ESCENA III
MARIO y FLORIA
Mario
(Apenas sale Colometti se dirige a Floria cogiéndola violentamente por un brazo.) ¡Desgraciada! ¿A qué precio compraste mi libertad?
Floria
¿A qué precio?
Mario
Sí.
Floria
(Con voz terrible.) Pues con una puñalada en el corazón... (Rápidamente.) Pero, antes... ¿entiendes? Antes.
Mario
¿Tú has hecho eso?
Floria
¡Yo!
Mario
¿Y ha muerto?
Floria
(Con alegría.) A mis pies y revolcándose en su propia sangre.
Mario
¿Y no has huido? ¿Y estás aquí tan tranquila? ¡Pero se descubrirá su muerte y te buscarán!
Floria
No, no temas... Él mismo, delante de mí, ordenó que le dejaran descansar. ¡Ya descansa!
Mario
¡No importa... huye... huye pronto!
Floria
Repito que no tengas temor alguno. Es natural que habiendo velado toda la noche sus gentes le dejen solo hasta la hora de almorzar, de modo que tenemos por delante el tiempo suficiente para llegar hasta Civitavecchia, donde podremos encontrar un buque que se haga a la vela, o un bote o una barca de pescadores. Cuando vean el cadáver, nosotros estaremos en alta mar, fuera de las garras de la policía.
Mario
¡Ah, valerosa Floria!... ¡Eres una romana, una verdadera romana de los tiempos heroicos! (Abrazándola.)
Floria
(Al ver que se abre la puerta.) ¡Silencio!... El Comisario.