LXXXV.

¡Cuán dulce el confundir los dos gemelos

Fué á sus padres! Con arma hora los pide

Que el suyo le ciñó, Palante; ¡y hélos,

Qué atroz desemejanza los divide!

Pues rodó tu cabeza por los suelos,

¡Oh Timbro! y dueño busca en tí, Laride,

Semiviva tu diestra cercenada,

Y áun los dedos crispando, ase la espada.