María. (Vivamente.) No, no, Vicenta. Usted no[450] puede faltar. ¡Qué se diría! No, no... De ninguna manera...
Vicenta. ¡Vaya que es desdicha! No tan bueno como ése, pero elegantísimo también y de gran novedad, es el vestido que yo encargué. (Furiosa.) ¡Ay,[455] qué bribona de modista; era cosa de arrastrarla!...
María. (Imitando su furia.) De sacarle los ojos. Sí, porque con su informalidad la pone a usted en un ridículo espantoso. Yo lo siento tanto como usted, y estoy pensando que... (Pausa.)[460]
Vicenta. (Con gran ansiedad, reparando en todas las partes del hermoso vestido.) ¿Qué, hija mía?
María. (Gozando con la ansiedad de Vicenta.) Pienso... que con este traje estaría usted encantadora, Vicenta.[465]
Vicenta. ¡Oh, sí...!
María. ¡Y qué golpe daría usted si con él se presentara en el baile! Usted imagínese la grandiosa decoración del parque y jardines... los focos eléctricos, que darán a las mujeres bien vestidas un aspecto ideal, fantástico...[470] y por fondo el follaje verde, salpicado de lucecitas...
Vicenta. (Entusiasmada.) ¡Oh, incomparable! Creerían que es el vestido que encargué a Madrid... María, amiga del alma, ¿es cierto lo que sospecho?[475] Me dice el corazón que usted, con su generosidad sin ejemplo, se digna prestarme... (María hace signos afirmativos, lentamente.) ¡Oh, qué alegría! ¿Con que...?
María. (Empezando a ponerse grave.) Hay algún[480] inconveniente.
Vicenta. ¿Cuál?