¡Si usáramos el mismo procedimiento!
No hay duda que ya durante la dominación española conocíamos en Filipinas la existencia de criminales condenados a muerte y presidio por asesinato, robo, estupro, sacrilegio y toda clase de crímenes, y que la corrupción de costumbres no era ni desconocida ni rara. Como durante todo el tiempo de la dominación española, la enseñanza estuvo al cuidado exclusivo de los sacerdotes de la Iglesia Romana, si usáramos el mismo procedimiento del mencionado prelado, deberíamos acusar a dichos sacerdotes de haber con su educación instruido a los filipinos en el asesinato y el robo, y que la corrupción de costumbres era “todo fruto sazonado de las escuelas católicas.” Yo no propongo tal acusación, me limito a presentarla como lógica consecuencia que se sacaría, siguiendo el método empleado por un prelado hablando nada menos que a sus sacerdotes, en una pastoral destinada a marcar una orientación en la mentalidad de su clero y de sus feligreses. Pensando sobre la acusación del obispo se me ocurrió que sería provechoso recordar lo que fué la instrucción pública dada anteriormente en Filipinas por las escuelas con Dios y considerar el resultado obtenido. Confiando en el carácter respetable y para muchos sagrado de los sacerdotes, a su testimonio he de recurrir para conocer cómo fué aquella educación y qué resultado dió en el pueblo filipino.
No debemos ocultar la verdad cuando pone en evidencia cosas que no halagan nuestro amor propio. Nadie como los hombres que se dedican a la enseñanza tienen tanto interés en conocer la mentalidad de la sociedad en que viven y a la que tienen el deber de educar. El exacto conocimiento de los defectos morales, intelectuales y físicos de un pueblo es el elemento más importante para orientar su educación, y sería absurdo cerrar los ojos ante lo malo, porque el principio de la rectificación de una acción es conocer si es o no equivocada. No puede corregir un mal quien lo desconoce.