León. He llamado, sí... ¡y con alma!
Vicenta. Me parece que no le abrirán, señor mío. (Mira alternativamente a León y a María. Pausa. María mira al suelo, a León; mira la carta. Con los ojos expresa[420] todo: alegría, expectación, miedo de dar a conocer sus sentimientos ante su amiga.)
León. (Que ha recogido rápidamente su cartera y sombrero.) Si no me abren, si soy despedido, volveré al lugar de suplicio y expiación. Sé padecer; conozco el[425] dolor; viviré recogido y encerrado en el desconsuelo infinito... sin que por eso flaquee mi fe cristiana. Siempre diré: Dios en las alturas, María en la tierra. María es la paz; María es la esperanza, la flor y el fruto de todo bien... (Se retira hacia la izquierda.) He llamado y[430] espero. (Hace ligera reverencia y se va. María le sigue con la mirada. Permanece absorta.)
Escena VI
María, Vicenta; después Cirila.
Vicenta. (Mirándola con severidad.) Lea usted... lea para sí. Hágase cuenta de que está sola.
María. (Vencida de la curiosidad, rasga el sobre;[435] desdobla con febril mano el papel, y lee rápidamente.) «En previsión de una crisis próxima...» ¿Ve usted? no es nada. Cosa de política, de comercio...
Vicenta. Amiga querida, estoy asustada. Preveo cosas muy graves.[440]
María. ¿Por qué?
Vicenta. Ya sabe usted cuánto la quiero. Lo que he visto y oído aquí paréceme un principio de grandes desastres.