María. Mamá se acuesta muy temprano.

Vicenta. (Girando sobre sí.) ¿Qué tal estoy?...

María. (Riendo.) ¡Horrible! No podía usted discurrir un arreglo más desatinado.

Vicenta. ¡Oh, qué pena me da usted!... Pero ya[430] no tiene remedio... Vámonos.

María. No: yo no voy. Después de vestida, decido no ir.

Vicenta. Entonces, ¿qué hacía usted aquí?

María. Salíamos... (Sin saber qué decir.) Íbamos a[435] casa de usted para que me viese...

Vicenta. (Deslumbrada por la elegancia y riqueza del atavío de María.) ¡Oh, suprema elegancia! Está usted divina, ideal.

María. Vea usted, Vicenta: con un traje como éste[440] debiera usted presentarse esta noche en los jardines de Teodolinda, iluminados a giorno. Una toilette así es lo que a usted le corresponde, por su posición, por su natural elegancia y belleza... y no ese adefesio barato, que va pregonando las hechuras de casa y el aprovechamiento[445] de trapitos. (Burlándose.) ¡Pobre amiga mía! No puede usted imaginar qué lástima le tengo.

Vicenta. (Consternada.) No me lo diga usted más, porque hago lo que usted: no ir.