Cirila. ¿Qué señora?
Don Pedro. La super-mujer. ¿Podremos obsequiarla con un té? Dime, ¿queda algo de aquel Porto riquísimo que trajimos de Madrid?
Cirila. Señor, lo poco que queda resérvelo... (Sigue[305] diciéndole que la despensa está poco menos que vacía.)
Filomena. (Aparte a don Rafael.) Dios cuida de nosotros. ¿Por qué conducto? Por éste, por otros que no podemos presumir. Entre tanto, reúna usted lo que[310] ahora manda Dios con lo que antes vino, y el total divídalo en tres partes: la una sea para sufragios por el alma de mi padre, por la de los hermanos míos y de mi esposo. La otra, la distribuye usted entre los pobres. Con la última parte quiero ofrecer a la Santísima Virgen[315] del Rosario un manto nuevo. (Concluye don Pedro de hablar con Cirila y ésta se va.)
Don Rafael. Ya podrá pasarse por este año con el viejo. Nuestra Señora es modesta: no se paga de ostentaciones...[320]
Filomena. Don Rafael, es mi gusto; es un anhelo ferviente.
Don Rafael. Bueno, bueno. No hablemos más. (Don Pedro, en pie junto a la mesa, reconoce papeles con febril inquietud, irascible.)[325]
Don Pedro. Filomena, ¿dónde diablos me habéis puesto...?
Filomena. (Acudiendo a su lado.) ¿Qué, hijo?
Don Pedro. Es María la que sabe... (Llamando.) ¡María, Mariucha![330]