María. (Aparte recordando.) ¡Ah! ya... (Alto.) Pues mi padre... (Aparte.) No era esto... (Alto.) Mi hermano...[65]
León. Su hermano de usted hizo esta mañana un reconocimiento minucioso de mi fisonomía. Le estorbaba un poco la máscara de carbón que llevaba yo entonces...
María. Signo, emblema de un trabajo honrado. (Aparte.) Me parece que voy bien. Debo ganarme su[70] voluntad. (Alto.) Mi hermano creyó ver en su cara de usted cierto parecido con un muchacho de Madrid... un mala cabeza, que dio mil escándalos y cometió... no sé qué diabluras... Realmente no existe semejanza.
León. ¿Que no existe semejanza? ¿Y usted lo[75] afirma?
María. (Principiando a sospechar, mirándole atenta.) Sí... yo... conocí al tal. Verdad que no recuerdo bien su fisonomía. Por eso dije luego: «No es aquél, Cesáreo; es otro.»[80]
León. Su hermano de usted, creyendo ver en esta cara facciones conocidas, estaba en lo cierto. Soy Antonio Sanfelices.
María. (Retrocediendo asustada.) ¡Oh, Dios mío! Usted... Perdóneme si he dicho... (Aparte.) ¡Ay![85] ahora la he hecho buena.
León. No tengo por qué perdonarla. Sosiéguese usted.
María. No haga usted caso... Juzgando por lo que oí, dije...[90]
León. ¡Si ha estado usted excesivamente benigna en la calificación de mis actos! Diabluras ha dicho. Fue algo más... Si quiere usted atenuar mis faltas, diga: complicidad irreflexiva en delitos graves.