanto servir á usted p'a decir cómo le va!—El caso es, que el droguis y la jugarreta, me volvieron á agarrar de lo lindo, y como, de sonso, sabía jugar bastante en trinquis, ¡todo el mundo me aprovechaba como á una criatura! Así se fué, detrás de la platita guardada, el campito de Carolina. ¡Pero qué agarrada la de ese día, santo Dios! La gringa,—¿querrán creer?—hasta me arañó la cara, que anduve una punta de días medio cebruno...

—¡Mirá, gringa!—le grité—¡No sabés lo que hacés! ¡El día menos pensado, ya verás!...

Le iba á soltar lo de que no estábamos casados, pero caí en cuenta de que con la rabia era capaz de no firmar la escritura y hasta de echarme de la pulpería... y ¡como un poste!

—¡Si yo hubiera sabido!—gritaba la gringa.—¡Si yo hubiera sabido! ¡porca la...!

Y se agarraba los pelos. Pero firmó...

¿Á qué decirles que los pesos del Banco de Italia ya se habían ido por un camino? Quedaba la pulpería... pero casi tan pelada como la misma palma de la mano... ni un frasco, ni una pilcha. Yo me preguntaba muchas veces cómo se lo había llevado todo pateta, sin atinar con tanto bochinche, hasta que caí en la cuenta de que la Carolina, con sus lloriqueos y rabietas al botón, descuidaba el negocio y lo dejaba ir barranca abajo...

Entonces quise remediar yo solo las cosas, compré mucho al fiado, y principié á medio querer arreglar el boliche... Pero, la verdad: el ginebrón y las barajas, con la yapa de la taba y los gallos, hicieron que de repente comenzaran á llover demandas y más demandas, toda una papelería. El aguacil no hacía más que viajar del Pago á la Polvadera, como conchabado... Y no teníamos adónde buscar madre que nos envolviera ¡ni el zaino, que de la rodada quedó manco del encuentro!... Entonces me acordé de lo que sabía decir el viejo ño Cipriano:

—¿Ande irá el güay?, ¡que nu are!

La desgracia me había perseguido siempre, ¿por qué me había de dejar entonces?

Carolina comprendió que estábamos más fregados que unos atorrantes, que nos iban á vender la pulpería para cobrarse, que no nos quedaba ni un cobre, y un día me armó una zafacoca. ¡Cristo santo! ¡ni me quiero acordar!... Cebada con lo de los arañones, hasta agarró un palo, y principió á darme de garrotazos... ¡Como que éstas son cruces! ¡Una paliza!... ¡Á mí!...

¡Yo, qué quieren! pelé el cuchillo, naturalmente sin intención de lastimarla; y sólo cuando me vió con él en la mano, se me separó, pero saltándosele los ojos, y echando espuma por la boca. ¡Nunca la había visto tan rabiosa!... ¡Parecía una tigra!...

—¡Canalla! ¡Bandido! ¡Ladrón!... ¿De ese modo te acordás que me debés la vida? Devolvéme mi plata, ¡birbante, canaglia!

Y yo, ¿cómo iba á dejar que siguiera diciéndome esas cosas, y hasta zurrándome como á una criatura?

—¡Mirá, Carolina!—le dije sin soltar el cuchillo.—Yo ahora mismo me mando mudar y para siempre, ¿entendés? ¡Ya no te puedo aguantar más!

Se le cambió la cara, pero todavía siguió gritando é insultándome.

—¡Qué! ¿Te pensás ir?, ¡Madona, después de haberme dejado desnuda y en la calle, canalla, sinvergüenza, ladrón! ¡Ah, no, per Dio! sos mi marido, y tenés que quedarte aquí, á trabacar como yo, porca la...

Yo me reía á carcajadas.

—¿Y quién te ha dicho que soy tu marido?—le dije—¡Pues no hay tal! No sos más que mi querida.

—¡Mentís, canalla!

—¿Que es mentira? ¡Sí! andá preguntaseló al cura y verás...

—El cura Papagna...

—¡Qué! tu nápolis se ha ido hace un mes á mangiar macaroni en tu tierra... Andá, preguntaseló al nuevo, si hay apunte de tu casamiento en la iglesia...

Me miraba con tamaña boca abierta, sin querer creer lo que le decía... De repente, le pareció que debía ser cierto... Asustada, desesperada, loca, salió corriendo. Vi que se largaba á pie camino del Pago, en cabeza, con la ropa de entre casa... Seguro que iría á averiguar...

Yo saqué los pocos pesos que por casualidad había en el cajón, ensillé el maceta, ¡y si te he visto no me acuerdo! Agarré para otro lado, después de hacer pedazos el papel de Papagna, muy tranquilo y segurito de que no me iban á perseguir... ¡Qué! ¿y se afligen por tan poco?... Pero fíjense, y verán que era muchísimo mejor para mí... y también para Carolina...

¿Que si tengo noticias? Sí. Ayer supe que estaba perfectamente; de enfermera en el hospital del Pago.

Buenos Aires, 1905.