María. Quiero tenerlo.
León. Usted no se acobarda ante ningún obstáculo.[345]
María. No. (Secándose las lágrimas, animosa.)
León. Y posee entereza bastante para permanecer serena ante un contratiempo, ante un golpe de adversidad... como el que yo voy a darle en este momento.
María. (Aterrada.) ¡Usted... un golpe![350]
León. Diciéndole, como le digo, que no puedo socorrer a su familia. (María permanece en muda expectación.) No podré esta noche, ni mañana... ni en algunos días podré.
María. (Aparte consternada.) ¡Humillación, espantosa[355] ridiculez! (Llévase las manos al rostro.)
León. ¡Cuánto me aflige mi negativa, sólo Dios lo sabe! (Decidiéndose a presentar el asunto en su realidad descarnada.) Pero a una persona tan inteligente debo yo completa sinceridad... Suprimo las explicaciones sentimentales[360] de mi conducta, y daré a usted tan sólo las que deben hablar a su razón. (María continúa expresando el trastorno de su desengaño.) Hace un mes, viendo claro un desarrollo grande de mi tráfico, hice a la mina un pedido de consideración. El nuevo ferrocarril me trajo[365] seis vagones, luego ocho, luego más. He colocado ya la mayor parte... Mañana, 10, es el día fatal, el vencimiento de las obligaciones que contraje. Gracias a mi puntualidad, tengo crédito en la Compañía Minera. La falta de pago me hundiría, me haría perder en un instante[370] la reputación mercantil adquirida con ímprobo trabajo y privaciones de que usted no puede tener idea.
María. (Atónita, pero identificándose con las ideas de León.) Sí, sí: ya entiendo.
León. Allí (Señalando a su casa.) tengo apilada, billete[375] sobre billete, duro sobre duro, la cantidad que he de pagar mañana. No me ha sobrado nada. ¿Quiere usted que le traiga la suma que allí espera... para el pago de una deuda sagrada y para la sanción de mi crédito? (Pausa.)[380]