ESCENA III

FLORIA y SCARPIA. Floria entra silenciosa, pálida y vacilante, con los cabellos en desorden. Para andar se apoya en el respaldo del sofá y mira en torno suyo con inquietud y curiosidad. Un momento de pausa.

Scarpia

¿Deseáis conocer el lugar a dónde os hemos conducido, no es cierto? Pues bien, señora mía, vos, lo mismo que el caballero Cavaradossi, os encontráis en el castillo de Santángelo, en mis habitaciones particulares. Ahora yo me imagino que, después de haber pasado una noche tan agitada, tan llena de emociones, tendréis necesidad de algún reposo, y por lo mismo os ofrezco de muy buena voluntad este humilde albergue y una parte en esta cena, que hubiera sido mucho más exquisita si yo hubiese podido figurarme siquiera que iba a tener una convidada tan ilustre. (Floria, sin mirarlo siquiera, hace un expresivo gesto de negativa y de disgusto. Scarpia se ríe.) ¿Quizá sospecháis que os ofrezco un festín nocturno, a lo Borgia, aderezado con veneno? Esas fueron costumbres de otras épocas, costumbres ya en desuso, por fortuna. Nosotros no empleamos el veneno.

Floria

Pero asesináis siempre.

Scarpia

(Fríamente.) Los asesinatos no son hoy frecuentes... A Travelli y sus cómplices les puedo hacer fusilar, ahorcar, empalar o descuartizar, según me plazca. (Movimiento de Floria.) ¿Os asombráis acaso? ¿Sospechasteis por ventura que el señor Cavaradossi sería sometido a un proceso?

Floria

¿No será juzgado?

Scarpia

(Con el mismo tono.) ¡Qué locura! Un interrogatorio, testigos, fiscales, jueces, defensores... nada de eso. No podemos perder el tiempo en semejantes fruslerías... Su majestad católica ha simplificado mucho el procedimiento. Tened la bondad de asomaros a ese balcón y podréis ver a la luz de las antorchas que agita ligeramente la fresca brisa de la madrugada unos cuantos hombres que trabajan a la entrada del puente. ¿Queréis saber qué es lo que hacen? Pues están plantando una horca, una sólida horca de dos brazos... En uno de ellos se colgará dentro de un poco un muerto, Angelotti, y en el otro, un vivo...

Floria

¿Mario? (Con espanto.)

Scarpia

Exacto... Y no depende más que de mí, de mi voluntad exclusivamente el embellecer ese famoso grupo añadiéndole una nueva figura... ¡la vuestra! (Floria levanta los hombros despreciativamente.) Pero no lo haré. No soy tan insensato que pretenda privar a los romanos de su ídolo, al cual también profeso yo un verdadero culto... El dilettante Scarpia no perdonaría nunca al director de policía semejante atentado de leso arte... Ah, no, de ningún modo. Vos, señora mía, no honraréis con vuestro concurso personal tan lúgubre representación... Vuestro coche, por orden mía, os aguarda abajo; las puertas del castillo las tenéis abiertas de par en par... Estáis libre, completamente libre.

Floria

(Al oír estas palabras lanza una exclamación de alegría y corre hacia la puerta de salida.) ¡Ah!...

Scarpia

(Sentándose de nuevo a la mesa.) Esperad... Creo adivinar el verdadero significado de ese grito. (Floria se para.) De seguro no es la noticia de vuestra libertad la que acaba de haceros prorrumpir en esa espontánea exclamación de alegría. Es sin duda este pensamiento que ha surgido al propio tiempo en vuestro cerebro: «Corro ahora mismo al palacio de Farnesio, penetro de cualquier modo en la cámara de la reina, que siempre me ha profesado mucho afecto, y la arranco con súplicas y con lágrimas el indulto de mi amante...» ¿Acerté?

Floria

Si... Eso haré...

Scarpia

Por desgracia tengo aquí una orden terminante que debo cumplir. (Desdobla el papel que está sobre la mesa.) «El caballero Cavaradossi será ejecutado antes de salir el sol.» Leedla. Cuando llegue a mi poder la gracia de indulto, el reo habrá sufrido ya la última pena.

Floria

¿Pero vos no haréis eso?

Scarpia

¿Que no? Sois injusta conmigo. Que yo lleve mi filantropía hasta el punto de salvaros y de poneros en libertad, es natural y además lo realizo con el mayor gusto; pero que haga lo propio con él... eso no... eso no lo haré nunca.

Floria

(Fuera de sí.) Pero entonces, miserable, ¿eres un asesino?

Scarpia

(Tranquilamente.) Lo que yo soy y lo que haya de ser, dependerá de vos, de vos exclusivamente.

Floria

(Sin comprender.) ¿De mí?

Scarpia

Sí; pero, pronto, sentaos... Estáis a punto de caer desfallecida y yo no puedo seguir cenando con tranquilidad mientras vos continuáis en pie... Vamos, hacedme el favor de tomar asiento y aceptad siquiera dos dedos de este excelente vino de España. (Se lo sirve.) Y aquí, con los codos apoyados sobre la mesa, hablaremos con más intimidad y más cómodamente acerca de los medios de aliviar en lo posible, la triste situación por la que atraviesa Cavaradossi.

Floria

No tengo hambre ni sed más que de su libertad. (Se sienta resueltamente enfrente de él, retira el vaso de vino y coloca los codos sobre la mesa.) ¡Concluyamos!... ¿Cuánto?

Scarpia

(Dejando de beber.) ¿Cómo cuánto?

Floria

Sí; ¿qué suma queréis?

Scarpia

¿Dinero? ¿Por quién me habéis tomado? ¡Quién piensa en eso! Porque hace pocas horas estuve implacable, hasta feroz quizá, en el cumplimiento de mis deberes, ¿suponéis que soy capaz de venderme? ¡Qué mal, que mal me conocéis! Si yo extremaba mi celo en la persecución de Angelotti, era porque su fuga constituía mi perdición... Pero una vez realizada mi tarea, soy como el soldado que depone la cólera al cesar el combate... Ahora ya no encontraréis en mí más que al barón Scarpia, uno de vuestros más fanáticos admiradores. (Se levanta y se acerca a ella, que, siempre sentada, le mira con inquietud.) Y esta ferviente adoración mía ha adquirido esta noche mayor intensidad... Sí, Floria, hasta hoy yo solo había visto en vos a la inimitable intérprete de las dulcísimas melodías de Cimarrosa y de Paisiello; pero de pronto se me ha revelado la mujer... la mujer más apasionada y mil veces más admirable en la realidad de la pasión y del dolor que en las ficciones de la escena... ¡Qué acentos tan patéticos acabo de oíros!... ¡qué gestos tan conmovedores!... ¡qué gritos tan sublimes!... Cuando yo he visto todo esto, verdaderamente maravillado, estuve a punto de olvidar mi papel en aquella terrible tragedia, para aclamaros como un espectador entusiasmado, y declararme vencido ante tan prodigiosas seducciones.

Floria

(A media voz, pero siempre inquieta.) ¡Ojalá lo hubieseis hecho!

Scarpia

(Dejando el vaso sobre la mesa y sentándose en el sofá cerca de ella.) ¿Queréis saber por qué no lo hice? Pues porque al mismo tiempo que experimentaba este entusiasmo súbito por la mujer fascinadora, tan diferente de aquellas que había conocido hasta entonces, surgieron en mi alma unos celos horribles... unos celos espantosos que me roían las entrañas. ¿Cómo —me decía yo— esta cólera que enrojece su semblante, estos gritos de angustia que ella lanza, son por un individuo cualquiera, por un miserable pintor que no vale ni una sola de sus lágrimas? Y cuanto mayores y más sentidas eran vuestras súplicas por él, más se aferraba en mí el ansia de tenerlo en mi poder para hacerle sufrir todo lo que yo sufría, para hacerle pagar con la vida tanto amor, y castigarle, sí, sí, castigarle sin compasión y sin tregua... ¡Oh! le odio de tal modo por esa felicidad inmerecida que ha conseguido, le envidio de tal suerte por poseer una criatura tan angelical como vos, que no podré perdonarlo nunca... nunca, sino con una condición... una sola... La de tener yo también mi parte en esa dicha.

Floria

(Levantándose.) ¿Tú?

Scarpia

Y la tendré. (Sentado y tratando de retenerla por un brazo.)

Floria

(Separándose de él violentamente y lanzando una carcajada de burla.) ¿Tú?... Antes me arrojaría por ese balcón.

Scarpia

Hazlo y dentro de poco estará detrás de él el cadáver de tu amante, (Con mucha frialdad y sin moverse.)

Floria

¿Conque ese era el precio de tu infamia?

Scarpia

Por fin lo entendiste. (Sonriéndose.) Pronuncia un sí y lo salvo... un no y lo asesino.

Floria

(Retrocediendo asustada.) ¿Serás capaz de emplear hasta la violencia?

Scarpia

(Aproximándose tranquilamente a la mesa y echando azúcar al café.) La violencia no, de ningún modo... Eso no entra en mis hábitos... Si la proposición no te agrada puedes irte tranquilamente; ya te lo he dicho... (Agita el café con una cucharilla.) Todas las salidas las encontrarás abiertas. Pero te desafío a que lo realices... Ahora, si piensas entretenerte en insultarme, en suplicarme, te aconsejo que desistas de hacerlo, porque vas a perder el tiempo de una manera lastimosa. De modo que la mejor resolución que puedes tomar es decir sí desde luego.

Floria

¡Nunca! Voy a despertar a todo el mundo para pregonar tu infamia. (Se dirige de nuevo hacia la puerta.)

Scarpia

(Tomando un sorbo de café.) Pero no podrás despertar al muerto. (Al oír estas palabras se vuelve Floria con un gesto de desprecio. Scarpia continúa sonriendo.) Me odias mucho, ¿no es cierto?

Floria

¡Que si te odio!

Scarpia

Muy bien... así te quiero yo. (Concluye de tomar el café y deja la taza sobre la mesa.) De las mujeres que se rinden sin lucha estaba ya cansado; más que cansado, ahíto. Lo que me seduce es tu desprecio, lo que ansío es vencer tu repugnancia, domar tu cólera y humillar tu orgullo.

Floria

¡Demonio!

Scarpia

¿Demonio? Sea... Acepto el calificativo... Por lo mismo que soy un demonio tengo impulsos satánicos y goces infernales. Sí, quiero saborear el supremo placer de sentir tu alma indignada doblegarse ante mí, hasta quedar rendida... ¿Qué venganza mejor puedo tomar de tus ultrajes? ¿Qué refinamiento más delicado para un demonio que verte batallar inútilmente entre el dolor y la cólera, hasta caer vencida? ¿Y dices que me odias? Eso es lo que yo esperaba de ti, un odio mortal, implacable, feroz, y me prometo una alegría diabólica, al mirarte a mis pies, suplicante, entre los últimos espasmos de tu rencor impotente.

Floria

(Atónita y mirándole con horror.) ¿Pero qué especie de monstruo eres tú? ¿De qué lodo infecto te han hecho? ¿Qué fiera te ha engendrado?

Scarpia

Sigue... sigue... Más... más... ¡aún más!... Continúa escarneciéndome... ¡Nunca me parecerán bastantes tus insultos!... Vamos, no te detengas... Amontona contra mí las injurias más expresivas, abofetéame el rostro con los dicterios más repugnantes, escúpeme a la cara los insultos más soeces... Todo eso no servirá más que para encender la hoguera de la pasión que arde en mi pecho. (Trata de abrazarla.)

Floria

(Retrocediendo espantada.) ¡Atrás! ¡No te acerques! ¡Socorro! ¡A mi! ¡A mí!

Scarpia

No acudirá nadie. Te cansas en vano. (Acercándose al balcón.) Mira... Los primeros fulgores de la mañana empiezan a colorear el horizonte. Tu Mario, tu idolatrado Mario, solo tiene ya un cuarto de hora de vida.

Floria

(Levantando las manos al cielo.) ¡Señor!... ¡Dios justo!... ¡Dios omnipotente!... ¿pero no ves esto? ¿Cómo consientes tanta infamia? ¡Dios mío, socórreme!... Ven en mi ayuda.

Scarpia

(Burlándose.) ¡Si no cuentas con otro auxilio! (Mirando desde el balcón.) Ya está en la horca el cadáver de Angelotti... ¿Le ves? (Floria retrocede horrorizada cubriéndose los ojos con las manos.) Ahora le toca al vivo. (Llamando.) ¡Colometti!

Floria

(Lanzándose desesperada hacia el balcón.) ¡No, no!... ¡Eso no!... ¡salvadle!...

Scarpia

(Abrazándola.) ¿Entonces?

Floria

(Dejándose caer a sus pies.) ¡Piedad!... ¡Tened piedad de mí! ¡Ya os habéis vengado bastante!... Vedme aquí, a vuestros pies, castigada, vencida, suplicante, casi moribunda, implorando vuestro perdón por todo lo que haya podido ofenderos...

Scarpia

(Levantándola y abrazándola estrechamente.) Es decir, que estamos de acuerdo, ¿no es verdad?

Floria

(Separándose de él y lanzando un grito de repugnancia invencible.) ¡Ah!... ¡no!... ¡Nunca!... ¡nunca!... ¡Antes la muerte!... (Huye hacia la derecha, crispada de terror. En este momento se abre la puerta de entrada y aparece Colometti.)