EL SOBERBIO Y EL HUMILDE

Se criaba un arbolillo

en una huerta, y rogaba

al que de él más cerca estaba,

que era su muerte y cuchillo,

que le dejase crecer;

y el olmo presuntüoso,

de sus ramas ambicioso,

ni el sol le dejaba ver.

—Arbolillo —le decía—,

conténtate con vivir

donde me puedas servir.

Pero llegó al fin el día

en que la villa intentó

ensanchar el verde suelo,

y el olmo atrevido al cielo

cortado al suelo cayó.

El arbolillo, ya dueño

del sol, dijo: —Estos asaltos

da la fortuna a los altos;

más me quiero ser pequeño.

(El desconfiado, acto 2.º)