IV.

Triunfan los atenienses en Pilos.

Teniendo los lacedemonios cercado a Pilos, y estando los suyos sitiados por los atenienses en la isla, según arriba contamos, la armada de los atenienses estaba en gran necesidad de vituallas y de agua dulce, porque había un solo pozo situado en lo alto de la villa y era bien pequeño. Veíanse, pues, obligados a cavar a la orilla del mar en la arena, y sacar de aquella agua mala como puede suponerse. Además, el lugar donde tenían su campo era muy estrecho, y las naves no estaban seguras en la corriente; por lo que unas recorrían la costa para coger vituallas, y otras se detenían en alta mar echadas sus áncoras. Angustiaba también a los atenienses que la cosa fuera más larga de lo que al principio creían, porque parecíales que los que estaban en la isla, no teniendo vituallas ni agua dulce no podían estar tanto tiempo como estuvieron por la provisión que hicieron los lacedemonios para socorrerles, los cuales mandaron pregonar por edicto público que a cualquiera que llevase a los que estaban dentro de la isla provisiones de harina, pan, vino, carne, u otras vituallas darían gran suma de dinero y si fuese siervo o esclavo alcanzaría libertad: a causa de lo cual muchos se arriesgaban a llevarlas, principalmente los esclavos por el deseo que tenían de ser libres, pasando a la isla por todos los medios que podían, los más de ellos de noche, y por alta mar, sobre todo cuando el viento soplaba de la mar hacia tierra, pues con él iban más seguros sin ser sentidos de los enemigos que estaban en guarda, por no poder buenamente estar en torno de la isla cuando reinaba aquel viento más próspero y favorable a los que de alta mar iban a la isla, porque los llevaba hacia ella. Los que estaban dentro los recibían con armas, pero todos los que se aventuraron a pasar en tiempo de bonanza fueron presos. También había muchos nadadores que pasaban buzando desde el puerto hasta la isla, y con una cuerda tiraban de unos odres que tenían dentro adormideras molidas con miel y simiente de linaza majada con que socorrieron a los de la isla muchas veces, antes que los atenienses les pudiesen sentir: mas haciéndolo a menudo, fueron descubiertos y pusieron guardas. Cada cual de su parte hacía lo posible, unos para llevar vituallas y los otros para estorbarlo.

En este tiempo, los atenienses que estaban en Atenas, sabiendo que los cercados en Pilos se encontraban en gran apuro, y que los contrarios metidos en la isla a gran pena podían tener vituallas, sospechando que, al llegar el invierno que se acercaba, los suyos tuvieran grandes necesidades estando en lugar desierto, porque en aquel tiempo sería difícil costear el Peloponeso para abastecerles de vituallas, que no era posible por el poco tiempo que quedaba del verano proveerles de todas las cosas que les serían necesarias en abundancia, y que sus naves no tenían puerto ni playa allí donde pudiesen estar seguras; y por otra parte, que cesando la guarda en torno de la isla, los que estaban allí se podrían salvar en los mismos navíos que les llevaban provisiones cuando la mar lo permitiera, y sobre todo que los lacedemonios, viéndose con alguna ventaja no volverían a pedir la paz, estaban bien arrepentidos de no haberla aceptado cuando se la ofrecieron. Sabiendo Cleón que todos opinaban había sido él solo la causa de estorbarla, dijo que los negocios de la guerra no estaban de la suerte que les daban a entender, y como los que habían dado cuenta de ellos, pedían que enviasen otros para saber la verdad, si no lo creían, se acordó que el mismo Cleón y Teágenes fuesen en persona; pero considerando Cleón que, en tal caso, veríase forzado, o a referir lo mismo que los primeros, o diciendo lo contrario, aparecer mentirosos, persuadió al pueblo, que veía muy inclinado a la guerra, a que enviasen algún socorro de gente más de los que habían determinado enviar antes, diciendo que más valía hacerlo así que gastar tiempo esperando la respuesta de los que fueran a saber la verdad, porque entretanto podría llegar el socorro que enviaban, y dirigiéndose a Nicias, hijo de Nicérato, uno de los caudillos de la armada, que estaba en Pilos, enemigo y competidor suyo, dijo que con aquel socorro, si los que mandaban en Pilos eran gente de corazón, podrían fácilmente coger a los que estaban en la isla; y que si él se hallase allí, no dudaría en salir con la empresa.

Entonces Nicias, viendo al pueblo descontento de Cleón, considerando que si la cosa era tan fácil a su parecer no rehusaría ir a la jornada, y también porque el mismo Cleón le echaba la culpa, le dijo que pues hallaba la empresa tan segura tomase el cargo de ir con el socorro, que de buena gana le daba sus veces para ello. Cleón, pensando al principio que Nicias no lo decía de veras, sino cuidando que no lo haría aunque lo decía, no curó de rehusarlo; pero viendo que aquel perseveraba en su propósito, se excusó lo mejor que pudo diciendo que él no había sido elegido para aquel cargo, sino Nicias. Cuando el pueblo vio que Nicias no lo decía por fingimiento, sino que de veras quería dejar su cargo a Cleón, e insistía en que lo aceptase, el vulgo, siempre amigo de novedades, mandó a Cleón que lo desempeñara, y viendo este que no podía rehusarlo, pues se había ofrecido a ejercerlo, determinó aceptarlo, gloriándose de que él no temía a los lacedemonios, y quería hacer aquella jornada sin tomar hombres de Atenas, sino solo a los soldados de Lemnos y de Imbria, que a la sazón estaban en la ciudad, todos bien armados, algunos otros armados solo de lanza y escudo, que habían sido enviados en ayuda de Eno, y con estos algunos flecheros que tomarían de otra parte hasta el número de cuatrocientos. Con estos y con los que ya estaban en Pilos se alababa de que dentro de veinte días traería a los lacedemonios que estaban en la isla presos a Atenas, o los mataría. De estas vanaglorias y jactancias comenzaron a reírse los atenienses, y por otra parte se holgaron mucho pensando que ocurriría una de dos cosas: o que por este medio serían libres de la importunidad de Cleón, que ya les era pesado y enojoso, si faltaba en aquello de que se alababa, según tenía por cierto la mayor parte de ellos, o que, si salía con la empresa, traería los lacedemonios a sus manos.

Estando la cosa así determinada en pública asamblea del pueblo, por unanimidad fue nombrado Cleón general de la armada en lugar de Nicias, y Cleón nombró por su acompañante a Demóstenes, que estaba en el campo con gente, porque había entendido que opinaba acometer a los de la isla, y que también los soldados atenienses, viendo lo mal dispuesto del lugar donde estaban sobre el cerco, y que les parecía estar más cercados que aquellos a quien cercaban, deseaban ya aventurar sus personas para esto. También les daba mayor ánimo que la isla estaba ya descubierta por muchas partes donde habían quemado leña de los montes, pues al principio, cuando le pusieron cerco era tan espesa la arboleda, que impedía caminar por ella, lo cual fue causa de que Demóstenes, cuando le pusieron cerco al principio, temiese entrar, suponiendo que escondidos en el bosque los enemigos podrían hacer mucho daño a los suyos, sin riesgo, por saber los senderos y tener donde ocultarse. Además, por mucha gente que tuviese no podría llegar con toda ella a socorrer de pronto donde fuese menester, porque se lo estorbarían las espesuras. Sobre todas estas razones que movían a Demóstenes les infundía más temor pensar la pérdida que sufrieron en Etolia, ocurrida en parte por causa de las espesuras.

Sucedió que algunos de los que estaban en la isla, saliendo al extremo de ella, donde hacían la guardia, encendieron fuego para guisar, y levantose tan gran viento que extendió el fuego, quemándose gran parte del bosque, por lo que Demóstenes paró mientes en que había muchos más contrarios que él pensaba, y viendo que tenían más fácil entrada en la isla a causa de aquel fuego, le pareció buen consejo acometer a los enemigos lo más pronto que pudiese. Preparadas las cosas necesarias para hacerlo y llamados en ayuda los compañeros de guerra y los vecinos más cercanos, llegole nueva de que se acercaba Cleón con el socorro que había pedido a los atenienses, y determinó esperarle.

Cuando Cleón llegó, conferenciaron y parecioles bien enviar un trompeta a los lacedemonios que cercaban a Pilos para saber si querían mandar que los que estaban en la isla se rindiesen con sus armas a condición de quedar presos hasta que se determinase, sobre todo el hecho de la guerra: pero al saber la respuesta que trajo el trompeta de que los lacedemonios no querían aceptar el partido, descansaron aquel día, y llegada la noche, metieron la mayoría de su gente de guerra en algunos navíos, desembarcando en la isla al alba por dos puntos, por la parte del puerto y por la de alta mar, unos ochocientos. En seguida empezaron a recorrer la tierra hacia donde estaban los centinelas de los enemigos aquella noche, que serían hasta treinta, porque los otros, o la mayor parte de ellos, estaban en un lugar descubierto, casi a media legua, cercado de agua, con Epitadas, su capitán, y otros al cabo de la isla por la parte de Pilos. A estos no podían acometerles por la mar a causa de que la isla por aquel lado estaba muy alta y no se podía subir ni entrar, y de la parte de la villa era mala de entrar por un castillo viejo de piedra tosca que los enemigos guardaban para su defensa y amparo si perdían los otros puntos. Los que iban contra las centinelas los hallaron durmiendo, de manera que antes que se pudiesen armar, fueron todos muertos, porque no sospechaban mal ninguno, ni pensaban que desembarcarían por aquel punto, pues aunque oyeron a las naves remar a lo largo de la costa, pensaban que eran los que hacían la guarda de noche, según costumbre.

Pasado esto, cuando fue de día claro, los demás de la armada, que estaban aún metidos en sus barcos que habían abordado a la isla, en número de sesenta naves, saltaron en tierra así los que estaban primero en el cerco como los que trajo Cleón consigo, excepto los que quedaban en guarda del campo y de las municiones, que serían entre todos ochocientos flecheros y otros tantos de lanzas y escudos armados a la ligera. A todos los puso Demóstenes en orden y los repartió en diversas compañías, una distante de otra, a doscientos hombres por cada compañía, y en alguna parte había menos, según la capacidad del lugar donde estaban. Mandoles que fuesen ganando tierra hacia lo más alto para que llegasen a dar de noche sobre los enemigos y apretarles por todas partes, de suerte que no supiesen donde irse por la multitud de gente que cargara sobre ellos por todos lados. Así se hizo, y cercados los lacedemonios, les acometían por todas partes. De cualquiera que se volvían, eran atacados a retaguardia por los que iban armados a la ligera, que les alcanzaban pronto, y por los flecheros que los herían de lejos con flechas, dardos y piedras tiradas con mano y con honda, de manera que esperándose un poco, caían sobre ellos, porque estos tienen la costumbre de vencer cuando parece que van huyendo, pues nunca cesan de tirar, y cuando los enemigos se vuelven, revuelven sobre ellos por las espaldas. Este orden guardó Demóstenes en la pelea así al entrar en la isla como después en todos los combates que hubo en ella.

Cuando Epitadas y los que estaban con él, que eran los más en número, vieron que sus guardas y los del primer fuerte habían sido rechazados, y que todo el tropel de los enemigos venía contra ellos, se pusieron en orden de batalla y quisieron marchar contra los atenienses que venían de frente, mas no pudieron venir a las manos ni mostrar su valentía, porque los tiradores y flecheros atenienses y los armados a la ligera que iban por los lados se lo estorbaban, por lo cual esperaron a pie firme. Los atenienses armados a la ligera los apretaban, y fingiendo que huían, se defendían y trabajaban por guarecerse entre las peñas y lugares ásperos, de suerte que los lacedemonios armados de gruesas armas, no los podían seguir. Así pelearon algún tiempo escaramuzando. Después, viendo los atenienses armados a la ligera que los lacedemonios estaban cansados de resistirles tanto tiempo, tomaron más corazón y osadía y se mostraron muchos más en número porque no hallaban los lacedemonios tan valientes ni esforzados como pensaban al principio cuando entraron en la isla, pues entonces iban con temor contra ellos por la gran fama de su valentía. Todos a una con gran ímpetu y con grandes voces y alaridos, dieron sobre ellos tirándoles flechas, piedras y otros tiros, lo que cada cual tenía a mano. La grita y esta manera nueva de combatir dejó a los lacedemonios que no estaban acostumbrados, atónitos y espantados. Por otra parte, el polvo de la ceniza que salía de los lugares donde habían encendido fuego era tan grande en el aire, que no se podían ver, ni por este medio evitar los tiros contra ellos, quedando muy perplejos porque sus celadas y morriones de hierro no los guardaban del tiro, y sus lanzas estaban rotas por las piedras y otros tiros que les tiraban los contrarios. Además, estando cercados y acometidos por todas partes, no podían ver a los que les atacaban, ni oír lo que les mandaban sus capitanes por la gran grita de los enemigos, ni sabían qué hacer ni veían manera para salvarse. Finalmente, estando ya la mayor parte de ellos heridos, se retiraron todos hacia un castillo al término de la isla, donde había una parte de los suyos. Viendo esto los atenienses armados a la ligera los apretaron más osadamente con gran grita y con muchos tiros, y a todos aquellos que veían apartados del escuadrón los mataban, aunque una gran parte de los lacedemonios se salvaron por las espesuras y se unieron a los que estaban en guarda del castillo, y todos se aprestaron para defenderlo por la parte que los pudiesen acometer. Los atenienses los seguían de más cerca, y viendo que no podían sitiar el lugar por todos lados por la dificultad del terreno, se pusieron en un lugar más alto, de donde a fuerza de tiros y por cuantos medios pudieron, procuraron lanzarlos del castillo donde se defendían obstinadamente, y de esta manera duró el combate la mayor parte del día, por lo cual, todos, así de una parte como de la otra, estaban muy trabajados por el sol, la sed y el cansancio.

Estando las cosas en estos términos, y viendo el capitán de los mesenios que no llevaban camino de terminar, vino a Cleón y a Demóstenes, y díjoles que en balde trabajaban para coger a los enemigos por aquella vía; pero que si le daban algunos hombres de a pie, armados a la ligera, y algunos flecheros, procuraría cogerlos descuidados por las espaldas, entrando por donde mejor pudiese. Diéronselos, y los llevó lo más encubiertamente que pudo por las rocas, peñas y otros lugares apartados, rodeando la isla, tanto que vino a un lugar donde no había guarda ni defensa alguna, ni les parecía a los lacedemonios que la habían menester, por ser inaccesible, y con gran trabajo subió hasta la cumbre. Cuando los lacedemonios se vieron asaltados por la espalda, espantáronse, y casi perdieron la esperanza de poder salvarse, y los atenienses, que los acometían de frente, se alegraron, como quien está seguro de la victoria.

Los lacedemonios se hallaron cercados, ni más ni menos que los que peleaban contra los persas en las Termópilas, si se puede hacer comparación de cosas grandes a pequeñas, pues así como aquellos fueron atajados por todas partes por las sendas estrechas de la montaña, y al fin muertos todos por los persas, así también estos, siendo acosados por todos lados y heridos, no se podían defender; y viendo que peleaban tan pocos contra tantos enemigos, y que estaban desfallecidos y cansados, y casi muertos de hambre y de sed, no curaban de resistir, sino que abandonaban muros y defensas, ganando los atenienses todas las entradas del lugar. Observaron Cleón y Demóstenes que mientras menos se defendían los enemigos, morían más, y con el deseo de llevarlos prisioneros a Atenas si se querían entregar, mandaron retirar a los suyos, y pregonar que se rindieran. Muchos lacedemonios lanzaron sus escudos a tierra y sacudieron las manos, lo cual era señal que aceptaban el partido, habiendo tregua por corto tiempo, durante la cual conferenciaron Cleón y Demóstenes de parte de los atenienses, y Estifón, hijo de Fárax, de la de los lacedemonios, porque Epitadas había muerto en la batalla, y el hipágreta[82] que le sucedió en el mando estaba herido y en tierra entre los muertos, aunque vivo aún. Los representantes de los lacedemonios dijeron a Cleón y Demóstenes que antes de aceptar el partido, querían saber el parecer de sus caudillos, que estaban en tierra firme; y viendo que los atenienses no se lo querían otorgar, llamaron en alta voz a los trompetas de aquellos hasta tres veces. Al fin vino uno de los trompetas en una barca, y les dijo de parte de los jefes que aceptasen las condiciones que les pareciesen honrosas; y consultado sobre esto entre sí, se rindieron con sus armas a merced de los enemigos.

Así estuvieron toda aquella noche y el día siguiente, guardados como prisioneros, y al otro día por la mañana los atenienses levantaron trofeo en señal de victoria en la misma isla, repartieron los prisioneros en cuadrillas y les dieron en guarda a los trierarcas[83]. Pasado esto, se prepararon para volver a Atenas, y otorgaron a los lacedemonios los muertos para sepultarlos. De cuatrocientos veinte que había en la isla, se hallaron prisioneros doscientos ochenta, entre ellos ciento veinte de Esparta; los demás fueron muertos por los atenienses, no siendo muchos porque no se luchó cuerpo a cuerpo.

El tiempo que los lacedemonios estuvieron en la isla cercados desde la primera batalla naval hasta la postrera, fue setenta y dos días, de los cuales tuvieron vituallas durante los veinte que los embajadores fueron y vinieron de Atenas por el convenio hecho: el tiempo restante se mantuvieron con lo que les traían por mar escondidamente; y aun después de la última batalla se halló en su campo trigo y otras provisiones, porque Epitadas, su capitán, se las repartía muy bien según que la necesidad obligaba. De esta manera se separaron los atenienses y los lacedemonios de Pilos, y volvieron cada cual a su casa, y así se cumplió la promesa que arriba dijimos había hecho Cleón a los atenienses al tiempo de su partida, aunque loca y presuntuosa, porque llevó los enemigos prisioneros dentro de los veinte días, según había prometido.

Esta fue la primera cosa que sucedió en aquella guerra contra el parecer de todos los griegos, porque no esperaban que los lacedemonios, por hambre, ni sed, ni otra necesidad que les ocurriese, se rindieran y entregaran las armas, sino que pelearían hasta la muerte; y si los que se rindieron hubieran igualado en esfuerzo a los que murieron peleando, no se entregaran de aquella manera a los enemigos. De aquí que después que los prisioneros fueron llevados a Atenas, preguntado uno de ellos a manera de escarnio, por un ateniense, si sus compañeros muertos en la batalla eran valientes, le respondió de esta manera: «Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines», queriendo decir que sus compañeros habían sido muertos por pedradas y flechas que les tiraban de lejos, y no a las manos, por lo que no se podía juzgar si murieron o no como bravos.

Los atenienses mandaron guardar a los prisioneros hasta hacer algún convenio con los peloponesios, y si entretanto entraban en su tierra, matarlos.

En cuanto a lo demás, los atenienses dejaron guarnición en Pilos, y aun sin esto los mesenios enviaron desde el puerto de Naupacto algunos de los suyos que les parecieron más convenientes para estar allí, porque en otro tiempo el lugar de Pilos solía ser tierra de Mesenia, y los que la habitaban eran corsarios y ladrones que robaban la costa de Laconia, y hacían muchos males, valiéndose de que todos hablaban la misma lengua.

Esta guerra amedrentó a los lacedemonios, por no estar acostumbrados a hacerla de aquel modo, y porque los hilotas y esclavos se pasaban a los enemigos. En vista de ello, enviaron secretamente embajadores a los atenienses para saber si podrían recobrar a Pilos y a sus prisioneros; pero los atenienses, que tenían los pensamientos más altos y codiciaban mucho más, después de muchas idas y venidas, los despidieron sin concluir nada. Este fin tuvieron las cosas de Pilos.