V

Veinte mil corazones

laten en un silencio

claro y caliente. Brindis.

Suenan con golpe seco

las banderillas mustias

en el lomo del toro, ya su cuello

la roja sangre tibia

hace un foulard soberbio.

De un lado, por debajo

del rojo trapo en que su furia engríe,

el toro surge, alzando

remolinos de arena,

de otro lado sonríe una cara morena.

O bien en los tres tiempos

del pase natural, tendiendo el brazo

guarnecido de oro,

la clásica elegancia

con seriedad ejerce y arrogancia.

¡Fué, pudo ser! Los alamares de oro

rozaron con el asta ensangrentada.

En la arena tendido yace el toro,

y de pie, sonriendo, está el espada.

Veinte mil voces—una—gritan locas.

Mas ello es en el caso en que la fiera resulta en absoluto vencida por el arte del hombre. Hay otro momento terrible en el que el hombre es el vencido y la fiera la vencedora, cuando por un descuido o un error, o una fatalidad, se produce la cogida. Entonces:

Su inesperada acometida ha hecho del elegante paso

un revuelo confuso... Y allá, junto

a la barrera, enfrente,

se ven rostros de espanto.

Y entre manchas de grana,

y reflejos metálicos,

el toro, revolviéndose,

alza en los cuernos un pelele trágico.

Luego será el arrastre de la res muerta y el final del espectáculo, de la fiesta exclusivamente nacional.