Don Rafael. Gravísimos, amiga mía... Socorrí a una familia en la cual estaban todos... o casi todos, locos perdidos.

Filomena. ¿Furiosos?

Don Rafael. Así, así... Eran más bien pacíficos.[765]

Filomena. Pues ahora, en acción de gracias, el primer dinero que caiga en mis manos será para...

Don Rafael. (Con gracejo irónico.) Otro mantito para la Virgen...

Filomena. Y que será espléndido.[770]

Don Rafael. ¡Oh, sí: mucho, mucho! Manto bordado de perlas y esmeraldas con una orla en que se repita esta dulce leyenda: Creo en María. (Filomena cruza las manos con emoción beatífica. Siguen hablando. Don Pedro continúa rodeado de todos en el otro grupo,[775] rebosando satisfacción.)

Corral. Ahora, señor Marqués, como si lo viera, me le hacen a usted Embajador.

Don Pedro. (Vanidoso, sin perder su dignidad.) No diré que no. Quizás lo aceptaría por complacer al Gobierno,[780] y porque me conviene tomar las aguas de Carlsbad. (A María.) Y a ti te probarán muy bien las de Charlottenbrunn, en Silesia.

María. ¿A mí? ¡Si estoy reventando de salud! (Apartada de todos los grupos, se sienta junto a una de[785] las rejas. Su actitud es de inquietud y melancolía.)