María. Yo le prestaría a usted con mucho gusto mi traje... pero... si luego me lo ven a mí, ¡qué dirán!
Vicenta. (Desconsolada.) ¡Ah, sí...! no había[485] caído...
María. No debo prestar a usted mi vestido, no... Pero... por otro medio podría lucirlo. (Pausa, expectación de Vicenta.)
Vicenta. ¿Cómo?[490]
María. Comprándolo.
Vicenta. (Asustada, cruzando las manos.) ¡María!
María. Vendo esta ropa, que es absurda, irrisoria, en la humilde situación a que ha llegado mi familia. Mi padre es pobre, tan pobre que no lo son más los que[495] mendigan en las calles. Ya no hay forma de disimular ni encubrir nuestra descarnada miseria...
Vicenta. (Compadecida.) ¡Pobre amiga de mi alma! ¡Qué pena!... Sí: compro el vestido... compro todo: traje, sombrero, abrigo... Pero ello ha de ser para[500] ponérmelo y lucirlo esta noche.
María. Tiene usted tiempo.
Vicenta. (Con gran impaciencia.) Pero no podemos descuidarnos.